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EL FANTASMA DE LA GARDENIA
una historia de fantasmas sin fantasmas

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
  • CAPÍTULO PRIMERO
  • CAPÍTULO SEGUNDO
  • CAPÍTULO TERCERO
  • CAPÍTULO CUARTO
  • SEGUNGA PARTE:"FIGURAS ENTRE LA NIEBLA"
  • CAPÍTULO QUINTO
  • CAPÍTULO SEXTO
  • CAPÍTULO SÉPTIMO
  • CAPÍTULO OCTAVO
  • TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA
  • CAPÍTULO NOVENO
  • CAPÍTULO DÉCIMO
  • CAPÍTULO UNDÉCIMO
  • 03/04/2009 GMT 1

    PRIMERA PARTE: EL TREN DE LAS SOMBRAS. Capítulo tercero

    herminia @ 22:27

    CAPÍTULO TERCERO

    Al llegar a Madrid encontré a mi tía Mila envuelta en un abrigo de astracán muy largo y elegante, que le hacía los tobillos demasiado finos. Llevaba guantes de piel marrón y bolso y zapatos a juego. Ella siempre iba muy bien combinada. Era una señora de alta sociedad.

    Me dijo “bienvenida” sin mirarme, con un desprecio palpable, y me acercó la cara para depositar en el aire, cerca de mi mejilla, el triste simulacro de un par de besos. Olía a Caleche como siempre, entonces yo no lo sabía, pero un día lo descubrí metiendo la nariz en todos los frascos de una perfumería.  Fue poner una gota en mi muñeca y llegarme nítida la imagen de mi tía en la estación de Atocha, rígida como un poste, con el abrigo rotundo  y el pelo rubio ceniza muy cardado..

    Yo sólo pensaba en la mancha entre mis piernas, otra vez notaba aquella cosa bajando, aquellos cuajarones negros y densos que se desprendían de mis entrañas y me empapaban la compresa y reptaban por mis muslos. Me había puesto un pantalón negro para evitar que se viese la mancha y unas botas de caña ancha por si la sangraza seguía descendiendo entre mis piernas que se encharcara en el pie y no dejase un rastro púrpura a mi paso.

    Durante toda la noche había estado cambiándome de compresa, lavándome con papel higiénico humedecido y también había tirado dos pares de calcetines empapados.  A cada traqueteo del tren sentía aquel renacuajo viscoso escurriéndose por mi vagina y adhiriendo la tela del pantalón a mis  muslos.

    Cada vez que entraba en el angosto cubículo para cambiarme contemplaba un rostro más pálido y unas ojeras más marcadas. Mi piel iba adquiriendo una tonalidad de cera y mis ojos parecían perdidos en profundidades abisales.

    Una mujer entrada en carnes, con un vestido de un rojo estridente y muchas pulseras que sonaban con un tintineo metálico cada vez que movía las manos, se me quedó mirando y me preguntó si estaba enferma. Negué con la cabeza pero ella se empeñó en que sí y me trajo un café caliente del bar y un bollo dulce. Pensé que sería hermoso tener una madre así, amplia y cálida, con un vestido discordante y pulseras musicales, que me trajera cosas calientes cuando estaba muy enferma o muy sola.

    La mujer me contó cosas suyas, una vida muy básica. Iba a Madrid a pasar unos días con su hija que se había casado con uno del pueblo, policía nacional trasladado a la  capital.
    Ella estaba casada a su vez, con un hombre muy bueno y muy callado y tenía otro hijo que le ayudaba en el campo. Este último hijo había tenido problemas con malas compañías y bebía mucho pero ahí estaban entre todos a ver si lo hacían un hombre y lo alejaban de toda aquella perdición.
    No imaginaba a aquella hermosa matrona andaluza enviando a su hijo desangrándose durante una noche de tren para evitar la ignonimia y la vergüenza o simplemente para sentir la paz de la perfección, aniquilando el mal de raiz, recuperando lo que siempre debieron ser: un matrimonio feliz y un único parto con una única hija, dócil y modosa, bien casada, digna heredera de la Casa Grande y las tierras de Sierra Bermeja.

