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EL FANTASMA DE LA GARDENIA
una historia de fantasmas sin fantasmas

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
  • CAPÍTULO PRIMERO
  • CAPÍTULO SEGUNDO
  • CAPÍTULO TERCERO
  • CAPÍTULO CUARTO
  • SEGUNGA PARTE:"FIGURAS ENTRE LA NIEBLA"
  • CAPÍTULO QUINTO
  • CAPÍTULO SEXTO
  • CAPÍTULO SÉPTIMO
  • CAPÍTULO OCTAVO
  • TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA
  • CAPÍTULO NOVENO
  • CAPÍTULO DÉCIMO
  • CAPÍTULO UNDÉCIMO
  • 01/05/2009 GMT 1

    TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA : CAPÍTULO NOVENO

    herminia @ 11:03

                             CAPÍTULO NOVENO                          

      La mancha azul cobalto dominaba la superficie del espejo, dominaba las pozas de la Alcacelera. Era yo ante el espejo y era yo asomada a un charco.

        Finalmente se había esfumado del aire el olor de la laca y  del perfume barato y se habían hundido como en el fondo de un lago los sonidos del tintineo de las alhajas de las mujeres al mover las manos, de las cucharas al chocar con la porcelana y el murmullo insoportable de los voces rotundas de los hombres y de los  chillidos de sus esposas.  Hablaban todos a un tiempo, sin esperar el turno, nerviosos, ansiosos, espantados del segundo muerto de un silencio en aquel comedor elegante, con cuadro de cazadores ingleses y sillas de brazos retorcidos y dorados, tapizadas de terciopelo color vino.

      Bromeaban ruidosamente, gesticulaban exageradamente. Se sentian orgullosos como niños de haber sido invitados a la cena de la Casa Grande, convidados a la reunión que Augusto llamó, y sus palabras eran sentencias porque era un hombre rico y poderoso, " acontecimiento histórico"  porque allí se diseñarían los nuevos tiempos con sus jefes y sus reglas.        

          

        Las urracas me habían mirado sin disimulo. Alli tenían materializado a un ser evaporado con una sospecha sobre la espalda, una pregunta nunca contestada. Por qué se fue para siempre una de las gemelas de los Montalbanes, porqué no volvió ni al entierro de sus padres, ni a poner una flor en sus tumbas, porqué no estuvo en la boda de su hermana y no conoció a sus sobrinos ni se fotografió en los bautizos y las comuniones.

    Fingían con torpeza que yo no era un misterio. 

       Soñaban todos  con la riqueza, con el futuro brillante anunciado por la alfombra verde del campo de golf y el rumor de maquinas en el polígono industrial. Y revoloteaban en torno a mi cuñado, incautos,  atraídos como insectos al néctar de la abundancia. No habían dudado en disfrazarse para entrar en la tela de araña  de don Augusto, aunque sospecharan el embuste, aunque en el fondo se les muriera algo al vender sus raíces y su historia; había sido más fuerte el miedo a perder el tren, a no comprar aquel billete de lotería y luego ver a los demás celebrando con champagne la gloria y el futuro.

    Iban a  tener dineros, palabras mágicas que abrían las puertas del cielo y del infierno, que les permitía tener mujeres parecidas a las de las revistas, vestidas con batas de seda con pompones en las zapatillas, con dormitorios enmoquetados de blanco , dormitorios de peluche para hundir los pies con las plantas inmaculadas, sin señales de haber caminado, porque los ricos levitaban en su mundo aséptico y lejano.

       Los ojos azules de la viuda me rondaban, pero los rehuía. No era el momento de iniciar sospechas, de abrir paso a la certeza de que Augusto pudiese no tener límites. Nos lo decía Lucrecia a la Evirita, su nieta,  y a mí cuando regresabamos jadeando, con el corazón saltando en el pecho convertido en corazón de pajarillo, las bocas entreabiertas  como picos, las manos temblando porque nos había vuelto a ladrar el perro de los Rejanos "No debéis demostrar miedo a ese perro. Los perros huelen el miedo. Si pasais riendo, sin mirarlo, sin cambiar el ritmo de los pasos, el animal levanta el hocico y siente el aire limpio y vuelve a dormir. Pero si mostrais miedo olizquea y sabe que debe atacar. Es así como funcionan los animales. Conocereis cuando crezcais muchas personas con las que deberéis actuar como con el perro"

     

      Augusto olía el miedo. Como el perro.

    Y si yo pensaba en la viuda pálida, señalando con el índice a mi cuñado y clavando en él sus ojos metálicos, podía creer que no vender la casa no iba a ser un gesto sentimental o romántico sino una batalla a muerte.

