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EL FANTASMA DE LA GARDENIA
una historia de fantasmas sin fantasmas

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
  • CAPÍTULO PRIMERO
  • CAPÍTULO SEGUNDO
  • CAPÍTULO TERCERO
  • CAPÍTULO CUARTO
  • SEGUNGA PARTE:"FIGURAS ENTRE LA NIEBLA"
  • CAPÍTULO QUINTO
  • CAPÍTULO SEXTO
  • CAPÍTULO SÉPTIMO
  • CAPÍTULO OCTAVO
  • TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA
  • CAPÍTULO NOVENO
  • CAPÍTULO DÉCIMO
  • CAPÍTULO UNDÉCIMO
  • 20/05/2009 GMT 1

    ERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA: CAPÍTULO DUODÉCIMO

    herminia @ 17:29



    El chico conducía el todoterreno negro, de un negro lustroso. Lo hacía con cierta arrogancia. Parecía orgulloso de ser el conductor del Duque de Sears, quien no podía ser un hombre ni un mortal poseyendo la Gardenia, llevando esa carga de título nobiliario sobre un apellido extranjero y estando atrapado en el misterio de una familia casi extinguida y una botella de alcohol.

       El Duque había solicitado de nuevo sus servicios. No solía repetir conductor, normalmente se limitaba a llamar a Don Augusto y pedirle un chofer para el coche, pero la primera vez se quedó con el teléfono del chico y cuando volvió lo llamó directamente. Aquel fue un día glorioso. Se atrevió a soñar con el puesto fijo.

    Èsta era la tercera vez que recorría, envanecido, las calles de Sierra Bermeja, ascendiendo majestuoso por la calle Real hasta la plaza de la Mimbre Llorona para detenerse allí con parsimonia gracias a su dominio de los movimientos de los mandos.  

      Ahora conducía con ese ademán entre infantil y petulante y me miraba de cuando en cuando de reojo sin poder ocultar una sonrisa satisfecha. Al girar hacia la carretera, por la misma que yo había entrado durante el entierro,  descubrió un grupo de hombres apostados contra la pared, aprovechando el último rayo  de sol. Hizo sonar el claxon y movió la mano envanecido. Era maravilloso ser el actor principal en aquel pequeño acto de lo que todos barruntaban como un drama inconcluso.

       El chófer del Duque lleva a la gemela Montalbán. Sí, hombre la que se fue debe hacer ya más de veinte años. Qué va lo que hará ya es casi  treinta.  Qué pasaría. Ya es raro que no la vimos ni en el entierro de la madre.  Estaba en el extranjero. Si, pero mira como para coger el botín de la venta de las tierras y la Casa Grande sí que ha venido. Y mira como va a ver al Duque para apañar lo de la Gardenia también. De aquí a diez años vivimos como extraños en nuestras propias casas. 

     El muchacho sabía que hablaban de él, que después le preguntarían y que él jugaría con su curiosidad y la satisfaría en la medida que él quisiera. Sabía que el misterio que rodeaba a la mujer y al duque ahora estaba tejiendo una delicada gasa también en torno a su persona. 

    Me miraba y sonreía, como si estuviese rescatando a la heroína de una emboscada mortal. 

    La heroína era yo. Sentada en el asiento contiguo, apenas escuchando como un abejorreo la voz del muchacho.

    Me explicaba ahora  con suficiencia, que el camino viejo, el del Llano de los Gatos hacía tiempo que ya sólo era usado por excursionistas de la ciudad o por cazadores; que por donde pensaba llevarme, aunque no era precisamente un atajo,  la carretera estaba bien construida y el firme era consistente y llegaba justo a  la parte trasera de la Gardenia, por donde estaban las cocheras y el viejo invernadero. 

    -         Desde que construyeron esta carretera la gente ya no se entera si el Duque entra o sale de la Gardenia porque ya no tiene que atravesar el pueblo y ni siquiera tiene que abrir la puerta principal. El único que lo sabe soy yo, porque es llegar y me llama para que le lleve el coche.

    -           ¿Tú trabajas en la Gardenia?

     El muchacho negó  moviendo  la cabeza 

    -           No, la Gardenia la lleva don Augusto. Hay poca faena allí. Y ya hace años que no se abre ni se limpia.  Don Andrew me llama para conducir su coche cuando viene. Los ingleses no están acostumbrados a conducir por este lado, ya sabe que conducen al revés....  Mi hermana va a limpiar allí también cuando viene. Me llama directamente- recalcó directamente hinchado de orgullo- y mis hermanas suben para adecentar aquello un poco. 

    El coche tomó la revuelta de las zarzas y Sierra Bermeja desapareció entre los pliegues de los montes. Descendimos la carretera en zigzag sobre los despeñaderos de los barrancos, devorados por las zarzas y las malas hierbas, hasta el puente. Desde allí en lugar de tomar dirección a Granada giró a la derecha y comenzó a ascender suavemente por la ladera a sotavento de la Sierra Negra. Era una carretera estrecha, sin arcenes flanqueada de encinas de adustos troncos que proyectaban espectrales sombras contra el asfalto arrancándolo de la noche incipiente y escupiéndolo en un momento intemporal, en un mundo anterior al progreso.  

    El sol comenzaba a transformarse en una moneda dorada contra la línea del horizonte, difuminada en un espejismo de llamas. Un conejo cruzó la carretera en dos saltos.

    - Porque viene usted si no hubiese dado un volantazo y lo habría matado. Esto es normal por aquí.  

        Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda, como la punta fría de un cuchillo. La imagen del conejo destripado sobre el asfalto, la sangre apelmazando la piel, los ojos aterrorizados mirando la gigantesca figura que se acercaba y se agachaba para tomarlo de las patas y dejarlo desmadejado dentro del maletero me puso ante los ojos la barriga abierta de aquel perro blanco, el que mató el abuelo de dos tiros aquella madrugada de otoño, porque  el animal había dedicado la noche entera a cavar en la tierra del corral para matar a todos los gazapos.

    Ni siquiera se los comió. Era como si hubiese enloquecido y su hocico sólo quisiera sentir el calor del cuerpo convulso y el olor dulzón de la sangre. 

    Escuchamos los tiros entre sueños. Ángela saltó de la cama

    -¿Has oído Bárbara?

    -Sí, son tiros en la casa 

     Bajamos, atropellándonos, la escalera de caracol y cuando llegamos a la planta baja escuchamos un murmullo en la cocina.  Irrumpimos y encontramos a la abuela y a nuestra madre sentadas junto al fuego y al abuelo de pie con la escopeta de cañones recortados todavía entre las manos y manchas de sangraza en los bajos de los pantalones. 

     Inmediatamente entró nuestro padre con un puñado de conejos atados de los pies a una cuerda. Los dejó en el suelo junto a la chimenea. Algunos todavía movían el glóbulo de los ojos o se estremecían en agónicos estertores.

    -           No creo que haya dejado nada vivo bajo tierra.

    -           Quien, quien- preguntó Ángela con sus enormes ojos de miel abiertos de par en par

    -           El perro callejero que recogió Bárbara – respondió el abuelo-  Ya advertí que si estaba abandonado era porque debía ser una mala bestía…

    Corrí al corral. Mi madre intentó sujetarme pero sólo consiguió quedarse con la toca de lana que me cubría los hombros entre las manos. 

       Estaba allí, con la barriga abierta como una granada y el pellejo blanco salpicado de manchas rojas oscuras, de sangre todavía fresca que comenzaba a endurecerse sobre el pelo. Todavía me miraba. Me miraba y me preguntaba cosas que yo no podía responder y preguntas que él no sabía formular. 

     Era un perro y había hecho lo que el instinto del lobo que fue lo obligó a hacer: Cazar criaturas frágiles. Pero no tenía hambre y no le gustaba aquella carne peluda. Aún así continuó matando, ebrio de emoción.

       Un puñado de tripas se escapaba de su barriga. Aún latían como un organismo autónomo. Y humeaban. Despedían un vapor tibio, blanco que subía suavemente y se confundía con la niebla fría de la mañana, pero en vez de enfriarse por la desigualdad de condiciones, era la bruma otoñal la que se caldeaba y el mundo comenzó a oler a vísceras.

    Mi padre me retiró arrastrándome, con dificultad, porque yo pataleaba e intentaba morderle. Como el perro hizo por la noche. También yo estaba rabiosa contra todo aquello, porque no era una injusticia clara. El perro mató por matar en una noche orgiástica,  y sin embargo sus ojos aún vivos  y aquel tufo en el aire clamaban justicia también para el inocente.   

        El muchacho que no me quitaba ojo de encima captó el estremecimiento y sonrió: 

    -         Se siente ya el frío de las alturas y de la noche

     -           Debe ser eso sí – también yo le brindé una amable sonrisa escapándome de la visión del animal abatido. Ni siquiera recordaba el  nombre que yo misma había elegido para él. 

    -           Don Andrew me hizo encender la chimenea de la biblioteca, allí hará calorcito. 

    -           Desde cuando está aquí, creí que mi cuñado dijo que vendría hoy o mañana 

    -           Vino ayer- me miró con cierta sorpresa, pero pronto recuperó la sonrisa satisfecha porque el descubrimiento de que él pudiera saber más del Duque que yo misma le parecía algo extremadamente lisonjero.

     -           Entonces ayer, cuando yo subí estaba en la casa 

    -            No podría decirle, a mi me llamó ya tarde, por la noche seguro que estaba.  Me llamó para que lo llevara hoy temprano a la Casa Grande para dejar las flores. Las cortó el mismo, son de las que todavía crecen en el invernadero.

     -                    Todavía crecen gardenias 

    -                    Y no sólo, parece que aquella casa se negara a morirse, pero poco le queda ya, el duque ha venido a venderla seguro 

    -             Cómo la Casa Grande, como casi todo 

    -               Bueno, pero ahora esto va a cambiar, ahora casi todos vamos poder trabajar entre el Polígono y el Campo de golf aquí va a entrar capital y trabajo. Sierra Bermeja va a modernizarse mucho- me miró convencido, con porte ufano.  

       Era un muchacho de apenas veinte años, de ojos verdes almendrados como  los de un felino y la piel salpicada de pecas anaranjadas. Su cara me era familiar pero en Sierra Bermeja nada escapaba a ese efecto de ligazón entre rostros, entre palabras y recuerdos, todo vinculado a todo por una sentencia intrusa e incuestionable.   La Gardenia apareció de improvisto, sin esperarla, como uno de esos templos romanos aflora inesperadamente tras un ángulo de una ciudad moderna y te rapta por un segundo de la realidad y de ti.  

      Desde allí solo se veía la fachada posterior, inmensa y monótona, como un muro de una prisión. Gigantescos nogales cubrían la mitad de su altura y se mecían como soberbios titanes contra el blanco desconchado. A la izquierda los cristales turbios del invernadero se convirtieron en un reflejo de una noche lejana y de dos adolescentes asustados provocándose más daño que placer.

    11/05/2009 GMT 1

    TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA: CAPÍTULO UNDÉCIMO

    herminia @ 08:36

        



    Cuando bajé la escalera el reflejo del sol en las vidrieras dibujaba figuras caprichosas de colores  sobre el primer rellano y sobre el pasillo.

     Por la intensidad de los tonos se podía saber la hora.  

     La cocina estaba vacía. Me serví un café  y luego otro.  

    Un cielo azul metálico cubría las sierras y el aire bajaba frío.  

       Decidí comenzar a hacer cosas para no sentirme una extraña, una visita incómoda que se levanta a deshoras y se queda parada con un café en la mano sin saber donde ubicarse el resto del día.   

      Urgía comprar alimentos. Establecer una división de terrenos. Preparar un lugar adecuado donde encerrarme a trabajar.

    Si algo sobró siempre en la Casa Grande eso fueron cuartos vacíos, o llenos de recuerdos de otros.  También había que ir preparando todo lo concerniente al regreso de la hija de Jenny. El papeleo: los informes, los  documentos administrativos y toda esa parafernalia que necesita un ser humano para moverse por este planeta.   

          Había que abrir aquellos cuartos y rescatarlos de las telarañas y del olvido. Buscar mi espacio. Tomar la casa y habitarla.  

      El primer paso sería establecer las reglas de convivencia a la espera de la decisión final. 

     Todavía podía moverme con cierta libertad gracias a la incertidumbre de mi cuñado.   

        No iba a vender porque necesitaba aferrarme a aquello para no aplastarme a mi misma.  Augusto quería el control absoluto de Sierra Bermeja. Estaba preparando su último golpe maestro. Su elección como alcalde con mayoría absoluta para hacerse con el feudo. El resto sería cuestión de maquillar bien las acciones ilícitas necesarias para ir poniendo bajo su mando todo lo que se movía en aquel lugar. 

      No iba a quedarse impertérrito cuando yo le dijera abiertamente: No venderé, pero mis primeros movimientos ya habían encendido una luz de alarma en su futuro perfecto.  

       Me estaba sirviendo otro café cuando entró en la cocina una chica de cabello color azabache y piel de leche.   Era muy menuda, frágil como si fuese a romperse al hablarle. Uno de esos seres que parece tener un esqueleto de cristal.   Se me acercó con timidez, y se empinó para besarme: 

    -Hola tía Bárbara.  

     Me sorprendió que una criatura así,  un diminuto habitante de cuento de hadas, fuese hija de los inquebrantables señores de la revista de sociedad

     -         Eres Ángela, una Ángela morena- le respondí acariciándole el cabello movida por un instinto nuevo.

    -         Soy de cabello oscuro, pero este negro no es natural- sonrió y se cogió una mecha de cabello con gesto nervioso- es teñido. Me gusta así 

    Tenía la voz débil y entrecortada. Liviana como todo en ella.

    -         Tomas café?-        

    No- negó  y el flequillo demasiado liso siguió el movimiento de la cabeza- no puedo, soy nerviosa, me sienta mal

    -         Yo lo necesito para caminar, ya ves

    La miré de arriba abajo. Era muy bajita, no mediría más de un metro cincuenta y pocos centímetros. Estaba extremadamente flaca, los pómulos  pugnaban por romper la delicada piel de su rostro y todo su cuerpo parecía resistir la batalla de mantener los huesos cubiertos por la piel.

    -         Estás demasiado delgada- observé en voz alta

    -         He estado enferma. He padecido anorexia, pero ahora estoy mejor. Estoy comiendo bien ahora.

    -         Me alegra. Esa es una buena noticia.

     Se dirigió a la chimenea y se dejó caer en una de las mecedoras que la flanqueaban. Cogió las tenazas y comenzó a jugar con las ascuas y a rascar el tronco para provocar un chisporroteo rojo y brillante

    -         Siempre quise conocerte tía Bárbara, para mí has sido un mito

    -         Yo un mito? -No sabía que decir, no era muy ducha en el trato con adolescentes

    -         Si, mi madre nos hablaba de ti, cosas hermosas,  que vivías en un lugar lejano, que tenías un trabajo muy importante, que viajabas mucho y tenías un castillo para ti sola, como una reina. El cuento estuvo bien cuando era niña…

    -         Y luego creciste… - me acerqué a la chimenea yo también y me senté en la otra mecedora.

     -         Si – contestó sin mirarme. Su perfil era tan afilado que daba miedo tocar por si te herías. 

    -         Bueno, cuando se crece se asesinan a los reyes magos, al ratón perez y a la tía del castillo. Es muy normal eso.

    -          Supongo… - respondió lacónicamente

    -         Yo también tuve mi mito, el fantasma del vestido de plata.. no te han hablado de la mujer  misteriosa que tanto se parece a nosotras…

    -         Si y lo he visto- me respondió con gravedad

    -         Lo has visto?

    -         La mujer de la Gardenia, la he visto en una fotografía, con el vestido de plata

    -         Sabes donde está esa foto? – inquirí con ansiedad

    Ella sonrió satisfecha, se echó hacia atrás en la mecedora y comenzó a balancearse suavemente.

    -         Si, en la biblioteca vieja

    -         Yo nunca la vi… y pasé muchas horas allí escondida buscando entender las historia que nos contaban aquellos libros de palabras extrañas..

    -         Están todos en inglés, ..

    -         Ahora podría leerlos todos… no entonces.. y la fotografía ¿donde la encontraste¿

    -         Por casualidad. Cuando retiraron el escritorio, para que no lo destruyera una de las goteras. Estaba dentro de un sobre, pegada a la parte de atrás. Detrás tenía unas palabras escritas, casi borrosas.

    -         Qué decía?  

    Notaba que le gustaba despertar mi curiosidad. Sonreía y al hacerlo parecía menos flaca, se le rellenaban los pómulos y se le redondeaba la cara.

    -         I love you my godness, pero la mujer no estaba sola en la foto, había un hombre con ella.

    -         Un hombre…. 

