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EL FANTASMA DE LA GARDENIA
una historia de fantasmas sin fantasmas

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
  • CAPÍTULO PRIMERO
  • CAPÍTULO SEGUNDO
  • CAPÍTULO TERCERO
  • CAPÍTULO CUARTO
  • SEGUNGA PARTE:"FIGURAS ENTRE LA NIEBLA"
  • CAPÍTULO QUINTO
  • CAPÍTULO SEXTO
  • CAPÍTULO SÉPTIMO
  • CAPÍTULO OCTAVO
  • TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA
  • CAPÍTULO NOVENO
  • CAPÍTULO DÉCIMO
  • CAPÍTULO UNDÉCIMO
  • 08/04/2009 GMT 1

    PRIMERA PARTE: EL TREN DE LAS SOMBRAS. Capítulo cuarto

    herminia @ 10:01

                      CAPÍTULO CUARTO

     

       Coroné  la cuesta de la calle Real y me encontré frente al sútil telón  de las mimbres lloronas que ocultaban la magnífica fachada de la Casa Grande.

      Dejé el coche aparcado en el callejón de los Vientos, un callizo empinado y angosto que llevaba a una plaza sin salida,  antaño formada por portones y piqueras desvencijadas que daban paso a cuadras y corrales, pero que ahora lucía limpio y empedrado, con algunos bancos de piedra y unos árboles raquíticos, que acusaban falta de riego.

       “El corral grande” fue el escenario preferido de casi todas las apariciones de tísicos, galanes, andarines, novias enlutadas y borrachos blasfemos;  incluso había quien juraba haber sido perseguido por el espectro de un galgo esquelético con una soga al cuello. El viento silbando perennemente en el callejón contribuía a  dar voz de ultratumba a aquella procesión de espectros.

     

     Qué mundo aquel en el que crecí, qué carcel, qué jaula sin barrotes pero fuertemente verjada por todos los miedos ancestrales de la historia de la humanidad.

     

      Una voz sensata me aconsejaba  dejarlo todo allí, todavía estaba a tiempo. Me  avisaba que debía dar la espalda a aquel paisaje ajeno a la razón, manejado por vísceras y por terrores. Me susurraba al oido que olvidara todo aquello y dejara las heridas del pasado., pero un instinto más fuerte que todo razonamiento me obligaba a continuar azuzándome como a un animal dehauciado que debe  sobrevivir.

     

        Por que  en cuanto  traspasara aquel telón formado por ramas grávidas  me encontraría de frente con un misterio que quería ser desvelado antes de que todo aquel mundo se entregara al implacable destino de ser devorado por los nuevos tiempos. El campo de golf y el polígono industrial.

     

     

       Me quedé un rato dentro del coche.  En unos minutos iba a tener frente a mi la fachada majestuosa de la que fue mi casa durante casi veinte años. Necesitaba calmar el latido descontrolado de mi corazón. Saqué un puñado de maria y me preparé un joint flojo, me lo fumé despacio, deleitándome en las hebras de humo que escapaban por la ventana y eran deshilachadas y arrastradas subitamente por el viento del callejón sin dejar ni rastro del perfume intenso de la hierba quemada.

     

       La calle estaba desierta, el cielo tenia una calidad de acero,  semejante a una inquietante lámina sin señales de nubes o juegos de grises. No había rastro de haber llovido, ni  charcos ni el viento traía un tacto levemente húmedo. Silbaba a ras del suelo reptando entre los portones metálicos del callizo.

     

       Aplasté la colilla en el cenicero y respiré hondo.  Salí del coche. El otoño siempre fue frío en Sierra Bermeja  y aquel no era diferente.

       Busqué mi abrigo y me arrebujé dentro. Quería perderme de aquel paisaje y de mí misma.

     

        Un gato pardo  saltó desde una ventana y casi me rozó las piernas. Me sobresaltó.

     

    Aquella quietud y aquel silencio sin ranuras solo roto por el silbido intermitente de las ráfagas de viento me hicieron sentir que todo aquello era mentira que estaba dentro de una de mis pesadillas. El color acerado del cielo,  la claridad  irreal de la calle, la mimbre llorona agitanto sus ramas  como andrajos ingrávidos se confabulaban para crear una atmósfera onírica en la que yo era solo una figura encerrada, una sombra desolada y envuelta en un gran misterio como en un cuadro de Chagall.

