Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis

EL FANTASMA DE LA GARDENIA
una historia de fantasmas sin fantasmas

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
  • CAPÍTULO PRIMERO
  • CAPÍTULO SEGUNDO
  • CAPÍTULO TERCERO
  • CAPÍTULO CUARTO
  • SEGUNGA PARTE:"FIGURAS ENTRE LA NIEBLA"
  • CAPÍTULO QUINTO
  • CAPÍTULO SEXTO
  • CAPÍTULO SÉPTIMO
  • CAPÍTULO OCTAVO
  • TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA
  • CAPÍTULO NOVENO
  • CAPÍTULO DÉCIMO
  • CAPÍTULO UNDÉCIMO
  • 27/04/2009 GMT 1

    SEGUNDA PARTE: FIGURAS EN LA NIEBLA: CAPÍTULO OCTAVO

    herminia @ 08:42

     CAPÍTULO OCTAVO

     El perro clavaba sus mandíbulas impías en el tierno cuello de su presa, se deleitaba en la sangre escarlata que se extendía por el cuadro amenazando derramarse y  escurrirse por la pared. Los cazadores hieráticos, solemnes fumaban en pipas mirando un horizonte difuminado en una niebla violeta y añil que podía ser un amanecer o un crepúsculo. Ángela ultimaba los detalles más triviales como la distancia entre las copas de vino y de agua o la simetría de los jarrones con bouquets de rosas. Augusto fumaba  en su sillón con la mirada perdida entre las ramas de las mimbres lloronas. La plaza  respiraba un silencio admonitorio, iluminada sólo por la luz mortecina de las farolas. Jenny se retocaba la ridícula cofia de su disfraz de criada. Todas esas cosas sucedían a unos metros debajo de mi mientras yo me preguntaba de nuevo qué coño pintaba  en aquel cuadro absurdo.Me preguntaba otra vez porqué no había firmado con un frío código y no me había pasado a la semana siguiente por el banco para recoger golosa mi parte del festín.

    Mi hermana había venido con un puñado de vestidos colgados en sus perchas, vestidos de tejidos caros y colores delicados y elegantes. Me había dejado también una preciosa bolsita con maquillaje de calidad y un joyero. Me había dicho que la Elvira no podía venir porque aquella misma mañana, Lucrecia, su madre se había puesto muy enferma y la habían llamado una ambulancia para llevarla al hospital mientras me mostraba gargantillas, pendientes, pulseras, anillos y broches que irían bien con tal o cual vestido.   Me había abrazado y me había dicho que siempre soñó hacer algo así. Recibir a su hermana, agasajarla, intercambiar vestidos o joyas, reirse juntas de algun cotilleo. Me dijo que siempre mantuvo abierta esa puerta a pesar de los consejos de todos para que dejase las cosas estar.  

     "Creo que el azul cobalto te iría de maravilla, ¿quieres probártelo ahora?" " Usa un found de teint cobre, tienes la piel demasiado pálida, y un poco de color te irá bien, y ponte al menos una pulsera y unos pendientes. Eres muy espartana, como un epígona del movimiento hippy.."

     Tuve la impresión de que me estaba adoptando.

     Cuando se fue abrí el balcón. Ese olor. Ese perfume espeso, intenso, de señora bien situada en la pirámide social me  ponía delante una y mil veces los tobillos finisimos de mi tía Milagros en la estación de Madrid. Sus tobillos en la casa, mostrando los huesos afilados emergentes entre las plumas de unas zapatillas color rosa.  Sus tobillos cortantes en la sala de espera de la clínica.

       Tuve ganas de fumar algo, pero era mejor no hacerlo y bajar despejada a la cena.  Me dejé caer en la mecedora de la tía Bárbara.  Quise ser ella por un instante, un ser sin vida, atrapado en una maraña de recuerdos o en la nada.

      Decían que tenía el juicio perdido de nacimiento, pero no era verdad, porque había fotos suyas en el cajón de la cómoda. Siempre las hubo. Yo las había visto. Cuando se murió entré a mirar sus cosas. A descubrir sus secretos. Sólo había un puñado de ropa oscura y un album de fotos. 