    Asintió y el flequillo volvió a bailar sobre su frente.

    -         Lo sabía.. – añadió mientras volvía a atizar con las tenazas el tronco incandescente para provocar un  castillo de fuegos artificiales en miniatura.

    -         Qué sabías tú… le sonreí y  alargué mi mano para sostener la suya. Era una mano endeble de tendones y huesos casi cortantes.

    -         Que volverías un día y que sería así

    -         Así…

    -         No me has dicho que coma, no me has preguntado por qué era anoréxica, y te has interesado por la mujer de la Gardenia…

    -         Bueno-  retiré la mano y la miré con gesto cómico- en realidad, no tengo experiencia como madre de adolescentes, ni fáciles ni problemáticos, no tengo instinto materno y no sé tratar a la gente como si fuesen seres inválidos que no pueden sobrevivir sin mi santa protección… durante demasiado tiempo he estado ocupada en protegerme a mí misma de mí misma…

    -         Yo entiendo eso-  me interrumpió con cierta gravedad en la voz 

     Me levanté para ir a servirme otro café. 

    El perfume de Caleche  se expandió por la cocina como un gas venenoso. 

    -Angy, cariño, qué haces aquí, no has terminado tu plato…

    Mi hermana se arrodilló ante su hija y le levantó la barbilla con su mano. 

    -Anda, vuelve al salón, todavía te puedes comer el postre… 

     Mi sobrina no respondió. Se incorporó y abrió la puerta del mirador. Llevaba unos jeans descoloridos que resbalaban por sus puntiagudas caderas, y una pequeña camiseta negra.  Una chica de su tiempo. Cómo podría Ángela con sus esquemas de papel couché encajar esa otra pieza en el puzzle feliz. 

    En el Oasis su hijo hacía llorar a un cantante homosexual.

    La adolescente se acodó en la baranda Su figura frágil y oscura, contrastaba intensamente contra la claridad y la luz de un día limpio y soleado.

    Las sierras se dibujaban nítidamente contra el cielo. Se adivinaban las sombras de las encinas, las grietas oscuras de los barrancos, las solanas en las mesetas, el verdín de los nogales y el gris áspero de los tajos.   

         Di un sorbo a mi café  contemplando la escena como un insensible espectador ajeno al drama. 

    -         Hay unas flores y una tarjeta  para ti sobre el arcón del pasillo- me dijo sin mirarme, cubriendo una lágrima con el dorso de su mano.-         Gracias- respondí 

    -        Don Andrew quiere verte, estarás satisfecha de venir a complicar mi vida.

    -         Ángela no sé de lo que estás hablando, y desde luego no tengo intención de complicarle la vida a nadie, pero creo que sí tengo derecho a desenredar un poco la mía  

    Se acercó a la cafetera y ella misma se sirvió otro café.  Estaba perfectamente peinada. La impecable melena arada en perfectas mechas, la recogía en un pasador de nácar a la altura de la nuca y llevaba un vestido de seda, azul marino,  con un ancla dorada, bordada  a la altura del pecho, sobre un bolsillo.

      -         No te creo… me duele en el alma, pero no te creo- lloriqueó- Has venido a hacernos daño. No lo has hecho cuando te he invitado para compartir nuestros momentos de alegría y ahora apareces con una ridícula historia de nostalgia por tu niñez…

    -         Donde quieres llegar Angela- la detuve mirándola directamente a los ojos.

    Ella no apartó los suyos.

    También me encaró y había un brillo extraño en sus pupilas de miel.

    -         No evitarás que Augusto venda todo esto, no nos robarás la oportunidad de obtener una fortuna que nos pertenece. Mi marido ha luchado mucho y no le vas a destruir todo por un capricho…

    -         No es mi intención...

    -         Entonces qué sentido tiene haber ido a la Gardenia y esa cita ahora, esa invitación para una cena sólo para ti. Ni mi marido ni yo hemos sido invitados, me resulta más que sospechoso…

    -         No he visto al duque desde aquella cena en la Gardenia, y de eso hace ya treinta años.

    -         No te creo, no puedo creerte, no has sido nunca una verdadera hermana, siempre me has querido hacer daño, siempre has sentido envidia de mis triunfos…

    -         No es verdad- le respondí sin ganas y me dirigí al mirador para acompañar a mi sobrina 

    Entonces me sujetó el brazo con fuerza clavándome  las uñas en la carne

    -         Deja a mi hija en paz!!! 

    No le respondí. No merecía la pena. Tampoco tenía intención de evitar a aquella muchacha inteligente y despierta que había visto a la mujer de la Gardenia en una fotografía.

    Pero en lugar de dirigirme al mirador tomé la  dirección de la puerta y fui a buscar la invitación del duque de Sears.

    Sobre el arcón del hueco de la escalera blanqueaban los pétalos de un hermoso ramo de gardenias.   Me acerqué para buscar la tarjeta. Estaba bocabajo, junto al ramo. Sin sobre. 

      La giré y descubrí una letra picuda demasiado inclinada hacía la izquierda con un mensaje muy simple: 

    A Doña Bárbara Montalbán  El Duque de Sears tiene el placer de invitarla a cenar esta noche en la Gardenia. A las seis  la esperará un coche bajo la mimbre, a la entrada de la Casa Grande. Hay asuntos de vital importancia que quisiera tratar con usted por lo que le ruego su asistencia.     

    Volví a doblar la tarjeta y la dejé en donde la encontré.

    Escuché un murmullo. Mi cuñado salía del salón y se dirigía seguido de su hijo y de otro hombre del que sólo pude distinguir una sombra oscura al comedor.

    Después vi a Jenny  arrastrando un carrito con los restos del almuerzo.    Llevaba un uniforme azul marino y un delantal de un blanco inmaculado.