     

      Me quité el vestido de Ángela. Lo dejé deslizarse como las escamas muertas de un  reptil  y me observé medio desnuda, con la piel de gallina por el frío. Iba a cumplir cuarenta y cinco  años el día 12 de Diciembre y desde el fondo del espejo me sonreía una mujer hermosa. Aún conservaba la media melena lisa de la adolescencia, había resistido al bombardeo publicitario de las mechas o de los cortes decapados, y conservaba un cuerpo de vestal, salvado del destrozo de los embarazos y los partos y del aburrimiento del  sexo conyugal.

     Era una mujer que  no pensaba vender su memoria. 

      Me sentía a salvo, protegida por manos invisibles. Un instinto salvaje me confirmaba que estaba haciendo lo que debía hacer. No había justificación para todo aquello. Lo acaté como si hubiese pagado mis monedas al oráculo.

       Me cargué fuerte el joint. Me gustaba el ritual. El  crujido leve de las hojas entre los dedos, deshaciéndose en finas y aromáticas briznas; el papel delicado en el que trabajaba con habilidad de artesano hasta obtener el fino cilindro blanco sellado por un toque suave de la lengua; y después el olor fresco de la hierba quemada, el humo embriagador, la chupada que hacía crepitar levemente las  finas hebras y las encendía como estrellas fugaces en la oscuridad del cuarto.

     Me gustaba fumar a oscuras. Todavía me gusta.

     

     Aspiré con los ojos cerrados, aún frente al espejo, con la manta de pelo de oveja sobre los hombros, inmersa en la contemplación de mi misma  en aquel mundo que había sido el mío y al que volvía sin una misión explícita, sin un objetivo definido, pero ya no como la gacela asustada del cuadro, no para recibir un mordisco en el cuello.

      Tampoco parecía sensato jugar al escondite con el perro rabioso. 

       Aspiré profundamente aferrada al madero redentor de la marihuana y me dormí  mecida por las plumas de la hierba cosquilleando en mis venas.

       Había dejado  encendida la luz de la pequeña lámpara en forma de caracola que había sobre la mesita. Tenía  miedo a  la oscuridad, las tinieblas me secaban la boca y me aceleraban el latido del corazón. Necesitaba ver, siempre, aunque tuviera los ojos cerrados, yo debía tener la certeza de que el mundo no existía porque mi voluntad lo había decidido así y  que bastaba un movimiento ligerísimo del  músculo del párpado, una decisión mínima de mi cerebro para recuperar el universo entero, para sentirme dentro de todo y después fuera.  

       En la ciudad era imposible perder la brújula. La persiana permitía que la luz de la farola mutilara  a tajos la oscuridad total y la luz verde del reloj iluminaba mi cabeza sobre la almohada; pero en  Sierra Bermeja la noche era negra como el tizón, sin referencias. Sólo el plenilunio cuando le tocaba su turno, teñía con su claridad azulada los cuartos, pero si era una noche de nubes como aquella la casa entera era la boca de una  gruta sin salida. La leve luz de la lamparita y el humo de la marihuana me transportaron  a un regazo placentero en donde al menos se podía dormir sin pensar en nada.

    Maldita soledad, tantas  veces  me llenó la cabeza de huéspedes indeseados.  

      Estaba profundamente dormida pero sé que desperté, porque se había apagado la lamparilla, y miré hacía la ventana desesperada buscando un cuadro de luz, un recorte hecho a la tiniebla absoluta que se metía en los ojos como un negro humo, una señal que me refrescase la memoria sobre la orientación de la cama y de la puerta  y me permitiese recordar dónde estaba  el encendedor con el que prendí la hierba, para recorrer  la casa siguiendo la pequeña llama  hasta el cajón de la cocina en el que se guardaban las velas; si es que todavía guardaban las velas  allí. 

      La vi a los pies de mi cama. Justo en la diagonal del cuadrado violeta de la ventana, como alimentada de aquella luz mínima. Era yo de nuevo, pero a la vez era otra. Una mujer morena de grandes ojos negros y piel blanca y frágil como alabastro, con el vestido de seda plateada, tan ligero que parecía escurrirse por sus hombros con calidad de líquido.

       Se había levantado un temporal de lluvia salvaje y de viento aullando como un lobo por los callejones. Había discutido con mi padre y con Ángela y había hecho llorar a mi madre de nuevo.

     Lucrecia me abrió la puerta. "Pero alma del demonio ¿donde vas a estas horas y con esta noche de perros?" Iba allí a esconderme de la Casa Grande. La Elvira nos calentó leche y nos la sirvió con galletas. Y pedimos a Lucrecia que nos contara otra vez la historia del fantasma de la Gardenia.

     Sentada junto al fuego, levemente echada hacia atrás en su mecedora, con los ojos semicerrados y las manos entrelazadas en la abultada barriga, Lucrecia nos relató de nuevo el maravilloso cuento de la aparición en los balcones de la Gardenia. La joven de frágil figura, vestida de seda, iluminada por un rayo de luna sobre el Tajo de los murciélagos. La bella asomada al vacío, rota por las embestidas del viento agitando su melena y la tela plateada del vestido, enmarcada en el cielo rojo del crepúsculo moteado de figuras negras moviéndose frenéticas sin chocarse a pesar de su ceguera y de la negrura que se escurría como tinta sobre la escena.

    -  Era una mujer triste que iba allí a recordar un amor perdido- sonrió con misterio la vieja.

      - ¿En el Tajo de los Murciélagos –su hija Elvira  restregaba con fruición un trapo mojado sobre los círculos pegajosos que los tazones habían dejado sobre la mesa- buscando el amor? Como no estuviera enamorada de un lagarto.

     

     Elvirita y yo nos acostamos hundiéndonos en el colchón de lana cálida, temblando y riendo para ahuyentar el frío. La Elvira nos puso agua en la mesita, y antes de salir se aseguró de haber cerrado bien los postigos de la ventana para que no entrara el frío. 

      La puerta del cuarto la había dejado entornada y la luz del pasillo encendida porque sabían que yo me ahogaba en las tinieblas. 

    Hacía mucho frío afuera, se escuchaba el silbido del viento en el callejón y la lluvia furiosa golpeando la ventana.   Elvira y yo nos dormimos contándonos cosas. Yo estudiaba en el instituto y ella trabajaba en los hoteles toda la temporada alta de turismo. Los inviernos los turistas trabajaban en sus fríos países y la Elvirita regresaba a su casa.  Aquel había sido su primer trabajo. Después se iría todos las primaveras hasta que una no volvió porque se iba a casar con el metre del hotel donde trabajó los últimos dos o tres años. Pero aquella noche me hablaba de su nueva vida como camarera de hotel, me enseñaba fotos de apolíneos alemanes y fotos de ella en bikini o vestida de camarera sonriendo entre un grupo de jóvenes con pajarita y mujeres rubias apenas vestidas, las mujeres libres de Europa, el mundo sin fantasmas que comenzaba a avanzar en aquella España de noches a oscuras, de campanas tañendo a muerte, y de corazones encogidos por el silbido del viento en los callizos.

      Le prometí que no diría a nadie lo de las fotos en bikini. Yo le conté lo del invernadero y el duque inglés cuyo recuerdo todavía latía fuerte entre mis piernas. Ella me prometió que no contaría a nadie mi secreto.

    Me dormí escuchando el murmullo de su voz imaginando cosas  que hariamos juntas en el hotel si es  que me dejaban ir, recreando imágenes de postal turística, las dos amigas corriendo libres melenas al viento en aquellas arenas doradas o  maquilladas como vedettes para ser las reinas de las noches en el corazón de la dolce vita y enamorar a aquellos rubios insolentes.

         El temporal tiró  un poste del tendido eléctrico. Los postes eran entonces de madera carcomida por soles y lluvias, y no resistían un estornudo en pie, menos aún una noche de perros como aquélla.

    La luz del pasillo se apago. Lo supe porque tenía un radar como los murciélagos para detectar la luz aún cuando estaba hundida en el pozo de un sueño. Desperté agitada como cada vez que la oscuridad me atacaba a traición mientras dormía. Intenté buscar un foco de luz, una mínima señal de que no me había quedado ciega o de que no había sido engullida por la nada.  

    Salté de la cama desesperada dando manotazos a las paredes para tantear el postigo y abrirlo porque alguna claridad debía traer la noche, alguna clave  de la existencia del mundo entre el espesor de aquella negrura  que se densificaba aún más cuando intentaba respirarla.

       Palpé al fin la cortina húmeda y el tacto rugoso de la madera del postigo, lo abrí de un tirón tras encontrar el cerrojillo oxidado y conseguir mover el pequeño resorte.   La calle no existía, pero se podía distinguir un tono gris casi negro,  suficiente para recordarme que estaba viva o que no me había quedado ciega.

    Me metí en la cama tiritando y clavé los ojos en el cuadrado gris;  si lo miraba mucho lo devoraba la oscuridad amasada por nubes negras expandiéndose. 

