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EL FANTASMA DE LA GARDENIA
una historia de fantasmas sin fantasmas

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
  • CAPÍTULO PRIMERO
  • CAPÍTULO SEGUNDO
  • CAPÍTULO TERCERO
  • CAPÍTULO CUARTO
  • SEGUNGA PARTE:"FIGURAS ENTRE LA NIEBLA"
  • CAPÍTULO QUINTO
  • CAPÍTULO SEXTO
  • CAPÍTULO SÉPTIMO
  • CAPÍTULO OCTAVO
  • TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA
  • CAPÍTULO NOVENO
  • CAPÍTULO DÉCIMO
  • CAPÍTULO UNDÉCIMO
  • 24/03/2009 GMT 1

    PRIMERA PARTE: EL TREN DE LAS SOMBRAS. Primer Capítulo

    herminia @ 00:22

    CAPÍTULO PRIMERO

       El reloj del bar me sonaba extrañamente familiar. Lo había visto antes. En algún lugar mis ojos habían observado  antes aquella silueta ovalada pero  mi cerebro la había olvidado.  Podía ser una pecera o un planetario.  En su interior brillaban, sobre un fondo azul marino, unas diminutas luces emulando lejanos astros  o luminosas criaturas abisales. Lo estaba contemplando, absorta, tratando de recuperar el lugar y la hora en que lo ví por primera vez;  cuando las agujas fosforescentes se juntaron y la bóveda se encendió por unos instantes, como si hubiese pasado un cometa. 

     Era medianoche.  

        Una luz irreal iluminaba las vías y los andenes y transfiguraba en  máscaras los rostros de  las figuras  que  se desplomaban sobre los bancos o  paseaban  de arriba abajo arrastrando bolsas y maletas.

       No quedaba ya mucha gente  a aquellas horas.Todos los negocios  de la estación estaban cerrados y los trenes llegaban con desgana, se detenían y dejaban ver por un instante su interior iluminado como una cripta. Después partían de nuevo.   

     En el bar dos camareros trajinaban detrás de la barra y una chica de rasgos indios pasaba con desgana una balleta sobre las mesas. Llamé a uno de los muchachos para pagar. Se acercó el del cabello largo peinado en una coleta muy apretada hacia atrás. Llevaba un pequeño aro en una oreja y un piercing plateado atravesaba su ceja izquierda. Debajo de la manga de su inmaculada camisa blanca asomaba la cola de un dragón  color púrpura.   

     Pensé en Angela y en mí, en la cuna blanca que se conservó en el desván y en aquel día hermoso en que nos mostraron al mundo vestidas de satén y encajes rosados,  borrosas tras la gasa de un mosquitero bordado en hilo de seda: Las gemelas Montalbán, recien nacidas, en su cuna de princesas, pataleaban y hacían gracias a los embelesados visitantes,  ajenas a todo lo que vendría después. 

     

    Y recordé aquella tarde de otoño cuando le dí una bofetada en la cara a la hija de la maestra y comenzó a sangrar por la nariz. Angela abrió sus grandes ojos color  ámbar y me miró como si yo fuese un monstruo deforme. Corrió a casa y  contó las cosas a su manera. Me castigaron encerrada en el cuarto de la loca y allí temblé de miedo, pero no pedí auxilio.   Pensé en mi padre muerto, en sus ojos abiertos al vacio, en la pregunta que quizá no formuló jamás “¿está ella?  Y recordé a mi madre agonizando en aquella habitación esterilizada en donde me colé de noche como un ladrón para apretar su mano antes de que se fuera para siempre.  Pensé en todos ellos mirando la camisa limpia  del camarero  y el dragón escondido, agazapado debajo de la manga, hablando de una vida misteriosa e inquietante lejos de la asepsia de su vida de empleado en un bar de estación.    -Puede tomarse otro café si lo desea señora- me dijo con ese acento de consonantes contundentes, y de vocales relajadas que deja Madrid sobre las voces de todos sus habitantes – todavía no hemos apagado la máquina y hasta las doce y media no salimos, ya no dejamos entrar a nadie pero seguimos sirviendo a quién esté dentro.  Asentí  y le pagué dejando una propina generosa. El muchacho me regaló una sonrisa felina.