    -Jenny

    Se sobresaltó al oir mi voz. Miró en todas direcciones hasta que me descubrió en el cubichín bajo la escalera, junto al ramo de gardenias

    -       Las han traido esta mañana-  susurró lanzándome una sonrisa de complicidad, el mismo Duque estuvo aquí.

    -       No entiendo nada, Jenny, qué interés puedo yo despertar en el Duque de Sears. Hace treinta años que no lo he visto. Ni siquiera sé como sabe de mi regreso

    -       Eso es fácil- continuaba hablando en voz tan baja que casi no podia entenderla- cuanto más pequeño es el pueblo más grandes son las lenguas, aquí se sabe todo. Ya le habrán dicho que subió usted a la Gardenia…

    -       Ah, claro- me quedé pensativa pensando en la sombra que  hizo gritar a Jenny

     -       Pero qué hermosas las flores, Bárbara, qué romántico- los ojos le brillaban como a una niña

    -       Las quieres?      

     -       Yo?

    -       Sí tú, estamos solas no-

     -       Eso parece- respondió mirando en todas direcciones- me las llevaré a mi cuarto y las pondré en agua. Son preciosas. Ojalá alguien me regale a mí unas así

    -       Lo estoy haciendo yo – respondí en tono ligero

    -       Bah, sabes lo que quiero decir, un duque, un príncipe

    -       Ten cuidado con esos, se vuelven ranas

    -       Es al revés- se tapó la boca para ahogar la risa

    Puso las flores sobre el carrito y se alejó por el pasillo hasta perderse detrás de la puerta de la cocina donde mi cuñada y mi sobrina permanecían encerradas.  

    Subí  las escaleras lentamente. Cada peldaño rejuveneía un año.

    Y tuve quince y escozor entre las piernas.

    Y los ojos del duque clavados en mis tripas como dos carámbanos afilados.   

     En el hermoso salón principal flotaban arañas de cristal iluminadas y Mss Caroline, doña Carolina como la llamaban en Sierra Bermeja, presidía la mesa vestida cómo las señoras de los cuadros, con un vestido de seda  color champagne y el pelo recogido en un moño mediante un pasador dorado del que escapaban con estudiada naturalidad unos mechones rizados, muy rubios, como una aureola.  Había cumplido dieciocho años y lo estaban celebrando como un anticipo a su puesta de largo en un salón importantísimo de la aristocracia europea, en Montecarlo.   

     La Duquesa Madre, una anciana enteca y quebradiza como una rama seca ocupaba la otra presidencia de la mesa, el contraste de su decrepitud con el brillo del tafetán y de las joyas era casi doloroso.   Todo resultaba excesivamente liso y joven comparado con ella. Las cristalería, las telas, los manteles, las cortinas, los chaqués, la vajilla y los uniformes de las sirvientas. 

    Los Duques don Andrew y doña Claire, la duquesa  de ojos pequeños y oscuros como cabecitas de alfiler, elegantemente vestidos intercambiaban opiniones con otro grupo de ingleses invitados para la ocasión. 

    El inglés sonaba mantecoso a través de aquellas bocas pintadas de rosa.   Allí estabamos nosotros también. 

      El abuelo Antonio y la abuela Ángela,  cabizbajos, comían con miedo a no ser adecuados. Tenían cierto aire canallesco, como de indeseados  intrusos y se respiraba en torno a ello su malestar, las ganas locas de escapar para siempre de aquel mal sueño. 

     Mis padres, sin embargo, disfrutaban del privilegio de compartir mesa con la nobleza.

      Mamá dentro al fin de su pagina satinada. Perfectamente vestida, balbuceando ridículas frases en un inglés de parvulario, y sonriendo con gestos teatrales porque ella creía ser parte de aquel circo, sangre de la sangre.  Posiblemente llegó a albergar el sueño de una boda entre Ángela y el Duque. 

      Qué bonita estaba Ángela, casi una copia de doña Caroline.  Oro  y miel. Aureola de cuadro mitológico. Con qué gracia movía las manos y retiraba un mechón melado de su rostro, empecinado rebelde entre tanta serenidad.   

    Yo tenía quince años y no quise llevar oro y miel. Quise un vestido de plata como el del fantasma. Y lo conseguí. Una túnica simple, de diosa griega, en tela argentina, y el cabello liso y suelto, y los ojos limpios y libres para mirarlo a él.   Al Duque justo sentado frente a mí. Niño mimado. Aristócrata de mantequilla.  

    Mis ojos brillantes como los ojos del mal buscaban furtivos los suyos en una caceria desigual

     Quería que hirviera  aquel azul de hielo bajo el fuego de mis pupilas de niña mala

    Me relamía el postre  para que viera mi lengua brillante, gozaba compartiendo aquel juego entre infantil y perverso

     Sus ojos de repente me buscaban de pronto se tornaban huidizos.

    Cuando dejamos la mesa para asistir al concierto de piano en la gran biblioteca, la que tenía los muros de cristal y permitía que Sierra Nevada compartiera con su majestuosidad violácea las notas de Mozart paseando en trineo, don Andrew se desvaneció.

    Lo busqué entre los invitados, donde también había adolescentes de nuestra edad, pero se había ido.  Yo sabía donde 

     Me escurrí entre el pequeño pandemonium del cambio de salas y corrí al invernadero.

    Estaba allí, apoyado en un parterre de gardenias respirando con agitación y con los ojos brillantes como los de los gatos en la penumbra.

    Las plantas y las flores dibujaban sombras inconstantes contra las paredes de turbio cristal.

      Me acerqué y comencé a temblar yo también. 

    Ya no sabía si quería jugar a aquello, pero no podía volverme atrás. Me quedé tan cerca que sentía su piel cálida debajo de la camisa de seda blanca y entonces algo comenzó a latir entre mis piernas, a subir por las tripas, quemarme el estómago y tomar el cráter de la tráquea para asfixiarme.  Cogió con su mano mi melena y tiró fuerte mirándome como un loco. Y yo me estuve quieta. Retándolo todavía.

    Me hacía daño pero yo no era una niña de gachas como las que dejé en el salón rodeando a doña Caroline. 

      Yo quería saber. 

      Me empiné y acerqué mi boca a la suya y él la abrió y comenzó a lamerme  y a intentar entrar con su lengua fría.

    Abrí mis labios y acepté el juego y con mi mano lo busqué dentro de los pantalones y su respiración se hizo torpe y comenzó a tragar saliva.

    Me tiraba cada vez fuerte de la melena.

    Entonces yo me agaché y  le mordí. 

     El lanzó un grito pero no me soltó la melena. La tomó como una brida  y con todas sus fuerzas me puso de pie de nuevo y comenzó a meterme la lengua entera hasta provocarme arcadas, pero ya no la tenía fría y yo le  respondía como loca.

    Después caimos al suelo y nos llenamos de verdin los trajes de fiesta y estuve sangrando una semana.

      

      

    02/05/2009 GMT 1

    TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA: CAPíTULO DÉCIMO

    herminia @ 07:52

     

     

     

    Eran las tres de la mañana. 

       Jenny canturreaba a mi lado, le brillaban los ojos por el vino. También yo bebí unas copas de más. Conducía muy despacio, pero los ojos se me cerraban, los  párpados se me habían convertido en  dos telones mojados que a duras penas mantenía izados. El llano de la Desolación se extendía más allá de el cono recortado por las luces del coche en ondas negras contra el fondo tinta del cielo.

     

    A Jenny le gustó la película, después de verla comentó ilusionada las escenas y se empeñó en ser ella quien pagara la cena. Acepté porque era una salida entre amigas y debía borrar definitivamente  cualquier distinción entre señora de buena familia y criada inmigrante. Eramos dos perdedoras. Dos parias en un mundo que no nos acogió nunca bien y aquella había sido una hermosa noche.  Yo le había hablado de algunos amantes. Sobre todo del primero con el que me fui a Copenhagen huyendo de Madrid y de mi misma, de la facilidad con que caía allí en abismos y me pasaba la vida siendo salvada por todo tipo de mesias.

     Se llamaba Jan Petterson, un excentrico escultor danés que se moria de placer si le hablaba español durante el sexo. Ella reía a carcajadas mientras se lo contaba. 

    - Creo que se cansó de mi cuando aprendió todo cuanto se puede decir en español mientras se folla- le comenté llenando de nuevo las copas.  

     Ella también me habló de un marido celoso con la mano demasiado larga, de la miseria, de la niña recién nacida y los golpes que le dejaban marcas en la cara, de la miseria la miseria y la miseria otra vez; de un billete a ninguna parte comprado vendiendo todo lo que tenía.  

     - Pensaba que se caía el avión y deseaba que pasara, que me matara, que me comieran los hierros, pero mi hijita me daba fuerzas para continuar, para seguir adelante. Y ya ves se me apareció a mi tambièn un fantasma.

       No hablamos de Mario ni de todo lo que le conté en el balcón de la Gardenia.

      En el camino de regreso canturreaba feliz.

     Encendí la radio. Emitían un programa llamado Milenium que contaba historias de miedo.  Llamaban personas asustadas contando todo tipo de vivencias de ultratumba y experiencias paranormales.

     Una mujer de voz quebrada relató una historia sobre una pócima que se debía preparar durante el plenilunio con ingredientes realmente extravagantes y que conservaba dentro la memoría de quien quisiera protegerla para donarla después. Con un cabello de una persona asesinada dentro del mejunge se podía conocer el momento en que sucedió e incluso ver la cara del asesino.

      La pócima se llamaba el sortilegio de la memoria y había que ser cauteloso a la hora de tomarla, porque sólo hacía su efecto cuando tomaba un color herrumbroso. Si se tomaba transparente o muy oscura podía provocar alucinaciones e incluso instintos suicidas.

     

      -Bonito nombre- comenté mirando a Jenny.

    Dormía profundamente con la cabeza ladeada contra la ventanilla.

     

      Detrás de su cabeza el llano de la Desolación mostraba los perfiles  de las maquinas detenidas, iluminadas por la luna decreciente pero todavía gorda y luminosa, como esqueletos de dinosaurios olvidados en un cementerio de monstruos mitológicos.  La ciudad al fondo, todavía latía como un incendio lejano. Los puntitos de luz de Escuzar describían las ondulaciones suaves de una  loma peinada de olivares, y la osa mayor titilaba, diáfana, contra un cielo azul marino casi negro, tallada en diamantes de un brillo helado.

      Giré hacia la gasolinera. Quería parar allí para tomar un café bien fuerte porque no quería meterme en las curvas cerradas que ascienden a Sierra Bermeja luchando contra mis párpados de piedra.

      Estaba cerrada, pero el pub El Oasis con sus palmeras de neón, anacrónico edén instalado dentro de un castillo de mentira, mantenía encendida la luz  verde de las palmas, la blanca de la media luna y la roja de su nombre, intermitente, como un faro en aquel silencio marino de la llanura del Temple a las tres de la mañana.

     

      Detuve el coche a la entrada y desperté a Jenny. Abrió los ojos con la sorpresa de  quien ha sido enfocado con una linterna mientras andaba a tientas en una gruta.