    La tía se dirigió muy erguida, precediéndome siempre, a un taxi que esperaba a la entrada de la estación. Yo casi no tenía fuerzas para sostener mi maleta, pero la seguí manteniéndole el paso.
    El taxi recorrió casi levitando una ciudad de calles amplias y todavía semidesiertas, envuelta en la niebla de una lluvia fina como una gasa que convertía los globos de las farolas en sutiles burbujas amarillas y el asfalto en un espejo sobre el que se desdoblaban  los colores cambiantes de los semáforos. Un ligero viento movía los árboles de las avenidas.
    Recordando aquellas imágines mientras esperaba que la vieja anciana sacara del baul los objetos olvidados, me vi a mi misma dentro del taxi, exángue, mirando el exterior como un pez dentro de un reducido acuario.

    Mi primera carta estaba allí, en mis manos, sin abrir. El matasellos indicaba una fecha precisa:  14 de abril de 1981.
    Cuando la anciana me la entregó y reconocí mi letra el corazón me latió con tanta fuerza que tuve que respirar fuerte antes de abrirla.
    La escribí mi  cuarta noche en el cuarto de taracea. Las primeras no pude, tenía mucha fiebre y estaba muy débil.  Me acordaba bien de eso. Mis primeros días en Madrid permanecieron nítidos en mis recuerdos. Después todo se esfumó en una niebla de fantasmas y pesadillas, de noches en blanco y días de sueño pesado provocado por el veneno que me dispensaban cada mañana con el desayuno en aquel lugar inhóspito de un blanco hiriente, que me provocaba la misma sensación de haber sido exiliada a una estepa polar, deshabitada y hóstil.

    La redacté casi a oscuras, controlando la línea de luz bajo la puerta del cuarto. Usé una linterna pequeña que encontré en un cajón y la escribí debajo de las mantas, con pulso tembloroso por el miedo y la debilidad después de una semana desangrándome. Me la guardé en el bolsillo y la  deposité unos pocos días más tarde disimuladamente en un buzón mientras me dirigía a la iglesia con Rosario, la hermana monja de mi tío Antonio, el médico militar al que mis padres encargaron el tratamiento de mi dolencia, porque el aborto era delito y no podían ponerme en manos de otro profesional por si sus escrúpulos le llevaban a denunciarme.

    Me dejaron en manos de aquel hijo de puta que me tocaba con dedos lascivos aprovechando mi indefensión alegando que podían volver las hemorragias.
    Y después ya sin pudor alguno comenzó a ordenarme obediencia o se vería obligado a informar sobre mi triste estado mental y aconsejar  mi ingreso en una clínica para orates.

    No conservaba ni conservo ningún recuerdo nítido de aquel Madrid que en los periódicos aparecía como una ciudad viva caliente donde el final del régimen había abierto las puertas a una modernidad vanguardista y cañí. Para mí Madrid fue una cárcel. Primero fue la casa de mis tíos de la que sólo salí tres veces para ir a la iglesia y después la clínica psiquiátrica de la que sólo guardo jirones con rostros deformes y palabras perdidas en mis pesadillas.

    Rosario era alta de constitución recia y ademanes hombrunos.  Se dedicaba a contarme historias terribles de mujeres descarriadas, pero yo apenas la escuchaba. Mientras atravesábamos aquel parque espacioso y verde, poblado de árboles frondosos, flanqueado de bancos ocupados por parejas, madres con sus niños pequeños y  viejos que buscaban los rayos del sol para ahuyentar la  frialdad de los primeros días de la primavera de la meseta;  buscaba disimuladamente el bulto amarillo que sería mi salvación.

    También yo sentía los dedos de los pies fríos y las manos heladas pero mi cabeza hervía después de haberla engañado dejando la carta dentro del buzón finalmente, sabiendo que ya era cuestión de días que Mario apareciera y les dijera a todos franquistas “cabrones vuestro tiempo ha terminado” y me cogiera de la mano y me llevara a ese Madrid de las revistas donde el venerable profesor  Tierno Galván pocos años atrás sonreía junto a una mujer mostrando un pecho.

    Pero en lugar de Mario vestido de caballero rescatador de doncellas en apuros, llegó un día un  sobre con un certificado médico positivo que aconsejaba mi ingreso en una clínica para enfermos mentales.

    No fui muy inteligente para manejar la situación. Era demasiado impulsiva, demasiado joven e inocente para calcular la maldad de los adultos. Debí callar y organizar en silencio mi fuga, pero las amenazas con delatar las perversiones de mi tío no fueron mis aliadas. Cuando una noche lo conté todo a mi tía gritando, ella se cubrió la cara con las manos horrorizada y después dijo

    - Llevas razón querido, llevabas razón, ha perdido el juicio, no podemos mantenerla más entre nosotros, nos puede hacer mucho daño. Es una degenerada, una criminal. Ha matado a su propio hijo.

    Ahora aquel sobre estaba en mi mano.  Sólo un sobre, el otro debió ser devuelto. No escribí dirección de remitente.  Dormiría ahora en una estanteria o en un cajón lleno de otro sobres que jamás llegaron a su destino. Pensé cuantos años necesitaria uan persona  para encontrar entre aquellas montañas de palabras perdidas un rastro de su vida que podría salvarla o simplemente proporcionarle la paz para continuar adelante.

    Estaba cerrado, sin señáles de haber sido abierto jamás. Y una pregunta me golpeaba las sienes:
    Por qué Mario se fue de  aquella casa justo después de mi desaparición.
    No llegó a leer la carta, ya no estaba allí cuando el cartero la dejó debajo de la puerta como solía hacer porque los buzones estaban destrozados y no quería quejas de correspondencia extraviada-

    Abrí el sobre ante la anciana. Me miraba con un ligero temblor en los labios, y retorciendo apenas la servillenta de encaje unos pálidos y sarmentodos dedos. Expectante.

    Reconocí mis palabras escritas con caligrafía trémula mientras una bola áspera e invisible se situaba en mi garganta y me provocaba  unas ansias incontroladas de llorar. Y eso no era normal porque yo llevaba más de veinte años sin haber soltado una sóla lágrima.

    La guardé sin leerla, me la metí en el bolso. No había más cartas.  No había más objetos ni tenía interés en recuperarlos en caso de que hubiese permanecido esperándome una alhaja o un libro o una fotografía.
    La anciana estaba esperando uan explicaciòn al misterio, después de todo su vida era ya sólo esa espera inútil a que alguien viniera a recoger aquel pequeño tesoro y le desvelara los secretos que escondía; pero yo no tenía ningún enigma que desvelar. Sólo la certeza de que Mario no recogió aquella carta. Que estuvo en cualquier estanteria, dentro de algún libro, sobre alguna mesa un tiempo, hasta que pasó a un cajón o al interior de un armario y luego cuando la encontraron en las obras de reformas la metieron en el pequeño baúl porque no sabrían qué hacer con una carta sin abrir.

    Tomé el café mientras le contaba una mentira sobre la carta para no robarle la ilusión de estar conservando objetos valiosísimos para la vida de las personas que vivieron en su casa. Le dije que la conservaría como un tesoro porque era la primera carta que me había escrito el que ahora era mi marido. Ella me clavó la vista sonriendo pero igual no me creyó. En todo caso lo importante era contar algo sobre aquellos fetiches y otorgarles un sentido.

    En cuanto bebí el último sorbo inventé cualquier excusa y me puse en pie. La anciana lo hizo también con dificultad. Cuando intenté ayudarla se negó.
    Aquella casa que fue escenario de mi felicidad, habitada por una anciana abandonada  esperando ansiosa  cualquier visita para llenar sus horas,  me provocó un arrebato de melancolía. Conocía bien aquella desazón, la sentí por primerz vez una tarde  de enero  cuando mi padre mató a un perro vagabundo de un tiro en las tripas porque el animal durante la noche había hecho una carniceria con los animales del corral; la trizteza se me enganchó a las entrañas como un parásito y que  hacía acto de presencia con la lluvia y se me quedaba dentro días enteros infiltrada en los huesos como la humedad.

    Me despedí inventando una cita que no existía y le agradecí el café y que me hubiese permitido recuperar mi carta. Ella parecía intinitamente satisfecha de haberme servido de algo y me pidió que volviera cuando quisiera que si algo le quedaba a ella era tiempo libre para dedicar a los demás.

    Al salir escuché unas voces estridentes y música muy alta. La anciana había conectado el aparato de televisión.

    Todavía lucía un sol perezoso y otoñal, pero a duras penas lograba esquivar unas nubes de borra gris que comenzaron a salpicar goterones sobre el  asfalto. Un viento frío procedente de Sierra Nevada recorría las callejuelas arrastrando hojas secas y flores de geranio muertas.

    Con la carta en el bolso me dirigí al Hostal para recoger mis cosas y marcharme a Sierra Bermeja esa misma tarde. Pero en el camino vi un cybercafé, un local pequeño con un mostrador de madera oscura y un par de mesas vacias a la entrada, en cuyo fondo se distribuian una especie de celdas con ordenadores.
    Pregunté si había alguno libre y  una mujer corpulenta, de cabellos teñidos de un  tono pajizo, maquillada con un carmesí intenso que desbordaba la línea de los labios y una línea azul marino sobre unos ojos pequeños y vivos, me señaló una casilla al fondo y me preguntó con acento marcadamente argentino si me servía también un café.Le dije que sí y me dirigí al ordenador.

    La conexión era lenta y tardó en abrirse. Escribí en el google entre comillas “Mario  Gutierrez Camacho”

    Aparecieron dos con ese nombre, un forista de una página de pequeñas empresas que aseguraba que la mejor manera de ganar dinero rápido y fácil era evitar la legalidad.
    Otro era un dentista colombiano con clínica abierta en Sevilla.

    Busqué las páginas blancas y escribí los apellidos Gutierrez Camacho. Aparecieron ocho personas con esos apellidos. Entre ellas  Elisa Gutierrez Camacho, que seguía teniendo la consulta de pediatría en la calle San Juan de Dios.

    Bebí el café de un trago, cerré el ordenador y entregué a la argentina teñida unas monedas.

    Llovía con furia cuando salí a la calle de nuevo. El cielo estaba de un color gris plateado y se escuchaban gorjeos de pájaros sobre los árboles de Plaza Nueva. En lugar de entrar en el Hostal giré a la derecha y  recorrí la calle Elvira, angosta y sinuosa, protegiéndome bajo los aleros de los balcones.  Permanecían imperturbables al paso del tiempo las viejas entradas a bloques antiguos con balconadas oxidadas y negocios esqueléticos de artesanias, alfombras alpujarreñas, labores en mimbre, o cochambrosas tiendas de libros de segunda mano y muebles usados, entre algún que otro taller de bisuteria de estética hippy.
    En el rincón de la Carbonería ya no estaba nuestro bar. En su lugar lucía la M espectacular y luminosa de un negocio de hamburguesas y comida rápida.

    Me dirigí a  la calle San Juan de Dios, recordaba el número de la casa de su hermana mayor, un piso soleado y amplio en una de cuyas habitaciones Elisa llevaba una consulta de pediatría privada. Fuimos un día a recoger unos muebles viejos que Elisa dejaba a su hermano para adecentar la casa del Albaycín . Yo la miré como una gata que ha vivido sola entre tejados sin bajar jamás a tierra. Me limité a decir un buenos días huraño y ella  me abrazó y me besó sonriendo. Después dijo a Mario que llevaba razón, que era muy bonita. Y supe por su manera de mirarme que le gustaba, era como si el mundo se hubiese vuelto al revés. Después nos vimos muchas veces, cenamos juntos y una vez hicimos una excursión a los Cahorros, con tiendas de campaña  y pasamos una noche fantástica contando cosas junto al fuego. Cómo yo hablaba poco Elisa me preguntó  si no quería contar alguna historia de mi infancia, y yo les hablé de Lucrecia la bruja y de las mujeres voladoras.

    En el pasillo había un olor fuerte a ambientador y los buzones estaban saturados de publicidad, tres peldaños subían al rellano de los ascensores, y aunque los recordaba idénticos por fuera, por dentro habían sido reformados, y las paredes oxidadas habían sido sustituidas por espejos que jugaban con las figuras desdoblándolas hasta el vértigo.

    Pulsé el número 6 y ascendí tratando no pensar en nada, ni siquiera en lo que le iba a decir a aquella mujer después de 25 años. Comencé a sentirme ridícula a medida que el ascensor ascendía pero no podía volver atrás, porque ya había cogido un avión y un tren como una autómata  para recuperar algo perdido antes de establecerme definitivamente en mi refugio de reina de las nieves.
    Me abrió una muchacha de unos dieciocho años, muy alta y con el pelo teñido de un rojo brillante. Llevaba una bata blanca que lucia tan fuera de lugar como el pantalon negro y la pajarita del camarero de la estación de Atocha.  Llevaba los ojos enmarcados en dos líneas de un negro tizón que resaltaban un azul turquesa imposible.
    En la aleta izquierda de su nariz relucía un pequeño diamante y llevaba anillos en todos los dedos de las manos y de los pies.
    -         Buenas tardes, tiene usted cita?  - me preguntó con un tono de voz impersonal pero correcto.
    -         No- respondí- quería hablar personalmente con Elisa Gutierrez.
    -         Elisa Gutierrez no vive aquí señora
    -         Pero es una consulta de Pediatría, no?
    -         Si, pero la pediatra se llama Ana Fábregas, no ha leido usted en el buzón

    En ese instante una joven menuda, de corta estatura , con la cara lavada, sin el menor rastro de maquillaje y el cabello recogido en una coleta sencilla,  ataviada también con una inmaculada bata blanca salió de una puerta sobre la que había colocado un cuadro infantil y se dirigió a la muchacha que me atendía

    Me saludó educadamente y la joven del pelo rojo le indicó que yo preguntaba por la pediatra Elisa Gutierrez

    -         Es mi madre- sonrió- pero hace ya tres años que llevo yo la consulta. Quería usted una cita de pediatría o una entrevista personal con mi madre.

    -         Es algo personal- respondí
    -         Oh- la pediatra parecía contrariada- entonces siento decirle que mi madre vive en Bilbao, enviudó y se casó en segundas nupcias con un doctor de la ciudad y trabaja con él en una consulta de medicina familiar.

    -         Le agradezco la información- le tendí la mano y me disponía a marcharme cuando la joven me extendió un papel con un número de teléfono

    -         También puede dejarme su teléfono y su nombre. En cuanto me llame se lo daré para que ella se ponga en contacto con usted.

    La muchacha de los ojos color turquesa me dejó un pequeño bloc y un bolígrafo. Escribí allí Bárbara Montalbán y dejé mi número de teléfono. Estaba segura que no me iba a llamar.

    -         Este el número de la consulta de Bilbao. Si desea hablar con ella – me dijo extendiendo una tarjeta en la que podía leerse Elisa Gutierrez Camacho e Iñaki Urrutia de Miguel, pediatria y logopedia,  y una dirección y unos números de teléfono.

    Le di nuevamente las gracias y salí guardándome el papel en el bolso, sin dar explicaciones y agradeciendo que la joven no me las hubiera pedido.
    No estaba segura de que fuese a llamar. De repente entontré todo aquello absurdo.
    No tenía sentido buscar un fantasma de hacía veinticinco años.
    Encontraría sus ojos sus manos su pelo su piel, todo un poco más ajado por el tiempo, pero el joven Mario no habría sobrevivido dentro de aquel envoltorio. Una persona diferente me miraría extrañada o me abrazaría con una sonrisa abierta y recordaría aquellos tiempos como la magia de la juventud que se fue.
    Pero para mi no fue eso, para mí aquel tiempo contenía el momento en que cercenaron mi vida de un tajo en dos partes, y desde entonces todo lo que había vivido había sido una diáspora y una lucha contra el insomnio y la ansiedad.

    A mi me metieron en un tren una fría noche de abril y él dejó la casa para no volver ni a recoger la correspondencia.

    No valía la pena continuar indagando en los motivos porque ya eran viejos, y no tenían sentido ni servían para recobrar nada.

    Alquilé un Wolkswagen Polo plateado en el primer negocio de rent-a-car que encontré y cargué mi maleta para acto seguido poner rumbo a Sierra Bermeja.  Antes pasé por Plaza Nueva para comprar a un joven de piel aceitunada y ojos bulbosos ,  provisión  de hashis y marihuena suficiente para sobrevivir al reencuentro. También compré en un veinticuatro horas junto a la gasolinera donde terminé de llenar el depósito cuatro botellas de buen whisky.

    Todo había cambiado. Nada era reconocible desde la Redonda. La ciudad había crecido comiéndose la jugosa vega, nuevas calles y una circunvalación de amplios carriles por donde circulaban veloces centenares da automoviles habían trasnformado aquella tranquila entrada a la ciudad en una incesante estampida de motores. No quedaba rastro de aquel olor entre dulce y amentolado de la fábrica de aceites a la salida de Armilla, y ni de aquel negocio llamado “Demetrio García” al que yo asociaba el tufo extraño e intenso pero no desagradable del aceite de oliva.  Aquel aroma fuerte, diferente a todos los conocidos, se quedó vinculado en mi  mente infantil a todos los olores y colores de la ciudad, al agua clorada con sabor a aspirina y a los rostros cerúleos de los comerciantes, hombres flacos, de manos pálidas y nervosas, cuyas facciones huesudas resaltaban bajo la piel blanquecina de personas que no tomaban mucho el sol.
    Eran como seres de ultratumba, criaturas agonizantes sobreviviendo en un entorno triste y brumoso.

    A la salida por la calle en donde se elevaba un flamante  edificio de Carrefour pude elegir entre tomar la autovía y salir por el Suspiro del Moro hasta la Malahá, o continuar por Armilla por la carretera vieja, y opté por el camino conocido. La vieja calzada que desde Armilla cruzaba las Gabias y continuaba en líneas curvas hasta los angostos meandros sobre las salinas de la Malahá, donde la carretera era una boca sinuosa abierta en un tajo certero a los montes de herriza.

    Desde las Gabias el paisaje había cambiado poco, el mundo rural granadino permanecía durmiente e intocable; pero al salir de la Malahá y enfrentar la línea recta del llano de los durmientes, llamado así porque después del zigzag vertiginoso entre Granada y las salinas,  su monotonía recta provocaba sueño y accidentes absurdos;  un puñado de máquinas excavadoras y otro tanto de camiones se movían con pesadez entre un polvo espeso  convirtiendo la extensa llanura de cereal que yo recordaba, en una tolvanera b lanquecina entre la que ululaban máquinas y personas como ciegos a tientas.

    Era el esqueleto del futuro polígono industrial que por fin traería la modernidad y Europa a la raquítica comarca del Temple y reclamaba tierras y casas en una  Sierra Bermeja que había hibernado durante siglos y agonizado los últimos cuarenta años, desde que se quedó vacía por la emigración a Francia, Suiza, Bélgica y Alemania; y a las fábricas textiles de Cataluña y ya no hubo quien resistiera a aquel  miedo abierto que campaba a sus anchas.

    Miedo a la noche y sus criaturas, al futuro, al cambio, a lo que se mueve a lo que repta en la oscuridad a lo que susurra, a  la vida y a la muerte. Un terror irracional a despertar y descubrir algo insólito en la calle, a acostarse y que una mano helada asiera tu tobillo y te arrastrara a esa boca tenebrosa que parecía esperar famélica en todos los rincones oscuros.

    Finalmente el polígono industrial devoraba los alcaceles y difuminaba tras aquella bruma lechosa los perfiles de las sierras de encinas y la majestuosidad blanquiazul de Sierra Nevada, pero traía la llave de la puerta donde se escondían los dineros, las buenas casas, los buenos coches, el buen jamón, las buenas juergas sin reparar  en gastos y los viajes a Mallorca o las Canarias a buenos hoteles sin ayudas estatales.

    El milagro de la revolución industrial estaba allí con tres siglos de retraso.  Mi cuñado y mi  hermana no podían ser ajenos a los nuevos tiempos, y probablemente querrían dirigir aquel barco y coger las mejores tajadas del banquete; pero a mí eso no me importaba porque yo era una exiliada que lentamente se había transformando en una paria sin empeños ni ambiciones, y acudía para recoger un cheque bancario y para mirar por última vez la Casa Grande y los perfiles festoneados de las sierras antes de convertirme en otro fantasma más de los que habitaron la Casa  porque allí siempre convivieron criaturas corpóreas y almas en pensa sin demasiadas estridencias.

    A la entrada de las Ventas había una gasolinera nueva, no muy grande, pero a sus espaldas se extendía un amplio solar verjado  y un puñado de obreros movían carretillas y puñados de ladrillos. En un cartel podía leerse “reforma y ampliación  estación de servicio Indalecio Saavedra”
    Un par de camiones estaban llenando el depósito y un muchacho con un mono azul marino y una gorra anaranjada, descansaba  con el brazo apoyado en el surtidor charlando alegremente con el conductor de uno de los trailer.

    Después ví el falso castillo, aquella casa de pequeños burgueses construida con almenas y pintada de un marrón desgastado imitando torpemente una residencia medieval. A la entrada unas letras de neón apagadas formadas por tubos que se entrelazaban  para formar consonantes y vocales y una palmera, anunciaba un pub con terraza de verano y actuaciones en vivo. Un cartel borroso mostraban un hombre menudo vestido con un traje negro y una flor roja en la solapa. No podía leerse el nombre, sólo la palabra “tango”

    Eran las siete de la tarde cuando aparecieron entre los ordenados olivares las casa del Cortijo de los Frailes, mal pintadas y con la misma estética ruinosa de veinticinco años atrás. Un mundo herido de muerte desde hacía un cuarto de siglo  all que  sólo un rebaño de ovejas acercándose mansamente  a la carretera regalaba un suspiro de vida

    Después aparecieron los almendros que flanqueaban la carretera hasta el puente, esqueletos enclenques, tristes figuras de ramas frágiles todavía sin el verdor del invierno todavía lejana la explosión de las flores rosáceas que en las noches de primavera parecían poblar de fantasmas la carretera.

    La casa del puente había sido ligeramente reformada con un añadido de una nave de bloques grises. A la entrada había una cuerda con ropas tendidas y un perro dormido junto a  la puerta.

    Tomé el puente con cuidado, abajo el barranco mostraba sus fauces oscuras, las hilachas de agua entre zarzas y flores silvestres e hileras de almendros sosteniendose como soldados sobre lso terraplenes del cerro por el que ascendía tortuosamente la carretera.

    Al llegar a la revuelta de las zarzas apareció una carretera bien asfaltada, un cartel con un poema sobre las maravillosas vistas en Sierra Bermeja, otro de bienvenida y una señal de limitación de velocidad. A la izquierda sobre una cuesta empinada aparecían las casas del Sestil, la Sierra Parda cubierta de encinas, la Sierra Negra mostraba una parte nueva, un trozo  de su lomo pelado y máquinas amarillas que por la lejanía parecían juguetes infantiles moviéndose entre nubes de polvo rojizo.
    A la derecha otra cuesta más suave poblada de almendros  y las escuelas, los mismos edificios pero ahora encerrados en verjas y flanqueados por chopos oscuros de copas perfectamente circulares.

    Justo al girar para entrar en el pueblo, alguien se colocó delante del coche con el brazo en alto invitándome a detenerme. Frené en seco y pude comprobar el motivo de su intromisión. Por el estrecho tramo de carretera flanqueado de casas venía un grupo de muchachos solemnes y enlutados con un ataud sobre el hombro. La cara de uno de ellos me resultó familiar probablemetne por su parecido con su padre o madre a quien yo conocería de joven.

    Detrás del arca una mujer de aspecto frágil enlutada de los pies a la cabeza caminaba entera, sin llorar, con la cabeza levantada, como si tuviese más rabia que dolor. Al pasar cerca de mi coche se me quedó mirando. Tenía los ojos inmensos de un azul casi transparente.

    Me puse las gafas de sol y casi dejé de respirar, como intentanto adquirir el don de la invisibilidad, cuadno sentí ojos escrutándome, miradas directas clavadas en el cristal sin disimulo, tratando de reconocer mis rasgos y asociarlos a alguien conocido.

    Un grupo de mujeres con los brazos cruzados y las cabezas ladeadas, esperaban en la pequeña plaza de las palomas que el cortejo doblase hacia la iglesia. Volvieron la vista al Polo y  comenzaron a hablar mirando fijamente. Por un instante una de ellas se apartó e  hizo ademásn de acercarse.

    Por suerte la carretera se despejó y pude arrancar el motor y girar por la calle Real hacia la meseta de la Casa Grande.

    El corazón seguía latiéndome fuerte, sentía la lengua dormida y una extraña nausea en la boca del estomago.

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