     Abrí el cajón de la cómoda y encontré el album en el mismo lugar que estuvo siempre. Envuelto en un pañuelo de seda negra.

      Me senté sobre la cama, aparté los vestidos y lo abri.

    Eran  cartulinas color sepia,  cuarteadas, demasiado viejas, con los bordes desportillados, casi todas de reducido tamaño, pero aún en el óvalo mínimo  en donde apenas se distinguían las manchas oscuras de los ojos y la boca,  se captaba la belleza  y la sonrisa abierta de aquella muchacha que no demostraba para nada síntomas de enajenación o estupidez.

       Había una foto grande y bien conservada, en donde posaban las dos hermanas Guzman, Bárbara y Ángela, y sus padres,  muy serios y orgullosos acompañados de los duques y su único hijo,  y su nuera, los abuelos del actual duque de Sears. Bárbara brillaba entre todos. Era una muchacha preciosa. Y su sonrisa y sus ojos no delataban la degeneración de su vida posterior.

    Después no había  más fotos de ella, como si su vida hubiese terminado prematuramente y aquella mujer que vagaba por la Casa Grande fuese sólo un espectro. Mi hermana pronunció mi nombre desde el fondo de la  escalera-Bárbara no te entretengas mucho, los invitados están al llegar 

    Devolví las fotos al cajón y  aplasté la colilla del cigarro contra la tierra de la maceta casi mustia cuyos tallos agonizaban sobre la cómoda dentro un tiesto lujoso de cerámica pintada.

    Me puse el vestido azul cobalto y me colgué unas lágrimas en las orejas y busqué el anillo a juego.  Me doré la piel y me pinté los labios.  y me peiné a mi manera. No bajé hasta la tercera llamada de Ángela.Me  provocaba un cosquilleo perverso en el pecho la tensión creciente abajo, el intercambio de miradas furtivas entre mi hermana y mi cuñado y mi sobrino. Las disculpas con que justificarían mi retraso.

     Ángela se apresuró a recibirme y me tomó de la mano para anunciar mi regreso continuando en el proceso de adopción:

    " Al fin la tenemos aquí, ha debido dejar ocupaciones muy importante, porque Bárbara es una importante traductora en una gran empresa de Copenhagen, así que imaginen qué noche importante para todos..."

    Mi cuñado se levantó sonriente, con esa risa de hiena esculpida en el rostro, esa mueca de payaso loco que me erizaba hasta los intestinos, y extendió su brazo indicándome con la palma de la mano la silla a su lado, reservada para mí.

    - Tenemos entre nosotros al hijo pródigo, debemos agasajarla continuamente para que no se nos escape de nuevo.

     Todos rieron la ocurrencia.

    Habían encendido la lámpara de lágrimas y el centelleo de los diminutos cristales recortaba aquel cuadrado del mundo oscuro y silencioso del resto de la casa como si el salón fuese un barco fluorescente  envarado en medio de la inmensidad y la  hermosura del océano. La luz  intensa cromaba  el blanco de los manteles, el cristal de las copas, la plata de los cubiertos, los marcos dorados de los cuadros, las joyas auténticas de mi hermana, la bisutería  de las esposas que habían acompañado a sus maridos disfrazadas de señoras para la ocasión, el terciopelo de las cortinas y  la seda  de los  tapizados. Pero sobretodo  hería la retina.  Al atravesar la puerta del comedor después de recorrer casi a tientas el pasillo en penumbra reviví la percepción de aquel foco albino en la clínica, cuando abría los ojos después de tantas horas de sueño provocadas por los tranquilizantes y toda aquella basura con que me envenenaban día a día y no recordaba quien era ni donde estaba. Y por un instante me asaltó un terror paralizante, me quedé mirando aquellos desconocidos en torno a la mesa, cuyos rostros excesivamente iluminados por el lucernario de cristal parecían máscaras en una tétrica representación dirigida por mi cuñado, y experimenté una sensación angustiosa como si alguien me hubiese puesto una mano en la boca, como si mi cerebro se negara a dar órdenes para poner en movimiento todo el mecanismo de mi cuerpo, el que decidía que mis piernas avanzaran en pasos precisos y resueltos hacía mi puesto en la mesa o que mis labios se aproximasen con desdén y elegancia a todas aquellas caras de mujeres maquilladas como bufones para fingir un beso, o mi mano derecha se perdiera lánguida y fría entre la mano ruda de uno de aquellos hombres disfrazados de señores por expreso deseo de Augusto Castellanos, quien se había erigido en jefe de aquella caterva de codiciosos.

