SEGUNDA PARTE: FIGURAS ENTRE LA NIEBLA. CAPÍTULO SEXTO
CAPÍTULO SEXTO
Pasé por la cocina para tomar un café y liquidar definitivamente la resaca.
Encontré a Jenny fregando los platos, vestida de criada de fotonovela, con un uniforme celeste y un ridículo delantal blanco ribeteado con puntillas, repeinada y oliendo a colonia a granel.
Me saludó con una sonrisa tímida
-El café está hecho. ¿Quiere café u otra cosa?
- Café va bien. Gracias
- - ¿Se lo sirvo con el desayuno en la sala o aquí?- me preguntó levantando la voz como si hubiese sido aleccionada de avisar sobre mi llegada
- - Aquí mismo– le respondí
Me ofreció una taza humeante y aromática. Abrí la puerta de cristales y me asomé al mirador. La niebla se estaba espesando y dejaba sobre la piel un rastro marino, como si ocultase un océano entre sus brumas. Olía a los terrones fértiles y húmedos. En la lejanía se escuchaba el rumor leve de un caño de agua fluyendo y los cencerros de alguna piara detenida a beber en el pilón. Otro mundo en ruinas, con los días contados.
Me tomé el café de pie, y mientras lo hacía, Jenny se acercó suavemente, con andares de gato, a mis espaldas y cuando estuvo a mi lado, me susurró con un hilo de voz
- - Don Augusto me ha dicho que la están esperando en el salón. Serviré más café allí.
- - No, no quiero tomar café con mi cuñado ahora. Me gusta esto. Y a ti- le pregunté- ¿te gusta este paisaje?
- - Es muy hermoso, señora
Mantenía las manos en los bolsillos del delantal y el viento húmedo agitaba un mechón de su cabello escapado de la coleta y lo golpeaba contra su cara. Así resultaba una mujer salvaje, una india orgullosa y no una sirvienta vestida de un ridículo azul celeste. Sólo a mi hermana y mi cuñado se les podía ocurrir obligar a vestirse de esa manera a una mujer como Jenny, con una historia esculpida en su rostro de huesos de pájaro.
- A mí me gusta también. Me gusta mucho, esto en realidad es lo único que yo he amado en este mundo. Este olor y este silencio, estas sierras agrestes...
- -¿No tiene usted familia?- me preguntó tímidamente.
- - No me hables de usted, somos dos mujeres mirando una montaña
Me sonrió y se acercó a la barandilla. Apoyó los brazos y se quedó mirando ella también. Su perfil recordaba un busto de bronce, de perfiles rotundos, recortados contra un fondo de acuarela. Pertenecía a una raza pura, un estrato arqueológico intacto, descubierto ya por excavadoras voraces. Un mundo más condenado a desaparecer entre todos aquellos árboles y aquellas sierras desdibujadas entre la bruma.
- - Muchas veces me vengo aquí, se está muy bien. Es un sitio lindo para pensar.
- - ¿ No vino nadie de tu familia contigo?
- - No, vine sola- susurró- pero tengo una hija, y mis padres y tres hermanas.
Hurgó en el bolsillo del mandil y sacó una cartulina. La miró sonriendo y después la colocó delante de mis ojos.
Era la fotografía de una niña de ojos almendrados y boca apretada, que asía fuertemente una muñeca sin brazos, como protegiéndola del mundo que la observaba detrás de la cámara del fotógrafo.
- - Ahí está como yo la dejé. Ahora está más grande, tiene ya cinco añitos. Hace dos años que no la veo.
- Y por qué no se viene contigo?
- No es así tan facil- miró hacía atrás como temiendo ser descubierta compartiendo confidencias conmigo- piden muchas cosas para poder traerte una niña a España...
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- ¿Jenny te gustaría criar aquí a tu hija? – le pregunté a bocajarro, quizá sin pensar que esta pregunta me comprometía con la Casa Grande más que un siglo de historia..
Me miró con los ojos brillantes, pero en seguida recuperó la gravedad de quien no cree en milagros
- - A quién no le gustaría criar un hijo a su lado y con pan en la mesa y una escuela cerca.
- - Quiero que te la traigas aquí, una madre no debe estar lejos de su hija
- - No puede ser...hay cosas que…
- - Yo me voy a quedar aquí un tiempo- no la dejé terminar ni poner palabras a su pesimismo- Necesito recuperar cosas que he perdido, muchas cosas. Voy a llamar a la editorial para que me envíen el trabajo aquí y yo lo reenviaré. Mañana iré a Granada a comprarme un buen ordenador. Bien potente para trabajar desde aquí. Voy a acondicionar un cuarto. Después buscaremos entre todas estas criptas en la que me siento más cómoda. Debo informarme si tienen conexión a internet y si no es así la solicitaré. Quiero que me acompañes a Granada. Quiero que vayamos a extranjería.
- - Debo pedir permiso a don Augusto, él no quiere que yo haga nada sin su autorización
- - No te puede despedir, si lo hace yo te contrataré y seguirás aquí, es mi casa.
Sonrió y me miró por primera vez sin reticencias
-
- - Quiere contar cosas esta casa – añadió como hablando para sí misma.
La miré fijamente.
Ella no me miraba ahora, tenía la vista perdida en la loma de Sierra Negra.
Abajo la niebla se estaba levantando. Entre los nogales del valle emergían retazos de paisaje oscurecidos por las negras copas.
- Tú crees
Movió la cabeza afirmando.
- - Sí, las casas como ésta guardan secretos entre sus paredes y no quieren morir sin dejarlos, se resisten. A mí me da miedo cuando tengo que quedarme sola…
-
- Bueno, las casas son paredes y cimientos
- Pero a us... a tí- rectificó sonriendo- te ha llamado, quién si no ha hecho que vuelvas después de veinticinco años sin dar señales de vida
- Conoces mi historia…
- Si, la conozco, pero no tu historia, conozco la historia que se cuenta
- Entiendo, una mujer pérfida sin corazón que no acude a entierros, bautizos, confirmaciones, graduaciones, bodas…..
Afirmó y esta vez rió abiertamente
- - Mañana compraremos un ordenador, e iremos a extranjería para comenzar el papeleo de reunificación familiar...Llama a tu hija. Ella no debe sufrir tu ausencia, los niños no entienden los motivos de los adultos, sólo sufren...y en esta casa hay espacio para ella y en la escuela hay una plaza también.
-
Asintió con la cabeza. Una lágrima resbaló por su pómulo perfecto con la misma naturalidad y sutileza con que la niebla se estaba levantando.
Se la limpió con un pañuelo que sacó del bolsillo del mandil. Después cogió mi taza vacía y se la llevó para lavarla.
La sala estaba al principio del pasillo, nada más entrar a mano derecha, detrás de una puerta que no se cerraba nunca como la de la cocina.
El resto de los cuartos se arropaba bajo un misterioso silencio, detrás del hermetismo de las puertas esmeriladas, sumergidos en una oscuridad abisal. A través de los relieves del cristal apenas se adivinaba el bulto de un mueble cercano, inerte, fantasmagórico entre la terrible quietud que lo anclaba todo en tiempos lejanos cuando aquella casa no era de nuestra familia y aquellas estancias tenían una función y un sentido.
Una vez al mes, mi madre y la Elvira entraban en ellas para abrir de par en par los balcones y expulsar el olor a excremento de ratón y a cerrado.
Cuando se abrían las puertas aparecía un paisaje encantado, atravesado por rayos plateados que cortaban a tajo el espesor de la negrura y provocaban la reverberación de una copa de cristal o revelaban la existencia de un ojo espantado en uno de aquellos extraños retratos que decoraban todas aquellas habitaciones.
La Elvira aniquilaba aquel instante mágico con un tirón seco de las opacas cortinas de terciopelo. Había un estruendo de anillas metálicas y la luz bañaba toda la habitación arrancándole sin piedad su misterio y su quietud.
Después comenzaba a dar trapazos aquí y allá.
Entonces las estiradas damas de los cuadros parecía que arrugaran la nariz porque les molestaba el polvo.
Pero la sala de la chimenea siempre estaba abierta. Cuando entrábamos en casa al volver de la escuela veíamos a nuestra madre sentada junto al fuego con sus labores sobre las piernas y escuchando las novelas de la radio. Le gustaba especialmente una protagonizada por una niña inocente llamada Luz María a quien todos conocían por Lucecita para acentuar su candor. La chica era muy pobre y estaba enamorada de un señor muy rico que la dejó embarazada. Era una historia vieja, repetida hasta la saciedad en las historias de las familias bien de todo el país desde la noche de los tiempos, pero en la novela el señor la amaba y luchaba por su amor; y mi madre creía que un señor de buena sociedad podía enamorarse de una campesina analfabeta y casarse con ella, cuando conocía el nombre y apellidos de mujeres de Sierra Bermeja que habían ido a servir a Granada y habían regresado con el vientre abultado, expulsadas por el dueño para no hacer frente al escándalo y despreciadas por sus padres para salvar una esmirriada honra; y habían acabado en casas de citas de la calle San Jerónimo o la calle Jazmín, patéticamente vestidas y maquilladas, putas de escaso éxito porque por dentro eran tan decentes como sus madres y abuelas.
Ángela y yo entrábamos, la besábamos clavando nuestra nariz helada en el fuego de sus mejillas encendidas por el calor de las ascuas y corríamos a la cocina donde la Elvira nos había preparado un buen tazón de leche caliente.
Ángela pasaba por las puertas cerradas ignorando lo que escondían detrás, las historias, las palabras, las promesas, los crímenes y los amores. Para ella como para el resto de la familia aquellos cuartos eran necesarios como un galón en un traje de militar, pero en la práctica, totalmente inútiles, depósitos de polvo y telarañas.
Yo siempre sentí latir aquellos apéndices dormidos. A veces imaginaba los ojos de las hermosas mujeres que señoreaban una piel aristocrática y pálida siguiéndome incluso a través de las paredes, llamándome para contarme cosas de aquel mundo imposible del que procedían todas.
En aquel instante justo antes de enfrentarme cara a cara con el hombre que había odiado toda mi vida, sin un motivo definido, por puro instinto; la existencia de aquel mundo amodorrado, pero aún con latido, me avisó de que yo era parte de la casa y él no, y que debía enfrentarlo como la dueña absoluta no porque un papel lo dijera así sino por el mismo motivo que lo odiaba; por un instinto superior a todas las lógicas, que aún antes de volver, la noche antes de coger el tren, ya me estaba dejando señales de que no se puede huir tantas veces y de que todo aquello de lo que yo escapaba había permanecido firme esperándome para contarme historias de locas meciéndose hasta la desesperación, de noches de tejados como fauces y de una mujer con un vestido de plata.
Estaban las cortinas corridas y las mimbres lloronas de la plaza dibujaban formas caprichosas que simulaban gigantes abatidos entre la niebla, ahora sutil como un velo de novia. La sala aparecía bañada por una claridad láctica, rota en el hueco de la chimenea por el resplandor de dos grandes troncos de encina convertidos en ascuas dorados.
Ángela leía una revista de modas echada en el sofá, enfundada en una bata de seda gris perla, ortodoxamente peinada. La sala olía a su perfume.
Era una perfecta escena doméstica.
Habían cambiado todos los viejos muebles y los habían sustituido por sillones y sofás de cuero negro y mesas y estanterías de cristal combinado con piedra negra y forja envejecida con una capa de oro muy refinada.
Sobre la chimenea se exhibía un retrato de Ángela, intencionadamente pintado al estilo de las mujeres de los cuartos cerrados. Aparecía vestida de seda color vino, conseguido el efecto del tejido con las justas iridiscencias, un collar de diamantes, también con los toques de luz delatores de la calidad de la gema, sobre un fondo azul graduado. Miraba con intencionada dulzura, ladeando levemente la cabeza hacia el observador.
A Augusto no lo vi al entrar. Detecté su presencia por el humo azulado que se elevaba en una columna firme sobre el sillón de cuero junto al balcón, de espaldas a la puerta
Cuando dije buenos días el encanto de la escena doméstica se quebró como si en lugar de pronunciar unas palabras hubiese lanzado una piedra contra su reflejo.
Mi hermana casi saltó del sofá, dejó la revista sobre la mesita auxiliar, y se arregló la bata.
- - Oh, te has levantado ya, te esperamos un rato para desayunar juntos, pero después pensamos que el viaje tan largo te habría cansado mucho
- Me he tomado un café en la cocina
- - Pero un café no es suficiente, así estás tan delgada, diré a Jenny que te prepare algo mas nutritivo
- - No, no... No te preocupes, yo me encargaré de todas esas cosas...ya he hablado con la chica.
-
- Querida cuñada…- Augusto se plantó frente a mí con los brazos abiertos y una sonrisa que parecía grapada en las comisuras.
-
Si me lo hubiese cruzado en otro lugar habría pasado a su lado sin saludarlo. Aquel muchacho flaco de gafas de montura de nácar y ojos voraces, disfrazado de adulto, preocupado por el futuro como si el futuro fuese una epidemia que arrasaría con todos y sólo respetaría a los prevenidos como él; parecía que había menguado con los años; había envejecido de un modo mórbido. Su carne tenía el color de los tejidos conservados en botes de formol. Lucía ahora una calva lustrosa y usaba gafas engarzadas en oro, pequeñas, adecuadas a aquel rostro brillante, como moldeado en cera. Rostro de abogado, de médico o farmacéutico, de hombre que respiraba en las catacumbas, lejos del sol.
Me dejó un beso sonoro en cada mejilla arrimando mucho la cara recién afeitada. Noté un tacto pegajoso y un olor fuerte a masaje. Un tufo intenso a especias mezcladas que me revolvió el estómago.
´- Querida Bárbara, no has cambiado nada, idéntica, con ese aire de enfant terrible, de niña mala. Estamos felices de verte en la Casa Grande de nuevo
No pensaba firmar, pero no se lo iba a decir todavía.
No podía afectarme su sonrisa de hiena, porque sus dientes ya no eran suficientemente consistentes para morderme. Yo tenía en mis manos el futuro de sus planes.
No respondí a su beso, me limité a rozar levemente mi mejilla contra la suya y a retirarme con delicadeza.
Augusto captó el gesto, y brilló en sus pupilas un efímero destello de alerta.
Me acomodé junto al fuego en una silla rígida, elegida intencionadamente para no humillarme hundida en uno de sus cómodos sillones de cuero y poder controlar la situación desde una posición de dignidad y distancia. Abarcaba desde allí el sofá donde mi hermana trataba tristemente de resultar natural y a mi cuñado que había girado el sillón los grados necesarios para mirarme directamente a través de los cristales de sus gafas en los que en vez de sus ojos se duplicaba el rojo intenso de las llamas. Había algo siniestro en aquel reflejo dorado sobre el barniz de su rostro; pero yo me aferré a mi tabla de naufrago y no dejé de repetirme que estaba en mi casa y que pasara lo que pasara no la vendería. Ya no sólo se lo debía a un muerto, también se lo debía a la hija de Jenny.
- Bueno, cuéntanos el porqué de esta inesperada aparición, estamos realmente intrigados- Ángela me preguntó con fingido interés como si no hubiese estado atenta al sonido de pasos en la escalera, al murmullo de mi voz en la cocina, al ritmo de pisadas acercándose en el pasillo. Como si Augusto no la hubiese mirado advirtiendo que debiera mantenerse serena, que le dejase a él los mandos de la nave , justo cuando yo decía buenos días a sus espaldas
Mi hermana siempre fue una pésima actriz.
- - Bueno, si quería volver a ver la Casa Grande y a los muros de la patria mía, era mi última oportunidad.. -respondí en tono ligero- No va a quedar mucho de esto dentro de podo tiempo.
No tenía ganas de entrar en ninguna conversación profunda ni de dejar ver mis intenciones.
- - Verdaderamente a todos se nos morirá algo dentro cuando pongamos nuestra firma sobre el papel- interrumpió Augusto con un tono grave que pretendía ser extremadamente natural- pero es el zeitgeist, como dicen los alemanes, y no se puede luchar contra el espíritu de los tiempos... pero, tendremos tiempo de tratar estos temas...cuéntanos Bárbara, como te va la vida por tierra de vikingos-
- No me lamento, tengo donde dormir y donde comer
- Bueno, bueno – mi cuñado lanzó una carcajada jovial- una importante traductora y una rentista no se puede decir que sólo tenga donde comer y dormir....
- - Llevas razón, no me puedo quejar, no tengo derecho a quejarme, es verdad.... vivo holgadamente.
-
- La casa y las tierras valen una fortuna – Augusto adoptó ahora un tono confidencial, mirando hacia el techo y las paredes y moviendo la cabeza como si no lo creyera- quién nos iba a decir que este mausoleo iba a revalorizarse de esta manera
- - Imagínate Bárbara todos podremos cumplir nuestros sueños, no te imaginas lo que nos ofrecen por esta reliquia…- la voz de Ángela tenía cierta calidad de diva decadente.
- Mis sueños- sonreí con ironía, sabiéndome analizada hasta el más insignificante gesto por los ojos ávidos de Augusto- Bueno, yo no tengo sueños que se satisfagan con dinero, es un verdadero problema ahora que voy a recibir tanto…
- Bah, bah, alguno tendrás – intervino Augusto.
Se había acercado a la chimenea y había atrapado un pequeño ascua con las tenazas para encender un cigarrillo.
- Espero que no te moleste el humo, si es así lo dejaré para más tarde...
- No, no me molesta en absoluto
- Bueno, los sueños son cosas muy privadas... muchos no son materiales...- añadí con un tono neutro elegido cuidadosamente para que Augusto no encontrara piezas con que componer su puzzle.
- - Por supuesto, por supuesto- Augusto mantenía la sonrisa cosida a su rostro de cera mientras exhalaba una bocanada de humo entre los dientes- ¿Y cómo terminaste traduciendo lenguas indoeuropeas? ¿Quizá estudiaste alguna extraña carrera de filología?
Era un maestro en el arte de evitar sortear las arenas movedizas. Conocía perfectamente el oficio de las unciones con vaselina para hacer resbaladizas las más ásperas superficies. Se lo debía entre otras experiencias a su profesión de registrador de la propiedad, de señor de feudo por una anacrónica ley hipotecaria que mantenía encumbrados en las relaciones amo-siervo a colonias de zánganos.
- - No, no terminé la carrera, pensaba que lo sabíais. No aprobé el primer curso, no me dio tiempo a mucho- no había amargura en mis palabras, mantenía la sonrisa porque me sentía poderosa porque la casa era mía y yo era de la casa y la casa me abrigaba- y después en Madrid pues no tenía muchas ganas de estudiar… Estuve enferma, como recordaréis… y bueno.... hay caminos que se cierran y caminos que se abren....
- - Oh si- casi gritó Ángela- fue horrible saber que estabas tan lejos de nosotros y tan enferma..
- -Fue duro para todos aquel tiempo- continuó Augusto con fingida gravedad - pero todos hemos dado ya por cerrado aquel capítulo …
Me contuve para no mandarlo a la mierda, para no gritarle que aquel capítulo había destrozado mi vida y había matado a Mario. Me contuve porque la pasión era sólo una piedra, lustrosa y afilada, capaz de herir, pero no de matar.
- - Estudié algo sí, pero no me dieron títulos... aprendí danés, noruego y sueco por casualidad- respondí con una serenidad fría que no escapó al exhaustivo análisis de Augusto.
Estaba buscándome los puntos débiles. Me examinaba escondido tras las ascuas ardiendo en el cristal de sus gafas, dispuesto a encontrar la parte blanda de aquella osamenta para comenzar a devorar desde allí.
-
- - Traductora de lenguas escandinavas, pero qué exótica- exclamó mi hermana mientras se acomodaba de nuevo y dejaba atrás la rigidez que la petrificó cuando creyó que la gratuidad de los sueños podía entenderse como que yo no tenía interés por los euros de la Casa Grande
-
- - Extrañas lenguas- continuó Augusto también más relajado- buena idea aprender una lengua poco conocida, las ofertas de trabajo son menos, cierto, pero la demanda será casi insignificante
- Puede ser, no podría decirte, este trabajo llegó de pura casualidad
- Bueno, pero porque estabas preparada, claro – mi cuñado se empeñaba en halagar mi vanidad. Era el precio de mi rúbrica.
- -Me fui a vivir a Copenhagen con un pintor alcohólico que conocí en un antro de Madrid, creo que algo sabéis, o no... no importa, hace ya casi veinte años de eso; así fue como comencé a hablar danés. Pero el trabajo vino por otra vía... dejé al pintor y me fui a vivir con el dueño de una editorial, quien me ofreció trabajo como traductora al inglés y al español, comencé con pequeñas cosas y poco a poco fui ampliando horizontes...
- - Tuviste una pareja tantos años, no nos dijiste nada- Ángela casi saltó del sofá
- He tenido muchas parejas, soy ave de muchos nidos. No posé nunca para una foto de ceremonia y nada había que decir- le sonreí,
- Oh, nuestra enfant terrible- interrumpió de nuevo la voz afectada de Augusto- en todas las familias bien que se precien debe haber un enfant terrible…
- Claro, un toque exótico- corroboré con sarcasmo y me puse de pie para escapar - y ahora voy a salir a dar un paseo. Me gustan estas mañanas otoñales de niebla, soy una romántica… Qué le vamos a hacer. Después de comer me gustaría ir a la Gardenia…. no tendréis ningún inconveniente en que Jenny me acompañe…
- Oh si, claro, pero…- mi hermana se dirigió a su marido con nerviosismo- nosotros iremos a almorzar fuera con unos amigos al restaurante don Paco junto al Pantano, pero esta noche hay una cena importante en el comedor, Jenny tiene orden de preparar todo, no la entretengas mucho…ah y vendrá la Elvira a encargarse de la comida, vamos a ultimar la venta de la casa y las tierras. ¿Te acuerdas de la Elvira, Bárbara?
Claro que me acordaba de aquella mujer de manos gastadas por el trabajo, fuerte y ásperas, de su vestido de medio luto siempre mojado por la parte de la barriga, las mejillas encendidas, recorridas por pequeñas venas color púrpura, los ojos brillantes y vivos. La Elvira era la madre que yo quería tener. Recordaba su sonrisa franca, del olor de sus guisos y a su hija la Rosario, aquella niña huidiza y elemental que me enseñó el mundo fuera de la Casa Grande.
Y Pero me acordaba sobretodo de su abuela. Lucrecia la Bruja, de sus cuentos, de sus ojos sabios y sus palabras herméticas.
.--- Me acuerdo, claro, no he perdido la memoria. Aun vive Lucrecia su madre
-Sí, pero está medio ciega, tiene más de noventa años…
El sonido estridente del teléfono interrumpió la conversación.
Ángela se quedó en silencio, mirando fijamente a su esposo.
Augusto descolgó el auricular y pronunció sólo unas cuantas sílabas
“sí”, “de acuerdo”, “bien, bien”, “inmejorable”, “ahora nos vemos”
Cuando colgó nos miró a mi hermana y a mí con aire triunfal
- Querida cuñada sube a la Gardenia hoy, porque probablemente esta será tu última oportunidad de visitarla.
El duque de Sears, Andrew Sears, viene a vender.

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
Meneame
del.icio.us

Me llama mucho la atención cómo describes en detalle paisajes y momentos, pero no haces descripciones físicas de los personajes, salvo en casos excepcionales y casi cuando no hay más remedio, como si dijéramos. Se percibe un amor especial por el paisaje. El paisaje parece un personaje importante en la novela, y tiene mucho que decir. No solo el paisaje exterior, sino también el interior, incluido el de habitaciones en desuso y épocas idas. Me ha gustado especialmente el contraste entre las brasas del fuego y la claridad láctea. Sobre el primer contacto directo y actual entre los personajes aún no puedo decir mucho, porque sólo está empezando, me parece. Las cartas aún no están sobre la mesa.
Javier | 20-04-2009 - 12:55:21 GMT 1 #
Me gusta un montón que hayas visto eso.
Es la esencia de todo.
No hay más patria que la infancia decía Saint Exupery... y este personaje viene a rescatar su infancia. No hay más.
El resto, la intriga, la trama que meteré dosificada es un regalo al lector para gozar la novela.
Calipso | 20-04-2009 - 13:48:47 GMT 1 #
Sera mi estado de animo, pero lo que mas me mueve de este capítulo sn los mundos ya fenecidos, no pude dejar de evocar los tiempos en que pasaba por el establo de mi barrio, por los tiempos en que subían y bajaban por las calles los burros con sus cargas de agua, los tiempos en que con unos cuantos pasos estabas en el cerro con toda la naturaleza a tu alcance. Hoy todo es concreto y basura.
Un suspiro a aquellos tiempos.
Gracias por activar los recuerdos.
Aurelio España | 20-04-2009 - 18:48:12 GMT 1 #
Por supuesto has creado un bosque de preguntas en tu trayectoria hasta este sexto capítulo. No espero que las respondas todas; sólo una, la que plantea el reencuentro con lo que ya no existe.
Javier | 21-04-2009 - 07:06:25 GMT 1 #