     

       Cogí la maleta y avancé contra el pertinaz viento. Crucé el telón de la mimbre y allí estaban las tres hileras de balcones de la Casa Grande.  De repente no soplaba  ni una brisa, un mar en calma se abría detrás de las agitadas ramas.

    Había entrado en territorio de fantasmas.

     

    Las casas que había visto en la calle Real apena eran diferentes de cómo las recordaba, pero las fachadas con desconchones y telarañas en las rejas ahora lucían  bien pintadas con balconadas y puertas nuevas y brilantes. La plaza abandonada de la vieja iglesia derribada durante la guerra ahora era un espacio rectángular con baldosas, una fuente, un puñado de farolas y unas hileras de bancos, todo siguiendo esa simetría nueva de ayuntamiento democrático. Incluso el corral grande había adecentado aquellos carcomidos muros de herriza con una capa de cemento y otra de cal y había sustituido las desportilladas puertas por metalicos portones pintados de gris o de verde.

     

       Sin embargo el cortijo de los Frailes, la Casa del Puente y la misma Casa Grande pertenecían a un mundo hermético, inconmobible al paso del tiempo. Sus dueños, políticos, notarios, registradores de la propiedad  o magistrados en Madrid, o señoritos calaveras en Sevilla no amaban aquellas tierras áridas y desagradecidas, no tenían interés en obtener más de lo que daban sin mimarlas demasiado, y las conservaban sobretodo por las jugosas subvenciones de la unión europea

     

      Sólo que ahora el campo de golf y el polígono industrial ponían buenas cartas sobre la mesa y todos querían ser el crupier. El primero mi cuñado Augusto Castellanos; cuya ambición como el desarrollo de los acontecimientos me demostró no conocía límites ni se paraba ante obstáculos.

     

    Todo permanecía intacto, como si en lugar de estar contemplando un paisaje real tuviese ante mí una vieja fotografía:

    La puerta de cuarterones esculpida con relieves misteriosos, el picaporte en forma de mano femenina sosteniendo una bola pulida y brillante, las esquinas asaltadas  por la pertinaz yedra y por las coloridas buganvillas allí  donde la gran fachada hacía angulo con un portón de tablones de madera ; la  gran bancada de piedra en el otro ángulo de la fachada, a cuyos pies  seguía creciendo un raquítico jazmin que  el tiempo no lo había angostado ni lo había fortalecido

     

      La yedra reptaba igual que antes, hasta el primer piso y se enredaba en los balcones como un obstinado réptil. Por ahí subían las salamanquesas en verano, yo las observaba en silencio desde la cama mientras escuchaba a Ángela chillar y correr a llamar a la sirvienta para que la echara a escobazos. Una salamanquesa en la página satinada de una revista de sociedad era algo totalmente inédito.

     

      No había cambiado tampoco la fuentecilla cercana al jazmin, una mujer  esculpida en piedra negra, con un cantaro de agua a la cadera desde el que se derramaba un sutil hilo de agua,  se levantaba levemente la falta para evitar el charco de la poza; en donde reposaban teñidos de verdín y semienterrados entre  un puñado de hojas húmedas sus pies descalzos.

     

     

      Estaba a punto de coger el picaporte cuando comprobé que a la derecha, en la jamba de la puerta relucía un cuadrado dorado sobre el que se dibujaba una campanilla negra brillante. Pulsé el timbre y sonó un ding- dong elegante como todas las cosas que debían rodear la vida de mi hermana, como fue planeado y proyectado por mi madre primero, cuando nos llamaba para que miraramos las casas de la revista hola y las figuras que las pobalban, despues por ella y por su esposo desde que decidieron compartir el futuro juntos.

     

      Siguió un silencio sólo roto por el murmullo de  las hojas de la mimbre y el  rumor del chorro del agua contra los pies encharcados de la estatua.

     

       Pensé que no habría nadie. Y que quizá no habría una pensión o una posada donde pasar la noche. No me agradó nada la idea de conducir en la oscuridad por las sinuosas curvas que descendían al puente y luego a las primeras casas de las Ventas. Volví a llamar, pero esta vez mantuve el dedo unos segundos y entonces escuché unos pasos apresurados que se acercaban a la puerta.

     

      El sonido rotundo de un cerrojo y unas cadenas dieron paso a una rendija de apenas unos centímetros entre la que apenas pude intuir el rostro oscuro de una chica morena y de corta estatura que por su tono de voz debía proceder de sudamerica

     

    -         Qué desea usted?

    -         Mi nombre es Bárbara Montalbán y esta es mi casa - respondí con un tono impersonal para esconder el temblor que me azotaba por dentro,  dispuesta a vestirme de una fuerza que estaba lejos de sentir en aquel campo de batalla, y usando la única arma que era indiscutible y que podría mantenerme a salvo: mi condición de Montalbán, de dueña de la casa.

    -          

     La puerta se cerró de nuevo y escuché los pasos alejándose. Apenas unos minutos después la muchacha volvió y de nuevo asomó a través de la rendija un rostro oscuro en el que sólo brillaban dos ojos negros con forma de almendra.

     

    -         Me repite usted su nombre por favor

    -          - Bárbara Montalbán- respondí sin impacientarme, sientiendo un cosquilleo de placer en el estómago, la satisfacción de pronunciar mi nombre a las puertas de aquella casa herméticamente cerrada y que ese nombre fuese el abresesamo que hacía mover rocas pesadisimas y desfranquear la visión de exquisitos tesoros.

     

       Sus ojos extremadamente abiertos y el temblor de su boca me alertaron de que no era la primera vez que escuchaba mi nombre y que mi presencia era para ella tan misteriosa e inexplicable como la de una visión.

     

     De nuevo sus pasos se alejaron pero ahora más presurosos, y la próxima vez no vino ella a abrir la puerta.

     

    Un muchacho sombrío, de piel morena y pupilas de un color indescriptible que temblaban dentro del ojo como dos gotas de mercurio, vestido con un chandal de marca y sujetando un puñado de folios en la mano se me quedó mirando con arrogancia ,franqueándome la entrada.

     Era el vivo retrato de Augusto, pero más seguro, porque Augusto siempre sintió que en aquella casa estaba de prestado y que el honor de poseerla correspondía a otro apellido, a otras estirpes.

     

     Se notaba inquieto, aunque quisiera controlar cada nervio de su cuerpo, casi era visible el latido de la sangre en las venas del cuello, tensas, el leve temblor de su mandíbula  o el palpito de los tendones de sus puños apretados.

     

      Me miraba como si me retara a un intercambio preciso de palabras, como si me hubiese estado esperando toda su vida, preparando un discurso aniquilador contra la sombra negra que siempre planeó sobre su cabeza, la telaraña de tristeza en la vida perfecta de su adorable madre.

     No ha respondido esta vez tampoco

    . Y a él le toco hacer su primera Comunión sin la fotografía perfecta, sin mi sonrisa junto a su madre, siempre hubo algo imperfecto en el album de su vida, y allí lo tenía. No ha respondido y se graduó, no ha respondido y obtuvo el premio al mejor trabajo sobre derecho penal de su promoción. Y en la foto del premio de nuevo no estaba la sonrisa negada al modelo diseñado por su buena madre.

     

    -         Debes ser Augusto- dije  con la única intención de poner fin a aquella situación absurda.

    -          - Y tú mi tía Bárbara- hablo finalmente con un tono de voz reticente que  cargaba sobre sus modulaciones todas las historias que debió escuchar sobre mi persona desde que era un niño y todas las ausencias convertidas en pequeños desastres en su vida de revista Hola.

     

    No hizo un gesto para besarme ni yo me molesté en entibiar la frialdad del encuentro

    - Querría pasar- le dije sonriendo  ante su insistencia en permanecer de pie obstaculizando la entrada

    -         Por supuesto, es tu casa tía Bárbara- y noté un deje de ironía  que no me anunciaba nada bueno- Jenny coge la maleta a la señora

    -          No hace falta, no pesa mucho, yo misma puedo llevarla

    -         Oh pero aquí tenemos servicio para esas cosas- respondió mordiéndose el labio inferior, sus pupilas de azogue temblaban ahora enloquecidas aunque su rostro permaneciera imperturbable como cincelado en piedra.

    -          

    Y cogió mi maleta para entregársela a la joven india.

     

     - Déjala junto al primer peldaño de la escalera hasta que vuelva mi madre- ordenó con frialdad.

     

     

        Me olvidé de su presencia en un segundo, en el momento en que me encontré ante el amplio pasillo como si hubiese sido la bella durmiente y hubiese despertado de un sueño secular.

     

     Casi nada había sido modificado: los cuadros de temas mitológicos con unas figuras femeninas envueltas en sutiles gasas corriendo por bosques o nadando en trasparentes pozas, cazadoras de hombros robustos y sandalias de tiras de cuero abrazando sus  masculinas pantorrillas, hermosas damiselas colupiándose al viento sobre un fondo de ramaje frondoso y húmedo y un cielo de un azul falso; todas enmarcadas en madera cubierta por pan de oro envejecido. Sillas de elevados respaldos y restos de viejos y primorosos bordados en la tapiceria flanqueaban ambos lados del pasillo como una escolta solitaria e inútil.

    El gran perchero en el que siempre vi el abrigo de ante de mi padre y su sombrero de cazador, el paragüero dorado todavía, para mi sorpresa, con el paraguas negro de barillas oxidadas en cuya empuñadora un felino se revolvía salvajemente a morder la mano de quien lo asiera. Todo permanecia petrificado, insensible al paso del tiempo.

     

       Entre las sillas y los arcones tallados se abrían puertas de cristaleras esmeriladas que delataban si la habitación estaba habitada o si permanecia en las sombras, dormida entre motas de polvo danzando en un hilo de plata infiltrado por un trozo de cortina desgastado.

     

     De la puerta del comedor entreabierta se escapaba el resplandor dorado de las llamas de la chimenea.

     

      Al fondo se abría el arco de medio punto que contenía una preciosa vidriera de colores brillantes representando una mujer sentada en un trono, con una corona de perlas y un cetro color añil en la mano. A sus pies dormían dos fieras, un tigre a la derecha y un león a la izquierda. Debado del arco permanecía cerrada la puerta de madera oscura que daba a la cocina y al mirador de Sierra Negra.

      A la derecha  comenzaba el ascenso a la escalera de caracol que zigzageaba por todas las plantas de la casa, En los paredes de la escalera había retratos de gente desconocida, ascendientes de los duques, muy británicos, muy impecables, vestidos con cuellos rígidos y no mostrando más señal de vida que una mano sosteniendo un reloj de cadena o acariciando la cabeza de un perro o de un niño.

     

    Lo miraba todo envuelta en una profunda emoción. Aquella casa era mía.

    Me dirigí a la cocina olvidando a mi estirado sobrino esperando ser respetado y temido pero que en aquel momento no era más que una figura ridícula y fuera de lugar en el escenario de mis recuerdos.

     

      Empujé suavemente la puerta. Jenny estaba allí, sentada en la bancada de la gran mesa de madera maciza que ocupaba todo el centro de la cocina, cortando una pieza de carne en pequeños trozos y colocándolos en una bandeja donde había vegetales bien troceados.

     

    La muchacha se levantó y me miró sofocada

    No sabía si atenderme o no, mi intrusión en la casa la había dejado en una situación incómoda porque yo era una señora dueña del castillo pero sus amos eran los otros.

     

    ´- Sigue trabajando- le sonreí- haz como si no estuviera- y  me acerqué al fuego para calentarme las manos. Me quité el abrigo y lo dejé sobre la espalda de una de las  mecedoras  de madera pesada que custodiaba la chiemena.

     

      Cerré los ojos y sentí la caricia del calor del fuego sobre la cara. Estaba en mi casa. Jamás había tenido esa sensación en los últimos veinticinco años. Aquel caserón medio vacio, de cuartos cerrados, probablemente atravesados por espesas telarañas, más semejante a un mausoleo que a un hogar, era mi casa.

     

     

      -Jenny está libre la habitación del fondo del primer piso, la que hace esquina la de los balcones que dan a  Sierra Negra y  a los barrancos del sestil.

      

     La muchacha afirmó con la cabeza, sin mirarme y todavía titubeando entre levantarse y atenderme o continuar con su labor de preparar la cena a sus señores.

     

      Entonces me dijo un “mis disculpas” con el acento acanelado del castellano de sudamerica, y salió de la cocina, la escuché cuchichear en el pasillo con mi sobrino y seguidamente regresar y continuar preparando los ingredientes del guiso.

     

    - Quiere usted tomar algo señora?

    - No- no tengo hambre gracias,- está libre la habitación?

    - Sí, ahora mismo voy a limpiarla y le subo la maleta, en cuanto prepare la cena

    -No es necesario- interrumpí- yo misma la subiré

    -Pero estará llena de polvo , hace mucho tiempo que no se abre- me respondió contrariada.

     

    -Yo abriré los balcones y luego me dices donde tienes la ropa de cama limpia para la cama. Mañana la limpiaremos.

     

    Salí para recoger mi maleta del pasillo. Pude entrever la sombra de mi sobrino en la cristalera del único salón habitado, espiando mi presencia.

     

    Subí la escalera de caracol,  y era como si se repitiere el sueño de mi última noche en  mi apartamento Oster Sogade,  la hierba y mi imaginación me dibujaron un espejismo luminoso:  asomada en el ultimo rellano donde las espirales se estrechaban como el rabo de un huracán, una mujer morena de cabellos largos, vestida con una túnica de plata me miraba  y a pesar de la distancia pude distinguir que sus ojos eran claros y transparentes como los de la mujer enlutada  que seguía sin llorar el ataud al cementerio

     

     Escuché la voz imperiosa de Augusto hablando con Jenny, probablemente culpándola del desastre del encuentro con la hermana pródiga. Cuántos discursos habría preparado en los que él brillaba con luz propia y yo empequeñecía bajo el peso de mi perfidia. Cuantas veces cuando escuchaba los lamentos de su madre porque su hermana gemela no daba señales de vida él soñó con hacerme beber todo aquel veneno y  hacerme compartir el caliz de la amargura. Y me había tenido cercana y frágil, una presa fácil para cualquier buen cazador y se había quedado acechando detrás de la puerta, sin saber cuando y cómo dar el zarpazo.

     

    Llegué al segundo piso. El pasillo emergía en una semitiniebla rota por el resplandor azul de la vidriera del rellano.  Abrí el viejo armario de la ropa blanca y un intenso olor a naftalina delató que todo se mantenía  en orden, pero que nadie usaba aquellos armarios y probablemente hacía años que nadie dormía en aquellos cuartos.    Al pasar junto al espejo de moldura barroca  la luna ovalada  me devolvió una imagen ajena. Sentí que no era yo quien se reflejaba en la superficie pulida sino  mi fantasma que nunca había escapado de aquella cripta y que la verdadera Bárbara dormía plácidamente mientras lo s visillos blancos se agitaban como vuelo de cisnes, ilumanada mi cabeza por el fósforo verde del reloj digital, mecida por el rumor delicado de las hojas de los nogales de Oster Sogade.

     

     Me dirigí a la puerta del fondo en el ala derecha. Las paredes aún mantenían el tapizado de seda con cenefas de colores pastel. Los apliques en la pared eran los mismos. Pasé el dedo por el jarrón azul sobre la vieja mesita de nogal y comprobé que no tenía polvo. Era posible que Ángela, atenta siempre a los más insignificantes detalles hubiese encargado la limpieza  de las partes visibles de la casa para mostrarla a los probables compradores como un tesoro brillante y vivo y no como un mundo en ruinas amueblado con cochambre.

     

    Empujé y la puerta cedió sin problemas sólo con un ligero chirrido, la ventana estaba entornada y una claridad metálica bañaba los bultos que al abrirla de par en par se convirtieron en la cama de forja, la vieja cómoda de mármol, la mecedora y el armario de luna herrumbrosa.

     

    Dejé mi maleta sobre el suelo y  me asomé al balcón de Sierra Negra. Estaba oscureciendo, una noche sin luna y sin estrellas comenzaba a descender sobre los perfiles de las sierras. Estaba allí de nuevo, respiré intensamente el aire limpio de la tarde, un ligero rocio me mojó la cara, estaba comenzando a llover mansamente.

    Oí el quejido de la puerta al abrirse, escuché unos pasos a mi espalda y una tos inconfundible.

     

    -Cómo no has dicho nada, como te has presentado así- su voz era casi un gemido.

     

     Me giré y allí estaba: mi vivo retrato pero buena y pulcra, la cara hermosa de la moneda. Llevaba el pelo más claro cebrado por unos mechones muy rubios, los párpados un poco más caídos, las mejillas un poco menos prominentes pero elegante y correcta como siempre, vestida con un pantalón color café y una blusa dorada, cerrada al cuello con un lazo perfectamente elaborado.

     No supe que responder, estaba  inmóvil, contemplándola  como se contempla una figura de humo, tratando de recomponer los detalles que la hicieran corpórea.

     

    La última vez que la vi tenía 20 años y era la hija que toda madre sueña tener, ahora  rondaba los 45 y se parecía demasiado  a las señoras de las revistas que mirabamos de niñas soñando en voz alta cual de aquellas mansiones satinadas sería la nuestra del futuro.

     

    Dio dos pasos finalmente, titubeando y me abrazó sin apretar demasiado y me dejó un beso pegajoso en cada mejilla.

     

    -No me hago a verte, no me hago- repetía sin dejar de observarme- No has envejecido, no has cambiado nada.... parece increible... la misma.. la misma... 

     

     

     Se pasó el dorso de la mano con delicadeza sobre la mejilla para secar una lágrima inexistente.

     

    Yo me alcé de hombros. Rebusqué algun recuerdo donde estuvieramos las dos unidas como dos buenas hermanas, pero encontraba sólo extraños fragmentos de nuestra vida en común, y sobretodo encontré aquellos ojos sumisos clavados en el suelo mientras me ofrecía mi maleta primorosamente preparada.

    No había malgastado mi tiempo en devorarme por dentro con el rencor, pero no había olvidado un solo momento de aquella noche fatídica, no era necesario recordarla ni tirarla a la cara como un guante de duelo, pero esa herida no estaba cerrada y yo hacía tiempo que no me esforzaba por ir contra el curso natural de las cosas.

     

     

    -Augusto y mi hijo están abajo... Jenny está poniendo la mesa. Anda prepárate para cenar...

     

    -He conocido a tu hijo- dije al fin- un muchacho muy guapo e inteligente

     

     Me miró con desconfianza

     

    -Si- la verdad, no me puedo quejar, tengo una familia maravillosa... y tú... – me miró un instante y después retiró la mirada como si un recuerdo la quemara- bueno... no me extrañaría que tuvieras una familia y no supieramos nada.....

     

    No, no he creado nada, no hay misterios en torno a mi... – le respondí sonriendo y dejando mi maleta sobre la cama la abrí y comencé a buscar en el fondo unas bragas y un sujetador para cambiarme de ropa interior. Después saque un pijama de algodón-  Voy a ducharme...  Espérame abajo

     

    Bien, cenamos a las nueve. Tómate tu tiempo. Mi hija no está. Pero vendrá mañana.

     

    - Me disculpareis todos esta noche pero estoy muy cansada. Necesito dormir. Leeré un poco y después bajaré a la cocina a tomar un vaso de leche caliente.

     

     Abrió la boca para decir algo, pero se quedó así, como si hubiese sido atrabapa por un instante en una fotografía. Después se dio la vuelta y  se alejó.

     

     Dejó tras de sí el olor dulzón de Caleche.

     

     

     

     

     

    Comentarios

    Comentarios(7) »

    1. pues hoy en día..todos vivimos en cárceles pero con barrotes..

      Bélgica | 08-04-2009 - 10:43:07 GMT 1 #

    2. A mí estas dos gemelas me dan mala espina. No sé si se odian porque se quieren o viceversa. No se si es envidia lo que las une, o es un lazo biológico y fatídico. En cualquier caso está claro que Bárbara no puede soportar que la perdonen.

      Javier | 13-04-2009 - 06:37:43 GMT 1 #

    3. ¿Que te pasa Javier?
      ¿Que novela estas leyendo?
      Barbara no tiene que ser perdonada por nada, al contrario, la vida le tiene que pedir perdón, la España franquista y su sociedad persignada, mocha y misogina de esa epoca le tendrían que pedir perdón, la hermana dulce y buena hija, que no buena hermnas, y que sólo se limito a ofrecer la maleta preparada, es la que tendría que pedir perdón.
      Magistral los encuentros, vivenciales esos sueños de los que quieres despertar y no puedes, de añoranza las luces y pensamientos a través de la ventana de un tren o un autobus.
      Esperemos que nos deparan los próximos encuentros, ya se saborean de antemano y quedo ansioso del qunto capítulo.

      Aurelio | 14-04-2009 - 17:00:51 GMT 1 #

    4. Encantado de entrar en el debate, aunque sea en condiciones tan inesperadas.

      No me cabe duda de que Bárbara habría estado encantada de enfrentarse a su hermana si esta se hubiera comportado de un modo abiertamente "franquista" con ella y le hubiera echado en cara su viejo desliz, su distanciamiento y su desprecio de la familia. Lo que no soporta (creo yo) es que no lo ha hecho, lo malo es que ha tratado de mantener el vínculo, dándole siempre la oportunidad de reiniciarlo. Eso es lo que no puede sufrir

      Javier | 15-04-2009 - 11:52:15 GMT 1 #

    5. Me es inevitable tomar partido por los personajes y no cabe duda que otra sería mi visión si la narración de la historia estuviera bajo la persepctiva de otro personaje. Ya la actitud retadora y de reproches guardados del sobrino entredejan ver o vislumbran la perspectiva de la otra cara de la moneda, donde sólo se ve a la tía distanciada, que ha despreciado a la familia, y que ha hecho sufrir a la hermana por su total indiferencia.
      Pero siendo objetivos e imparciales, poniendose en los zapatos de los personajes de las dos hermanas, es más que justificado el desprecio a la familia por parte de Barbara y aún faltan elementos para entender los motivos de Angela en la insistencia de mantener los vínculos: ¿Culpa?
      ¿Formas sociales? ¿arrepentimiento? ¿o verdadero cariño por la hermana?. Ya se nos da una pista en la lagrima inexistente secada al momento del encuentro. Sólo hay que tener mucho cuidado en observar la posición del narrador. Ya que a veces la narración fluye a través de los pensamientos de Barbara, como cuando visualiza los pensamientos de Augusto en la ultima carta de su hermana, donde los juicios de valor deben ser tomados como tal. Y la partes de la narración donde en tercera persona se nos describen los acontecimientos, donde se supondría una posición imparcial o la visión que
      nos quiere dar el autor.
      Veremos porque caminos nos lleva Calipso.
      Un placer Javier el poder comentar con alguien esta -hasta hora- deliciosa, interesante, reflexiva, apasionante y adictiva novela.

      No seas mala Calipso, apurate con el quinto capitulo. Saludos

      Aurelio | 15-04-2009 - 17:19:20 GMT 1 #

    6. Yo diría que la culpa es, de momento, un elemento muy importante de la novela. Se puede pensar que Bárbara trata de expiarla todo el tiempo, y que la actitud de su hermana se lo impide. Se puede pensar, aunque sin duda es Calipso quien tiene la última palabra, como debe ser. La vuelta a la vieja casa solariega que es en parte también la vuelta al pasado puede tener un sentido de expiación y de regeneración, tal y como yo lo veo. Coincido en esperar ansiosamente la quinta entrega de la novela y en la valoración entusiasmada de lo que hasta aquí hemos leído.

      Javier | 16-04-2009 - 06:58:35 GMT 1 #

    7. Pues he releido y no es ha veces, sino todo el tiempo el hecho de que la narración corra a cargo de Barbara, por lo que no es de extrañar que sólo tengamos una visión de los acontecimientos. Coincido contigo Javier en lo de que la culpa es uno de los motores de lo hasta ahora narrado. Pero me intriga el como te resalta más la culpa de Barbara que la de Angela. No descarto que existan culpas inconcientes en la primera, pero las veo más bien ya transformadas en rencor, amargura y reproches callados. Y de la segunda, aún no se puede saber mucho. Por lo pronto me dispongo a leer el quinto. Ya estoy intrigado con quienes seran el alcoholico, la bruja y los personajes restantes, como se desarrollaran en la obra y como podra llevarseles a un climax. En el final ni siquiera quiero pensar.
      Saludos

      Aurelio España | 16-04-2009 - 19:06:23 GMT 1 #

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