     Fue ser sólo un instante un lapsus de tiempo tan breve que no dio tiempo a que mi hermana sintiera vergüenza o mi cuñado actuara con esa condescendencia de los seres superiores sobre las más frágiles criaturas. Después me vi haciendo lo que el terror no me había dejado hacer,  me vi saludando y sonriendo sin ningún interés y aceptando la silla y abriendo la servilleta sobre mis piernas y  diciendo gracias a Jenny y a otra chica que no conocía, ataviadas ambas con vestidos de satén negro y cofias y guantes  de encaje blanco.

     Me vi a mi misma como me vería una fisgona que estuviese espiando escondida tras las cortinas de terciopelo, rígida e incómoda, suplicando que acabase todo aquello, preguntándome de nuevo qué mierda pintaba yo allí,  controlándome por no salir corriendo y llegar al cuarto de la loca y liarme un porro bien cargado mientras descubría misterios antiguos en fotos color sepia.

     La comida transcurrió en un silencio incómodo, y aquella tensión  sufrida por quienes se sentían fuera de lugar fortalecía a mi cuñado. Lo miraba de reojo comiendo con la misma naturalidad con que lo haría si estuviera sólo  y susurrando palabras ininteligibles al oido de mi sobrino, quien me lanzaba miradas mal disimuladas.

    A mi lado, una mujer  de cabellos teñidos color oro viejo, y con los labios pintados de un carmín tan graso y resbaladizo que se introducía por las pequeñas arrugas de las comisuras y  llegaba hasta los dientes convirtiendo su boca en una monstruosa caverna de animal carnívoro, similar a la del perro ensañado del cuadro de caza; se presentaba como la mujer de mi primo Miguel Guzmán y  me decía en tono confidente que su marido sería el primer teniente de alcalde cuando Augusto ganara las elecciones.

     Finalmente cuando Jenny sirvió el  postre,  mi cuñado pidió un momento de atención golpeando con su tenedor una copa de cristal al tiempo que se levantaba.

     - Estamos a unos meses de las elecciones municipales- anunció en tono evangelizador- y Sierra Bermeja debe quedar en manos de quien la conoce y la quiere, debemos unirnos todos para evitar que nos llegue un alcalde extranjero que gestione todo para su interés, digamos en lenguaje nuestro, que arrime el ascua a su sardina

     Esta ocurrencia fue recibida con otra carcajada general. Desconocía esta bis cómica de mi cuñado, pero sin duda el poder lo había convertido en un hombre muy gracioso.

     Ordenó silencio con las palmas de las manos extendidas como hacían los emperadores romanos cuando la muchedumbre lo aclamaba. -    He sido informado de que el Duque de Sears está a punto de llegar. Mañana o pasado mañana estará en la Gardenia, según mis contactos, y estoy preocupado Se quedó pensativo, dejó espacio al silencio, porque conocía también que los espacios vacíos eran masa tan maleable como los grandes discursos. -  No podemos permitir que el conde venda a los americanos, todo lo que quieran los americanos tendrá que hacerse a través de la Sociedad. La que vamos a formar todos esta noche en cuanto firmemos los documentos que he preparado. Calló de nuevo -Pero, si el duque se niega a vender a la sociedad- preguntó mi sobrino  perfectamente aleccionado para introducir la alarma necesaria en el primer mitin electoral de mi cuñado, quien ahora quería ser alcalde democrático. Mi cuñado sonrió satisfecho -Me he informado,  no se puede entrar en el mundo de los negocios dejando cabos sueltos…Se escuchó un murmullo de admiración-El duque de Sears está divorciado, no tiene hijos, y bebe demasiado. Creo que se dedica a la escritura,  pero sin demasiado éxito, publica porque tiene nombre quizá haya vendido algunos bienes para pagarse las ediciones de sus libros….dicen que ahora está escribiendo una novela sobre su familia… Resumiendo, un alcohólico chiflado, Un excéntrico sin hijos que defender, a quien interesa más el dinero para mantener sus vicios y sus manías hasta que muera… -No tiene a nadie?-  preguntó una mujer de cabellos teñidos rubio platino y vestida con encajes negros y falsos diamantes -A nadie, cuando muera deberán buscar en el árbol genealógico una rama secundaria para entregar el título y la herencia; aunque quizá el duque deje sus pertenencias a alguna asociación de escritores fracasados. La aristocracia siempre fue caprichosa.  Escuchamos el timbre y el tintineo de los pasos de Jenny recorriendo el pasillo. Después un rumor de voces.Jenny entró en el comedor y se acercó a Augusto con gesto contrariado, estrujando el mandil de encaje que entre sus manos morenas resultaba aún más blanco y delicado.-Don Augusto, una mujer de luto se ha empeñado en entrar. Augusto permaneció impertérrito.          Gracias Jenny puedes retirarte- le indicó con frialdad,  subrayando siempre las distancias entre su clase y el resto del mundo.-Cuando Jenny estaba alcanzando la puerta de salida levantó la voz y como si hubiese olvidado la razón de su irrupción en la cena añadió: -      -  Por supuesto, dile que pase y esta atenta, quizá tengamos un nuevo comensal Hubo ironía en esas últimas palabras pero también temor. Ni el amor, ni la convivencia puede dejar a una persona tan descubierta ante otra como el odio. Yo era capaz de captar ráfagas sutiles en sus pupilas, un temblor casi imperceptibles en sus labios, una ligera tensión en los tendones de las manos, un latido fugaz  en las venas del cuello. Yo lo sentía como aquel animal del cuadro, rendido en el suelo, mirando al espectador ya sin esperanza, acatando el destino implacable, debía sentir a su depredador.Las fauces abiertas calientes, el vaho mojando la piel, el afilado colmillo, latiendo como si fuera materia orgánica, del verdugo adquirirían unas proporciones gigantescas, capaces de sesgar el mundo, de borrar paisajes, recuerdos de pastos jugosos, de hembras en época de montar, de cervatillos correteando sobre endebles patas, quebradizas como  taramas de leña seca. -Buenas noches- era una voz frágil pero orgullosa la de aquella mujer de enormes ojos color turquesa.Estaba tan enlutada y su piel era tan lívida que el azul de los ojos  se convertía  en un lujo involuntario entre tanta austeridad. -Buenas noches, Marina- la voz de mi cuñado resonó entre el coro de voces que pronunciaba un buenas noches tímido similar a la letanía con que  los feligreses respondían al sacerdote en la misa. -      - Qué visita más inesperada-      -  Seguro que no me esperaba, don AugustoLa voz de la mujer era desafiante Mi cuñado trataba de permanecer impasible, de hecho daba la imagen de un hombre sorprendido incluso intrigado pero yo controlaba de reojo el temblor azogado del iris, la modulación de una voz un poco más pastosa por la desaparición de la saliva, el pálpito de una vena hinchada en el dorso de la mano. Yo lo vigilaba y él lo sabía. -      -  Mujer, qué quieres que te diga, yo no te he invitado respetando el dolor, no me parecía elegante, creo que todos los que estamos aquí lo entienden…

    Hizo un llamamiento al apoyo general para aliviar la tensión que se estaba centrando sobre su persona y la de aquella mujer esbelta, todavía joven y sobretodo muy hermosa a pesar de la palidez  de la piel y las medias lunas que circundaban sus ojos.

    Y de nuevo se escuchó el murmullo de voces condescendiendo. -        - No me hubiera sentado en esta mesa ni por todo el oro del mundo, don Augusto Castellanos, me da asco hasta el plato más refinado que usted pueda servir 

    La mandíbula inferior osciló ligeramente, la mano estrujó la servilleta. Sólo yo lo veía y lo observaba sin disimulo como si estuviese en un tribunal y no fuese él parte de la acusación sino el reo. 

      -  Comprendo que debes estar alterada, quién no lo estaría después de haber perdido a su marido en la flor de la vida de una manera tan traumática  e  inesperada…. La mujer no respondió. Simplemente clavó en él una mirada con brillo de puñal. -        - Ángela, anda, dile a Jenny que prepare  una tila, y tú por Dios, Marina, no te quedes ahí en el fondo, ven siéntante entre nosotros. -  Yo entre vosotros, entre esta manada de vendidos, míralos ahí con sus mejores galas para parecer señores, seguro que cuando se vayan os divertís recordando como cogía el tenedor la Conchita o como manchó de carmín barato las servilletas de hilo la mujer de tu primo Miguel. Jamás me sentaré yo en esa mesa, si ya me queman los pies nada más de estar pisando estas baldosas, mi marido tampoco quiso sentarse nunca aquí. Por eso está muerto 

    Mi cuñado se puso rígido. Ahora el aire a su lado era un fluido denso que lo estaba asfixiando como si lo  hubiesen hundido en el abismo de un pozo.

     -       - Marina deberás explicar lo que acabas de decir, porque si es lo que pienso eso son acusaciones serias ante testigos- el primo Miguel se levantó señalándola con un dedo tembloroso y acusador La mujer levantó la barbilla y lo espetó con altivez. El dolor le había arrancado todo el miedo, en aquel instante no le importaba morir o quizá lo desesaba y había entrado allí para suicidarse. -      Miguel el perrillo de aguas de don Augusto, don Augusto dice tírate por un tajo y tú te tiras, que ejemplo de hombría para tus hijos.-         No te permito- Miguel retiró la silla para dirigirse a la mujer,quien  no apartaba sus enormes ojos azules como acero de él, que no demostraba tener miedo alguno-         Por favor, Miguel, no te pongas a su altura- la mujer que se sentaba a su lado tiró de la mano y lo obligó a sentarse de nuevo -        - No perdamos los nervios, por favor, no os dais cuenta, Marina es una mujer perturbada por el dolor, debemos comprenderla- Augusto cogía las riendas, la atmósfera se tornaba gaseosa de nuevo en torno a sus pulmones, el gesto visceral del primo Miguel había tenido un efecto balsámico sobre su tensión arterial. -   Marina- retomó el tono condescendiente- no puedes estar aquí, yo estoy intentando ser educado y comprensivo, pero estamos en una cena de amigos, esta intrusión puede resultar violenta, desagradable…comprendelo -         -Eres el demonio Augusto Castellanos, ni de usted te hablo, porque no puedo tener respeto a quien pagó para que atropellaran a mi marido

     Mi sobrino hizo ademán de ponerse de pie, pero mi cuñado con mano firme lo asió del brazo y lo mantuvo sentado. Quería manejar la situación a su manera.

    -        - Esas son acusaciones muy serias, Marina, vete a casa y descansa, anda yo no te tendré en cuenta esto. Anda, Ángela acompáñala a la puerta. -         -Conozco el camino, pero antes quiero decirte una cosa, cuando invitaste a Paco a una copa en el bar hace una semana, él te dijo que le gustaba pagarse sus vicios, y que las invitaciones de brazo por encima del hombro no le provocaban confianza y para que no perdieras tu tiempo te dijo que sus tierras las vendería él al mejor postor y no a la Sociedad. Y a los tres días estaba muerto con la barriga reventada debajo de las ruedas de un coche que se escapo y que nadie recuerda haber visto por estos terrenos.  -        - Marina, Marina, creo que deberías parar ya- mi hermana intervino con su diplomacia habitual, sonriente, discreta, como era ella, la mujer de las revistas de decoración y moda. -         -Si paro ya, no tengo mucho más que decir, sólo que las tierras de Paco son de mis hijos y las venderemos a quien nos de la gana, y  a lo mejor con ese dinero pagamos un abogado para investigar quién está detrás del accidente de mi marido. Prefiero perder dineros a poner una fanega de la Alcacelera en tus manos!!! Después giró y se perdió por donde había entrado dejando un silencio de funeral entre los comensales.          Qué horror- se atrevió a interrumpir la mujer de Miguel- el cuerpo aún caliente y venir aquí a montar un escándalo, qué vergüenza-        - La chusma es así, hija mía, y ella, bien mirado, es hija de su padre. La sangre llama y la cabra tira al monte. Pero ahora – mi cuñado tenìa otros planes para aquella noche- no dejemos que una pobre desquiciada nos estropee el gran proyecto.-Está aquí reunido por primera vez el nuevo Ayuntamiento de Sierra Bermeja, un día esta cena aparecerá en la historia de nuestro pueblo. Ahora - añadió levantándose- pasaremos a la sala a tomar un café junto a la chimenea y firmaremos los contratos de venta. En pocos días encontrareis en vuestras cuentas bancarias la cantidad acordada. Ah. Formaremos también nuestra candidatura  para las proximas elecciones.

      Pedí disculpas por no acompañarles a tomar café y me dirigí a la escalera con mi hermana siguíéndome desconcertada.

     - Bárbara vamos a firmar los documentos de la sociedad, tú formas parte, no puedes dejarnos así.

     - Estoy cansada Ángela, no soportaría un minuto más de vida social, compréndeme.

    _ Pero, pero...no puedes hacerme ésto- me susurraba al oido mientras sonreía y continuaba mostrando su cara de anfitriona de revista del corazón.

    - No te estoy haciendo nada, Ángela, sólo me voy a dormir. No dramatices.

    - Cuando te vi entrar en el comedor tan elelgante, como una verdadera señora, casi me atrevía  soñar...

    - Soñar que yo era como tú. ¿Por qué quieres que yo sea como tú?

    - Porque es lo natural, porque... no tiene sentido estar enemistadas, no tiene sentido tu posición rebelde y tu negativa a formar parte de tu familia... Al menos entra a decir buenas noches...

     - Hazlo tú, yo no tengo ganas, de verdad, no me encuentro muy bien.

      Mi sobrino acudió a rescatarla justo cuando me aproximaba al primer peldaño de la escalera. 

    - Déjala, mamá, quizá quiera jugar un poco con nosotros...

    Ascendí los escalones sin prestar más atención a las palabras de mi sobrino.  En el peldaño del primer rellano me volví y lo observé a los dos mirándome, con una extraña expresión en el rostro.

     

    - Bárbara, no puedes ir, ven aquí, ven o se lo diré a mamá....

      Detrás de las casas más pobres de Sierra Bermeja verdeaban en  primavera como una esmeralda las parcelas de cereales de la Alcacelera. Un manto jugoso y ondulante que se hundía en el horizonte rojo, naranja, celeste, violeta o azul marino, diluido en las últimas sierras, borrosas por la lejanía. La vieja carretera comarcal asestaba entre las sementeras  una cuchillada impía y dos árboles añosos, de una corpulencia ciclópea,  rompían la horizontalidad del paisaje de la meseta como dos centinelas inquebrantables y orgullosos, frondosos en primavera, desnudos y tristes en otoño. No conocíamos su especie, eran “los árboles”, y recordándolo en aquel instante en el que mi cuñado estaba a punto de despedazar mi memoria, el fonema “árboles” me sonó de una hermosura sobrecogedora. Lo pronunciaba con el pensamiento y aparecían los dos  viejos vigías elevados como dos espantapájaros gigantes  sobre el océano de las cebadas tiernas.Su presencia no era caprichosa, anunciaban un acuífero que les alimentaba la savia y que con los temporales de otoño emergía a la superficie formando pozas de renacuajos y remanados de barro que se pegaban a las  suelas de las zapatillas en costras pesadas.Por la cuneta  de la carretera se formaban charcos enormes  en los que se reflejaban retazos de cielo azulísimo entre nubes de borra sucia. De repente la cara redonda de Ángela  irrumpió en el espejo de agua, y después una bota de plástico brillante  rompió el hechizo.-         Te tragará el barro, ha dicho papá que aquí es como arenas movedizas, que se traga perros y niños enteros Ya estaba dentro, con mis botas nuevas hundidas en el agua y sentía la tierra blanca hasta los tobillos, costaba  arrancar el pie de la pasta densa para dar el siguiente paso, igual que en esas películas de personajes que vivían en el fondo del mar y caminaban como si toda la masa de las aguas del océano cayera sobre sus hombros.