      Pero sucedió un prodigio, la luz grisácea fue argentándose, iluminándose de una iridiscencia diamantina que cegó mis ojos y desde el  negro fondo del espejo del armario surgió una figura blanca caminando lentamente hacia mí.  Una mujer hermosísima de cabellos de azabache y piel  de nieve, vestida de seda blanca me miraba desde el mundo de las locuras de mi mente o desde el recuerdo de otra mente empeñada en traerme a mi una historia que yo no conocía ni podía sospechar. 

    Debí gritar fuerte porque la Elvira entró atropellándo todos los muebles del cuarto y corrió a la cama preguntando ansiosa "Qué os pasa, qué ha pasado" La vieja Lucrecia apareció detrás con una vela en una mano que dejó en el suelo, justo en el rincón de la gotera. La luz trémula delató la mancha oscura de la humedad bajando como un reptil por la grieta de la pared. 

    -He tenido una pesadilla, he visto al fantasma de la Gardenia- susurré sofocada con la respiración agitada y la frente perlada de sudor

    -Lo ves, mama, lo ves – la Elvira recriminó a su madre- lo ves lo que pasa cuando cuentas esas historias de espantos a las niñas..

    La vieja no respondió. Se me quedó mirando y de sus labios emergió lentamente una sonrisa de satisfacción, después suavemente tocó la puerta con los nudillos.

     

       Paulatinamente los golpes se hicieron más rotundos y  todo se esfumó en una niebla gris. La puerta se abrió lentamente dejando pasar  la yema temblorosa de una vela que recuperó los objetos y sus formas y los lanzó en espectrales sombras contra las paredes.

      Era Jenny, venía envuelta en una manta de lana y vestida con un pijama de felpa  azul marino.   

    - Estaba gritando?- Le pregunté y sentí que tenía la boca seca.

    Jenny asintió


    -       Pero no tan fuerte como para ser escuchada en pasillo donde duermen tu hermana y tu cuñado. Màs que gritos parecían lamentos, pensé que tenías una pesadilla.

      Se acercó  a la cama y me puso la palma de la mano sobre el hombro.

    -       A mí también me angustia la oscuridad, he despertado antes de escucharte y he cogido las velas del cajón, siempre tengo velas arriba, porque hay muchos apagones dicen que desde que están con las obras del polígono. 

    -       Antes también había, pero era porque Sierra Bermeja era el culo del mundo, lo más desamparado entre la desolación de la España franquista. Los postes eran de madera podrida y con que se posara un pájaro ya se doblaban o se caían, cuando había temporales de lluvia  o nieve podíamos estar una semana a oscuras. 

            

    -       Me recuerda mi pueblo. Allá hay lugares donde todavía no llegó la electricidad. La selva es como un animal vivo, lo engulle todo, hagan lo que hagan la selva lo devora y lo que no devora la selva se lo llevan los hombres.

       Jenny se había sentado en la cama acurrucándose bajo la manta como aquellos viejos jefes indios de las películas. Su rostro dorado de ojos rasgados y pómulos rotundos la transportaba a muchos kilómetros de Sierra Bermeja, a un lugar devorado por organismos impúdicos, creciendo sin piedad,  por  el agua  presente cada noche y el sol cada mañana y esa efervescencia de la vida ablandando el suelo plagando el aire de miasmas irrespirables. 

    -    ¿Qué soñabas?- preguntó, interrumpiendo su relato sobre la selva.

     

    -     No estoy muy segura si soñaba algo que soñé antes o si estaba sucediendo de nuevo. Sueño mucho últimamente con el fantasma de una mujer. Siempre ejerció una gran fascinación sobre mí y el estar aquí ha revivido todo en mi subconsciente, supongo...

    - Yo no lo creo, yo creo que esa mujer quiere decirte algo

    - No Jenny, nadie viene de la nada a decir algo... En todo caso soy yo misma que quiero contarme algo para dar sentido a este absurdo de mi regreso

    Jenny dio un tiritón y se arrebujó bajo la manta.

    - Ya lo descubrirás, pero, ¿no has pensado investigar quien era esa mujer?

    -Creo que ni existió.

    -Cómo es la mujer que ves? inquirió con los ojos muy abiertos y un ligero temblor en el labio.

    - Bueno, creo que soy yo. Es mi rostro, mi cabello, mis ojos.

    -¿ Es igual que cuando la viste cuando eras pequeña?

    -No lo sé, no recuerdo bien, pero si, puede que sí. No lo sé

    -Creo que es alguien de tu familia- hablaba susurrando, temiendo ser escuchada- es la única explicación de que se te parezca a tí y de que te busque.