     Empujamos la puerta. El local era un rectángulo amplio, con una barra de bambú en el centro y cuadros de playas y sirenas en las pareces. La luz era tenue y dentro de la barra una camarera disfrazada de hawaiana apuraba un vaso de algún licor mientras escuchaba la retahila de un rezagado insomne.

         

       Pedi un café y nos dijo que la máquina estaba ya apagada pero qeu podía darnos un redbull o una cocacola que tambièn espabilaban. 

     No había mucha elección. Pedí una cocacola. Jenny  sólo agua.

       

       Escuchamos una voces detrás de una puerta que parecía abrir a zonas privadas o a un reservado. Un hombre salió y dió un portazo.

       Se acercó a la barra y pidió un whisky cargado.

     Era el hombre que aparecía en las fotografías del poster de la entrada. El cantante. Vestía de negro desde la cabeza a los pies, con ropas muy entalladas y llevaba el cabello muy brillante, estirado hacia atrás, engominado. Era un hombre guapo, de gestos delicados y femeninos. 

      Pagué las consumiciones y Jenny se dirigió a la salida. Yo pregunté por los servicios. Estaban junto a la habitación de la que había salido como un actor de ópera, el cantante vestido de negro. Cuando pasé observé que estaba entreabierta.

     Sentado en un sofá, con la camisa abierta y el pelo revuelto, mi sobrino Augusto Castellanos encendía un cigarrillo.

     

       Entré en el aseo y me pregunté si mi hermana sabia que en su revista Hola comenzaban a aparecer páginas escabrosas. Me metí en el coche. Jenny casi dormía. Preferí no comentar nada de lo que había visto.

           Eran casi las cuatro cuando detuve ante la fachada de la Casa Grande.  Entre las ramas de las  mimbres lloronas un cuadro de luz delataba que alguien nos esperaba en la sala.

     -       Don Augusto no ha dormido- le dije  con la voz pastosa de la primera resaca.

    -       Santa María, me espera para despedirme- se persignó Jenny

    -       No puede, no puede despedirte de mi casa- la tranquilicé apoyando mi mano sobre su hombro.

      Miré el perfil rotundo de la Casa contra el cielo  asperjado de estrellas  y difuminado en diagonal por sutil gasa de la Vía Lactea. 

     Entramos y Jenny se dirigió directamente a la cocina con paso apresurado y procurando no taconear en un intento inútil de ser invisible al control de Augusto desde la sala de la chimenea. 

     Yo entré en la sala. El vacío aparente  desde la entrada confirmaba quien me esperaba fumando en su sillón de cuero viejo. 

    -Creo que debemos mantener una larga conversación- su voz sonó tranquila como si hubiese olido mi presencia.

      

     Afortunadamente estaba todavía lo suficientemente borracha como para no tener miedo.El alcohol era mi aliado en el que se iba a convertir mi primer combate en una guerra que ya no admitía más treguas.

     

    Me acerqué, cogí una silla y la coloqué frente al sillón. Entre los dos había una vieja mesita auxiliar con el tablero ajedrezado, un mueble que conocía bien, porque siempre estuvo allí. Un trasto absurdo en una casa donde nadie fue aficionado al ajedrez y que sin embargo en aquel instante recuperaba su sentido y su valor en la casa.

    Todo allí tenía sentido, todo había existido en virtud de un momento presente o futuro.

     -Tú  dirás- lo espeté mirándolo a los ojos sin miedo.

     

    Los suyos me esquivaron, nunca fue un buen contrincante en distancias cortas, en vis a vis, por eso quise estar bien cerca de él, porque estaba borracha y porque lo conocía. 

    -       Bárbara, el negocio que tenemos entre manos no es una broma, yo sé que tú siempre te has tomado la vida a la ligera, que  tienes tu propia concepción de las cosas, pero esto no es un juego, aquí hay muchos millones de euros sobre la mesa.

     -       Lo sé- le respondí retrepándome en la silla, cruzando las piernas y mirándole desde la nueva distancia, con la barbilla alzada y los ojos entornados.   Busqué un paquete de cigarrillos en el bolsillo del abrigo y encendí uno sin invitarlo.

     - Pero  este negocio debe cerrarse pronto. Mañana estará todo esto plagado de inmobiliarias e inversores, y quien acumule más tierras en sus manos se hará de una fortuna  inimaginable. Yo llevo mucho tiempo trabajando este terreno y no es ahora tiempo de demoras 

    -       Augusto- di una calada profunda al cigarro y entorné los ojos para verlo a través del humo- yo no doy importancia a esas cosas.

      Se removió, apretó la mandíbula y ví surgir en sus manos aferradas a los brazos del sillón, dos tendones tensos y azulados. 

    -       Qué quieres decir, es hora de hablar claro

    -    Lo que he dicho, no doy importancia a tus negocios, no son cosa mía.  Yo soy una traductora de lenguas escandinavas, ave exótica dijiste tú. Gano para vivir y para pagarme el alquiler y los cuatro vicios que tengo. Me marean las imágenes de la bolsa en televisión, imagínate. 

    -       No juegues conmigo Bárbara, ya una vez quisiste jugar y pagaste caro. 

    -       Finalmente- sonreí, no tenía miedo, me sentía fuerte, la Casa Grande era mía- finalmente dejas hablar al verdadero Augusto, lo tienes muy reprimido desde que llegué. 

    Él observaba el humo de mi cigarrillo, subía en una columna recta, inmóvil, mi mano no temblaba ni daba signos siquiera de vida.

     -       Has decidido no vender para vengarte de quién o de qué. No seas vulgar Bárbara, el dinero te interesa, es mucho dinero… 

    -       Puedo elegir ser vulgar, o no serlo. Eso me da mucho campo de acción, querido cuñado. 

    -       Tengo los papeles en mi portafolios, firma y déjate de niñerías. 

    -       Augusto, quiero disfrutar esta casa antes de venderla. Quiero tomarme unas vacaciones aquí.

     -       No quieras tenerme de enemigo Bárbara,  no te conviene.

      -       No me interesa tenerte de amigo o de enemigo, no me interesas tú Augusto, me interesa la Casa Grande. 

    -       Quieres la casa? No, no creo. Tú no podrías vivir aquí, te has acostumbrado a la ciudad, al mundo equilibrado y razonable del Norte, tú no podrías vivir en esta tierra áspera- sentenció removiéndose en el sillón.

     -       No, no estoy segura de querer la Casa Grande, sólo he dicho que me interesa, está llena de recuerdos, soy una romántica…

     -       Podemos meter una claúsula en la venta, un derecho  a permanecer en la casa hasta una fecha sensata. 

    Cerré los ojos, sentia los párpados pesados, y el humo me estaba irritando el lagrimal. 

     -       Bueno, creo que me voy a la cama, estoy muerta de sueño 

    -       Si quieres jugar, juega, pero en este juego te vas a quemar, te aviso 

    -       Me estás amenazando- lo reté con la mirada- me enviarás un coche para que me pase por encima y luego se de a la fuga 

    -       Nunca repito el método- hizo una mueca patética que pretendía ser una sonrisa- Cuñada esas cosas que fumas te hacen ver fantasmas.

     -       Escúchame- respiré hondo para no  dejarme llevar, para mantener la frialdad que era mi única arma contra él- si metes la nariz en mi privacidad, si se te ocurre mencionar si fumo, si bebo, si salgo o si entro, voy mañana mismo a un notario y dono mi parte de la casa y  de las tierras  a la hija de Jenny con condición de vender únicamente a personas jurídicas donde tú no tengas nada que ver.  Te  conviene andarte con tiento para que yo esté contenta y te firme antes de irme para siempre. O puedo hacer algo peor, puedo llamar  a los americanos y vender directamente y decir por ahí que me han pagado más que tú has pagado a esos desgraciados por sus tierras.  

    -       No me vengas ahora con el comunismo, por favor, está ya aniquilado en todo el mundo, abre los ojos de una vez, esa gente son urracas que corren a lo que brilla sin mirar lo que destrozan en su camino.  

    -       Y tú quién eres Augusto Castellanos? Aquel niño acomplejado de gafas de culo de vaso, el hijo del maestro,  que venía a la Casa Grande y hacía planes de cómo ser un día el dueño de todo aquello. Ya desde entonces  Bárbara, la mala,  se te atragantó, pena que la dulce Ángela tuviera un clon pérfido. He sido siempre tu calvario, eh. Y mira por donde te vino la suerte de cara, eh. 

     -       Abortaste tú, no querrás culparme a mi. 

    -       Sí, aborté yo pero no sé quien movió los hilos para mi ingreso en la clínica psiquiátrica.

     -       Ahora seremos todos los responsables de tu inmadurez, claro.

      -       NO, de mi inmadurez sólo soy responsable yo, como de mi rúbrica para vender todo esto. Augusto estás en mi casa, debieras ser un poco más humilde no crees. 

     Me dirigí a la puerta tratando de mantener el paso. El suelo se me hacía arenas movedizas bajo los pies.

     Antes de salir me giré. Me miraba casi sin respirar como si mis palabras lo hubiesen petrificado  

    .Ah las llaves de la casa y de las habitaciones déjalas colgadas en el pasillo por favor- aun pude decir antes de que me llegara la primera arcada.

    El estómago me quemaba y me venía la boca la saliva acida de la nausea.

    Salí a la calle y vomité hasta quedarme vacía. 

       Hacía un frío seco que cortaba el cuerpo a cuchilladas. Me acerqué a la fuente y bebí ansiosamente.

    Me enjuagué la boca del sabor acre del vómito. Me mojé las manos y me las pasé sobre la cara 

     El hilo de agua de la fuente rompía el silencio absoluto de la noche. 

     Regresé temblando. 

     Ya no había luz en el salón.    

                        Subí la escalera casi arrastrándome. Alguien estaba de pie, esperándome arriba, su sombra se recortaba contra la vidriera azul del último rellano. Había soñado aquello o estaba todavía dentro del sueño. De nuevo ese macabro juego de encontrarme atrapada entre dos mundos antagónicos empeñados en darse la mano.

      La boca me sabía a azufre y la ropa olía a agrio. 

    Sentí un pánico irracional.Sería  fácil asesinarme ahora. Estaba borracha, había estado en la ciudad, había testigos de mi embriaguez. Bastaría un leve empujón para hacerme rodar como un guiñapo. 

     Bastaría un soplo para  derribarme como un árbol de raíces encharcadas.

     Me encontrarían muerta, a la mañana siguiente. Un grito de Jenny alarmaría al vecindario.

    Dio un traspiés, está claro, había bebido mucho.

        Me pesaba la cabeza, los pies no querían  responder, estaba subiendo a gatas, y  la sombra seguía allí firme esperándome.

      Unos peldaños antes de llegar distinguí el brillo tornasolado de la bata de mi hermana.

     

      

    -Ahora quieres llevarte a tu terreno al duque de Sears, no pararás nunca verdad, has venido a herirme,  lo sabía, quise creer que no, pero no podía ser, no serías tú si no hicieses esas cosas.

      No le respondí, el estómago me llegaba a la boca, necesitaba vomitar de nuevo. 

     La aparté para incorporarme pero ella seguía allí 

    -Estuviste en la Gardenia, y ahora él quiere verte.

     No la entendía, sus palabras parecían provenir de una caverna.                                    

                                  

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