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EL FANTASMA DE LA GARDENIA
una historia de fantasmas sin fantasmas

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
  • CAPÍTULO PRIMERO
  • CAPÍTULO SEGUNDO
  • CAPÍTULO TERCERO
  • CAPÍTULO CUARTO
  • SEGUNGA PARTE:"FIGURAS ENTRE LA NIEBLA"
  • CAPÍTULO QUINTO
  • CAPÍTULO SEXTO
  • CAPÍTULO SÉPTIMO
  • CAPÍTULO OCTAVO
  • TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA
  • CAPÍTULO NOVENO
  • CAPÍTULO DÉCIMO
  • CAPÍTULO UNDÉCIMO
  • 16/04/2009 GMT 1

    SEGUNDA PARTE: FIGURAS ENTRE LA NIEBLA. CAPÍTULO QUINTO

    herminia @ 09:36


    Me acodé en el balcón,  y encendí el canuto que me había dejado a medias en el coche. Lo liquidé en dos caladas profundas.

    Tenía el pelo mojado tras la ducha y el aire de la recién entrada noche me provocaba dolor en las sienes;  no conseguía ubicar todo aquello en ningún paisaje exacto.; si acaso en un día de niebla densa, entre la que buceaban figuras buscando la cercanía para reconocerse.

    Me metí  en la cama aprovechando el cosquilleo de la hierba en las venas, que presagiaba un sueño bueno y profundo. Abrí un libro de los que llevaba en el bolso y sé que  dormí entre sus páginas porque apenas dos horas después  el sonido insistente de mi teléfono móvil se introdujo a través de los recodos de una calle angosta, de tramos tortuosos,  por donde yo avanzaba penosamente, arrastrando mi alma detrás de un ataúd de taracea.

     

    Lo encontré tanteando en la mesita con mano incierta buscando el despertador para apagarlo de un golpe, porque no recordaba  donde estaba. Al sentir su tacto y la vibración en la mano me recuperé del duermevela. 

    Busqué el interruptor de la luz. La búrbuja azul de la lámpara mostró con crueldad las aristas de los muebles, el blanco sin mácula de las paredes y mi maleta abierta en el suelo.

     Dije un hola pegajoso.

    Tenía la lengua acartonada y una sed de camello.

    -        -¿Bárbara Montalbán?

    Preguntó una voz  femenina, todavía desconocida.

    -        - Sí, soy yo- respondí expectante.

    - Soy Elisa Cifuentes

    Me quedé muda por un instante.

    Pensé en Mario. De repente cercano.

    Pensé que podía estar allí junto a ella, esperando para darme la sorpresa. Sentí un deja vu de tiempo muerto, de archivos equivocados en la memoria.

    Por unos instantes que fueron larguísimos volví a tener dieciocho años, pero no me había quedado preñada. No se había roto aquel maldito condón, y no me había faltado la regla durante aquellos días de pesadilla. No había sentido angustia en los pechos,  tirantez en la barriga ni arena en la boca.

    Y no existió jamás aquella ansiedad que me hacía mirarme cada minuto las bragas para ver si estaban rojas o tocarme disimuladamente para mirar si el dedo ya no estaba limpio.

    -       - ¿Bárbara?- insistió la voz de Elisa

    -Dios mío Elisa, debes pensar que esto es  una locura, han pasado más de veinte años, pero... he estado fuera todo este tiempo y he vuelto a Granada, he sentido nostalgia de todo aquello.

    -        -El tiempo de la Universidad junto a Mario-

    - Te acuerdas de mí, ya veo- le respondí con nerviosismo, porque Mario podía estar cerca o porque ella y sólo ella  podía darme noticias de él.

    -         - Sí, cómo olvidarte. Eras la novia de Mario. Cómo olvidarte- repitió

    -          - Bueno- sonreí nerviosa- habrá habido muchas novias después, éramos casi dos niños … Imagino que se habrá casado y tenido hijos....Tendrá toda una vida

    -         -  Bárbara ..¿que estás diciendo?

    La voz de Elisa se tornó grave.

    - Bueno, es muy normal que Mario haya seguido viviendo después de que yo me fuera. Éramos dos niños…- repetí mis propias palabras porque no podía parar de hablar, porque tenía miedo a lo que iba a escuchar después, porque fuese lo que fuese, era el final de una historia en suspenso -  Bueno hoy estuve en el piso que compartíamos en el Albaycín. Es ridículo, lo sé... Pero pasé unas horas en Granada y casi fui como una autómata. Casi todo lo estoy haciendo como una autómata últimamente- se me escapó una carcajada nerviosa, no podía controlarme-  y allí había una carta...una carta mía

    - ¿Una carta?

    -      - Sí. Una carta sin abrir. La envié desde Madrid cuando llegué ... Pude enviar a escondidas aquella carta...

    -       - ¿A escondidas? ¿Qué me estás contando Bárbara? No entiendo nada. Tranquilízate, por favor.

    -          - No sabes nada, imagino... Aborté. Fuimos Mario y yo a una clínica a Denia en Valencia, un sitio horrible donde nos pusieron imágenes de fetos muertos en botellas, de fetos hermosos sonriendo dentro del vientre de sus mamás, de madres malas y madres buenas. Todo muy sórdido. Después me metieron aquella cosa dentro, sin anestesia ni nada. Perdí el conocimiento allí por el dolor y luego en la farmacia donde fuimos a comprar las medicinas - hablaba como una autómata sin medir las palabras, escupiéndolas fuera de mí. Aquello era ridículo. Era absurdo. Elisa era una extraña y probablemente estaría soportanto mi retahila con educación pero convencida de que estaba como una cabra.  No importaba, se me había soltado la lengua - Luego el fin de semana siguiente era el cumpleaños de mi madre y tenía preparada una comida especial para la familia. Yo decidí ir. Quiero decir, asistir a la comida y volver, mi madre siempre hizo muy bien su papel de mártir y yo sentía tantas deudas afectivas, me sentí siempre tan culpable.... Mario no vino, quiso venir pero yo no quise, él odiaba todo aquello, mi padre, mi hermana, Augusto…. Pero aquella noche después de la cena, me puse muy mal. Comencé a sangrar mucho... mi hermana se dio cuenta, creo que deliraba en sueños y despertó y vio las sábanas empapadas. Se asustó y  llamo corriendo a mi madre, mi madre a mi padre. Después llamaron a Augusto para que me llevara al hospital. Pero Augusto sospechó y llamó a un amigo suyo estudiante de medicina, y el diagnóstico fue fácil..Aborto provocado. Era un delito el aborto entonces… ya ves qué panorama...  Organizaron rápidamente mi traslado a Madrid a casa de mi tío Antonio porque él es médico militar y podía hacerse cargo -

    -          - Dios mío, Bárbara, no sabíamos nada…...

    Hubo un silencio tenso. Quizá lo mejor sería decir algo correcto y despedirme pero yo no podía parar de hablar. Probablemente Mario estaba allí, a un paso de decirme hola como estás con una voz fría y desconocida, dispuesto a reir y decir qué locos estábamos, o qué tiempos o cómo te quería o cómo te busqué o incómodo porque aquello era ya una película vieja durmiendo entre telarañas.

    -         - Bueno… pues fue así, me llevaron a Madrid a casa de mi tía Milagros y mi tío Antonio, un médico militar. Eran un par de elementos de los más obtusos del bunker – reí con amargura- Estaba metido en  la conspiración  del 23F, te puedes imaginar ….. Allí ni siquiera podía  escribir. Me controlaban todo… Sólo pude enviar  dos cartas a escondidas y

    -        - Encontraste una sin abrir en el piso donde vivíais…

    -         - Sí, fui…

    -         - Basta ya Bárbara, no te atormentes más- me interrumpió dulcemente- Hace veinticinco años que Mario murió, no pudo abrir esa carta.

    Me quedé en silencio, mirando el teléfono, mirando la casa, mirando el balcón ahora oscuro

    -         -Bárbara- escuché todavía a Elisa pronunciando mi nombre.

    No pude responder.

    -        - Perdona te llamaré en otro momento

    -         -Entiendo. Escúchame: voy a ir a Granada pronto a pasar un fin de semana con mi hija. Te llamaré, quiero que hablemos, tenemos que hablar. Hay algo que no me ha dejado en paz durante estos años, hay algo que no cuadraba y de repente…. Tu repentina desaparición y su muerte, todo tan junto en el tiempo. Debemos hablar, me oyes.

    -        - Oh si por favor, llámame,  pero ahora...lo siento, pero…-

    . Las lágrimas encontraban vía libre por fin,  para escapar de aquella mazmorra que había sido mi cuerpo durante tantos años.

    Colgué

    Ahora tenía que reescribir mi pasado, pero desde una desolación aún mayor, desde una soledad sin asas, sin manos, sin ojos, desnuda a la intemperie.

    Ahora debía recobrar la escena de cine donde yo clavaba los ojos en el techo, quieta como un pez cansado de girar en un acuario gigante,  empequeñecida en la soledad azulada de aquella habitación, acompañada únicamente por el monótono sonido del borboteo de la botella de suero que me mantenía viva,  porque las pastillas me cerraron el estómago o porque ya no entendía nada

    Pensar en Mario, saber que mi calvario en aquella cárcel tenía los días contados me reconfortaba, todavía tenía la capacidad de meter un latido en mi corazón medio muerto.

     Pero ahora, cuando me imaginaba allí agarrada al clavo ardiendo de un joven muerto, de un puñado de huesos bajo tierra,  el recuerdo de la clínica mental se me hacía insoportable.

    Qué estaba haciendo yo, qué estaba pensando. Qué sucedía en aquel  momento en el mundo. Como pudo morir y yo no sentir una punzada en mi carne a pesar de la distancia, como no me avisó  un dolor agudo, o una puñalada directa al corazón. Se muere quién amas  y a lo mejor te estás tomando un café y deja de respirar justo cuando estás moviendo el azúcar del fondo.

     

    Busqué en la bolsa de mano y saqué la botella de whisky.

    Tiré de las cortinas y abrí el balcón de par en par. Acerqué la mecedora  y me dejé caer. Crujió como si fuera a romperse, como crujía cuando la tía Bárbara, la loca, se balanceaba abrazada  a sus muñecas y cantaba aquellas canciones que ponían los pelos de punta.

     

    El viento soplaba hacia el cuarto y venía húmedo empujando una cellisca pertinaz que empapaba las casas y los campos no sólo de humedad sino también de una amargura casi palpable.

    No había afuera ni una señal de vida.

    Hacia el norte las luces de Granada formaban un lago plateado a los pies de Sierra Nevada, devorada por la negrura. Después destellos  salpicados  aquí y allá delataban la existencia de un mundo respirando como un animal vivo más allá de la Casa Grande, y más allá de aquella sensación de ir surcando un mar entre ancatilados.

     

    Bebí directamente de la botella, bebí hasta sentir hormigueo en la lengua, y hasta que el corazón se me durmió también y dejó de dolerme y entonces el fantasma del vestido de plata se apostó dentro del armario y se me quedó mirando sonriendo.

    -         Te estoy haciendo compañía eh- le dije varias veces.

    Pero ella no se movía, me miraba, creo que  con compasión.  Es posible que le ofreciera de beber de mi botella pero es difícil rescatar las imágenes y los pensamientos de una noche como aquella.

    Mario  fue siempre un icono de piedra a mi lado.

    Me estaban llamando los fantasmas. Una mujer joven vestida de lamé blanco, un espectro creado con cuentos de la niñez me había ido a buscar a Copenhagen, se había colado en el espejo de mi cuarto y en mi maleta y había saltado al espejo del cuarto de la loca.  Y Mario me había arrastrado a un piso en donde dormía una carta sin abrir. Quizá sólo para decirme que entre todos aquellos hijos de la gran puta que me jodieron la existencia cuando no era más que una niña, no se encontraba él. Que a él en aquel juego macabro le tocó una tumba.

    Debí echarme sobre la cama en medio de la borrachera porque entraba ya una luz intensa cuando desperté. Vestida y  acurrucada sobre la colcha, envuelta en mi abrigo. Tenía una resaca de las que ya no recordaba y yo había despertado muchas veces en mi vida con resaca.

     

    Sentía la cabeza embotada.  llena de una sustancia espesa que me provocaba una insufrible sensación de pesadez, de haber perdido la gravidez del cuerpo durante el sueño para convertirme en un ser deforme, inexorablemente unido a una  bola de plomo hundida en la almohada. Se me rompería el cuello al menor movimiento, era mejor quedarme inmóvil hasta que la consciencia llegara y me ayudara a controlar el movimiento de las piernas y  el ritmo de la respiración, incluso a reconocer mis propias manos, extrañas ante mis ojos o el  cuarto en donde dormía o el hotel, la casa, la ciudad en la que me atrapó la noche.

     

    Me  sucedía muchas veces, sobre todo si había bebido tanto como bebí la noche anterior. Soñaba que había soñado mi vida, entraba en un juego de espejos o de  iconos rusos.  Un  sueño que no era sólo un sueño porque está dentro de otro en donde tampoco era yo en el momento presente. Una  maraña de reflejos en la ventana de un tren serpenteando sin rumbo en la tiniebla y yo dentro intentando situarme, recuperarme para el espejo  del baño, para el cepillo de dientes, para el camarero del café al que había que decirle buenos días, tomaré uno bien cargado y una tostada con mantequilla.

     

    En un instante mi madre irrumpiría en el cuarto y se acercaría a mi cama para susurrarme al oído que ya era la hora de levantarse para ir a la escuela y yo me cubriría hasta la cabeza y respiraría todavía unos minutos enterrada bajo la protección de las mantas, como un cachorro, aferrada al nido seguro y caliente. Por la escalera subiría el olor del pan tostado, o de la masa del bizcocho  inflándose en el horno, y los ruidos de la vida iniciándose de nuevo. La tos de un viejo en la calle, los gorjeos de pájaros revoloteando entre las ramas grávidas de las mimbres lloronas, la voz de mi padre ronca y autoritaria, el chirrido del portón de la calle al abrirse. El cosmos reviviendo mientras yo permanecía inmóvil en la cama con los ojos muy abiertos clavados en el techo, inventando figuras concretas entre las abstracciones de las machas de humedad o de los relieves del encalado.

     Y así seguiría, quieta,  hasta que las sábanas se enfriaban, con ojos de cristal fijos en los visillos del balcón, adaptándose a la claridad difusa de día nublado.

    Las voces que escuchaba en el pasillo eran reales, la cabeza se aligeraba, el cuerpo adquiría masa y sentía su peso en el colchón, el roce de las sábanas o el acero del  frío en la cara.

     

    Estaba en el cuarto de la vieja Bárbara, la loca. En la Casa Grande, en Sierra Bermeja. Había regresado ayer. Ayer, no el siglo pasado, y me había ido veinticinco años atrás.

    Las palabras de mi hermana sonaban ininteligibles, como un murmullo lejano;  pero las de Augusto retumbaban rotundas y precisas.

    Aconsejaba a Ángela que mantuviera la calma y le dejara el asunto en sus manos.

     

    Después las voces se fueron alejando y se hundieron en el abismo de la escalera de caracol.

     

    Sentí el impulso de  levantarme y correr a la puerta para pegar la oreja a la madera y enterarme del asunto que preocupaba a  mi cuñado  y hacía perder los nervios a mi hermana, pero el cuerpo era pesaba todavía. Aún los huesos y los músculos no aceptaban las órdenes del cerebro libre de masa, capaz de volar.

    Cuando era niña y había discutido con mi padre subía a mi cuarto y me quedaba quieta en la cama, conteniendo la respiración, al acecho como un gato, alerta a cualquier susurro. Si me  llegaba abejorreo de voces desde la sala, corría a la puerta y escuchaba atenta, para gozar de su preocupación o de su angustia por mi comportamiento o mi rebeldía.

    Mi madre me justificaba siempre pero no creía en mí.

    -Es una niña- repetía- ya irá cambiando conforme vaya creciendo. Verás que sí, que se hace una verdadera señorita.

     

    -      - No quiero que vuelva a ir con la hija de la Elvira ni con esos muertos de hambre. Es la hija de nuestra chacha, y Bárbara no volverá a verla ni irá a aquella casa. Cuando vuelva hoy la Elvira le dirás que no se puede traer a la niña a la Casa Grande. Estas  paredes son una muralla y separan la Sierra Bermeja de la chusma de la gente bien. Si esa caprichosa indomable no se entera por las buenas lo hará por las malas.

     

     

    Después el chirrido de la puerta de la calle, el portazo y  pasos en la escalera. Corría a la cama, y fijaba los ojos en el techo.

     

    Era ella, venía a consolarme. Se sentaba a mi lado, me acariciaba la frente, me peinaba con los dedos, me  besaba y  me apretaba fuerte contra su pecho.

    -          Hija  mía, cuando vas a cambiar, cuando serás una hija buena y dejarás de clavar puñales al corazón de los que te quieren tanto.

    Yo no reaccionaba, me mantenía fría como una muerta, y si respondía a su dulzura lo hacía con  palabras duras,  de punta afilada, inventadas sólo para zaherirla, porque necesitaba su dolor para agrandar el mío,  me regocijaba atormentándola  hasta arrancarle unas lágrimas  que atravesaban mis defensas como lava hirviendo y  me abrasaban  por dentro.

    Era un ser perverso, todos lo creían y contra tantas opiniones  no podía levantarse mi voz de niña acorralada.

    Sólo Lucrecia la Bruja, me miraba desde su sabiduría milenaria, heredada de todas las hacedoras de hechizos desde la noche de los tiempos.

    - Sólo eres un cachorro herido, pequeña.

     

    Aún lo era. Jamás había dejado de ser un animal magullado.

     

    Me levanté y cerré los visillos. Me dolían las cuencas de los ojos y se me había quedado una nausea estratificada en el estómago.

    El paisaje había sido devorado por una tristeza lechosa. Por la ventana penetraban jirones de niebla.  Sierra Negra y sus contornos parecían envueltos en un sutil velo.

     

    Había llegado el momento de enfrentarme a mi cuñado. Si aguzaba el oído podría sentir su respiración de depredador, arrimando  el hocico caliente a la madriguera de su presa, expectante,  seguro de que pronto aparecería una cabeza menuda de ojos asustados lista para  ser devorada porque la gruta no tenía otras salidas.

     

    Mario había muerto. Mi carta tardó una semana en llegar. Y ya no la leyó.

    Augusto Castellanos  seguía vivo y el mundo le pertenecía mientras Mario era sólo un nombre tallado en una piedra y una punzada de dolor en el pecho de quienes le recordaban. Ahora ya sólo una punzada, ni siquiera un desgarro abierto.

    Hermoso Mario como un efebo helénico, ingenuo a sus pocos años, ebrio de las palabras y los sueños del fin del franquismo, convencido de  la llegada de un pequeño paraíso terrenal tras  el horror y  la desolación. Se equivocaba cuando afirmaba que todos los augustos estaban ya condenados a la extinción porque eran un especie en callejón sin salida, restos de la agonía de la dictadura. Se equivocaba, sólo hibernaron un tiempo  o  se vistieron de invisibles como camaleones y esperaron pacientes la llegada de vientos más favorables.

    Mientras deshacía la maleta y colocaba mi ropa en el armario  fue invadiendo mi pecho la melancolía blanca que había engullido las sierras y amenazaba con penetrar en la casa y perderla en la nada.

    En aquel mismo cuarto aquella mujer sin pretérito, sin presente  ni futuro, miraba el contorno festoneado de Sierra Negra contra el azul marino intenso del cielo durante horas, quizá durante noches enteras.  Algunas veces sonreía y tarareaba sus extrañas letanías,  pero la mayoría del tiempo estaba triste y a veces lloraba y le engordaban debajo de los ojos dos bolsitas rosadas y frágiles que daban ganas de pinchar para desinflar como globos .  Había sido atrapada por la peor de las locuras, una depresión crónica que desde muy joven le hizo ver el mundo como un lugar inhóspito y convirtió a la  tristeza en su fiel compañera de viaje.

     

    Aquella casa quería  contar historias, y no parecía que quedase nadie dispuesto a escucharlas.

     

    Pensé en Mario y en su prematura derrota.

    Augusto  no podía vender sin mi firma y  ese garabato nervioso en el documento que tan cuidadosamente habría elaborado  para obtener más dinero y más poder era el escuálido homenaje que me restaba para ofrecer a la  memoria de Mario, después de veinticinco años, para que no fuese el perdedor absoluto  de aquella batalla.

    Era mi modo de vengarme contra todos los que ganaron mientras  Mario moría y yo me debatía entre la cordura y la demencia.

     

    En un ataque de rabia y de lucidez, como jamás había sentido en los últimos años decidí que no vendería aquella casa.

     

     

    Entonces me sentí bien.

    Entonces tuve ganas de tomar un café fuerte y  aromático, de mandar a tomar por culo la resaca y las botellas de whisky y de enfrentarme a todos esos fantasmas que habían  convertido mi vida en una diáspora sin fin.

    Un ser humano no puede huir toda su vida, tarde o temprano debe detenerse y mirar de frente a su perseguidor.

     

    El encuentro con mi cuñado dejó de alterarme, se me pausaron las pulsaciones y controlé el temblor de las manos.

     

    Resistí todavía un buen rato en la cama hasta que el dolor de cabeza amainó y me tomé mi tiempo en la bañera. Cada minuto dentro de la madriguera era una pequeña victoria sobre el lobo  de fauces afiladas; cada minuto envenenaba más su aliento y  disminuía su fuerza; cada instante jugaba a mi favor  en aquel pulso entre la saciedad del  triunfo, calculado e  impecable  y la aridez de la más absoluta de las derrotas.

     

     

     

    Comentarios

    Comentarios(2) »

    1. Soberbio. Esto va mejorando cada vez. Si alguien puede escribir algo como "arrastrar mi alma detrás de un ataúd de taracea" supongo que no tendrá ningún escrúpulo en llegar hasta el final de esa noche y de cualquier otra.

      Javier | 16-04-2009 - 13:50:59 GMT 1 #

    2. Inesperada la muerte en retrospectiva de Mario, talvez previsible el mandato de asesinarlo por parte del padre de Barbara (jejeje, espero no hacerte cambiar la historia). Ya nos revelaras esa misteriosa muerte, en el futuro encuentro con Elvira. Por lo pronto ya me estoy saboreando el dialogo con Augusto, lo imagino como una partida de ajedrez, que puede acabar en tres jugadas (un dialogo brevísimo y contundente). O una de esas partidas de ataque y respuesta con un mayor ataque. Ya se vera.
      En espera ansiosa del sexto

      Aurelio España | 16-04-2009 - 20:01:48 GMT 1 #

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