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EL FANTASMA DE LA GARDENIA
una historia de fantasmas sin fantasmas

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
  • CAPÍTULO PRIMERO
  • CAPÍTULO SEGUNDO
  • CAPÍTULO TERCERO
  • CAPÍTULO CUARTO
  • SEGUNGA PARTE:"FIGURAS ENTRE LA NIEBLA"
  • CAPÍTULO QUINTO
  • CAPÍTULO SEXTO
  • CAPÍTULO SÉPTIMO
  • CAPÍTULO OCTAVO
  • TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA
  • CAPÍTULO NOVENO
  • CAPÍTULO DÉCIMO
  • CAPÍTULO UNDÉCIMO
  • 02/05/2009 GMT 1

    TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA: CAPíTULO DÉCIMO

    herminia @ 07:52

     

     

     

    Eran las tres de la mañana. 

       Jenny canturreaba a mi lado, le brillaban los ojos por el vino. También yo bebí unas copas de más. Conducía muy despacio, pero los ojos se me cerraban, los  párpados se me habían convertido en  dos telones mojados que a duras penas mantenía izados. El llano de la Desolación se extendía más allá de el cono recortado por las luces del coche en ondas negras contra el fondo tinta del cielo.

     

    A Jenny le gustó la película, después de verla comentó ilusionada las escenas y se empeñó en ser ella quien pagara la cena. Acepté porque era una salida entre amigas y debía borrar definitivamente  cualquier distinción entre señora de buena familia y criada inmigrante. Eramos dos perdedoras. Dos parias en un mundo que no nos acogió nunca bien y aquella había sido una hermosa noche.  Yo le había hablado de algunos amantes. Sobre todo del primero con el que me fui a Copenhagen huyendo de Madrid y de mi misma, de la facilidad con que caía allí en abismos y me pasaba la vida siendo salvada por todo tipo de mesias.

     Se llamaba Jan Petterson, un excentrico escultor danés que se moria de placer si le hablaba español durante el sexo. Ella reía a carcajadas mientras se lo contaba. 

    - Creo que se cansó de mi cuando aprendió todo cuanto se puede decir en español mientras se folla- le comenté llenando de nuevo las copas.  

     Ella también me habló de un marido celoso con la mano demasiado larga, de la miseria, de la niña recién nacida y los golpes que le dejaban marcas en la cara, de la miseria la miseria y la miseria otra vez; de un billete a ninguna parte comprado vendiendo todo lo que tenía.  

     - Pensaba que se caía el avión y deseaba que pasara, que me matara, que me comieran los hierros, pero mi hijita me daba fuerzas para continuar, para seguir adelante. Y ya ves se me apareció a mi tambièn un fantasma.

       No hablamos de Mario ni de todo lo que le conté en el balcón de la Gardenia.

      En el camino de regreso canturreaba feliz.

     Encendí la radio. Emitían un programa llamado Milenium que contaba historias de miedo.  Llamaban personas asustadas contando todo tipo de vivencias de ultratumba y experiencias paranormales.

     Una mujer de voz quebrada relató una historia sobre una pócima que se debía preparar durante el plenilunio con ingredientes realmente extravagantes y que conservaba dentro la memoría de quien quisiera protegerla para donarla después. Con un cabello de una persona asesinada dentro del mejunge se podía conocer el momento en que sucedió e incluso ver la cara del asesino.

      La pócima se llamaba el sortilegio de la memoria y había que ser cauteloso a la hora de tomarla, porque sólo hacía su efecto cuando tomaba un color herrumbroso. Si se tomaba transparente o muy oscura podía provocar alucinaciones e incluso instintos suicidas.

     

      -Bonito nombre- comenté mirando a Jenny.

    Dormía profundamente con la cabeza ladeada contra la ventanilla.

     

      Detrás de su cabeza el llano de la Desolación mostraba los perfiles  de las maquinas detenidas, iluminadas por la luna decreciente pero todavía gorda y luminosa, como esqueletos de dinosaurios olvidados en un cementerio de monstruos mitológicos.  La ciudad al fondo, todavía latía como un incendio lejano. Los puntitos de luz de Escuzar describían las ondulaciones suaves de una  loma peinada de olivares, y la osa mayor titilaba, diáfana, contra un cielo azul marino casi negro, tallada en diamantes de un brillo helado.

      Giré hacia la gasolinera. Quería parar allí para tomar un café bien fuerte porque no quería meterme en las curvas cerradas que ascienden a Sierra Bermeja luchando contra mis párpados de piedra.

      Estaba cerrada, pero el pub El Oasis con sus palmeras de neón, anacrónico edén instalado dentro de un castillo de mentira, mantenía encendida la luz  verde de las palmas, la blanca de la media luna y la roja de su nombre, intermitente, como un faro en aquel silencio marino de la llanura del Temple a las tres de la mañana.

     

      Detuve el coche a la entrada y desperté a Jenny. Abrió los ojos con la sorpresa de  quien ha sido enfocado con una linterna mientras andaba a tientas en una gruta.

     Empujamos la puerta. El local era un rectángulo amplio, con una barra de bambú en el centro y cuadros de playas y sirenas en las pareces. La luz era tenue y dentro de la barra una camarera disfrazada de hawaiana apuraba un vaso de algún licor mientras escuchaba la retahila de un rezagado insomne.

         

       Pedi un café y nos dijo que la máquina estaba ya apagada pero qeu podía darnos un redbull o una cocacola que tambièn espabilaban. 

     No había mucha elección. Pedí una cocacola. Jenny  sólo agua.

       

       Escuchamos una voces detrás de una puerta que parecía abrir a zonas privadas o a un reservado. Un hombre salió y dió un portazo.

       Se acercó a la barra y pidió un whisky cargado.

     Era el hombre que aparecía en las fotografías del poster de la entrada. El cantante. Vestía de negro desde la cabeza a los pies, con ropas muy entalladas y llevaba el cabello muy brillante, estirado hacia atrás, engominado. Era un hombre guapo, de gestos delicados y femeninos. 

      Pagué las consumiciones y Jenny se dirigió a la salida. Yo pregunté por los servicios. Estaban junto a la habitación de la que había salido como un actor de ópera, el cantante vestido de negro. Cuando pasé observé que estaba entreabierta.

     Sentado en un sofá, con la camisa abierta y el pelo revuelto, mi sobrino Augusto Castellanos encendía un cigarrillo.

     

       Entré en el aseo y me pregunté si mi hermana sabia que en su revista Hola comenzaban a aparecer páginas escabrosas. Me metí en el coche. Jenny casi dormía. Preferí no comentar nada de lo que había visto.

           Eran casi las cuatro cuando detuve ante la fachada de la Casa Grande.  Entre las ramas de las  mimbres lloronas un cuadro de luz delataba que alguien nos esperaba en la sala.

     -       Don Augusto no ha dormido- le dije  con la voz pastosa de la primera resaca.

    -       Santa María, me espera para despedirme- se persignó Jenny

    -       No puede, no puede despedirte de mi casa- la tranquilicé apoyando mi mano sobre su hombro.

      Miré el perfil rotundo de la Casa contra el cielo  asperjado de estrellas  y difuminado en diagonal por sutil gasa de la Vía Lactea. 

     Entramos y Jenny se dirigió directamente a la cocina con paso apresurado y procurando no taconear en un intento inútil de ser invisible al control de Augusto desde la sala de la chimenea. 

     Yo entré en la sala. El vacío aparente  desde la entrada confirmaba quien me esperaba fumando en su sillón de cuero viejo. 

    -Creo que debemos mantener una larga conversación- su voz sonó tranquila como si hubiese olido mi presencia.

      

     Afortunadamente estaba todavía lo suficientemente borracha como para no tener miedo.El alcohol era mi aliado en el que se iba a convertir mi primer combate en una guerra que ya no admitía más treguas.

     

    Me acerqué, cogí una silla y la coloqué frente al sillón. Entre los dos había una vieja mesita auxiliar con el tablero ajedrezado, un mueble que conocía bien, porque siempre estuvo allí. Un trasto absurdo en una casa donde nadie fue aficionado al ajedrez y que sin embargo en aquel instante recuperaba su sentido y su valor en la casa.

    Todo allí tenía sentido, todo había existido en virtud de un momento presente o futuro.

     -Tú  dirás- lo espeté mirándolo a los ojos sin miedo.

     

    Los suyos me esquivaron, nunca fue un buen contrincante en distancias cortas, en vis a vis, por eso quise estar bien cerca de él, porque estaba borracha y porque lo conocía. 

    -       Bárbara, el negocio que tenemos entre manos no es una broma, yo sé que tú siempre te has tomado la vida a la ligera, que  tienes tu propia concepción de las cosas, pero esto no es un juego, aquí hay muchos millones de euros sobre la mesa.

     -       Lo sé- le respondí retrepándome en la silla, cruzando las piernas y mirándole desde la nueva distancia, con la barbilla alzada y los ojos entornados.   Busqué un paquete de cigarrillos en el bolsillo del abrigo y encendí uno sin invitarlo.

     - Pero  este negocio debe cerrarse pronto. Mañana estará todo esto plagado de inmobiliarias e inversores, y quien acumule más tierras en sus manos se hará de una fortuna  inimaginable. Yo llevo mucho tiempo trabajando este terreno y no es ahora tiempo de demoras 

    -       Augusto- di una calada profunda al cigarro y entorné los ojos para verlo a través del humo- yo no doy importancia a esas cosas.

      Se removió, apretó la mandíbula y ví surgir en sus manos aferradas a los brazos del sillón, dos tendones tensos y azulados. 

    -       Qué quieres decir, es hora de hablar claro

    -    Lo que he dicho, no doy importancia a tus negocios, no son cosa mía.  Yo soy una traductora de lenguas escandinavas, ave exótica dijiste tú. Gano para vivir y para pagarme el alquiler y los cuatro vicios que tengo. Me marean las imágenes de la bolsa en televisión, imagínate. 

    -       No juegues conmigo Bárbara, ya una vez quisiste jugar y pagaste caro. 

    -       Finalmente- sonreí, no tenía miedo, me sentía fuerte, la Casa Grande era mía- finalmente dejas hablar al verdadero Augusto, lo tienes muy reprimido desde que llegué. 

    Él observaba el humo de mi cigarrillo, subía en una columna recta, inmóvil, mi mano no temblaba ni daba signos siquiera de vida.

     -       Has decidido no vender para vengarte de quién o de qué. No seas vulgar Bárbara, el dinero te interesa, es mucho dinero… 

    -       Puedo elegir ser vulgar, o no serlo. Eso me da mucho campo de acción, querido cuñado. 

    -       Tengo los papeles en mi portafolios, firma y déjate de niñerías. 

    -       Augusto, quiero disfrutar esta casa antes de venderla. Quiero tomarme unas vacaciones aquí.

     -       No quieras tenerme de enemigo Bárbara,  no te conviene.

      -       No me interesa tenerte de amigo o de enemigo, no me interesas tú Augusto, me interesa la Casa Grande. 

    -       Quieres la casa? No, no creo. Tú no podrías vivir aquí, te has acostumbrado a la ciudad, al mundo equilibrado y razonable del Norte, tú no podrías vivir en esta tierra áspera- sentenció removiéndose en el sillón.

     -       No, no estoy segura de querer la Casa Grande, sólo he dicho que me interesa, está llena de recuerdos, soy una romántica…

     -       Podemos meter una claúsula en la venta, un derecho  a permanecer en la casa hasta una fecha sensata. 

    Cerré los ojos, sentia los párpados pesados, y el humo me estaba irritando el lagrimal. 

     -       Bueno, creo que me voy a la cama, estoy muerta de sueño 

    -       Si quieres jugar, juega, pero en este juego te vas a quemar, te aviso 

    -       Me estás amenazando- lo reté con la mirada- me enviarás un coche para que me pase por encima y luego se de a la fuga 

    -       Nunca repito el método- hizo una mueca patética que pretendía ser una sonrisa- Cuñada esas cosas que fumas te hacen ver fantasmas.

     -       Escúchame- respiré hondo para no  dejarme llevar, para mantener la frialdad que era mi única arma contra él- si metes la nariz en mi privacidad, si se te ocurre mencionar si fumo, si bebo, si salgo o si entro, voy mañana mismo a un notario y dono mi parte de la casa y  de las tierras  a la hija de Jenny con condición de vender únicamente a personas jurídicas donde tú no tengas nada que ver.  Te  conviene andarte con tiento para que yo esté contenta y te firme antes de irme para siempre. O puedo hacer algo peor, puedo llamar  a los americanos y vender directamente y decir por ahí que me han pagado más que tú has pagado a esos desgraciados por sus tierras.  

    -       No me vengas ahora con el comunismo, por favor, está ya aniquilado en todo el mundo, abre los ojos de una vez, esa gente son urracas que corren a lo que brilla sin mirar lo que destrozan en su camino.  

    -       Y tú quién eres Augusto Castellanos? Aquel niño acomplejado de gafas de culo de vaso, el hijo del maestro,  que venía a la Casa Grande y hacía planes de cómo ser un día el dueño de todo aquello. Ya desde entonces  Bárbara, la mala,  se te atragantó, pena que la dulce Ángela tuviera un clon pérfido. He sido siempre tu calvario, eh. Y mira por donde te vino la suerte de cara, eh. 

     -       Abortaste tú, no querrás culparme a mi. 

    -       Sí, aborté yo pero no sé quien movió los hilos para mi ingreso en la clínica psiquiátrica.

     -       Ahora seremos todos los responsables de tu inmadurez, claro.

      -       NO, de mi inmadurez sólo soy responsable yo, como de mi rúbrica para vender todo esto. Augusto estás en mi casa, debieras ser un poco más humilde no crees. 

     Me dirigí a la puerta tratando de mantener el paso. El suelo se me hacía arenas movedizas bajo los pies.

     Antes de salir me giré. Me miraba casi sin respirar como si mis palabras lo hubiesen petrificado  

    .Ah las llaves de la casa y de las habitaciones déjalas colgadas en el pasillo por favor- aun pude decir antes de que me llegara la primera arcada.

    El estómago me quemaba y me venía la boca la saliva acida de la nausea.

    Salí a la calle y vomité hasta quedarme vacía. 

       Hacía un frío seco que cortaba el cuerpo a cuchilladas. Me acerqué a la fuente y bebí ansiosamente.

    Me enjuagué la boca del sabor acre del vómito. Me mojé las manos y me las pasé sobre la cara 

     El hilo de agua de la fuente rompía el silencio absoluto de la noche. 

     Regresé temblando. 

     Ya no había luz en el salón.    

                        Subí la escalera casi arrastrándome. Alguien estaba de pie, esperándome arriba, su sombra se recortaba contra la vidriera azul del último rellano. Había soñado aquello o estaba todavía dentro del sueño. De nuevo ese macabro juego de encontrarme atrapada entre dos mundos antagónicos empeñados en darse la mano.

      La boca me sabía a azufre y la ropa olía a agrio. 

    Sentí un pánico irracional.Sería  fácil asesinarme ahora. Estaba borracha, había estado en la ciudad, había testigos de mi embriaguez. Bastaría un leve empujón para hacerme rodar como un guiñapo. 

     Bastaría un soplo para  derribarme como un árbol de raíces encharcadas.

     Me encontrarían muerta, a la mañana siguiente. Un grito de Jenny alarmaría al vecindario.

    Dio un traspiés, está claro, había bebido mucho.

        Me pesaba la cabeza, los pies no querían  responder, estaba subiendo a gatas, y  la sombra seguía allí firme esperándome.

      Unos peldaños antes de llegar distinguí el brillo tornasolado de la bata de mi hermana.

     

      

    -Ahora quieres llevarte a tu terreno al duque de Sears, no pararás nunca verdad, has venido a herirme,  lo sabía, quise creer que no, pero no podía ser, no serías tú si no hicieses esas cosas.

      No le respondí, el estómago me llegaba a la boca, necesitaba vomitar de nuevo. 

     La aparté para incorporarme pero ella seguía allí 

    -Estuviste en la Gardenia, y ahora él quiere verte.

     No la entendía, sus palabras parecían provenir de una caverna.                                    

                                  

    Comentarios

    Comentarios(2) »

    1. Me ha resultado agradable poder leer estos dos capítulos (noveno y décimo) seguidos. La novela gana cuando puede apreciarse con una mayor continuidad. A juzgar por lo hasta aquí leído, Bárbara no parece tener un plan definido ni con respecto a sus “enemigos” Ángela y Augusto, ni con respecto a las casas (la Casa Grande y La Gardenia). Los flash back hacia el pasado, hacia la infancia de Bárbara me parecen oportunos y eficaces. Este último, (las pesadillas, la casa de “La Elvira”) consolida la relación de Bárbara con los oprimidos y su propio extrañamiento del mundo al que pertenece y en el que ha nacido. Con respecto a Augusto y a la esfera “de los negocios”, Bárbara parece completamente fuera de su elemento, y se diría que le tiene verdadero miedo, un miedo físico, a todo lo que ello representa. Se presiente una genealogía de mujeres castigadas y reprimidas en las habitaciones de los viejos edificios, en los paisajes de la infancia de Bárbara, y uno no sabe si lo que busca Bárbara es su propia filiación en la desgracia para poder vengarse.

      Nota: Al principio del capítulo 10 hay un párrafo duplicado. Parece coexistir la versión original con la corregida.

      Javier | 04-05-2009 - 07:34:02 GMT 1 #

    2. Bueno era sólo un borrador ligeramente corregido. Ahora está mejor, pero no listo para sentencia :)

      Calipso | 04-05-2009 - 12:07:42 GMT 1 #

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