Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis

EL FANTASMA DE LA GARDENIA
una historia de fantasmas sin fantasmas

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
  • CAPÍTULO PRIMERO
  • CAPÍTULO SEGUNDO
  • CAPÍTULO TERCERO
  • CAPÍTULO CUARTO
  • SEGUNGA PARTE:"FIGURAS ENTRE LA NIEBLA"
  • CAPÍTULO QUINTO
  • CAPÍTULO SEXTO
  • CAPÍTULO SÉPTIMO
  • CAPÍTULO OCTAVO
  • TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA
  • CAPÍTULO NOVENO
  • CAPÍTULO DÉCIMO
  • CAPÍTULO UNDÉCIMO
  • Categoría: EL FANTASMA DE LA GARDENIA: EL TREN DE LAS SOMBRAS

    03/04/2009 GMT 1

    PRIMERA PARTE: EL TREN DE LAS SOMBRAS. Capítulo tercero

    herminia @ 22:27

    CAPÍTULO TERCERO

    Al llegar a Madrid encontré a mi tía Mila envuelta en un abrigo de astracán muy largo y elegante, que le hacía los tobillos demasiado finos. Llevaba guantes de piel marrón y bolso y zapatos a juego. Ella siempre iba muy bien combinada. Era una señora de alta sociedad.

    Me dijo “bienvenida” sin mirarme, con un desprecio palpable, y me acercó la cara para depositar en el aire, cerca de mi mejilla, el triste simulacro de un par de besos. Olía a Caleche como siempre, entonces yo no lo sabía, pero un día lo descubrí metiendo la nariz en todos los frascos de una perfumería.  Fue poner una gota en mi muñeca y llegarme nítida la imagen de mi tía en la estación de Atocha, rígida como un poste, con el abrigo rotundo  y el pelo rubio ceniza muy cardado..

    Yo sólo pensaba en la mancha entre mis piernas, otra vez notaba aquella cosa bajando, aquellos cuajarones negros y densos que se desprendían de mis entrañas y me empapaban la compresa y reptaban por mis muslos. Me había puesto un pantalón negro para evitar que se viese la mancha y unas botas de caña ancha por si la sangraza seguía descendiendo entre mis piernas que se encharcara en el pie y no dejase un rastro púrpura a mi paso.

    Durante toda la noche había estado cambiándome de compresa, lavándome con papel higiénico humedecido y también había tirado dos pares de calcetines empapados.  A cada traqueteo del tren sentía aquel renacuajo viscoso escurriéndose por mi vagina y adhiriendo la tela del pantalón a mis  muslos.

    Cada vez que entraba en el angosto cubículo para cambiarme contemplaba un rostro más pálido y unas ojeras más marcadas. Mi piel iba adquiriendo una tonalidad de cera y mis ojos parecían perdidos en profundidades abisales.

    Una mujer entrada en carnes, con un vestido de un rojo estridente y muchas pulseras que sonaban con un tintineo metálico cada vez que movía las manos, se me quedó mirando y me preguntó si estaba enferma. Negué con la cabeza pero ella se empeñó en que sí y me trajo un café caliente del bar y un bollo dulce. Pensé que sería hermoso tener una madre así, amplia y cálida, con un vestido discordante y pulseras musicales, que me trajera cosas calientes cuando estaba muy enferma o muy sola.

    La mujer me contó cosas suyas, una vida muy básica. Iba a Madrid a pasar unos días con su hija que se había casado con uno del pueblo, policía nacional trasladado a la  capital.
    Ella estaba casada a su vez, con un hombre muy bueno y muy callado y tenía otro hijo que le ayudaba en el campo. Este último hijo había tenido problemas con malas compañías y bebía mucho pero ahí estaban entre todos a ver si lo hacían un hombre y lo alejaban de toda aquella perdición.
    No imaginaba a aquella hermosa matrona andaluza enviando a su hijo desangrándose durante una noche de tren para evitar la ignonimia y la vergüenza o simplemente para sentir la paz de la perfección, aniquilando el mal de raiz, recuperando lo que siempre debieron ser: un matrimonio feliz y un único parto con una única hija, dócil y modosa, bien casada, digna heredera de la Casa Grande y las tierras de Sierra Bermeja.

    La tía se dirigió muy erguida, precediéndome siempre, a un taxi que esperaba a la entrada de la estación. Yo casi no tenía fuerzas para sostener mi maleta, pero la seguí manteniéndole el paso.
    El taxi recorrió casi levitando una ciudad de calles amplias y todavía semidesiertas, envuelta en la niebla de una lluvia fina como una gasa que convertía los globos de las farolas en sutiles burbujas amarillas y el asfalto en un espejo sobre el que se desdoblaban  los colores cambiantes de los semáforos. Un ligero viento movía los árboles de las avenidas.
    Recordando aquellas imágines mientras esperaba que la vieja anciana sacara del baul los objetos olvidados, me vi a mi misma dentro del taxi, exángue, mirando el exterior como un pez dentro de un reducido acuario.

    Mi primera carta estaba allí, en mis manos, sin abrir. El matasellos indicaba una fecha precisa:  14 de abril de 1981.
    Cuando la anciana me la entregó y reconocí mi letra el corazón me latió con tanta fuerza que tuve que respirar fuerte antes de abrirla.
    La escribí mi  cuarta noche en el cuarto de taracea. Las primeras no pude, tenía mucha fiebre y estaba muy débil.  Me acordaba bien de eso. Mis primeros días en Madrid permanecieron nítidos en mis recuerdos. Después todo se esfumó en una niebla de fantasmas y pesadillas, de noches en blanco y días de sueño pesado provocado por el veneno que me dispensaban cada mañana con el desayuno en aquel lugar inhóspito de un blanco hiriente, que me provocaba la misma sensación de haber sido exiliada a una estepa polar, deshabitada y hóstil.

    La redacté casi a oscuras, controlando la línea de luz bajo la puerta del cuarto. Usé una linterna pequeña que encontré en un cajón y la escribí debajo de las mantas, con pulso tembloroso por el miedo y la debilidad después de una semana desangrándome. Me la guardé en el bolsillo y la  deposité unos pocos días más tarde disimuladamente en un buzón mientras me dirigía a la iglesia con Rosario, la hermana monja de mi tío Antonio, el médico militar al que mis padres encargaron el tratamiento de mi dolencia, porque el aborto era delito y no podían ponerme en manos de otro profesional por si sus escrúpulos le llevaban a denunciarme.

    Me dejaron en manos de aquel hijo de puta que me tocaba con dedos lascivos aprovechando mi indefensión alegando que podían volver las hemorragias.
    Y después ya sin pudor alguno comenzó a ordenarme obediencia o se vería obligado a informar sobre mi triste estado mental y aconsejar  mi ingreso en una clínica para orates.

    No conservaba ni conservo ningún recuerdo nítido de aquel Madrid que en los periódicos aparecía como una ciudad viva caliente donde el final del régimen había abierto las puertas a una modernidad vanguardista y cañí. Para mí Madrid fue una cárcel. Primero fue la casa de mis tíos de la que sólo salí tres veces para ir a la iglesia y después la clínica psiquiátrica de la que sólo guardo jirones con rostros deformes y palabras perdidas en mis pesadillas.

    Rosario era alta de constitución recia y ademanes hombrunos.  Se dedicaba a contarme historias terribles de mujeres descarriadas, pero yo apenas la escuchaba. Mientras atravesábamos aquel parque espacioso y verde, poblado de árboles frondosos, flanqueado de bancos ocupados por parejas, madres con sus niños pequeños y  viejos que buscaban los rayos del sol para ahuyentar la  frialdad de los primeros días de la primavera de la meseta;  buscaba disimuladamente el bulto amarillo que sería mi salvación.

    También yo sentía los dedos de los pies fríos y las manos heladas pero mi cabeza hervía después de haberla engañado dejando la carta dentro del buzón finalmente, sabiendo que ya era cuestión de días que Mario apareciera y les dijera a todos franquistas “cabrones vuestro tiempo ha terminado” y me cogiera de la mano y me llevara a ese Madrid de las revistas donde el venerable profesor  Tierno Galván pocos años atrás sonreía junto a una mujer mostrando un pecho.

    Pero en lugar de Mario vestido de caballero rescatador de doncellas en apuros, llegó un día un  sobre con un certificado médico positivo que aconsejaba mi ingreso en una clínica para enfermos mentales.

    No fui muy inteligente para manejar la situación. Era demasiado impulsiva, demasiado joven e inocente para calcular la maldad de los adultos. Debí callar y organizar en silencio mi fuga, pero las amenazas con delatar las perversiones de mi tío no fueron mis aliadas. Cuando una noche lo conté todo a mi tía gritando, ella se cubrió la cara con las manos horrorizada y después dijo

    - Llevas razón querido, llevabas razón, ha perdido el juicio, no podemos mantenerla más entre nosotros, nos puede hacer mucho daño. Es una degenerada, una criminal. Ha matado a su propio hijo.

    Ahora aquel sobre estaba en mi mano.  Sólo un sobre, el otro debió ser devuelto. No escribí dirección de remitente.  Dormiría ahora en una estanteria o en un cajón lleno de otro sobres que jamás llegaron a su destino. Pensé cuantos años necesitaria uan persona  para encontrar entre aquellas montañas de palabras perdidas un rastro de su vida que podría salvarla o simplemente proporcionarle la paz para continuar adelante.

    Estaba cerrado, sin señáles de haber sido abierto jamás. Y una pregunta me golpeaba las sienes:
    Por qué Mario se fue de  aquella casa justo después de mi desaparición.
    No llegó a leer la carta, ya no estaba allí cuando el cartero la dejó debajo de la puerta como solía hacer porque los buzones estaban destrozados y no quería quejas de correspondencia extraviada-

    Abrí el sobre ante la anciana. Me miraba con un ligero temblor en los labios, y retorciendo apenas la servillenta de encaje unos pálidos y sarmentodos dedos. Expectante.

    Reconocí mis palabras escritas con caligrafía trémula mientras una bola áspera e invisible se situaba en mi garganta y me provocaba  unas ansias incontroladas de llorar. Y eso no era normal porque yo llevaba más de veinte años sin haber soltado una sóla lágrima.

    La guardé sin leerla, me la metí en el bolso. No había más cartas.  No había más objetos ni tenía interés en recuperarlos en caso de que hubiese permanecido esperándome una alhaja o un libro o una fotografía.
    La anciana estaba esperando uan explicaciòn al misterio, después de todo su vida era ya sólo esa espera inútil a que alguien viniera a recoger aquel pequeño tesoro y le desvelara los secretos que escondía; pero yo no tenía ningún enigma que desvelar. Sólo la certeza de que Mario no recogió aquella carta. Que estuvo en cualquier estanteria, dentro de algún libro, sobre alguna mesa un tiempo, hasta que pasó a un cajón o al interior de un armario y luego cuando la encontraron en las obras de reformas la metieron en el pequeño baúl porque no sabrían qué hacer con una carta sin abrir.

    Tomé el café mientras le contaba una mentira sobre la carta para no robarle la ilusión de estar conservando objetos valiosísimos para la vida de las personas que vivieron en su casa. Le dije que la conservaría como un tesoro porque era la primera carta que me había escrito el que ahora era mi marido. Ella me clavó la vista sonriendo pero igual no me creyó. En todo caso lo importante era contar algo sobre aquellos fetiches y otorgarles un sentido.

    En cuanto bebí el último sorbo inventé cualquier excusa y me puse en pie. La anciana lo hizo también con dificultad. Cuando intenté ayudarla se negó.
    Aquella casa que fue escenario de mi felicidad, habitada por una anciana abandonada  esperando ansiosa  cualquier visita para llenar sus horas,  me provocó un arrebato de melancolía. Conocía bien aquella desazón, la sentí por primerz vez una tarde  de enero  cuando mi padre mató a un perro vagabundo de un tiro en las tripas porque el animal durante la noche había hecho una carniceria con los animales del corral; la trizteza se me enganchó a las entrañas como un parásito y que  hacía acto de presencia con la lluvia y se me quedaba dentro días enteros infiltrada en los huesos como la humedad.

    Me despedí inventando una cita que no existía y le agradecí el café y que me hubiese permitido recuperar mi carta. Ella parecía intinitamente satisfecha de haberme servido de algo y me pidió que volviera cuando quisiera que si algo le quedaba a ella era tiempo libre para dedicar a los demás.

    Al salir escuché unas voces estridentes y música muy alta. La anciana había conectado el aparato de televisión.

    Todavía lucía un sol perezoso y otoñal, pero a duras penas lograba esquivar unas nubes de borra gris que comenzaron a salpicar goterones sobre el  asfalto. Un viento frío procedente de Sierra Nevada recorría las callejuelas arrastrando hojas secas y flores de geranio muertas.

    Con la carta en el bolso me dirigí al Hostal para recoger mis cosas y marcharme a Sierra Bermeja esa misma tarde. Pero en el camino vi un cybercafé, un local pequeño con un mostrador de madera oscura y un par de mesas vacias a la entrada, en cuyo fondo se distribuian una especie de celdas con ordenadores.
    Pregunté si había alguno libre y  una mujer corpulenta, de cabellos teñidos de un  tono pajizo, maquillada con un carmesí intenso que desbordaba la línea de los labios y una línea azul marino sobre unos ojos pequeños y vivos, me señaló una casilla al fondo y me preguntó con acento marcadamente argentino si me servía también un café.Le dije que sí y me dirigí al ordenador.

    La conexión era lenta y tardó en abrirse. Escribí en el google entre comillas “Mario  Gutierrez Camacho”

    Aparecieron dos con ese nombre, un forista de una página de pequeñas empresas que aseguraba que la mejor manera de ganar dinero rápido y fácil era evitar la legalidad.
    Otro era un dentista colombiano con clínica abierta en Sevilla.

    Busqué las páginas blancas y escribí los apellidos Gutierrez Camacho. Aparecieron ocho personas con esos apellidos. Entre ellas  Elisa Gutierrez Camacho, que seguía teniendo la consulta de pediatría en la calle San Juan de Dios.

    Bebí el café de un trago, cerré el ordenador y entregué a la argentina teñida unas monedas.

    Llovía con furia cuando salí a la calle de nuevo. El cielo estaba de un color gris plateado y se escuchaban gorjeos de pájaros sobre los árboles de Plaza Nueva. En lugar de entrar en el Hostal giré a la derecha y  recorrí la calle Elvira, angosta y sinuosa, protegiéndome bajo los aleros de los balcones.  Permanecían imperturbables al paso del tiempo las viejas entradas a bloques antiguos con balconadas oxidadas y negocios esqueléticos de artesanias, alfombras alpujarreñas, labores en mimbre, o cochambrosas tiendas de libros de segunda mano y muebles usados, entre algún que otro taller de bisuteria de estética hippy.
    En el rincón de la Carbonería ya no estaba nuestro bar. En su lugar lucía la M espectacular y luminosa de un negocio de hamburguesas y comida rápida.

    Me dirigí a  la calle San Juan de Dios, recordaba el número de la casa de su hermana mayor, un piso soleado y amplio en una de cuyas habitaciones Elisa llevaba una consulta de pediatría privada. Fuimos un día a recoger unos muebles viejos que Elisa dejaba a su hermano para adecentar la casa del Albaycín . Yo la miré como una gata que ha vivido sola entre tejados sin bajar jamás a tierra. Me limité a decir un buenos días huraño y ella  me abrazó y me besó sonriendo. Después dijo a Mario que llevaba razón, que era muy bonita. Y supe por su manera de mirarme que le gustaba, era como si el mundo se hubiese vuelto al revés. Después nos vimos muchas veces, cenamos juntos y una vez hicimos una excursión a los Cahorros, con tiendas de campaña  y pasamos una noche fantástica contando cosas junto al fuego. Cómo yo hablaba poco Elisa me preguntó  si no quería contar alguna historia de mi infancia, y yo les hablé de Lucrecia la bruja y de las mujeres voladoras.

    En el pasillo había un olor fuerte a ambientador y los buzones estaban saturados de publicidad, tres peldaños subían al rellano de los ascensores, y aunque los recordaba idénticos por fuera, por dentro habían sido reformados, y las paredes oxidadas habían sido sustituidas por espejos que jugaban con las figuras desdoblándolas hasta el vértigo.

    Pulsé el número 6 y ascendí tratando no pensar en nada, ni siquiera en lo que le iba a decir a aquella mujer después de 25 años. Comencé a sentirme ridícula a medida que el ascensor ascendía pero no podía volver atrás, porque ya había cogido un avión y un tren como una autómata  para recuperar algo perdido antes de establecerme definitivamente en mi refugio de reina de las nieves.
    Me abrió una muchacha de unos dieciocho años, muy alta y con el pelo teñido de un rojo brillante. Llevaba una bata blanca que lucia tan fuera de lugar como el pantalon negro y la pajarita del camarero de la estación de Atocha.  Llevaba los ojos enmarcados en dos líneas de un negro tizón que resaltaban un azul turquesa imposible.
    En la aleta izquierda de su nariz relucía un pequeño diamante y llevaba anillos en todos los dedos de las manos y de los pies.
    -         Buenas tardes, tiene usted cita?  - me preguntó con un tono de voz impersonal pero correcto.
    -         No- respondí- quería hablar personalmente con Elisa Gutierrez.
    -         Elisa Gutierrez no vive aquí señora
    -         Pero es una consulta de Pediatría, no?
    -         Si, pero la pediatra se llama Ana Fábregas, no ha leido usted en el buzón

    En ese instante una joven menuda, de corta estatura , con la cara lavada, sin el menor rastro de maquillaje y el cabello recogido en una coleta sencilla,  ataviada también con una inmaculada bata blanca salió de una puerta sobre la que había colocado un cuadro infantil y se dirigió a la muchacha que me atendía

    Me saludó educadamente y la joven del pelo rojo le indicó que yo preguntaba por la pediatra Elisa Gutierrez

    -         Es mi madre- sonrió- pero hace ya tres años que llevo yo la consulta. Quería usted una cita de pediatría o una entrevista personal con mi madre.

    -         Es algo personal- respondí
    -         Oh- la pediatra parecía contrariada- entonces siento decirle que mi madre vive en Bilbao, enviudó y se casó en segundas nupcias con un doctor de la ciudad y trabaja con él en una consulta de medicina familiar.

    -         Le agradezco la información- le tendí la mano y me disponía a marcharme cuando la joven me extendió un papel con un número de teléfono

    -         También puede dejarme su teléfono y su nombre. En cuanto me llame se lo daré para que ella se ponga en contacto con usted.

    La muchacha de los ojos color turquesa me dejó un pequeño bloc y un bolígrafo. Escribí allí Bárbara Montalbán y dejé mi número de teléfono. Estaba segura que no me iba a llamar.

    -         Este el número de la consulta de Bilbao. Si desea hablar con ella – me dijo extendiendo una tarjeta en la que podía leerse Elisa Gutierrez Camacho e Iñaki Urrutia de Miguel, pediatria y logopedia,  y una dirección y unos números de teléfono.

    Le di nuevamente las gracias y salí guardándome el papel en el bolso, sin dar explicaciones y agradeciendo que la joven no me las hubiera pedido.
    No estaba segura de que fuese a llamar. De repente entontré todo aquello absurdo.
    No tenía sentido buscar un fantasma de hacía veinticinco años.
    Encontraría sus ojos sus manos su pelo su piel, todo un poco más ajado por el tiempo, pero el joven Mario no habría sobrevivido dentro de aquel envoltorio. Una persona diferente me miraría extrañada o me abrazaría con una sonrisa abierta y recordaría aquellos tiempos como la magia de la juventud que se fue.
    Pero para mi no fue eso, para mí aquel tiempo contenía el momento en que cercenaron mi vida de un tajo en dos partes, y desde entonces todo lo que había vivido había sido una diáspora y una lucha contra el insomnio y la ansiedad.

    A mi me metieron en un tren una fría noche de abril y él dejó la casa para no volver ni a recoger la correspondencia.

    No valía la pena continuar indagando en los motivos porque ya eran viejos, y no tenían sentido ni servían para recobrar nada.

    Alquilé un Wolkswagen Polo plateado en el primer negocio de rent-a-car que encontré y cargué mi maleta para acto seguido poner rumbo a Sierra Bermeja.  Antes pasé por Plaza Nueva para comprar a un joven de piel aceitunada y ojos bulbosos ,  provisión  de hashis y marihuena suficiente para sobrevivir al reencuentro. También compré en un veinticuatro horas junto a la gasolinera donde terminé de llenar el depósito cuatro botellas de buen whisky.

    Todo había cambiado. Nada era reconocible desde la Redonda. La ciudad había crecido comiéndose la jugosa vega, nuevas calles y una circunvalación de amplios carriles por donde circulaban veloces centenares da automoviles habían trasnformado aquella tranquila entrada a la ciudad en una incesante estampida de motores. No quedaba rastro de aquel olor entre dulce y amentolado de la fábrica de aceites a la salida de Armilla, y ni de aquel negocio llamado “Demetrio García” al que yo asociaba el tufo extraño e intenso pero no desagradable del aceite de oliva.  Aquel aroma fuerte, diferente a todos los conocidos, se quedó vinculado en mi  mente infantil a todos los olores y colores de la ciudad, al agua clorada con sabor a aspirina y a los rostros cerúleos de los comerciantes, hombres flacos, de manos pálidas y nervosas, cuyas facciones huesudas resaltaban bajo la piel blanquecina de personas que no tomaban mucho el sol.
    Eran como seres de ultratumba, criaturas agonizantes sobreviviendo en un entorno triste y brumoso.

    A la salida por la calle en donde se elevaba un flamante  edificio de Carrefour pude elegir entre tomar la autovía y salir por el Suspiro del Moro hasta la Malahá, o continuar por Armilla por la carretera vieja, y opté por el camino conocido. La vieja calzada que desde Armilla cruzaba las Gabias y continuaba en líneas curvas hasta los angostos meandros sobre las salinas de la Malahá, donde la carretera era una boca sinuosa abierta en un tajo certero a los montes de herriza.

    Desde las Gabias el paisaje había cambiado poco, el mundo rural granadino permanecía durmiente e intocable; pero al salir de la Malahá y enfrentar la línea recta del llano de los durmientes, llamado así porque después del zigzag vertiginoso entre Granada y las salinas,  su monotonía recta provocaba sueño y accidentes absurdos;  un puñado de máquinas excavadoras y otro tanto de camiones se movían con pesadez entre un polvo espeso  convirtiendo la extensa llanura de cereal que yo recordaba, en una tolvanera b lanquecina entre la que ululaban máquinas y personas como ciegos a tientas.

    Era el esqueleto del futuro polígono industrial que por fin traería la modernidad y Europa a la raquítica comarca del Temple y reclamaba tierras y casas en una  Sierra Bermeja que había hibernado durante siglos y agonizado los últimos cuarenta años, desde que se quedó vacía por la emigración a Francia, Suiza, Bélgica y Alemania; y a las fábricas textiles de Cataluña y ya no hubo quien resistiera a aquel  miedo abierto que campaba a sus anchas.

    Miedo a la noche y sus criaturas, al futuro, al cambio, a lo que se mueve a lo que repta en la oscuridad a lo que susurra, a  la vida y a la muerte. Un terror irracional a despertar y descubrir algo insólito en la calle, a acostarse y que una mano helada asiera tu tobillo y te arrastrara a esa boca tenebrosa que parecía esperar famélica en todos los rincones oscuros.

    Finalmente el polígono industrial devoraba los alcaceles y difuminaba tras aquella bruma lechosa los perfiles de las sierras de encinas y la majestuosidad blanquiazul de Sierra Nevada, pero traía la llave de la puerta donde se escondían los dineros, las buenas casas, los buenos coches, el buen jamón, las buenas juergas sin reparar  en gastos y los viajes a Mallorca o las Canarias a buenos hoteles sin ayudas estatales.

    El milagro de la revolución industrial estaba allí con tres siglos de retraso.  Mi cuñado y mi  hermana no podían ser ajenos a los nuevos tiempos, y probablemente querrían dirigir aquel barco y coger las mejores tajadas del banquete; pero a mí eso no me importaba porque yo era una exiliada que lentamente se había transformando en una paria sin empeños ni ambiciones, y acudía para recoger un cheque bancario y para mirar por última vez la Casa Grande y los perfiles festoneados de las sierras antes de convertirme en otro fantasma más de los que habitaron la Casa  porque allí siempre convivieron criaturas corpóreas y almas en pensa sin demasiadas estridencias.

    A la entrada de las Ventas había una gasolinera nueva, no muy grande, pero a sus espaldas se extendía un amplio solar verjado  y un puñado de obreros movían carretillas y puñados de ladrillos. En un cartel podía leerse “reforma y ampliación  estación de servicio Indalecio Saavedra”
    Un par de camiones estaban llenando el depósito y un muchacho con un mono azul marino y una gorra anaranjada, descansaba  con el brazo apoyado en el surtidor charlando alegremente con el conductor de uno de los trailer.

    Después ví el falso castillo, aquella casa de pequeños burgueses construida con almenas y pintada de un marrón desgastado imitando torpemente una residencia medieval. A la entrada unas letras de neón apagadas formadas por tubos que se entrelazaban  para formar consonantes y vocales y una palmera, anunciaba un pub con terraza de verano y actuaciones en vivo. Un cartel borroso mostraban un hombre menudo vestido con un traje negro y una flor roja en la solapa. No podía leerse el nombre, sólo la palabra “tango”

    Eran las siete de la tarde cuando aparecieron entre los ordenados olivares las casa del Cortijo de los Frailes, mal pintadas y con la misma estética ruinosa de veinticinco años atrás. Un mundo herido de muerte desde hacía un cuarto de siglo  all que  sólo un rebaño de ovejas acercándose mansamente  a la carretera regalaba un suspiro de vida

    Después aparecieron los almendros que flanqueaban la carretera hasta el puente, esqueletos enclenques, tristes figuras de ramas frágiles todavía sin el verdor del invierno todavía lejana la explosión de las flores rosáceas que en las noches de primavera parecían poblar de fantasmas la carretera.

    La casa del puente había sido ligeramente reformada con un añadido de una nave de bloques grises. A la entrada había una cuerda con ropas tendidas y un perro dormido junto a  la puerta.

    Tomé el puente con cuidado, abajo el barranco mostraba sus fauces oscuras, las hilachas de agua entre zarzas y flores silvestres e hileras de almendros sosteniendose como soldados sobre lso terraplenes del cerro por el que ascendía tortuosamente la carretera.

    Al llegar a la revuelta de las zarzas apareció una carretera bien asfaltada, un cartel con un poema sobre las maravillosas vistas en Sierra Bermeja, otro de bienvenida y una señal de limitación de velocidad. A la izquierda sobre una cuesta empinada aparecían las casas del Sestil, la Sierra Parda cubierta de encinas, la Sierra Negra mostraba una parte nueva, un trozo  de su lomo pelado y máquinas amarillas que por la lejanía parecían juguetes infantiles moviéndose entre nubes de polvo rojizo.
    A la derecha otra cuesta más suave poblada de almendros  y las escuelas, los mismos edificios pero ahora encerrados en verjas y flanqueados por chopos oscuros de copas perfectamente circulares.

    Justo al girar para entrar en el pueblo, alguien se colocó delante del coche con el brazo en alto invitándome a detenerme. Frené en seco y pude comprobar el motivo de su intromisión. Por el estrecho tramo de carretera flanqueado de casas venía un grupo de muchachos solemnes y enlutados con un ataud sobre el hombro. La cara de uno de ellos me resultó familiar probablemetne por su parecido con su padre o madre a quien yo conocería de joven.

    Detrás del arca una mujer de aspecto frágil enlutada de los pies a la cabeza caminaba entera, sin llorar, con la cabeza levantada, como si tuviese más rabia que dolor. Al pasar cerca de mi coche se me quedó mirando. Tenía los ojos inmensos de un azul casi transparente.

    Me puse las gafas de sol y casi dejé de respirar, como intentanto adquirir el don de la invisibilidad, cuadno sentí ojos escrutándome, miradas directas clavadas en el cristal sin disimulo, tratando de reconocer mis rasgos y asociarlos a alguien conocido.

    Un grupo de mujeres con los brazos cruzados y las cabezas ladeadas, esperaban en la pequeña plaza de las palomas que el cortejo doblase hacia la iglesia. Volvieron la vista al Polo y  comenzaron a hablar mirando fijamente. Por un instante una de ellas se apartó e  hizo ademásn de acercarse.

    Por suerte la carretera se despejó y pude arrancar el motor y girar por la calle Real hacia la meseta de la Casa Grande.

    El corazón seguía latiéndome fuerte, sentía la lengua dormida y una extraña nausea en la boca del estomago.

    29/03/2009 GMT 1

    PRIMERA PARTE: EL TREN SE LAS SOMBRAS. Capítulo segundo

    herminia @ 11:05

          CAPÍTULO SEGUNDO

          LA chica  enlutada se bajó en la siguiente estación. La esperaban un grupo de muchachos con marcadas ojeras y vestidos, como ella, de riguroso luto, sólo sofocado por alguna bisutería plateada. Se saludaron sin tocarse pero sonriendo. Me quedé mirándolos hasta que los perdí de vista.  Querían parecer tristes por respeto a un dogma pero la vida les brotaba bajo los pies a cada paso que daban. Eran demasiado jóvenes.

       No tenía sueño, nunca conseguí dormir en un tren o en un avión, ni cuando era niña. Ángela dormía agotada tras regresar de una excursión o de una visita a un familiar lejano o del veraneo en Torremolinos, pero yo no podía cerrar los ojos, la pantalla de la ventana del tren o el autobús, aunque solo fuese un terrible reflejo de nosotros mismos y afuera la oscuridad más insondable devorase los paisajes, me atrapaba como una canción de sirenas.  A veces entre la absoluta tiniebla emergía como por hechizo una luz rojiza, o un puñado de luces azuladas en la distancia, y yo me preguntaba quién respiraría allí en la lejanía, quien dormiría o velaría, cómo sería su rostro o cual sería el color de sus ojos, qué sentiría justo en el momento en que yo contemplaba la pálida luz que delataba su existencia.  Otras veces emergía entre la bruma una bombilla  balanceándose por el viento en una estación semiabandonada, y yo inventaba figuras transparentes entre las sombras de las ventanas destartaladas o de la puerta medio derribada. 

    Ángela dormía con la cabeza doblada sobre algún hombro y su eterna sonrisa de niña satisfecha. Yo jamás fui feliz, nunca conseguí saborear nada sin complicarlo mientras sucedía. No supe entregarme a nada ni pertenecer a nadie. Era como si en el útero de nuestra madre, en el espacio reducido y húmedo que compartimos, sólo ella, la hermana buena y hacendosa, se hubiese sentido cómoda y yo hubiese estado siempre buscando la postura adecuada para descansar de su  sonrisa tatuada. Mi madre decía que yo le di muchas patadas, que estaba segura de que era yo porque estaba en el lado izquierdo, en el lado de los irredentos,  mientras el lado derecho era manso y dulce, y así fue siempre, ella lo sabía desde el principio, que Ángela sólo le proporcinaría remansos de paz y que yo le atravesaría el corazón con todos los puñales del mundo. Yo era mala por naturaleza, sangre de Caín, luchadora derrotada desde el primer día contra tierras ásperas que nunca quisieron dar un fruto jugoso,   y Angela dócil y obediente, tierna pastorcilla de ovejas. Así se decretó dentro del vientre de nuestra madre y así fue siempre.     Por eso ella dormía con su dulce cabeza de delicados rizos de caramelo, apoyada sobre el hombro de mi padre, respirando rítmicamente, entregada a la nada del sueño o a un paisaje de arena, sol y balones de colores; mientras mis ojos relucientes como carbones ardiendo se aferraban al reflejo del cristal. 

     -No duermes, Bárbara, anda cierra los ojos, todavía queda mucho viaje. Mi madre hundía su mano en mi melena negra y lisa, me acariciaba detrás de las orejas, como si fuese un gato montaraz al que hay que doblegar con caricias.  Pero nadie podía aplacar ese espíritu huraño que me habitaba y que no me dejaba descansar y ser deliciosamente niña  igual que era niña la tierna Ángela. 

       En el lugar de la chica gótica se sentó una vieja enteca y malhumorada que gruñía cuando el muchacho negro la rozaba con el pie-, entonces me miraba fijamente fafullando algo e intentaba encontrar complicidad conmigo para entrar a saco contra toda esta gente rara que se hos había metido en el país. Evité durante el resto del trayecto sus ojos lacrimosos enterrados en manojos de impúdicas arrugas.  Afortunadamente se bajó a mitad de camino y su lugar quedó libre hasta Granada.   

    El tren llegó casi a las cuatro de la mañana. Me esperaba una ciudad dormida bajo un manto manso de lluvia que hacía brillar el paseo de la estación y desdoblaba las tristes luces de las farolas nocturnas contra el aslfato. Un viento helado, mensajero de los primeros fríos del invierno granadino, estremecía las hojas de los árboles que como guardianes impávidos seguían en el mismo sitio donde los dejé otro día casi similar, pero de primavera tardía, cuando me enviaron a Madrid, a una casa gris y fría como el plomo, donde aquellos seres obtusos y macabros se empeñaron en doblegar mi rebeldía amparando su miseria y crueldad en  una cuartilla firmada por un médico dócil que certificaba mi delicado equilibrio nervioso  y aconsejaba mi ingreso en una clínica de reposo para enfermos mentales.  Tenía diecinueve años  y un médico con una impoluta bata ayudado de dos hacendosas enfermeras,  me había practicado un aborto que casi me mató.    Llevaba todos los dedos índices de aquella España destinada a morir pero todavía fuerte y vigorosa señalándome como una asesina de niños indefensos, y no me quedaba otra opción que el silencio porque me acechaba el Código Penal y un tribunal de jueces viejos y misóginos dispuestos a acribillarme sin atender a otra razón que su odio ancestral hacia la libertad femenina. Nadie sabía de mi regreso, podía todavía cambiar de opinión y deshacer el camino andado, no estaba tan segura ahora que veía la estación de nuevo de querer emprender nada o recobrar un pasado que nada más llegar ya estaba afilando las garras para clavarmelas a placer en el pecho.  

    Cogí el único taxi disponible, dejándome llevar por mis piernas más que por mis pensamientos. Un joven de aspecto frágil y ojos de pupilas inquietas me dijo un buenos noches mortecino, cambió la emisora de radio y arrancó el motor del coche antes de preguntar adonde vamos.   El taxi se deslizó suavemente sobre el asfalto mojado, un gato oscuro cruzó la calzada y sus ojos de un verde esmeralda relucieron como diamantes antes de desaparecer.   Le dije al taxista que me llevase a un hotel tranquilo y limpio en el centro. Y el muchacho se removió en su asiento con aire de hombre de mundo para indicarme que me llevaría a la mejor pensión de Plaza Nueva,  muy limpia y con una cocina exquisita. Aseguró conocer bien a los dueños y el esmero con que se cuidaban todos los detalles porque su novia trabajaba allí. Le agradecí la información. Acto seguido marcó un número en su teléfono móvil, y comunicó a quien se encontrara en recepción en aquel momento que preparase una habitación con hermosas vistas porque llevaba una cliente en ese justo momento.  Cuando pronunció las palabras “hermosas vistas”  me guiñó un ojo còmplice, recordándome mi buena estrella por haberlo encontrado   Después él mismo llevó mis maletas dejándome a la entrada de una puerta de cuarterones, alta y estrecha, sobre cuyo dintel se podía leer  en un neón azul marino  “Hostal Boabdil”  escrito en letras doradas que imitaban la caligrafía árabe.  Le di una generosa propina y el muchacho se marcho con aire ufano, satisfecho finalmente de una noche que se prometía vacía.   

     La habitación era sencilla y limpia, como me había explicado el taxista, y un balcón de madera abría sus puertas a una ciudad de tejados y gatos, recorrida por un aire frío  procedente de los penachos del Mulhacen y el Veleta, los dos montes de laderas suaves a pesar de su origen alpino   que habían acunado desde su origen la vida y las penas de la ciudad.     Estuve asomada largo rato al balcón, fumando un cigarro bien cargado de hashis, tratando de no pensar, de esquivar todos los momentos que Granada  me iba a lanzar a la cara al día siguiente porque no se puede pasear impávido en una ciudad saturada de recuerdos, por un lugar donde la felicidad se presentó por primera vez en la vida  y fue tan perfecta que llegó a provocar los recelos de perennes satisfechos, de felices oficiales como la hermosa Angela y el ambicioso Augusto. , 

      Me acordaba de su nombre y de sus apellidos, de sus ojos, de su boca, de sus manos, de su cuerpo recién salido de la adolescencia, aferrado al mio con una ansia que nadie pudo repetir jamás a pesar de haber engrosado con los años un curriculum extenso de amores y amantes.    No respondió ninguna de mis cartas. No atendió a mis gritos de auxilio desde la clinica psiquiatrica donde sólo consiguieron provocarme adición a los sonníferos y ansiolíticos y poblar mis sueños de monstruos para toda la vida.  Quizá tuvo miedo, quizá no supo afrontar una realidad tan desnuda y cruel acostumbrado a un amor elaborado de risas, de paseos, cervezas, porros, bocadillos, amigos, sábanas y besos.  Nunca pude saberlo porque finalmente cuando me liberé de aquellas paredes asépticas y me encontré en la calle,  asustada e indefensa, adicta a los medicamentos, incapaz de articular un pensamiento propio, me aferré a la primera mano que me ofreció un poco de calor y un rincón caliente para acurrucarme y ya no quise buscarlo o simplemente ya no lo recordaba como era, sino como una sombra tan irreal como los fantasmas que poblaron los cuentos de mi infancia, tan lejano como aquella estación de tren a la que llegué desangrándome una noche de primavera sin más compañía que una madre cobarde y destrozada porque una de sus hijas era una criminal, una degenerada que había asesinado a un niño indefenso dentro de sus entrañas.     Me dormí con el balcón abierto y desperté con los ruidos del día y un sol acuchillándome los ojos sin piedad.  Me dolía la garganta al tragar saliva y sentía frío en los huesos.  No quedaba rastro de la lluvia sobre los tejados y no soplaba viento, solo unas bocanadas de aire tibio mucho más hospitalario que el que me recibió la noche anterior en la estación.  Tomé una ducha caliente deleitándome en el calor del agua bajando por mi espalda entumecida y me vestí  decidida a comenzar aquella misma mañana a rescatar mi vida, porque había regresado no para esconderme en un hostal de Plaza Nueva y fumarme una libra de hashis a solas antes de comprar el billete de avión que me dejaría para siempre en la diáspora de Oster Sogade, sino para mirar de cara a cara a todos aquellos espectros que se movían en mis pesadillas y convertían mis noches en tortuosos senderos o escaleras de caracol en cuyo final me esperaban sombras sin rostro.      

       Estuve asomada largo rato al balcón, fumando un cigarro bien cargado de hashis, tratando de no pensar, de esquivar todos los momentos que Granada  me iba a lanzar a la cara al día siguiente porque no se puede pasear impávido en una ciudad saturada de recuerdos, por un lugar donde la felicidad se presentó por primera vez en la vida  y fue tan perfecta que llegó a provocar los recelos de perennes satisfechos, de felices oficiales como la hermosa Angela y el ambicioso Augusto.

    ,   Me acordaba de su nombre y de sus apellidos, de sus ojos, de su boca, de sus manos, de su cuerpo recién salido de la adolescencia, aferrado al mio con una ansia que nadie pudo repetir jamás a pesar de haber engrosado con los años un curriculum extenso de amores y amantes.

    No respondió ninguna de mis cartas. No atendió a mis gritos de auxilio desde la clinica psiquiatrica donde sólo consiguieron provocarme adición a los sonníferos y ansiolíticos y poblar mis sueños de monstruos para toda la vida.

    Quizá tuvo miedo, quizá no supo afrontar una realidad tan desnuda y cruel acostumbrado a un amor elaborado de risas, de paseos, cervezas, porros, bocadillos, amigos, sábanas y besos.

    Nunca pude saberlo porque finalmente cuando me liberé de aquellas paredes asépticas y me encontré en la calle,  asustada e indefensa, adicta a los medicamentos, incapaz de articular un pensamiento propio, me aferré a la primera mano que me ofreció un poco de calor y un rincón caliente para acurrucarme y ya no quise buscarlo o simplemente ya no lo recordaba como era, sino como una sombra tan irreal como los fantasmas que poblaron los cuentos de mi infancia, tan lejano como aquella estación de tren a la que llegué desangrándome una noche de primavera sin más compañía que una madre cobarde y destrozada porque una de sus hijas era una criminal, una degenerada que había asesinado a un niño indefenso dentro de sus entrañas.

    Me dormí con el balcón abierto y desperté con los ruidos del día y un sol acuchillándome los ojos sin piedad.  Me dolía la garganta al tragar saliva y sentía frío en los huesos.  No quedaba rastro de la lluvia sobre los tejados y no soplaba viento, solo unas bocanadas de aire tibio mucho más hospitalario que el que me recibió la noche anterior en la estación.

    Tomé una ducha caliente deleitándome en el calor del agua bajando por mi espalda entumecida y me vestí  decidida a comenzar aquella misma mañana a rescatar mi vida, porque había regresado no para esconderme en un hostal de Plaza Nueva y fumarme una libra de hashis a solas antes de comprar el billete de avión que me dejaría para siempre en la diáspora de Oster Sogade, sino para mirar de cara a cara a todos aquellos espectros que se movían en mis pesadillas y convertían mis noches en tortuosos senderos o escaleras de caracol en cuyo final me esperaban sombras sin rostro.

    Era imposible que él viviera allí, que en aquel apartamento destartalado por donde habrían pasado generaciones de estudiantes quedase un rastro de nuestro paso; pero estaba en Granada y tenía ganas de atormentarme o sólo no tenía otra cosa qué hacer en una ciudad que ya era tan inédita para mí como cualquier otra del mundo.

    Tal vez  solo pretendía rezagarme y  prolongar el tiempo antes de encontrarme de nuevo contemplando la fachada señorial de la Casa Grande, antes de tomar el picaporte o posar el dedo en el timbre y escuchar los pasos que retumbarían como temblores de tierra en mi corazón.

    Tomé un café en una  terraza del Paseo de los Tristes, custodiada por los bosques verdoscuros y la barrera de las murallas rojas de la Alhambra, el hermoso palacio elevado sobre el hirsuto río que serpenteaba  salvaje como un niño frágil y terco, empeñado en ganar una carrera llena de obstáculos.

    Cerré los ojos al sol, un sol tibio de otoño, posado indolentemente entre las hojas rojizas de un árbol para crear un juego inestable de luces y sombras como un cuadro impresionista .  Saboreé  un café fuerte y aromático, escuché palabras perdidas procedentes de la mesa vecina con el acento peculiar del andaluz granadino con influencia árabe, que desparramaba las vocales al final de las palabras y ablandaba casi todas las consonantes.

    Traté de rescatarme  con dieciocho años sentada allí frente a un muchacho hermoso como un efebo que me miraba extasiado, como si no se creyese mi belleza y el extravio de mi vida, dispuesto a tomar mi mano y a amarme como era, una niña escondida dentro de una cáscara de animal huraño.

    Y algo se me removió dentro, la absoluta certeza de que me habían robado mi vida. No sólo fue  la crueldad de aquel sur católico y cruel  lo que había caído sobre mis espaldas  ni siquiera la ignorancia de quienes obedecían los designios de lo absoluto;  hubo algo más, algo que yo debería descubrir, porque nada justificaba aquella condena brutal y desproporcionada.

    Quién estuvo detrás de mi exilio, quién aconsejó mi salida de Sierra Bermeja oculta en las sombras de la noche,  como escapan los criminales.

    Quién me hizo creer que me estaban protegiendo, que encubrían un crimen, y me salvaban de la cárcel y de un futuro marcado con la letra escarlata.

    Quién me puso en manos de un médico militar, conspirador del último intento de golpe de estado. Una bestia obstusa  y sádica que se metía en mi cama cuando la casa se quedaba vacía y me pisaba la cara contra el suelo mientras se masturbaba.

    A mi mente llegaba sólo una figura rotunda esperándome al final de una escalera que nunca logré coronar.

    Subí la cuesta Chapiz, justo hacia la calle Canasteros  a la que se abre una callejuela empinada y angosta, con balcones a ambos lados cuyas macetas raquíticas por la ausencia de sol casi se rozan en la línea estrecha del cielo. En una de aquellas casas  húmedas de ceñidas escaleras y baldosas despegadas que anunciaban la llegada de vecinos o intrusos con un estrépido de demolición;  en la cuarta planta,  Mario y yo vivimos un año de amor. El año más hermoso de mi vida.
    Un año lento y muelle,  sobre el escenario de una ciudad hermosa como ninguna que debía su existencia a una juventud  entregada al tiempo muerto de los sueños universitarios, como un paréntesis entre la niñez tardía y el impío mundo de los adultos que acechaba implacable  para devorar el ultimo esplendor de la indolencia.

    Después de prolongadas discusiones acerca del futuro curso, el que iniciaba nuestra bitácora universitaria, mi padre decidió que no era conveniente una de esas residencias donde se producian toda serie de perversiones ante los ojos cerrados de las inocentes monjitas, amén de no haber correspondencia entre el precio elevado y las nulas comodidades que ofrecían.

    Y recordó el piso de la calle Mesones, cerrado desde hacía tres años.
    Nada más pronunciar el nombre de la calle ya sentí un escalofrío. Había pasado allí interminables tardes heladas, con las piernas metidas en una mesa camilla que guardaba en su seno un brasero de butano, escuchando  el  tic tac cansino del reloj de péndulo y el ruido de un grifo mal cerrado o roto. Tardes de otoño de lluvia golpeando los cristales y el constante tictac y de primavera sufriendo la nueva luz asomada a la ventana de aquel cuarto anclado en un invierno perpetuo. Tardes de visita al abuelo Eusebio Montalbán, viejo notario cascarrabias, que llevaba un sonda en la bragueta y arrastraba una impúdica bolsa llena de un líquido color caramelo.

    Todos los muros estaban cubiertos de cuadros de paisajes y retratos muy antiguos y descoloridos y los muebles conservaban un aire señorial, pero  cochambroso, anunciador  de un mundo en ruinas.

    La criada  nos servía chocolate con churros sobre unos delicados mantelitos ribeteados con encajes, pero ajados como todo en aquella casa que despedía el nauseabundo tufo de la decrepitud desde el rellano.

    Los muebles del dormitorio del abuelo eran muy valiosos, de un material lacado, al que mi madre llamaba taracea. Cuando mencionaba el dormitorio de taracea lo hacía para atacar a la hermana de mi padre, la tía Mila, que se lo llevó estando todavía el cuerpo del abuelo caliente, sin esperar a la lectura del testamento.

    Después volví a verlo en aquel piso de Madrid. El armario , las mesitas, la cómoda y el cabezal de la cama  y el crucifijo,  con su delicada decoración geométrica, idéntica a la de las cajitas que se vendían en la Alcaiceria granadina a los turistas.

    Todas las cosas tenían allí un vínculo extraño con acontecimientos pasados y futuros que hacian sentirse a una parte de una trama  en la que nunca participó ni se le dio opción para elegir una salida u otra. Un determinismo vital que provocaba aquella cosa terrible en el pecho, aquella angustia de recorrer una senda de tristeza delineada por otros.

    Aunque se pintaron las paredes, se compraron muebles nuevos  aptos para la vida estudiantil, se cambiaron las cortinas y los cuadros y se sustituyeron las desgastadas losas del cuarto de baño, la casa seguía manteniendo aquel tufo rancio y la misma tristeza que me ahogaba cuando llegaba siendo una niña vestida de  nieta de notario, con una falda de terciopelo color burdeos y una blusa de tergal blanca con encajes en el cuello, un lazo de seda en el pelo suelto  y calcetines de ganchillo.

    Sin embargo Angela entró eufórica en su recién estrenado mundo de estudiante universitaria, de futura abogada.

    Colgó sus vestidos,camisas , faldas y pantalones en el armario, dobló  sus jerseys, bragas y pijamas dentro de los cajones de la cómoda, perfumó el aire con un ambientador espeso que olía a rosas muertas, ordenó perfectamente sus boligrafos, cuadernos y libros en el escritorio y coronó su labor con la foto de un circunspecto Augusto Castellanos, su novio formal, encuadrado en un marco de plata.

    Yo me quedé en pie, desolada, con las maletas a mis pies, mirando mi cuarto, y escuchando el tic tac del reloj de péndulo que no había sido retirado del pasillo por capricho de Ángela, porque lo consideraba especialmente elegante.
    Tenía la sensación de estar atrapada en una tela de araña de la que jamás lograría escapar. Quería respirar los nuevos tiempos, los sentía en el aire, en las ropas de los jovenes que poblaban las plazas y los  bares, en los carteles sobre los muros, en las palabras de los locutores de radio, en los nuevos programas de televisión y en la rabia de mi padre y su círculo. Era el año 1981 pero nosotras seguíamos habitando aquel mundo rígido dominado por el color gris. Ángela se sentía bien instalada sobre un conformismo blando, como si se hubiese echado a dormir en una barca  blindada  renqueando sobre aguas revueltas.  Pasara lo que pasara ella desembarcaría en un lugar seguro y haría lo que tenía que hacer.

    Pronto reinó en nuestro piso de universitarias. Su estilo moderado de niña bien se apoderó de toda la casa, sus normas, sus horarios, sus visitas y horas del té, del café, de estudio y de salidas y entradas y Augusto se convirtió en convidado de piedra  inamovible en el sofá del salón o  en la salita de estudio,  leyendo sus volúmenes de derecho junto a la ventana  o tomando notas, circunspecto, atrapado en la burbuja de luz de un flexo.

    A veces lo descubría mirándome, fijamente, enfrascado en un pensamiento que le hacía temblar las pupilas con ese frenético baile del azogue.

    Casi siempre hablaban de su futuro, de un hermoso ático en el Triunfo, la restauración de la  Casa Grande, un despacho de abogados por Recogidas  y dos hijos preciosos.  Y lo realmente fabuloso de esos proyectos es que fueron cumpliéndose exactamente como ellos los habían diseñado, sin delaciones en fechas o contrariedades en los éxitos.

    Se besaban casta y comedidamente, con besos sin lengua y el no se quedó una sola noche pasadas las doce. Eran las reglas exactas de la decencia que Ángela seguía con pulcritud.

    Yo sobrevivía casi sin respirar cmo una sombra de la facultad al piso y del piso a la facultad, mirando el mundo hervir fuera de aquella casa, sintiendo cada vez más fuerte su llamda, pero era introvertida y solitaria y también en los nuevos tiempos parecía haber más espacio para lideres y  estrellas del palcoscenio.

    Hasta que una noche después de una discusión con Ángela, una más, qué más daba, nunca estábamos de acuerdo con nada, desde lo más elemental como la cantidad de sal de la salsa de tomate hasta la necesidad de que usara una bata para andar por casa cuando estaba presente Augusto,  me lancé a la noche y me perdí en aquel antro de la calle Elvira, un bar saturado de cuerpos apretados unos contra otros entre la niebla del humo de cigarrillos y porros, hablando, riendo, gritando, besándose, sumergidos en un rumor extraño de vida, de felicidad descuidada que yo jamás había conocido.

    Él era un muchacho alto, muy delgado, con los cabellos largos hasta la espalda y muy lisos igual que el camarero de la estación de Atocha. Siempre vestía pantalones y camisetas negras y rebatía a los profesores con una seguridad apabullante,  citando autores y anécdotas que para el resto de la clase eran sólo palabras enigmáticas, las claves de una vida maravillosa con tiempo para la lectura y tiempo para la rebeldía.

    Siempre iba rodeado de las chicas más guapas, y a veces lo ví comiéndole la boca  a alguna rubia de melena por la espalda vestida como una californiana de los años sesenta.

    Me reconoció y fue mi primera sorpresa porque no tenía ninguna duda de que por un misterioso conjuro  al pisar el primer peldaño de la facultad de filosofía y letras, me convertía en invisible.

    Me dijo Hola bicho raro, y yo lo miré con los ojos asustados.
    -¿bicho raro?

    -Sí, eres una chica misteriosa y...déjame ver- me alzó la barbilla con la punta de su dedo índice- bastante  guapa. ¿Con quién has venido?
    - Sóla, no tengo amigos
    -Tampoco te esfuerzas no?
    -         Debo yo esforzarme para tener amigos- le pregunté retándolo.
    -         Ya, eres capaz de sobrevivir sóla en tu isla, de escapar al determinismo de nosotros pobres seres gregarios- era irónico pero sus ojos se clavaban en los míos y  me suplicaban quedarme.
    -         Yo no me miro tanto el ombligo
    -         Bueno, déjame averiguar, estoy ante una rebelde sin causa, una niña de papá con leyenda
    -         ¿Por qué? Lo espeté sin contemplacione
    -         ehm
    -         Sí, no te faltan mujeres a ti. Has hecho alguna apuesta en conseguir hablar más de veinte minutos con el bicho raro?

    Se quedó callado mirándome. Sin saber qué decir. Después me cogió de la mano y abrió la puerta del baño de las chicas. Nos encontramos ante un gran espejo sobre el lavabo. Los dos, bañados por una luz limpia de humo. Me arrastró al espejo y me sujetó la cara entre las manos, obligándome a mirarme ante el espejo

    -¿Crees que para adorar una cara así es necesario hacer una apuesta?

    Me miré y encontré una muchacha hermosa, de piel pálida y ojos almendrados negros como dos aceitunas y una melena de astracán que brillaba de un modo especial. Vi una muchacha de boca sensual, de pechos delicados y de suaves caderas vestida con una sencilla camiseta roja y unos jeans desgastados. Y fue como si me viese por primera vez a mi misma como una mujer, fuera de las garras de Sierra Bermeja y de los convencionalismos de Angela y Augusto. Libre en un antro de la ciudad, con un muchacho sujetándome la cara entre sus manos y aproximando sus labios a los mios y susurrándome que quería hacer eso desde que cruzó sus ojos con los míos la primera vez en el departamento de prehistoria cuando mirábamos aquellas aburridas diapositivas de herramientas talladas en silex.

    Después de unos cubatas, la noche techó la ciudad de estrellas y las calles se hicieron hermosas bajo las luces de los neones y ya no quise soltarme de su mano.

    A la mañana siguiente fuimos a recoger mis cosas al piso de la calle Mesones y el llanto de Ángela no me conmovió.
    Me juró que  contaría en casa que me iba a vivir con uno de esos “progres”  y yo le dije sonriendo al oido, que si lo hacía yo diría que Augusto había vivido con nosotras desde el primer día  y que yo había debido soportar la presencia d eun hombre en casa, su olor en nuestro baño, y que habia tenido que andarme con cuidado de no salir en pijama de mi cuarto porque muchas noches él estaba aquí a horas intespectivas. “Diré que escuchaba ruidos extraños en tu habitación.” Ella me miró con unos ojos extraviados, los labios temblando, las mejillas encendidas
    “Todos llevan razón, eres mala, mala, mala...”

    Entonces la palabra “mala” ya no me hacía daño. Me gustaba. Mario era la razón y todo el mundo estaba equivocado. Comencé a sentir el placer infantil de contrariar a Ángela, dejé vivir al demonio dentro de mi, porque Mario me hizo ver que el diablo  era un revolucionario, un rebelde que no acataba el olor de los incienciarios y las faldas de lienzo de las monjas.
    El demonio ama la seda- decía mientras sus labios se deslizaban con voluptuosidad sobre mi espalda.

    Me gustaba contrariarla, era un placer extraño, en las tripas.  Por que los nuevos tiempos eran para Mario y para mí y ellos, los puros ahora sólo eran ridículos vestigios de un tiempo moribundo.

    Yo era la hermana perversa, la sangre de Caín, su mismo rostro, sus mismos ojos, su misma piel pero con colores siniestros. El color miel de sus ojos se convertía en carbón ardiendo en los míos, el canela de su cabello se transformaba en azabache en mi cabeza. Un reflejo exacto pero diabólico de si misma. La dulce Ángela y la perversa Bárbara. Siempre fue así, siempre hubo una voz que decía “qué diferentes en todo, siendo gemelas” pero ahora yo quería mi papel en la representación, por primera vez en mi vida era feliz siendo mala.

    Sus ojos se llenaron de lágrimas y me dio la espalda. No dijo nada más. Se tragó la ira, como hacía siempre, esperando su momento, se lo contaría a Augusto aquella noche, y Augusto la tranquilizaría asegurándole que cuando en el futuro ella fuera una ilustre abogada a su servicio en su bufete de la calle Ganivet ( el bufete variaba de ubicación entre las calles más prestigiosas de la ciudad) su sombra negra, su reflejo oscuro y siniestro, se podriría en una triste casa de clase media baja, sin trabajo, sin porvenir. Entonces podría recordar esta humillación sonriendo, satisfecha, porque muchas veces las humillaciones presentes son alimento para las victorias futuras.

    No abandoné del todo la casa, dejé allí alguna ropa, algunos  libros y una fachada de vida para cuando mi madre o mi padre vinieran a visitarnos, regresar como la oveja descarriada y fingir junto a Ángela una vida intachable de estudiantes de buena familia.  Era una pequeña claudicación pero me aseguraba mi vida presente y los brazos de Mario como el albergue cálido que jamás me acogió.

    Algunas noches ibamos al piso de la calle Mesones  porque no teníamos dinero ni fuerzas para subir al Albaycin, y nos quedábamos a dormir en mi cuarto. Follábamos riendo y haciendo ruido, caminábamos desnudos por la casa ante el estupor de una Ángela, enclaustrada en su dormitorio,  indignada y asaltada por la duda de si debía consentir aquello o si era la hora de poner fin a aquellas vergonzosas muestras de amor degenerado y libre. Augusto la calmaba cada día, puede que él también quisiera mantener el status quo mientras planeaba como desterrarme.

    Me aproximé al número once, comprobé que la vieja puerta de madera carcomida había sido sustituida por una verja metálica. Empujé y no estaba cerrada.
    Ya no se movían las baldosas al pisar. Los viejos buzones desvencijados de puertas desportilladas  tampoco estaban y en su lugar lucían unas casetas metálicas de un tono verde muerto con los nombres de los ocupantes de cada vivienda grabados en una chapa dorada.

    En el cuarto izquierda vivía una mujer llamada María Angustías Romero Cámara.  Seguía sin haber ascensor a pesar de la restauración que había convertido aquel viejo cuchitril en un lugar decente donde sin duda  ya no se alquilaban apartamentos para estudiantes, porque los estudiantes no van a grabarse su nombre en una chapa dorada.

    Llamé al timbre y me abrió una anciana menuda, temblona, apoyada en un cayado.

    Me escudriñó desde los pies a la cabeza sin disimulo antes de preguntarme  a quién buscaba o si vendía algo.

    -         Perdone, yo viví en esta casa hace veinticinco años. He estado fuera. Entonces era un apartamento para estudiantes. Bueno...he sentido nostalgia por ver como sigue todo.
    -
    La anciana sonrió. No pàrecía sorprendida por mi visita. Actuaba como el guardián de un valioso tesoro que durmiera durante meses e incluso años  con la convicción de que antes o después vendrían a reclamarlo.

    - Sí, por aquí han pasado muchos estudiantes, yo misma alquilaba la casa, yo soy la dueña, pero ya ve usted – movió la cabeza con resignación- yo ni siquiera veía  a los inquilinos, lo llevaba todo mi yerno. Y ahora, pues qué se le va a hacer, hicieron cuatro chapuzas en el bloque y como estaba vieja y no doy más producto, me trajeron aquí como un trasto viejo y el resto de los pisos los vendieron. El bloque era mío, sabe usted, todo, me lo dejó mi esposo que en paz descanse...

    Se quedó en silencio, pensativa, como si quisiera recordar algo importante.

    -Pase usted, ande – prosiguió al fin abriendo la puerta de par en par y mostrándome el mismo pasillo que yo conocía tan bien, pero que ahora lucía un blanco inmaculado en las pareces en lugar del verde manzana, y las manchas de humedad. Los posters de Jimi Hendrix habían sido sustituidos por unos cuadros de bodegones con flores de colores vivos. Sobre las desgastadas baldosas se había colocado un suelo de plástico imitando las vetas de la madera.

    -Pase, pase y siéntese un rato conmigo, tengo preparado un café , descafeinado porque me ataca los nervios el bueno, pero sabe igual, ni se nota, y un pastel de almendras con canela y limón muy bueno....Pase y nos lo tomamos juntas.  Hay algunas cosas aquí en el trastero que no he tirado, por si alguién venía a recogerlo... si quiere usted mirar...

    La idea de sentarme en aquel comedor primoroso junto a la anciana mirando viejos albumes y pequeños objetos polvorientos se me hizo insoportable.  Sentí una naúsea, quizá por el olor dulzón  del pastel mezclado con un ligero tufo en el aire de colonia floral densa.  Le agradecí la amabilidad y  le dije que tenía muchas cosas que hacer que si no le importaba volvería  con tiempo para dedicarnos a esducriñar en esas cajas  de los recuerdos.
    No tenía la menor intención de regresar.
    Me dedicó otra sonrisa amable y me me lancé a la escalera huyendo.
    La anciana  se quedó junto a la puerta  con una expresión entre contrariada y complacida, quizá pensando en si sería oportuno desmpolvar los objetos de la caja donde se conservaba como en un yacimiento arqueológico las huellas de quienes habían habitado su casa.

    Regresé a la pensión a la hora de comer. El sol radiante de la mañana se dejaba ver ahora a intervalos entre unas nubes sutiles y plómbeas que comenzaban a presagiar otra tarde de lluvia mansa.
    Sentí la humedad del río al atravesar Plaza Nueva. En la entrada de los juzgados un grupo de gitanos discutía apasionadamente y unas ráfagas de viento comenzaron a mover los hilos de agua de la fuente.
    A través de los cristales pude comprobar que las Bodegas Castaneda seguían manteniendo los jamones colgados de las vigas del techo y una clientela fiel y paciente.

    Unos quince clientes ocupaban el comedor de la pensión cuando llegué.  Acepté el menú del día que me ofreció la camarera, una joven muy delgada de facciones menudas.

    Mientras me servía me habló de su novio, el taxista y de la suerte que había tenido de coger su taxi porque el Hostal Boabdil era limpio y confortable y las comidas eran casi familiares.

    Yo pensaba en la vieja, en el pasillo de los bodegones, en el pasado que parecía ahora más lejano que nunca y en Mario.

    Qué hizo cuando llegó el lunes y yo no regresé, y el martes, y el miercoles. Qué pensó después de aquel fin de semana en el que yo debía ir a Sierra Bermeja para el cumpleaños de mi madre y comprobó que no regresaba. Me buscó. Fue a la Casa Grande y lo echaron a patadas, lo amenazaron si me buscaba más o le contaron alguna mentira.

    Porqué no respondió a las cartas que yo envié a nuestro nido del Albayzin, suplicándole que viniese a buscarme que me estaba volviendo loca en aquella clínica donde todo era de un blanco cegador. Y si respondió y no me entregaron sus respuestas, porqué no vino a Madrid a buscarme a la dirección que yo le había dado, al menos dos cartas las había puesto yo misma en un buzón de correos porque aunque joven no era estúpida y jamás hubiese confiado en la tía Mila y su esposo.

    Quizá aceptó todo aquello como el fin de un tiempo y siguió estudiando y encontró otra muchacha, otro bicho raro y con el tiempo me olvidó y me enterró en un arcón como el que conservaba la vieja del piso del Albaycín.

    Recordé las palabras de la vieja. ..” por si vienen a reclamarlas”
    Veinticinco años era demasiado tiempo para conservar un rastro nuestro, pero, si algo podía quedar debía estar allí.

    Terminé de comer y dejé el hostal camino del Paseo de los Tristes. Caían unas gotas menudas  que cosquilleaban sobre mis mejillas.
    Subí la cuesta de Chapiz, doblé la callejuela estrecha, llamé al timbre del interfono, ascendí los peldaños de dos en dos y cuando llegué la anciana me esperaba sonriendo con la puerta abierta, como si no se hubiese movido  desde que me fui.
    En la sala había un mantelito bordado con unas tazas de café y un plato de la Cartuja de Sevilla con un trozo de tarta de almendras.

    -         Pensé que había dejado usted el coche mal aparcado y estaba esperándola- a sus pies había un pequeño baul de mimbre en cuyo interior podían verse algunos libros, una bolsa de plástico con estilográficas, otra con bisuteria,  alguna ropa y una caja de cartón.

    24/03/2009 GMT 1

    PRIMERA PARTE: EL TREN DE LAS SOMBRAS. Primer Capítulo

    herminia @ 00:22

    CAPÍTULO PRIMERO

       El reloj del bar me sonaba extrañamente familiar. Lo había visto antes. En algún lugar mis ojos habían observado  antes aquella silueta ovalada pero  mi cerebro la había olvidado.  Podía ser una pecera o un planetario.  En su interior brillaban, sobre un fondo azul marino, unas diminutas luces emulando lejanos astros  o luminosas criaturas abisales. Lo estaba contemplando, absorta, tratando de recuperar el lugar y la hora en que lo ví por primera vez;  cuando las agujas fosforescentes se juntaron y la bóveda se encendió por unos instantes, como si hubiese pasado un cometa. 

     Era medianoche.  

        Una luz irreal iluminaba las vías y los andenes y transfiguraba en  máscaras los rostros de  las figuras  que  se desplomaban sobre los bancos o  paseaban  de arriba abajo arrastrando bolsas y maletas.

       No quedaba ya mucha gente  a aquellas horas.Todos los negocios  de la estación estaban cerrados y los trenes llegaban con desgana, se detenían y dejaban ver por un instante su interior iluminado como una cripta. Después partían de nuevo.   

     En el bar dos camareros trajinaban detrás de la barra y una chica de rasgos indios pasaba con desgana una balleta sobre las mesas. Llamé a uno de los muchachos para pagar. Se acercó el del cabello largo peinado en una coleta muy apretada hacia atrás. Llevaba un pequeño aro en una oreja y un piercing plateado atravesaba su ceja izquierda. Debajo de la manga de su inmaculada camisa blanca asomaba la cola de un dragón  color púrpura.   

     Pensé en Angela y en mí, en la cuna blanca que se conservó en el desván y en aquel día hermoso en que nos mostraron al mundo vestidas de satén y encajes rosados,  borrosas tras la gasa de un mosquitero bordado en hilo de seda: Las gemelas Montalbán, recien nacidas, en su cuna de princesas, pataleaban y hacían gracias a los embelesados visitantes,  ajenas a todo lo que vendría después. 

     

    Y recordé aquella tarde de otoño cuando le dí una bofetada en la cara a la hija de la maestra y comenzó a sangrar por la nariz. Angela abrió sus grandes ojos color  ámbar y me miró como si yo fuese un monstruo deforme. Corrió a casa y  contó las cosas a su manera. Me castigaron encerrada en el cuarto de la loca y allí temblé de miedo, pero no pedí auxilio.   Pensé en mi padre muerto, en sus ojos abiertos al vacio, en la pregunta que quizá no formuló jamás “¿está ella?  Y recordé a mi madre agonizando en aquella habitación esterilizada en donde me colé de noche como un ladrón para apretar su mano antes de que se fuera para siempre.  Pensé en todos ellos mirando la camisa limpia  del camarero  y el dragón escondido, agazapado debajo de la manga, hablando de una vida misteriosa e inquietante lejos de la asepsia de su vida de empleado en un bar de estación.    -Puede tomarse otro café si lo desea señora- me dijo con ese acento de consonantes contundentes, y de vocales relajadas que deja Madrid sobre las voces de todos sus habitantes – todavía no hemos apagado la máquina y hasta las doce y media no salimos, ya no dejamos entrar a nadie pero seguimos sirviendo a quién esté dentro.  Asentí  y le pagué dejando una propina generosa. El muchacho me regaló una sonrisa felina.

  •    Hojeé  una revista de la Renfe que encontré abandonada en una silla cercana. Había un monográfico titulado “Los grandes trenes de la historia”, estampado con hermosas fotografías flanqueadas de estrechas columnas que comentaban  las ilustraciones. 

      Había imágenes del Transiberiano desde cuyas ventanas espías y deportados miraban las estepas blancas con una expresión helada en las pupilas, como si el reflejo de la nada los aniquilase antes de bajar;  y había dibujos  de trenes del viejo oeste, de bandidos, de cuatreros y de putas de lujo.  Luego dedicaba un puñado de páginas al Orient Express; entre las fotografías de la locomotora roja, de Agatha Christie y de estiradas señoras con pieles enroscadas al cuello, seguidas de mozos de estación,  Marlene Dietrich pestañeaba con lentitud exasperante,  bajando como una diosa el telón de la cruel maravilla de sus ojos. Aquellos trenes de acero oxidado, cargados de huesos para los campos de concentración que recorrián centroeuropa con su lastre de muertos todavía en pie ocupaban tres o cuatro páginas más. Algunas fotos mostraban los rostros tristemente ingénuos de los españoles que viajaban a la florenciente Europa de postguerra . Después había imágenes a todo color  de  trenes que conocían historias de principes, cortesanas, dictadores y revolucionarios.   

       Más anónimo y menos terrible;  otro tren estaba a punto de irrumpir en la boca negra del tunel,  el que me devolvería a un mundo del que fui arrancada de cuajo veintincinco años atrás.

         Pude evitar el infierno de Madrid desde la llegada a Barajas a las once de la mañana, pero  no lo hice.    

      No había un motivo para elegir el camino de retorno más largo, pero mi cerebro no había guiado un solo paso mío desde que leí  la carta de Ángela.  Unas cuerdas de marioneta me habían sostenido desde entonces y me habían movido hacia aquella estación.   Ni siquiera podía admitir una concesión sentimental, porque  mi corazón era un órgano seco desde hacía ya muchos años.  No creía en la magía ni en esas cosas que piensan muchos ignorantes que están sucediendo con exactitud milimétrica para provocar encuentros o vivencias.   

      Las cosas suceden y punto. No hay dios ni diablo. No hay libro del futuro ni del pasado. Estamos aquí como la gata que duerme sobre la mesa, vivos y respirando. El  universo es ajeno a nuestro cerebro incapaz de entenderlo. El universo no necesita de seres que quieran aprehenderlo, es demasiado extenso y poderoso y nosotros demasiado  insignificantes. Eso pensaba entonces, antes de regresar a mirar cara a cara los fantasmas del pasado, antes de aceptar que en medio de aquella inmensidad del cielo de la Gardenia estaba mi lugar y todo había estado esperándome para cerrar una historia que comenzó casi un siglo atrás.    

    En ningún momento había decidido volver en tren desde Madrid pero allí estaba:  en la misma estación a la que llegué asustada, sientiendo el calor dulzón de los coágulos de sangre entre las piernas, un cepo mordiéndome las tripas  y los labios resecos como si hubiese comido yeso, una noche de primavera.    Entre el tren que estaba a punto de emerger de la garganta negra del túnel y aquella estación hundida en las telarañas del alba en una Granada lejana y sonnolienta se levantaba el muro de veinticinco de diàspora. Veinticinco años vividos a arañazos, negando mi existencia de paria, levantando diques cada vez más robustos para que nunca se liberaran las aguas estancadas que me aniquilarían sin piedad, que arrasarían con mi frágil equilibrio mental, y me sumirian de nuevo en aquellas tormentosas crisis de ansiedad.  En la locura.      

     Pude volver muchas veces. Hubo motivos que lo podían justificar. La enfermedad terminal de mi padre fue el primero. Pero ni siquiera respondí a todos los mensajes desesperados que Ángela me dejó en el contestador del teléfono.  Me di cuenta cuando la escuché que la había odiado toda mi vida  y que me era indiferente la agonía de aquel viejo que me era ya casi ajeno. 

     Me di cuenta sin perturbarme que el dolor me había secado por dentro. 

     Envié un poder notarial para que se me asignase la parte de herencia que me correspondía. Seguramente me engañaron, pero no tenía ganas de volver para desollarme en los tribunales por un puñado de billetes. Todavía estaba enferma.  

       Una noche cualquiera sonó el teléfono y lo descolgué para escuchar la voz llorosa de mi hermana comunicándome lacónicamente que mi padre había muerto y que había preguntado en la agonia final si yo estaba cerca. Probablemente era mentira, una estrategia suya para hacerme aparecer en el sepelio y acallar las habladurias sobre mi ausencia pertinaz.    No la dejé llorar más, colgué y acto seguido marqué los números de  un amante. Qué más daba, uno de ellos. Uno de esos descendientes de los vikingos de rasgos exóticos y ojos azulísimos, para pasar la noche jodiendo y luego observar la perfección de los huesos de su mandíbula o de sus pómulos   mientras dormía. 

       Tampoco respondí a  la invitación para su boda en la Catedral de Granada.  No pintaba yo nada en aquel fasto, en el triunfo de la señorita Ángela Montalbán y el joven y prometedor abogado Augusto Castellanos.    Y a  pesar de mi silencio y de mi obstinación, Ángela no cejó jamás en su empeño de verme aparecer en uno de sus actos sociales: bautizos, comuniones, cumpleaños, graduaciones fueron desfilando por mi buzón de correos.   Fui sabiendo de su vida por mensajes en el contestador y sobres perfumados, color  violeta, su color favorito. Sobres con mi nombre y dirección escritos con la meticulosa letra de la niña que siempre hizo los deberes de caligrafia.  

       Al fin la buena de Ángela reinaba en su palacio de chica de crónica social; sentada junto a un escritorio muy caro, muy elegante, luciendo su bata color champán y con los pies enfundados en zapatillas con pompones. Zapatillas de suelas limpias. El resultado de todo un siglo de adiestramiento.

        Siempre que pensaba en ella la imaginaba así: Apoyados los codos levemente sobre su inmaculado escritorio, con la estilográfica de oro tocando apenas el labio inferior en gesto pensativo y un poco contrariado,  como si fuese a escribir un poema o una partitura musical, abstraida, hermosa, consciente de la escena que protagonizaba.   La veía así, inclinada, con un mechón de cabello limpísimo velando su rostro de porcelana fina; escribiendo pulcramente los nombres en los sobres, las palabras adecuadas en la cuartilla satinada donde la tinta relucía como azabache.  

       Casi eran audibles dentro de la bola de cristal,  los pasos del esposo acercándose por la espalda, y el roce de las sedas de las batas cuando el la abrazaba por detrás, casi asépticamente, y hundía la nariz en su melena de cobre viejo para aspirar gozoso el perfume caro.

     Fácil percibir su satisfación de estar vivos.

     - Otra vez, Ángela, no escarmientas, no viene nunca...

    Y Ángela levantaba los ojos y regalaba al espejo y a su marido una hermosa sonrisa de mujer buena que sabe perdonar, mientras elevaba graciosamente un hombro: Oh querido, es mi hermana: qué otra cosa puedo hacer. 

       La voz neutra de la mujer de megafonía anunció la llegada del tren talgo con destino a Granada informando a los viajeros que estaba parado en la vía ocho.   

      Unas gotas finísimas de lluvia sumían la estación en una bruma fantasmagórica que robaba los pérfiles a los objetos, y sumergía a los viajeros en un paisaje de acuarela.  A través de los cristales se adivinaban los rostros de sus ocupantes  adormilados contra los cristales o mirándo a través con pupilas muertas.    

       Veintincinco  años atrás otro tren similar me esperaba a mí y mi pequeña maletita, donde  una Ángela primorosa y circunspecta, como la circunstancia requería, había colocado lo indispensable para sobrevivir a lo que hubiese después de la expulsión del paraíso.    Veintincinco años atrás un taxi nos detuvo en la entrada de la estación después de descender el pequeño paseo flanqueado de árboles en semipenumbra,  como vigilantes nocturnos. Antes de bajar abrí levemente las piernas para ver como iba la hemorragia  porque aquella cosa viscosa no paraba de bajar. Tenía los jeans manchados  y había dejado una rosa oscura sobre la tapicería del taxi. El taxista seguramente me maldijo cuando lo descubrió.   En los aseos de la estación me cambié la compresa, las bragas y los pantalones y dejé los sucios en una bolsa de plástico, quise tirarlos a una papelera pero mi madre insistió en lavarlos porque eran unos pantalones muy buenos y muy caros y yo alguna vez los podia necesitar, incluso podrían enviármelos a Madrid.    Después me compró una magdalena y un batido en el bar y me dejó sobre las mejillas un  abrazo pegajoso y culpable. Se marchó con su culpa y con la mía sobre el alma y no fui capaz ni de volver la vista para mirarla.   Entonces odiaba al mundo entero y a ella más que a nadie porque de ella esperaba más, esperaba su seno protector, su regazo de madre buena para cogerme y acunarme y ordenar a todos que se callaran porque ella iba a protegerme de todo mal, que nadie se atreviera a tocarme que nadie me hiciera daño porque ella me iba a amparar como una loba mientras tuviese un hálito de vida.   Sin embargo calló, se dejó caer en una silla, con la cabeza entre las manos, sollozando, y no se atrevió a levantar los ojos ni para mirarme. Su único rasgo de valentía fue quitarse las lágrimas con un pañuelo y balbucear tres palabras “yo la acompaño”    Subí al vagón y me acomodé frente una muchacha menuda vestida rigurosamente de luto, con una cruz plateada colgando sobre el pecho. Se palmeaba levemente las piernas al ritmo de la música que entraba en sus oidos  a través de unos auriculares de esos que regalan en los trenes.  A mi lado dormitaba un muchacho africano de piernas larguísimas.   Abrí el bolso y cogí la carta.  

     

    La desplegué de nuevo y la releí Mi querida Bárbara: He intentado comunicarme contigo por teléfono pero esa es empresa imposible: siempre responde el contestador. No sé si es que  no estás nunca en casa, si te has mudado o si sencillamente no quieres saber ya nada de tu hermana.   Sabes que no soy una persona que se empeña en que las cosas se hagan a su modo y siempre he respetado tu independencia y tu distanciamiento, incluso te he defendido contra quienes me han estimulado para que olvide tu existencia y deje de rebajar mi orgullo ante ti; para que tenga presente el modo tan cruel con que has ignorado siempre cualquier intento de acercamiento. Pero no he hecho caso, siempre he antepuesto que eres mi única hermana, y te he invitado a todos los acontecimientos de mi vida en que una hermana debe estar presente, y he digerido tu  desprecio sin escenas y con elegancia.   Hoy tengo que pedirte tu colaboración, y por favor no puedes negarte; porque si bien sin tu presencia tuvieron lugar los nacimientos y bautizos de mis hijos o sus comuniones o sus trofeos en el colegio o los ascensos de mi marido, y si estuvimos enfermos nos curamos sin que tú te dignases preguntarnos como estábamos; ahora tu firma es indispensable para terminar este negocio.   Vendemos la Casa Grande.  Es inútil mantener  en pie este mausoleo. Mis hijos ya no quieren venir, han crecido y no soportan el enclaustramiento que la mansión impone y el desierto de juventud en que se ha convertido Sierra Bermeja.  Augusto se ha negado por años a vender, pero más por una concesión sentimental que por realismo.  Quería que los niños viviesen en esta casa misteriosa que a veces parece tener vida propia, y que tuviesen recuerdos de infancia en ella;  tampoco, seamos realistas, nadie estaba dispuesto a pagar su verdadero valor. Una casa de veinte habitaciones, con graneros, establos, trojes, buhardillas, palomares, alacenas, cubichines, cuartos secretos, sótanos  y con diez balcones a la Plaza Real, es un palacio, pero un palacio si se le pudiesese poner ruedas y trasladar a lugares donde el suelo tiene más valor. En Sierra Bermeja es como oro sobre un mendigo. No luce no muestra su verdadera cualidad.   Ahora todo ha cambiado, en las llanuras de las salineras están construyendo un polígono industrial, el mayor de Europa, y obviamente, atraerá gente para los nuevos empleos, y nos han ofrecido la compra del solar para construir un bloque de apartamentos para obreros. Obviamente esto nos hirió tanto. Nuestra querida Casa Grande bajo las garras metálicas de las máquinas, destruida, abatida como un gigante sin hálito.   Sin embargo, mientras nos debatiamos en esta dura decisión, nos ha llegado la noticia de la inminente construcción de un campo de golf en la llanura de la Sierra del Gato, sobre aquella hermosa meseta de las encinas, y  nos han propuesto la compra, manteniendo su aire señorial, las cocinas, la escalera de caracol, los muros, la solería y los cupidos pintados sobre los techos. La quieren convertir en hotel rural de lujo para los golfistas.    El precio es tan sustancioso que no nos podemos negar y el hecho de que respeten en su integridad la fachada y parte del interior supone que podemos pasar  algún fin de semana en una de las estancias, cuyo usufructo nos queremos reservar de por vida. Tú también dispondrás de una habitación por supuesto.   Obviamente este trato no puede cerrarse sin tu rúbrica, y es por esto que me dirijo a ti: Augusto  está preparando una escritura de poderes para enviartela, sólo tendrás que firmar que me autorizas a la venta de la Casa, junto a la escritura te enviamos el precio ofrecido de cuyo 50 por ciento eres dueña.   Junto a la Casa vendemos también algunas tierras de la Sierra del Gato, para qué queremos un prado de herriza que no produce. Los promotores del campo de golf, han hallado agua en abundancia, pero quién podía saber, ahora el agua les pertenece, y don Juan Benavides ya ha vendido su parte, están esperando nuestro visto bueno. Como ves tenemos un negocio de gran envergadura entre manos y tú eres propietaria de la mitad de todo. Pueden suponerte unos veinte millones de euros que puede decirte que te solucionarían la vida y te permitirían vivir como una reina ya que no tienes hijos ni familia a quien dejar tu fortuna.    Espero tu respuesta durante esta semana.  Te quiere.Ángela.   

     

    La letra era de Ángela pero a distancia se olía el tufo rancio de las palabras de Augusto. Palabras de buitre.Redacción de alumno aventajado.   Después de leer la carta cogí los poderes y los firmé y escribí también el número de cuenta bancaria para que me ingresaran la sabrosa cantidad.  Pensé en comprar mi apartamento  alquilado, en echar raices allí mismo, frente a  los nogales y el lago perlado de cisnes  de Oster Sogade. Frente al calor del café francés. Pensé en llamar al dueño para firmar un contrato de compraventa y quedarme para siempre.  Comprar al fin un pedazo del paraíso  donde nadie pudiera expulsarme. Mi mínimo  jardín del edén, un trozo de aire recortado en los cristales de grandes ventanales del apartamento de madera blanca, estilo danés, sobrio y correcto. Una isla serena con habitantes educados que jamás hacian ruido.  Sólo una vecina me visitaba de tarde en tarde o se paraba conmigo en el rellano de la escalera. Una señora danesa de cabellos de nieve, vestida siempre en tonos pasteles y con un delicado collar de perlas reposando sobre un pecho ya mustio, que hacía tan poco ruido que parecía no existir, como si levitara sobre sus zapatillas limpísimas;  y que  a veces me traía pasteles para que yo diera el visto bueno. Otras veces me llamaba para mostrarme un album de fotos antiguas, y con su dedo trémulo me indicaba los rostros extraños de niños, de señoras elegantes y ancianos respetables y sonreía perdiendo los ojos en el lago mientra pronunciaba extraños nombres: Jan, Lars, Pernilla, Inger, Claus. Y afuera relucían los cisnes plateados.

      Podría comprarlo sin regatear un céntimo  y podría invertir en algún negocio más o menos decente que me proporcionase rentas para dedicarme a recorrer el mundo en cruceros y aviones de lujo, con champagne y hermosos efebos para engañar la amargura. ´ 

     Pero aquella misma noche soñé con el fantasma de la Gardenia y con la Casa Grande y sus habitantes de niebla.

       La vi como aquella primera vez en la casa de la bruja Lucrecia.Ya la conocía en sueños, a través de un lienzo elaborado a retazos, con hilachas cogidas de cuentos sobre la mujer maldita de la Gardenia, la sombra vestida de plata que se asomaba a los balcones cuando los duques  no estaban, cuando la casa quedaba perdida como un barco a la deriva en la inmensidad de Sierra Negra.   La vi a través del espejo, como antes. Y era idéntica y era real, no era un sueño. Me miró a los ojos y eran mis ojos los que me atravesaban como cuchilladas desde  la luna ovalada.    Había encontrado la carta de Ángela en el buzón, había firmado los poderes, me había fumado un porro de marihuana, bien cargado para domir agusto, como un cachorro. Y  se infiltró entre las telarañas del sueño o las marañas de la hierba. Entró como lo que era: una sombra, un recuerdo. Se extendió por el cuarto, tiñió la oscuridad de una claridad lechosa, como si alguien hubiese desplegado una delicada gasa entre los muebles y los cuadros, y después toda aquella niebla se condensó en una forma delicada dentro del espejo. Un vestido plateado y un melena negra con brillo de astracán. Un rostro  apenas esbozado con dos trazos negros y uno rojo sobre un ovalo niveo.   Nada más.Desperté con la boca seca y fui a la cocina para beber un vaso de agua. Y fue cuando sentí el frescor en la boca cuando comprendí que  estaba dentro de uno de esos sueños terribles en los que te crees despierta pero sabes que duermes, y luchas con desesperación por salir del  duermevela, por recuperar la linea divisoria entre sueño y vigilia.    Tenía el vaso de agua en la mano. El tacto frío del vaso era real, el frescor calmó mi garganta, sin embargo al salir de la cocina mi apartamento desapareció y en su lugar se abrió ante mis atónitos ojos  el pasillo de la Casa Grande, con la escalera de caracol al fondo.     Entré en la pesadilla consciente de que alguien me esperaba arriba, en el último peldaño.Me dirigí al primer escalón. Posé el pie titubeando, asustada, pero convencida de que no había otra elección si quería recobrar  mi vida normal, la del apartamento de Oster Sogade, que podía ser mío después de aceptar la venta de la casa.  Una oscuridad azulada envolvía mi ascenso, mis pies que de repente estaban desnudos y helados, mis manos que no encontraban la baranda para apoyarse, mi espalda doblada ante un peso insoportable, como si sobre los hombros alguien hubiese dejado caer el bulto plómbeo de una manta mojada.  Cada peldaño era un dolor nuevo, en los tendones, en las venas, en los huesos, y una mano parecía oponerse entre mi pecho y la nada, para impedirme subir. Me di cuenta de que me costaba respirar.   Era una de esas pesadillas en las que tienes que abrir los ojos para poder moverte, para respirar de nuevo y no morir en una absurda asfixia provocada por la nada más absoluta.    Pero aquí no era mi firme voluntad de sobrevivir abriendo los ojos lo que pondría fin a la agonía, sino la llegada a la meta, al último peldaño en donde reconocería a la figura que me esperaba sin mover una pestaña, sin compadecerse de mi torpe ascenso, de mi fragil desnudez.  Estaba casi llegando, casi podía distinguir las facciones de la silueta cuando me despertó el golpe del postigo de la ventana. Se había levantado viento. Las cortinas volaban por la habitación. Los cisnes eran apenas manchas nacaradas entre las hojas negras de los nogales.   

    El reloj digital sobre la mesita señalaba las 3.30 e iluminaba el cuarto con una claridad de acuario. Todo indicaba que había despertado, sólo que la mujer del espejo continuaba allí, mirándome desde su rostro difuso, intentando contarme algo que yo debía saber.     

    A la mañana siguiente, después de tomarme un café bien cargado mirando el lago, rompí los poderes de Augusto y busqué en internet un vuelo Copenhagen Madrid. Sólo ida.  Antes de que la Casa Grande fuese un hotel para adinerados golfistas, antes de que cerrase sus fauces definitivamente a mis recuerdos, algo debía quedar allí mio, algo debía estar esperándome, una pieza de mi vida camuflada en algún cajón, en algún armario o entre los trastos viejos de algún desván.  Algo que yo debía reclamar, y que no podía ser solo un cheque con tantos ceros.                          

    Contactar con la autora o autor | Archivo | ¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis