SEGUNDA PARTE: FIGURAS ENTRE LA NIEBLA. CAPÍTULO SÉPTIMO
CAPÍTULO SÉPTIMO
Los duques de Sears eran unos retratos de damas orgullosas y caballeros amanerados sobre los muros de la Casa Grande, la limpieza de la Gardenia todas las primaveras y una historia extraña de ingleses de piel rosada que fueron los dueños de la Casa Grande antes de que mi abuelo la comprara hacía casi un siglo.
Cuando venían se sentía una cosa rara en el aire.
La abuela Ángela se ponía muy nerviosa. Daba muchas vueltas por la casa, subía y bajaba al cuarto de su hermana, la loca que acunaba niños invisibles entre sus brazos enjutos.
Mi abuelo se quejaba de que no veía el respeto de otros tiempos, que la chusma se estaba volviendo muy orgullosa con eso de los dineros del turismo, que antes, cuando el pueblo comía de los jornales de la Gardenia bien que se quitaban el sombrero y bajaban los ojos cuando los duques venían.
La maestra, la delicada señorita Loli, nos contó que los duques pertenecía a una de las familias más rancias de la aristocracia inglesa, y la palabra rancio perdía su valor de cosa de mal sabor para convertirse en un arcano.
Los rancios duques ingleses habían apoyado económicamente a España en la guerra de la Independencia contra las tropas de Napoleón y como recompensa habían recibido un discreto latifundio en Sierra Bermeja.
Durante todo el siglo XIX visitaron la Gardenia y la Casa Grande para llenar sus paredes de retratos elegantes y para cazar jabalíes en la Sierra Negra. Trajeron desde Argentina unas cabras melenudas y sembraron en el jardín jazmines, rosas, gardenias, azucenas, gladiolos, galanes de noche y otras flores que soportaban mal el invierno, pero que renacían en primavera envolviendo la meseta en un aroma embriagador que obligaba a cerrar los ojos y pensar en encajes, y sedas, en cuellos perfumados y vajillas fragilísimas.
En la escuela, junto a la foto de Franco, del Papa y el Crucifijo había una foto del príncipe de Gales el que después sería el rey Eduardo VII apoyado en un fusil, pisando la cabeza de un jabato ensangrentado y rodeado de casi todos los lugareños.
La Gardenia no era como las demás casas. Ni siquiera como los cortijos Tenía ese extraño aspecto de lugar de extranjeros. De casa de seres misteriosos. Casi se podía creer que las damas dormían dentro de los cuadros y se bajaban al salir el sol sacudiendo con gracia pañuelos bordados y dejando aparecer entre ocho capas de enaguas un zapatito casi infantil.
Se elevaba como el castillo de un vampiro sobre la loma del Monte de los Murciélagos, en la parte de las colinas más elevadas, las que parecían rozarse con Sierra Nevada. Tenía las paredes pintadas de deslumbrante blanco y las puertas de azul de Prusia. De los balcones colgaban los jazmines y los galanes enredados en una yedra lustrosa y reluciente, que perfumaban el aire y casi toda la montaña. Su perfume se sentía ya cuando se tomaba el camino tortuoso que ascendía desde el Llano de los Gatos entre las encinas y los matorrales
Me atraía especialmente un tajo profundo en la montaña que abría las fauces de una cueva, ocre y rasposa en los bordes, tallada en toscas y afiladas lascas que se iban estrechando y ennegreciendo hasta llegar a la profunda tiniebla del fondo, un abismo como la muerte.
Cuando subíamos a la Gardenia con una cuadrilla de mujeres de Sierra Bermeja contratadas para limpiar la casa porque venían los condes a pasar unos días, yo me quedaba allí mirando el tajo de los murciélagos, mientras mi hermana se ponía su pequeño delantal blanco, como el de nuestra madre, y se unía al grupo de mujeres, encargándose ellas como casi dueñas, de las labores más delicadas como cortar las flores del invernadero y reunirlas en grandes ramos dentro de los jarrones de cristal, cristal de Murano, decía mi padre como si estuviese pronunciando palabras sagradas.
“Cuidado con los jarrones. Son de cristal de Murano”
Y esa palabra misteriosa parecía contener toda la fragilidad del mundo.
Se llamaba el Tajo de los Murciélagos precisamente porque allí dormían cientos de aquellos misteriosos mamíferos alados cubriendo las paredes por una pelusa negra y aterciopelada durante el día. En cuanto llegaba el atardecer el azul mortecino del cielo era tomado por pequeñas y fugaces sombras. El crepúsculo se doraba en el fondo de los montes más modestos como si hubiera incendios abajo, los murciélagos chillaban guiándose por ese instinto extraño que los convertía en pequeños radares volantes y yo observaba aquel paisaje demasiado grande para mi diminuta figura, perdida como en las pinturas de Friedrich,.
- Venta Bárbara – gritaba mi madre desde la verja de la Gardenía- vamos, te vas a caer al tajo
Mi madre y Ángela daban órdenes a las limpiadoras, todas mujeres sin atractivo alguno, gordas, desgarbadas, mal vestidas y despeinadas. Sacudían las cortinas, retiraban las sábanas agitándolas en el aire con estruendo, golpeaban con guiñapos los muebles polvorientos, se tiraban al suelo para sacar la roña de las ranuras entre las baldosas mostrando unas nalgas apretadas, demasiado blancas, surcadas de venas azules o por un ajedrezado irregular de luces y sombras que parecían abolladuras.
La Gardenia despertaba de su sueño de polvo y telarañas en unas horas, los muebles se desprendían de la cualidad fantasmagórica de las sábanas blancas que los cubrían durante todo el año, los jarrones recuperaban el brillo y volvían a llamarse de murano para saturarse de agua y tallos fuertes y coronarse de rosas frescas, los postigos abiertos permitían ahora que los visillos ondeasen ligeros como alas por las espaciosas estancias que parecían más grandes por el olor a limpio.
Y uno o dos días después un coche negro adornado con una aguila dorada ascendìa por la calle real como en un cuento de misterio, capturando las nubes y pedazos de cielo azul en las ventanas de cristal ahumado, despertando la curiosidad de todos los vecinos que apartaban un ángulo minúsculo de las rudas cortinas de las casas para mirar a escondidas la llegada de los duques de Sears.
Ángela y yo esperábamos en el pórtico de la Casa Grande, aguijoneadas por el juego inestable de luz y sombras que el sol provocaba entre las hojas de la parra, vestidas idénticas con los pichis de terciopelo granate y los cuellos de encaje y los zapatos de charol que apretaban tanto, repeinadas y asperjadas de colonia infantil desde la cabeza hasta los pies; inmóviles como esculturas de sal, esperando a que el coche se detuviera para acudir solícitas a decir :
Buenas tardes Señora Duquesa madre
Buenas tardes señora duquesa
Buenas tardes señor Duque de Sears
Buenas tardes don Andrew
Buenas tardes doña Caroline
Don Andrew era una sombra en el fondo del coche, un niño que enrojecía fácilmente al principio y un adolescente cabizbajo y huraño después que jamás nos dirigió la palabra ni levantó la vista para saludarnos.
Cuando salía del coche y debíamos acercar nuestras caritas para el leve ósculo protocolario, yo le susurraba al oido: Hay un fantasma en la Gardenia esperándote.
El niño, el adolescente, no levantaba los ojos del suelo. Ni siquiera sonreía.
Sólo una vez me miró a los ojos. Y los tenía azules como dos turquesas.
De la relación de mi familia materna con los duques de Sears se contaban historias extrañas, de brujerias y hechizos, de pócimas elaboradas con ayuda del diablo, porque parece ser que Antonio Gúzman era sólo un bracero fijo en la Gardenia y su mujer una sirvienta más entre la decena que había entonces en aquel caserón; y de la noche a la mañana aparecieron con la propiedad de la Casa Grande y buenas parcelas en las mejores lomas de Sierra Negra, justo las que ahora formaban parte del proyecto del campo de golf.
Yo sólo sabía que mi padre administraba la Gardenia y que mi madre subía todos los años con una cuadrilla de mujeres y en unas horas las diagonales de telarañas y las capas densas de polvo daban paso a la claridad de los ventanales de par en par y al aroma fresco de las rosas mientras yo observaba la boca oscura del tajo de los murciélagos.
Cuando la Casa estaba limpia “como el sol”, el lujoso coche negro ascendía la calle Real y durante dos meses los duques estaban allí.
Y el fantasma.
El fantasma de la mujer vestida de blanco recortaba su silueta maldita contra el cielo rojo poblado de murciélagos o corría entre los matorrales salvajes quizá atraida por los perfumes pecaminosos de la casa habitada de nuevo.
Cuando preguntábamos quién era el fantasma mi madre respondía:
Inventos de la chusma.
La bruma Lucrecia sabía más, pero decía que había cosas que no se podían decir y punto. Que el tiempo pondría las cosas en su lugar.
-Mírala mamá no ayuda nunca
-Bárbaraaaa….ven a cortar rosas al invernadero…
Yo no respondía, y entonces Ángela llegaba corriendo, se detenía a mi lado y jadeaba un poco, como un perrito acalorado.
-Dice mamá que vengas a ayudar
-No quiero…estoy aquí pensando cosas
-Qué cosas- Ángela inquiría con los ojos de par en par, esperando un chisme único o un suceso sorprendente
-Pensaba que si me tiro por el tajo, cuando terminéis de limpiar no me encontráis porque los murciélagos me han llevado al fondo de la cueva para dar cuenta del festín….y me buscáis pensando que estoy viva, pero estoy muerta y mi espíritu se confunde un día y te encuentra limpiando la gardenia y se mete dentro de ti porque piensa que somos la misma y serás una niña con dos espíritus..entiendes…eso es horrible, uno te dirá limpia la Gardenia para que el señorito Andrew se pasee por los cuartos sin estornudar y para que no huela a animales ni a campo, y otra te dirá vete al tajo vete al tajo a contar murciélagos..
Ángela regresaba horrorizada, corriendo y gritando
-Mamáááá…Bárbara dice cosas raras!!!
El duque de Sears murió unos años antes de que yo me fuera para siempre, decían que había tenido un accidente cuando volaba como un cóndor sobre las montañas americanas en su avioneta, y ni la duquesa madre ni la duquesa esposa ni los niños regresaron a la Gardenia. Mi madre continuaba reuniendo la cuadrilla de limpiadoras para espolvorear una vez al año, por el tiempo en que los duques venían a cobrar las rentas, pero ya no llegaba nadie y poco a poco el abandono se fue apoderando de la casa, los cristales del invernadero en donde crecían las rosas que tanto gustaban a los inglese se enturbiaron adquiriendo una calidad de humo, dejando apenas entrever sarmientos de plantas muertas o mantos de malas hierbas comiéndose los tiestos y cubriendo el suelo de una maleza hostil en la que se presentía un rastro de reptiles; y el azul brillante de los portones ahora aparecía desteñido y triste como los desconchones que parecían caras humanas en la hermosa fachada.
También se secaron los jazmines.
Mi padre ya no preparaba el sobre abultado henchido de billetes apretados producto de las cosechas de la finca para entregarlo solemnemente después del almuerzo en el comedor grande, sino que un hombre de aspecto avinagrado y traje de chaqueta de extraña factura, que recodaba a un sepulturero, acudía a la Casa Grande y recogía el paquete sin solemnidad, con gestos mecánicos. Era el director del banco y en cuanto salía mi padre repetía la misma letanía.
Este pelagatos hijo de chusma mira como ha sabido situarse.
Pero de vez en cuando corrían rumores de que había luces en la Gardenia, que alguien había abierto los balcones o que se se veían sombras moviéndose dentro del invernadero. Repetían la historia de la mujer que permanecía en pie junto al tajo de los murciélagos mientras que el viento agitaba su larga melena negra y su vestido de satén blanco dibujando las formas pecaminosas de su cuerpo.
Nadie vio realmente a aquel espectro misterioso vestido de plata, pero los rumores sobre luces en la Gardenia se repetían regularmente. Mi padre subía el tortuoso Monte de los Murciélagos para comprobar si se trataba de ladrones y de noche lo escuchaba cuchichear con mi madre.
Había algo que yo no entendía pero que era real, que no era un fantasma, alguien encendía las luces, alguien rondaba la Gardenia buscando algo que ya no encontraba.
Por qué mis pasos me habían llevado a la Gardenia y a los recuerdos mientras recomponía en mi mente el difícil puzzle de mi infancia, sólo lo sabía Jenny sentada en el asiento contiguo al mío en el Polo de alquiler que olía demasiado a ambientador.
Vestida de chica de su tiempo. Sin el alcanforado traje que mi hermana la obligaba a llevar, parecía mucho más joven.
- Has oído hablar de la Gardenia, quieres venir conmigo?- le pregunté en la cocina en cuanto salí del salón y me sentí libre de la presencia espesa de mi cuñado.
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- La casa de los duques, sí – confirmó abriendo los ojos de par en par, fascinada de poder visitar lo que hasta entonces había sido un paisaje imaginado, como los palacios de los cuentos de su infancia
Subimos en coche hasta el Llano de los gatos, una meseta sobre la ladera de la Sierra Negra, en la que aún blanqueaba el cascajo de una casa abandonada, de la que contaban toda clase de historias, a cual más peregrina.
Allí la niebla se desgarraba en capas ora transparentes ora espesas que difuminaban las ruinas hasta casi ocultarlas o permitía sorprender en los estratos visibles los cuerpos ágiles de gatos montaraces a la caza de roedores y reptiles
Nos abrigamos para seguir a pie, pues a partir de allí el camino se angostaba, se hacía tortuoso y dibujaba meandros obtusos entre las encinas cuyas copas formaban oscuras bóvedas de hojarasca.
Trás media hora emergieron como de la nada los picos negros de la Sierra de los Murciélagos contra los cucuruchos violáceos de Sierra nevada anunciando que llegábamos a la última meseta, en donde la casa de fachada desconchada y ventanas azules se alzaba señorial y orgullosa a pesar del evidente estado de abandono.
Allí no llegaba la niebla, se había quedado entre las últimas encinas de la ladera como jirones de gasa. Más abajo el paisaje no existía, era todo blancura.
- Pone el vello de punta aquel caserón- la voz de Jenny sonaba temblorosa como si le castañearan los dientes.
- Es sólo una casa.
- Una casa no. Es otro libro cerrado que quiere ser abierto para contarnos cosas
- -Decían que una mujer menuda de larga melena y vestida de blanco se asomaba al balcón del tajo y miraba durante horas el paisaje; pero realmente nadie la vio, todos decían que otro le había dicho y el otro que su cuñado o su primo… La historia del fantasma de la mujer del vestido blanco es sólo un cuento de Sierra Bermeja, uno más, entre tantos, decían que los tejados se juntaban de noche, que los muertos tomaban las calles amparados en la oscuridad, tísicos, galanes, bolicheros, mujeres malas, costeños borrachos..formaban una procesión macabra de almas en pena apostados en los chaflanes o en los callizos más tenebrosos.
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- Qué horror- Jenny se persignó, hurgo en su pecho debajo de la camisa y sacó una medalla dorada de un diámetro como una moneda y la besó por las dos caras
- Jenny, no eran verdad, la gente vivía en este mundo cerrado, casi sin comunicarse con el exterior y se inventaba historias, somos una especie devoradora de historias. Ahora tenemos televisión, computadoras y nos asomamos allí para que nos cuenten historias.
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- Los fantasmas son verdad Bárbara- afirmó con gravedad acurrucándose debajo del abrigo de lana quizá más para espantar el miedo que el frío.
Nos acercamos al Tajo de los murciélagos. Nada había cambiado. Las lascas puntiagudas, la garganta negra y la masa viva de cientos de vampiros esperando el ocaso para ofrecer el espectáculo único de su enigmático vuelo, de sus sombras oscuras recortadas contra el cielo rojo se mantenían intactas, inmunes al paso del tiempo.
Miramos un rato el abismo del barranco. Después Jenny comenzó a caminar hacia la casa.
- Era muy hermosa, un pequeño palacio. Los duques vivieron en ella largas temporadas desde que recibieron Sierra Bermeja casi como un feudo, con la Casa Grande en la plaza y la Gardenia aquí arriba..y todas estas tierras- le indiqué extendiendo los brazos hacia el horizonte-
- Y por qué dejaron de venir
- No lo sé. Dijeron que el Duque se mató, que era un apasionado de la aviación y realizó un vuelo suicida sobre los Andes, por tus tierras…Ahora no sé si los herederos se encargan directamente de todo esto o mi cuñado lo administra.
- Quienes son ahora los Duque?
Se escuchaba en el silencio el crujido de nuestras pisadas sobre el manto de hojas que había dejado sobre el empedrado los desnudos nogales de la entrada.
- No lo sé, yo hace muchos años que no vengo por aquí. Imagino que aquel adolescente huraño que venía cuando yo era pequeña y su mujer y sus hijos, si es que los tiene. O quizá la hermana, creo que se llamaba Caroline, pero era enfermiza. Decían que los Sears estaban bajo los efectos de una maldición, condenados a extinguirse.
El muro demasiado bajo para ocultar la casa y las copas de los árboles más altos se abría sólo por una parte en un arco de medio punto sobre el que aparecía escrito en latín “A fronte praecipitium a tergo lupi “
Una enigmática frase que pretendía contar las hazañas de los Sears en viejas guerras.
Jenny llevaba la llave en el bolso. Mi cuñado le había advertido que debía tener cuidado de no perderla porque la familia sólo conservaba esa copia.
La sacó y me la entregó. Le temblaban las manos. Abrí el candado. La cancela de hierro herrumbroso se resistía a desencajarse, pero finalmente cedió arrastrando un puñado de hojas húmedas, pútridas por la ausencia de sol en la umbria del muro, que formaran una masa oscura y fétida
Avanzamos por el empedrado, bajo la bóveda de ramas desnudas que formaban los nogales negros, flanqueando como tétricos guardianes el pasillo hacia la casa.
- Esta casa impone- susurró Jenny caminando siempre detrás de mis pasos
- Si, es muy hermosa- también yo bajé la voz como si el silencio absoluto que invadía el paisaje fuese tan frágil que bastara una palabra para quebrarlo con estruendo de batalla.
Jenny y yo debimos aunar fuerzas para que la puerta de entrada cediera. Era exactamente igual que la de la Casa Grande fabricada con madera noble tallada en pesados cuarterones, con el picaporte de bronce y las bisagras ciclópeas que provocaban un rumor lento y estridente como producido dentro de una catacumba.
Todo igual que en mi infancia. Un mundo congelado como una vieja gloria del cine que se negase a mirar hacia delante, empecinada en su belleza arcaica y y decadente. Mostré a Jenny los salones, los jarrones empañados con flores secas, los muebles cubiertos por capas de polvo pertinaces y subimos a la primera planta, todas las puertas permanecían cerradas con esa quietud dolorosa que provoca el abandono.
-Lástima grande que no sea verdad tanta belleza - murmuré recordando las palabras Leonardo de Argensola.
Jenny estaba entretenida mirando los muebles, los cuadros, tocando las cortinas, abriendo los armarios, fascinada como una niña.
Abrimos el balcón y nos apoyamos en la baranda, Sierra Nevada a la izquierda azuleaba contra el cielo de un gris metálico. Parecía cercana, casi palpable, pero en realidad detrás de los oscuros montes de encinas sobre los que se elevaban sus picos helados se extendía el inmenso llano de la explanada del Temple hasta la ciudad de Granada que sólo se delataba durante la noche cuando centelleaba como un incendio sin llamas, una lumbre de brasas doradas.
Abajo el jardín aparecía devorado por la maleza, se comìa el muro, y parecía saltar para despeñarse en el barranco.
La niebla había desaparecido y las negras encinas se amontonaban como un monstruo dormido ocultando los caminos.
- Por qué quisiste venir aquí? Jenny preguntó
- No lo sé, desde que mi hermana me escribió diciendo que vendían la Casa Grande hago las cosas como un mecano. Ya había decidido venir antes de que esta mañana alguien avisara a mi cuñado de que el Duque de Sears venía a vender….
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- Y no quieres que se venda todo esto…-afirmó en vez de preguntar como si hablase por mi
- No lo sé, he estado muchos años fuera, pensaba que no regresaría, pero… todo esto soy yo, más que la sangre, me llaman estos muros, estas tierras, este paisaje inmenso…. cuando murió mi madre tuve la certeza de que no me quedaba nadie en el mundo, nadie en quien confiar ni a quien querer…pero no he dejado de soñar con la Casa grande o con la Gardenia…
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- Por qué te fuieste así para no volver, la gente siempre tiene motivos importantes para dejar su tierra- me interrumpió Jenny mirándome con curiosidad
- Aborté, me provocaron un aborto y mi padre se enteró. Me echó de casa
- Te fuiste con el hombre del que estabas embarazada
- No, me fui sola, me metieron en un taxi de madrugada, todo fue muy rápido, me llevaron a la estación, y de la estación a Madrid en donde me estaba esperando una hermana de mi cuñado, esposa de un militar nacionalcatólico. Un médico me diagnóstico una enfermadad mental y estuve en un sanatorio durante casi un año, drogada todo el día, después cuando salí no podía soportar la ansiedad, estaba enganchada a los ansiolíticos, tranquilizantes, sonniferos… estuve un año casi sin dormir, hasta que comencé a fumar opio, con el opio duermo, soy adicta al opio… pero ahora sólo necesito unas chupadas a un cigarrillo para dormir, hubo un tiempo en que casi pisé fondo…cuando dejé el sanatorio mental…
- Y no te llamó no te buscó
- Dónde- pregunté alzándome de hombros-….me secuestraron… casi me desangré en el tren, no sé como llegué viva…
- Y no lo llamaste
- . No pude al principio, y después ya era un espectro en mis recuerdos…Estaba muy enferma. Después lo recordé alguna vez, pero estaba convencida de que él también había cogido su lugar en el mundo….pensaba entonces que todo era como ese terrible juego de las sillas, todos corriendo alrededor, frenéticos, buscando el sitio donde sentarse y descansar, y siempre una silla de menos, y …finalmente temí saber que sólo yo me quedé sin asiento en aquel macabro juego..no lo sé…
-
- Es una historia muy triste- los ojos de Jenny estaban empen añados de lágrimas.
- Sí- busqué en el bolso y encendí un cigarrillo, le ofrecí uno y aceptó
Fumamos en silencio observando las volutas de humo elevándose mansamente hasta confundirse con el gris acerado del cielo.Exiliadas ambas cada una de un trozo de sí misma.
-Es aún más triste Jenny, lo llamé y…Mario está muerto, murió hace veinticinco años.
-Terminamos el cigarrillo y nos vamos, ahora oscurece pronto…- Jenny me rescató de mis pensamientos. Era sólo una pobre chica ecuatoriana, arrancada de su vida y de su gente, de su hija, de su paisaje, vestida de criada ridícula por capricho de mi hermana, pero era capaz de ver cuando una persona estaba cayendo en el abismo y sabía cómo salvarla sin hacer aspavientos, sin discursos ni libros de psicología.
-De acuerdo- asentí mientras buscaba un tiesto para aplastar la colilla.
En ese preciso instante el grito de Jenny sonó como un disparo en el silencio, estridente y rasgado.
Me volví y la encontré temblando, señalando a la puerta de entrada al salón
- Qué te sucede Jenny, qué pasa
- He visto una sombra apoyada en la puerta, como si nos hubiera estado espiando, cuando he mirado se ha ido.
- Cálmate Jenny, cálmate- , no puede ser, está todo cerrado a cal y canto, cerramos nosotras mismas la puerta de entrada con cerrojo por dentro. Esta casa, las historias tristes, te han trastornado….anda vamos y hablamos de cosas más alegres por el camino.
- Estoy segura, alguien nos ha estado vigilando, estaba allí- insistía en señalar la puerta todavía temblando.

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
Meneame
del.icio.us

Leyendo esta parte he tenido la sensación de que Bárbara es un Robinson Crusoe femenino y Jenny una especie de viernes encontrado en la soledad y convertido en amigo y en cómplice. Ninguna relación realmente literaria con la novela de Defoe, pero sí con el imaginario del náufrago que llega a una isla desierta y trata de reconstruir su vida disponiendo sólo de recuerdos y de restos inconexos.
Javier | 22-04-2009 - 07:25:54 GMT 1 #