    Dio un tiritón bajo la manta y le pedí que se fuese a dormir y que partiera la vela en dos y me dejara un cabo encendido porque no quería volver a estar a oscuras.

       

      Cuando desperté la cera se había consumido y se había convertido en una mancha oscura en el suelo. Por la ventana entraba un sol limpio de otoño lavado por la lluvia. La atmósfera era prístina  y la luz tan nítida que podía distinguirse una araña suspendida en el aire. Casi hería las fosas nasales tanta pureza.  

    Leí mucho tiempo en la cama, hasta las doce que subió Jenny con una bandeja con tostadas y una cafetera de café recién hecho. El olor del brebaje inundó el cuarto y me reconcilió con el mundo por unos instantes.

    Retiré todo de la mesita y la invité  a tomar uno conmigo. Me dijo que le daba nervios, que le entraba la tristeza cuando lo tomaba, se le metía en el pecho un ratón inquieto y  un desasosiego como si fuesen a pasar cosas malas. 

       Augusto y Ángela se habían ido temprano, había  escuchado entre sueños sus voces en la calle y el motor de su coche cuando apenas amanecía.

    Jenny me dijo que iban a Granada a recoger a su hija Ángela. Le pregunté por Augusto, hijo, y me dijo que era difícil saber por donde andaba porque era muy introvertido y escurridizo. 

       Almorzamos juntas en la cocina y planeamos el regreso de su hija y  el viaje a Granada para comprar lo necesario para mi instalación en la Casa. 

    -       Podríamos empezar por la habitación del escritorio. Era mi preferida, sabes-le dije- podríamos abrir las cortinas y quitar el polvo entre las dos y buscar secretos, ¿Por qué no investigamos las dos esa historia que nos quiere contar esta casa Jenny? ¿Por qué no buscamos las pistas que nos lleven al fantasma?

     Jenny me miró con esos ojos suyos almendrados  que se me estaban haciendo familiares y amigos. 

    -       Sería lindo de verdad.

    -       Bien, pues a qué esperamos  

    Cuando quisimos abrir la puerta del cuarto del escritorio encontramos que estaba cerrada con llave.

    Probamos con el comedor y tampoco la puerta cedió. También lo intentamos con el cuarto de la costura y subimos las escaleras a  zancadas para a empujar más puertas. Absolutamente todos los cuartos menos nuestros dormitorios, la sala de la chimenea, la cocina y los baños permanecían cerrados a cal y canto.  

      Podía suceder que Augusto tuviera algún documento o algún secreto que debiera permanecer bajo llave en su ausencia, pero qué sentido podía tener entonces cerrar todos los cuartos,  podía ser también que hubiese cerrado todos para que no pensáramos que guardaba algo en uno concreto, o simplemente que quisiera dejar claro los dueños se habian marchado y quienes se quedaban allí tenían suficiente con el espacio imprescindible. El resto era suyo. 

    Cogí el teléfono móvil. Marqué el número de Augusto.

    - Bárbara- respondió  fingiendo sorpresa- hay algún problema 

    -       Si, puedes decirme dónde están las llaves de todos los cuartos quisiera hacer una visita turística por la Casa Grande..

    -       Cuanto lo siento querida cuñada, las llaves las tiene tu hermana, nunca abrimos esas habitaciones, sólo para una limpieza rutinaria cada  dos o tres meses. Siempre están cerradas con llave

    -       De acuerdo si no te importa me gustaría tener una copia, si me la puedes hacer te lo agradecerí

    -       Son llaves muy antiguas, no será facil- respondió después de un instante de silencio

    -       Entonces no vuelvas a llevartelas, por favor- 

        El teléfono móvil sobre su escritorio, todavía caliente, los ojos fijos en su forma absurda y diminuta, la luz de la ventana reflejada en sus gafas de montura dorada, ocultando el brillo maléfico de sus ojos de acero, mientras en sus oidos repicaban unas palabras envenenadas.. “no vuelvas a llevártelas” Una exhortación que le excavaba el pecho, le surcaba el corazón de arañazos dolorosos.  Ella, su pesadilla  nunca superada, se había encarnado en una mujer real y ajena, un ser enigmático a quien no conocía todavía para manipular y el tiempo  no jugaba en esta partida a su favor.   

    -Te apetece ir al cine Jenny?

    - Si claro, pero no se sí debiera

    - Está todo hecho y limpio, Nadie va a comer aquí hoy- l a interrumpí

    - Don Augusto hijo, no se ha ido, igual viene a comer. Es posible que esté en la casa vigilándonos. Me da un poco de miedo tu sobrino- añadió bajando la voz temiendo ser escuchada por la sombra del nosferatu.

                                    

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