  •    Hojeé  una revista de la Renfe que encontré abandonada en una silla cercana. Había un monográfico titulado “Los grandes trenes de la historia”, estampado con hermosas fotografías flanqueadas de estrechas columnas que comentaban  las ilustraciones. 

      Había imágenes del Transiberiano desde cuyas ventanas espías y deportados miraban las estepas blancas con una expresión helada en las pupilas, como si el reflejo de la nada los aniquilase antes de bajar;  y había dibujos  de trenes del viejo oeste, de bandidos, de cuatreros y de putas de lujo.  Luego dedicaba un puñado de páginas al Orient Express; entre las fotografías de la locomotora roja, de Agatha Christie y de estiradas señoras con pieles enroscadas al cuello, seguidas de mozos de estación,  Marlene Dietrich pestañeaba con lentitud exasperante,  bajando como una diosa el telón de la cruel maravilla de sus ojos. Aquellos trenes de acero oxidado, cargados de huesos para los campos de concentración que recorrián centroeuropa con su lastre de muertos todavía en pie ocupaban tres o cuatro páginas más. Algunas fotos mostraban los rostros tristemente ingénuos de los españoles que viajaban a la florenciente Europa de postguerra . Después había imágenes a todo color  de  trenes que conocían historias de principes, cortesanas, dictadores y revolucionarios.   

       Más anónimo y menos terrible;  otro tren estaba a punto de irrumpir en la boca negra del tunel,  el que me devolvería a un mundo del que fui arrancada de cuajo veintincinco años atrás.

         Pude evitar el infierno de Madrid desde la llegada a Barajas a las once de la mañana, pero  no lo hice.    

      No había un motivo para elegir el camino de retorno más largo, pero mi cerebro no había guiado un solo paso mío desde que leí  la carta de Ángela.  Unas cuerdas de marioneta me habían sostenido desde entonces y me habían movido hacia aquella estación.   Ni siquiera podía admitir una concesión sentimental, porque  mi corazón era un órgano seco desde hacía ya muchos años.  No creía en la magía ni en esas cosas que piensan muchos ignorantes que están sucediendo con exactitud milimétrica para provocar encuentros o vivencias.   

      Las cosas suceden y punto. No hay dios ni diablo. No hay libro del futuro ni del pasado. Estamos aquí como la gata que duerme sobre la mesa, vivos y respirando. El  universo es ajeno a nuestro cerebro incapaz de entenderlo. El universo no necesita de seres que quieran aprehenderlo, es demasiado extenso y poderoso y nosotros demasiado  insignificantes. Eso pensaba entonces, antes de regresar a mirar cara a cara los fantasmas del pasado, antes de aceptar que en medio de aquella inmensidad del cielo de la Gardenia estaba mi lugar y todo había estado esperándome para cerrar una historia que comenzó casi un siglo atrás.    

    En ningún momento había decidido volver en tren desde Madrid pero allí estaba:  en la misma estación a la que llegué asustada, sientiendo el calor dulzón de los coágulos de sangre entre las piernas, un cepo mordiéndome las tripas  y los labios resecos como si hubiese comido yeso, una noche de primavera.    Entre el tren que estaba a punto de emerger de la garganta negra del túnel y aquella estación hundida en las telarañas del alba en una Granada lejana y sonnolienta se levantaba el muro de veinticinco de diàspora. Veinticinco años vividos a arañazos, negando mi existencia de paria, levantando diques cada vez más robustos para que nunca se liberaran las aguas estancadas que me aniquilarían sin piedad, que arrasarían con mi frágil equilibrio mental, y me sumirian de nuevo en aquellas tormentosas crisis de ansiedad.  En la locura.      

     Pude volver muchas veces. Hubo motivos que lo podían justificar. La enfermedad terminal de mi padre fue el primero. Pero ni siquiera respondí a todos los mensajes desesperados que Ángela me dejó en el contestador del teléfono.  Me di cuenta cuando la escuché que la había odiado toda mi vida  y que me era indiferente la agonía de aquel viejo que me era ya casi ajeno. 

     Me di cuenta sin perturbarme que el dolor me había secado por dentro. 

     Envié un poder notarial para que se me asignase la parte de herencia que me correspondía. Seguramente me engañaron, pero no tenía ganas de volver para desollarme en los tribunales por un puñado de billetes. Todavía estaba enferma.  

       Una noche cualquiera sonó el teléfono y lo descolgué para escuchar la voz llorosa de mi hermana comunicándome lacónicamente que mi padre había muerto y que había preguntado en la agonia final si yo estaba cerca. Probablemente era mentira, una estrategia suya para hacerme aparecer en el sepelio y acallar las habladurias sobre mi ausencia pertinaz.    No la dejé llorar más, colgué y acto seguido marqué los números de  un amante. Qué más daba, uno de ellos. Uno de esos descendientes de los vikingos de rasgos exóticos y ojos azulísimos, para pasar la noche jodiendo y luego observar la perfección de los huesos de su mandíbula o de sus pómulos   mientras dormía. 

       Tampoco respondí a  la invitación para su boda en la Catedral de Granada.  No pintaba yo nada en aquel fasto, en el triunfo de la señorita Ángela Montalbán y el joven y prometedor abogado Augusto Castellanos.    Y a  pesar de mi silencio y de mi obstinación, Ángela no cejó jamás en su empeño de verme aparecer en uno de sus actos sociales: bautizos, comuniones, cumpleaños, graduaciones fueron desfilando por mi buzón de correos.   Fui sabiendo de su vida por mensajes en el contestador y sobres perfumados, color  violeta, su color favorito. Sobres con mi nombre y dirección escritos con la meticulosa letra de la niña que siempre hizo los deberes de caligrafia.  

       Al fin la buena de Ángela reinaba en su palacio de chica de crónica social; sentada junto a un escritorio muy caro, muy elegante, luciendo su bata color champán y con los pies enfundados en zapatillas con pompones. Zapatillas de suelas limpias. El resultado de todo un siglo de adiestramiento.

        Siempre que pensaba en ella la imaginaba así: Apoyados los codos levemente sobre su inmaculado escritorio, con la estilográfica de oro tocando apenas el labio inferior en gesto pensativo y un poco contrariado,  como si fuese a escribir un poema o una partitura musical, abstraida, hermosa, consciente de la escena que protagonizaba.   La veía así, inclinada, con un mechón de cabello limpísimo velando su rostro de porcelana fina; escribiendo pulcramente los nombres en los sobres, las palabras adecuadas en la cuartilla satinada donde la tinta relucía como azabache.  

       Casi eran audibles dentro de la bola de cristal,  los pasos del esposo acercándose por la espalda, y el roce de las sedas de las batas cuando el la abrazaba por detrás, casi asépticamente, y hundía la nariz en su melena de cobre viejo para aspirar gozoso el perfume caro.

     Fácil percibir su satisfación de estar vivos.

     - Otra vez, Ángela, no escarmientas, no viene nunca...

    Y Ángela levantaba los ojos y regalaba al espejo y a su marido una hermosa sonrisa de mujer buena que sabe perdonar, mientras elevaba graciosamente un hombro: Oh querido, es mi hermana: qué otra cosa puedo hacer. 

       La voz neutra de la mujer de megafonía anunció la llegada del tren talgo con destino a Granada informando a los viajeros que estaba parado en la vía ocho.   

      Unas gotas finísimas de lluvia sumían la estación en una bruma fantasmagórica que robaba los pérfiles a los objetos, y sumergía a los viajeros en un paisaje de acuarela.  A través de los cristales se adivinaban los rostros de sus ocupantes  adormilados contra los cristales o mirándo a través con pupilas muertas.    

       Veintincinco  años atrás otro tren similar me esperaba a mí y mi pequeña maletita, donde  una Ángela primorosa y circunspecta, como la circunstancia requería, había colocado lo indispensable para sobrevivir a lo que hubiese después de la expulsión del paraíso.    Veintincinco años atrás un taxi nos detuvo en la entrada de la estación después de descender el pequeño paseo flanqueado de árboles en semipenumbra,  como vigilantes nocturnos. Antes de bajar abrí levemente las piernas para ver como iba la hemorragia  porque aquella cosa viscosa no paraba de bajar. Tenía los jeans manchados  y había dejado una rosa oscura sobre la tapicería del taxi. El taxista seguramente me maldijo cuando lo descubrió.   En los aseos de la estación me cambié la compresa, las bragas y los pantalones y dejé los sucios en una bolsa de plástico, quise tirarlos a una papelera pero mi madre insistió en lavarlos porque eran unos pantalones muy buenos y muy caros y yo alguna vez los podia necesitar, incluso podrían enviármelos a Madrid.    Después me compró una magdalena y un batido en el bar y me dejó sobre las mejillas un  abrazo pegajoso y culpable. Se marchó con su culpa y con la mía sobre el alma y no fui capaz ni de volver la vista para mirarla.   Entonces odiaba al mundo entero y a ella más que a nadie porque de ella esperaba más, esperaba su seno protector, su regazo de madre buena para cogerme y acunarme y ordenar a todos que se callaran porque ella iba a protegerme de todo mal, que nadie se atreviera a tocarme que nadie me hiciera daño porque ella me iba a amparar como una loba mientras tuviese un hálito de vida.   Sin embargo calló, se dejó caer en una silla, con la cabeza entre las manos, sollozando, y no se atrevió a levantar los ojos ni para mirarme. Su único rasgo de valentía fue quitarse las lágrimas con un pañuelo y balbucear tres palabras “yo la acompaño”    Subí al vagón y me acomodé frente una muchacha menuda vestida rigurosamente de luto, con una cruz plateada colgando sobre el pecho. Se palmeaba levemente las piernas al ritmo de la música que entraba en sus oidos  a través de unos auriculares de esos que regalan en los trenes.  A mi lado dormitaba un muchacho africano de piernas larguísimas.   Abrí el bolso y cogí la carta.  

     

    La desplegué de nuevo y la releí Mi querida Bárbara: He intentado comunicarme contigo por teléfono pero esa es empresa imposible: siempre responde el contestador. No sé si es que  no estás nunca en casa, si te has mudado o si sencillamente no quieres saber ya nada de tu hermana.   Sabes que no soy una persona que se empeña en que las cosas se hagan a su modo y siempre he respetado tu independencia y tu distanciamiento, incluso te he defendido contra quienes me han estimulado para que olvide tu existencia y deje de rebajar mi orgullo ante ti; para que tenga presente el modo tan cruel con que has ignorado siempre cualquier intento de acercamiento. Pero no he hecho caso, siempre he antepuesto que eres mi única hermana, y te he invitado a todos los acontecimientos de mi vida en que una hermana debe estar presente, y he digerido tu  desprecio sin escenas y con elegancia.   Hoy tengo que pedirte tu colaboración, y por favor no puedes negarte; porque si bien sin tu presencia tuvieron lugar los nacimientos y bautizos de mis hijos o sus comuniones o sus trofeos en el colegio o los ascensos de mi marido, y si estuvimos enfermos nos curamos sin que tú te dignases preguntarnos como estábamos; ahora tu firma es indispensable para terminar este negocio.   Vendemos la Casa Grande.  Es inútil mantener  en pie este mausoleo. Mis hijos ya no quieren venir, han crecido y no soportan el enclaustramiento que la mansión impone y el desierto de juventud en que se ha convertido Sierra Bermeja.  Augusto se ha negado por años a vender, pero más por una concesión sentimental que por realismo.  Quería que los niños viviesen en esta casa misteriosa que a veces parece tener vida propia, y que tuviesen recuerdos de infancia en ella;  tampoco, seamos realistas, nadie estaba dispuesto a pagar su verdadero valor. Una casa de veinte habitaciones, con graneros, establos, trojes, buhardillas, palomares, alacenas, cubichines, cuartos secretos, sótanos  y con diez balcones a la Plaza Real, es un palacio, pero un palacio si se le pudiesese poner ruedas y trasladar a lugares donde el suelo tiene más valor. En Sierra Bermeja es como oro sobre un mendigo. No luce no muestra su verdadera cualidad.   Ahora todo ha cambiado, en las llanuras de las salineras están construyendo un polígono industrial, el mayor de Europa, y obviamente, atraerá gente para los nuevos empleos, y nos han ofrecido la compra del solar para construir un bloque de apartamentos para obreros. Obviamente esto nos hirió tanto. Nuestra querida Casa Grande bajo las garras metálicas de las máquinas, destruida, abatida como un gigante sin hálito.   Sin embargo, mientras nos debatiamos en esta dura decisión, nos ha llegado la noticia de la inminente construcción de un campo de golf en la llanura de la Sierra del Gato, sobre aquella hermosa meseta de las encinas, y  nos han propuesto la compra, manteniendo su aire señorial, las cocinas, la escalera de caracol, los muros, la solería y los cupidos pintados sobre los techos. La quieren convertir en hotel rural de lujo para los golfistas.    El precio es tan sustancioso que no nos podemos negar y el hecho de que respeten en su integridad la fachada y parte del interior supone que podemos pasar  algún fin de semana en una de las estancias, cuyo usufructo nos queremos reservar de por vida. Tú también dispondrás de una habitación por supuesto.   Obviamente este trato no puede cerrarse sin tu rúbrica, y es por esto que me dirijo a ti: Augusto  está preparando una escritura de poderes para enviartela, sólo tendrás que firmar que me autorizas a la venta de la Casa, junto a la escritura te enviamos el precio ofrecido de cuyo 50 por ciento eres dueña.   Junto a la Casa vendemos también algunas tierras de la Sierra del Gato, para qué queremos un prado de herriza que no produce. Los promotores del campo de golf, han hallado agua en abundancia, pero quién podía saber, ahora el agua les pertenece, y don Juan Benavides ya ha vendido su parte, están esperando nuestro visto bueno. Como ves tenemos un negocio de gran envergadura entre manos y tú eres propietaria de la mitad de todo. Pueden suponerte unos veinte millones de euros que puede decirte que te solucionarían la vida y te permitirían vivir como una reina ya que no tienes hijos ni familia a quien dejar tu fortuna.    Espero tu respuesta durante esta semana.  Te quiere.Ángela.   

     

    La letra era de Ángela pero a distancia se olía el tufo rancio de las palabras de Augusto. Palabras de buitre.Redacción de alumno aventajado.   Después de leer la carta cogí los poderes y los firmé y escribí también el número de cuenta bancaria para que me ingresaran la sabrosa cantidad.  Pensé en comprar mi apartamento  alquilado, en echar raices allí mismo, frente a  los nogales y el lago perlado de cisnes  de Oster Sogade. Frente al calor del café francés. Pensé en llamar al dueño para firmar un contrato de compraventa y quedarme para siempre.  Comprar al fin un pedazo del paraíso  donde nadie pudiera expulsarme. Mi mínimo  jardín del edén, un trozo de aire recortado en los cristales de grandes ventanales del apartamento de madera blanca, estilo danés, sobrio y correcto. Una isla serena con habitantes educados que jamás hacian ruido.  Sólo una vecina me visitaba de tarde en tarde o se paraba conmigo en el rellano de la escalera. Una señora danesa de cabellos de nieve, vestida siempre en tonos pasteles y con un delicado collar de perlas reposando sobre un pecho ya mustio, que hacía tan poco ruido que parecía no existir, como si levitara sobre sus zapatillas limpísimas;  y que  a veces me traía pasteles para que yo diera el visto bueno. Otras veces me llamaba para mostrarme un album de fotos antiguas, y con su dedo trémulo me indicaba los rostros extraños de niños, de señoras elegantes y ancianos respetables y sonreía perdiendo los ojos en el lago mientra pronunciaba extraños nombres: Jan, Lars, Pernilla, Inger, Claus. Y afuera relucían los cisnes plateados.

      Podría comprarlo sin regatear un céntimo  y podría invertir en algún negocio más o menos decente que me proporcionase rentas para dedicarme a recorrer el mundo en cruceros y aviones de lujo, con champagne y hermosos efebos para engañar la amargura. ´ 

     Pero aquella misma noche soñé con el fantasma de la Gardenia y con la Casa Grande y sus habitantes de niebla.

       La vi como aquella primera vez en la casa de la bruja Lucrecia.Ya la conocía en sueños, a través de un lienzo elaborado a retazos, con hilachas cogidas de cuentos sobre la mujer maldita de la Gardenia, la sombra vestida de plata que se asomaba a los balcones cuando los duques  no estaban, cuando la casa quedaba perdida como un barco a la deriva en la inmensidad de Sierra Negra.   La vi a través del espejo, como antes. Y era idéntica y era real, no era un sueño. Me miró a los ojos y eran mis ojos los que me atravesaban como cuchilladas desde  la luna ovalada.    Había encontrado la carta de Ángela en el buzón, había firmado los poderes, me había fumado un porro de marihuana, bien cargado para domir agusto, como un cachorro. Y  se infiltró entre las telarañas del sueño o las marañas de la hierba. Entró como lo que era: una sombra, un recuerdo. Se extendió por el cuarto, tiñió la oscuridad de una claridad lechosa, como si alguien hubiese desplegado una delicada gasa entre los muebles y los cuadros, y después toda aquella niebla se condensó en una forma delicada dentro del espejo. Un vestido plateado y un melena negra con brillo de astracán. Un rostro  apenas esbozado con dos trazos negros y uno rojo sobre un ovalo niveo.   Nada más.Desperté con la boca seca y fui a la cocina para beber un vaso de agua. Y fue cuando sentí el frescor en la boca cuando comprendí que  estaba dentro de uno de esos sueños terribles en los que te crees despierta pero sabes que duermes, y luchas con desesperación por salir del  duermevela, por recuperar la linea divisoria entre sueño y vigilia.    Tenía el vaso de agua en la mano. El tacto frío del vaso era real, el frescor calmó mi garganta, sin embargo al salir de la cocina mi apartamento desapareció y en su lugar se abrió ante mis atónitos ojos  el pasillo de la Casa Grande, con la escalera de caracol al fondo.     Entré en la pesadilla consciente de que alguien me esperaba arriba, en el último peldaño.Me dirigí al primer escalón. Posé el pie titubeando, asustada, pero convencida de que no había otra elección si quería recobrar  mi vida normal, la del apartamento de Oster Sogade, que podía ser mío después de aceptar la venta de la casa.  Una oscuridad azulada envolvía mi ascenso, mis pies que de repente estaban desnudos y helados, mis manos que no encontraban la baranda para apoyarse, mi espalda doblada ante un peso insoportable, como si sobre los hombros alguien hubiese dejado caer el bulto plómbeo de una manta mojada.  Cada peldaño era un dolor nuevo, en los tendones, en las venas, en los huesos, y una mano parecía oponerse entre mi pecho y la nada, para impedirme subir. Me di cuenta de que me costaba respirar.   Era una de esas pesadillas en las que tienes que abrir los ojos para poder moverte, para respirar de nuevo y no morir en una absurda asfixia provocada por la nada más absoluta.    Pero aquí no era mi firme voluntad de sobrevivir abriendo los ojos lo que pondría fin a la agonía, sino la llegada a la meta, al último peldaño en donde reconocería a la figura que me esperaba sin mover una pestaña, sin compadecerse de mi torpe ascenso, de mi fragil desnudez.  Estaba casi llegando, casi podía distinguir las facciones de la silueta cuando me despertó el golpe del postigo de la ventana. Se había levantado viento. Las cortinas volaban por la habitación. Los cisnes eran apenas manchas nacaradas entre las hojas negras de los nogales.   

    El reloj digital sobre la mesita señalaba las 3.30 e iluminaba el cuarto con una claridad de acuario. Todo indicaba que había despertado, sólo que la mujer del espejo continuaba allí, mirándome desde su rostro difuso, intentando contarme algo que yo debía saber.     

    A la mañana siguiente, después de tomarme un café bien cargado mirando el lago, rompí los poderes de Augusto y busqué en internet un vuelo Copenhagen Madrid. Sólo ida.  Antes de que la Casa Grande fuese un hotel para adinerados golfistas, antes de que cerrase sus fauces definitivamente a mis recuerdos, algo debía quedar allí mio, algo debía estar esperándome, una pieza de mi vida camuflada en algún cajón, en algún armario o entre los trastos viejos de algún desván.  Algo que yo debía reclamar, y que no podía ser solo un cheque con tantos ceros.                          

    Comentarios

    Un Comentario »

    1. Mágico el cambio de trenes y viaje en el tiempo. Me recuerda esas novelas y películas que son contadas en distintos tiempos, con saltos intermitentes entre unos y otros. Hay que estar atento.

      Aurelio España | 16-04-2009 - 18:49:00 GMT 1 #

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