     - Ven aquí Bárbara, no vayas,  te tragará el barro

    El charco ahora era una masa turbia de un color rojizo. Más cerca de los árboles las pozas eran mayores y tan transparente que se desdoblaban hasta los pájaros en su superficie. La Elvirita y un puñado de niñas jugaban con unos zancos fabricados con latas vacías de tomate o leche condesada atravesadas por cuerdas a modo de largas asas que se sujetaban con las manos. En otoño todos los niños tenían sus zancos, y caminaban  asiendo las cuerdas con fuerza para que la tensión mantuviese las latas pegadas  a las plantas de los pies, se veían venir desde lejos como procesiones de tullidos, con las piernas convertidas en grotescas marionetas,  buscando los charcos más profundos y  los remanales más blandos.Ni a Ángela ni a mi, ni la niña del médico la de la barriga de salamandra, ni a Augusto el hijo del maestro, nos estaba permitido usar aquellos remedos de juguetes, porque nosotros representábamos el lado de la suficiencia, vivíamos en la Casa Grande, teníamos tierras y  comíamos en la misma mesa de los Sears,  no podía lanzarse ningún puente entre los dos mundos quizá porque el nuestro era demasiado frágil y peligraba si no mantenía sus símbolosNosotros llevábamos botas de goma con brillo de charol y pelo vuelto, llevábamos guantes de lana suave a juego con los gorros y las bufandas, teníamos la piel  muy blanca y nuestros vestidos no mostraban indicios de reciclaje. Sin embargo yo le dije a la vieja Lucrecia que quería unos bien altos, y me hizo uno con latas de tomate natural gigantes de las que se vendían para las tabernas.Ángela decía que debíamos irnos pero yo me alejaba hundiendo las botas acharoladas en el fango. Emergían pompas sucias cuando pisaba fuerte y se escuchaba el chasquido de la greda pegajosa arrancándose de la suela de las botas cuando quería dar un nuevo paso. La iba dejando atrás, pequeña y bien vestida, con las manos en los bolsillos, incapaz del más mínimo gesto de insumisión. 

    Comentarios

    Comentarios(5) »

    1. Preciosa escena la retrospectiva de la Alcacelera las niñas, los charcos y el cielo que las mira. Contrasta poderosamente con el presente, la mezquindad y el dolor. Esa niña (Bárbara) que disfruta hundiendo las botas en el fango es toda una aparición.

      Javier | 27-04-2009 - 11:22:02 GMT 1 #

    2. Bueno.. esto es casi un borrador. Esto tiene muchísimo trabajo hasta dejarlo impecable. Pero el hecho de publicar aquí y de tener al menos tres lectores ( reconocidos :) ) me obliga moralmente con esos personajes que se van formando y escapando a veces de mi voluntad.

      Calipso | 27-04-2009 - 12:47:06 GMT 1 #

    3. De momento veo pocas ambigüedades en la novela, pero vigilo atentamente por si algún personaje decide vivir por su cuenta.

      Javier | 29-04-2009 - 07:37:54 GMT 1 #

    4. Serían necesarias más ambigüedades??

      Calipso | 29-04-2009 - 12:03:36 GMT 1 #

    5. No estoy seguro. Depende del plan general que te hayas formado. Supongo que te reservas alguna sorpresa.

      Javier | 29-04-2009 - 12:13:54 GMT 1 #

    Dejar un Comentario


    <a href> <em> <blockquote> <strong> <cite> <code> <ul> <li> <dl> <dt> <dd>

    Contactar con la autora o autor | Archivo | ¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis