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EL FANTASMA DE LA GARDENIA
una historia de fantasmas sin fantasmas

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
  • CAPÍTULO PRIMERO
  • CAPÍTULO SEGUNDO
  • CAPÍTULO TERCERO
  • CAPÍTULO CUARTO
  • SEGUNGA PARTE:"FIGURAS ENTRE LA NIEBLA"
  • CAPÍTULO QUINTO
  • CAPÍTULO SEXTO
  • CAPÍTULO SÉPTIMO
  • CAPÍTULO OCTAVO
  • TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA
  • CAPÍTULO NOVENO
  • CAPÍTULO DÉCIMO
  • CAPÍTULO UNDÉCIMO
  • 11/05/2009 GMT 1

    TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA: CAPÍTULO UNDÉCIMO

    herminia @ 08:36

        



    Cuando bajé la escalera el reflejo del sol en las vidrieras dibujaba figuras caprichosas de colores  sobre el primer rellano y sobre el pasillo.

     Por la intensidad de los tonos se podía saber la hora.  

     La cocina estaba vacía. Me serví un café  y luego otro.  

    Un cielo azul metálico cubría las sierras y el aire bajaba frío.  

       Decidí comenzar a hacer cosas para no sentirme una extraña, una visita incómoda que se levanta a deshoras y se queda parada con un café en la mano sin saber donde ubicarse el resto del día.   

      Urgía comprar alimentos. Establecer una división de terrenos. Preparar un lugar adecuado donde encerrarme a trabajar.

    Si algo sobró siempre en la Casa Grande eso fueron cuartos vacíos, o llenos de recuerdos de otros.  También había que ir preparando todo lo concerniente al regreso de la hija de Jenny. El papeleo: los informes, los  documentos administrativos y toda esa parafernalia que necesita un ser humano para moverse por este planeta.   

          Había que abrir aquellos cuartos y rescatarlos de las telarañas y del olvido. Buscar mi espacio. Tomar la casa y habitarla.  

      El primer paso sería establecer las reglas de convivencia a la espera de la decisión final. 

     Todavía podía moverme con cierta libertad gracias a la incertidumbre de mi cuñado.   

        No iba a vender porque necesitaba aferrarme a aquello para no aplastarme a mi misma.  Augusto quería el control absoluto de Sierra Bermeja. Estaba preparando su último golpe maestro. Su elección como alcalde con mayoría absoluta para hacerse con el feudo. El resto sería cuestión de maquillar bien las acciones ilícitas necesarias para ir poniendo bajo su mando todo lo que se movía en aquel lugar. 

      No iba a quedarse impertérrito cuando yo le dijera abiertamente: No venderé, pero mis primeros movimientos ya habían encendido una luz de alarma en su futuro perfecto.  

       Me estaba sirviendo otro café cuando entró en la cocina una chica de cabello color azabache y piel de leche.   Era muy menuda, frágil como si fuese a romperse al hablarle. Uno de esos seres que parece tener un esqueleto de cristal.   Se me acercó con timidez, y se empinó para besarme: 

    -Hola tía Bárbara.  

     Me sorprendió que una criatura así,  un diminuto habitante de cuento de hadas, fuese hija de los inquebrantables señores de la revista de sociedad

     -         Eres Ángela, una Ángela morena- le respondí acariciándole el cabello movida por un instinto nuevo.

    -         Soy de cabello oscuro, pero este negro no es natural- sonrió y se cogió una mecha de cabello con gesto nervioso- es teñido. Me gusta así 

    Tenía la voz débil y entrecortada. Liviana como todo en ella.

    -         Tomas café?-        

    No- negó  y el flequillo demasiado liso siguió el movimiento de la cabeza- no puedo, soy nerviosa, me sienta mal

    -         Yo lo necesito para caminar, ya ves

    La miré de arriba abajo. Era muy bajita, no mediría más de un metro cincuenta y pocos centímetros. Estaba extremadamente flaca, los pómulos  pugnaban por romper la delicada piel de su rostro y todo su cuerpo parecía resistir la batalla de mantener los huesos cubiertos por la piel.

    -         Estás demasiado delgada- observé en voz alta

    -         He estado enferma. He padecido anorexia, pero ahora estoy mejor. Estoy comiendo bien ahora.

    -         Me alegra. Esa es una buena noticia.

     Se dirigió a la chimenea y se dejó caer en una de las mecedoras que la flanqueaban. Cogió las tenazas y comenzó a jugar con las ascuas y a rascar el tronco para provocar un chisporroteo rojo y brillante

    -         Siempre quise conocerte tía Bárbara, para mí has sido un mito

    -         Yo un mito? -No sabía que decir, no era muy ducha en el trato con adolescentes

    -         Si, mi madre nos hablaba de ti, cosas hermosas,  que vivías en un lugar lejano, que tenías un trabajo muy importante, que viajabas mucho y tenías un castillo para ti sola, como una reina. El cuento estuvo bien cuando era niña…

    -         Y luego creciste… - me acerqué a la chimenea yo también y me senté en la otra mecedora.

     -         Si – contestó sin mirarme. Su perfil era tan afilado que daba miedo tocar por si te herías. 

    -         Bueno, cuando se crece se asesinan a los reyes magos, al ratón perez y a la tía del castillo. Es muy normal eso.

    -          Supongo… - respondió lacónicamente

    -         Yo también tuve mi mito, el fantasma del vestido de plata.. no te han hablado de la mujer  misteriosa que tanto se parece a nosotras…

    -         Si y lo he visto- me respondió con gravedad

    -         Lo has visto?

    -         La mujer de la Gardenia, la he visto en una fotografía, con el vestido de plata

    -         Sabes donde está esa foto? – inquirí con ansiedad

    Ella sonrió satisfecha, se echó hacia atrás en la mecedora y comenzó a balancearse suavemente.

    -         Si, en la biblioteca vieja

    -         Yo nunca la vi… y pasé muchas horas allí escondida buscando entender las historia que nos contaban aquellos libros de palabras extrañas..

    -         Están todos en inglés, ..

    -         Ahora podría leerlos todos… no entonces.. y la fotografía ¿donde la encontraste¿

    -         Por casualidad. Cuando retiraron el escritorio, para que no lo destruyera una de las goteras. Estaba dentro de un sobre, pegada a la parte de atrás. Detrás tenía unas palabras escritas, casi borrosas.

    -         Qué decía?  

    Notaba que le gustaba despertar mi curiosidad. Sonreía y al hacerlo parecía menos flaca, se le rellenaban los pómulos y se le redondeaba la cara.

    -         I love you my godness, pero la mujer no estaba sola en la foto, había un hombre con ella.

    -         Un hombre…. 

    Asintió y el flequillo volvió a bailar sobre su frente.

    -         Lo sabía.. – añadió mientras volvía a atizar con las tenazas el tronco incandescente para provocar un  castillo de fuegos artificiales en miniatura.

    -         Qué sabías tú… le sonreí y  alargué mi mano para sostener la suya. Era una mano endeble de tendones y huesos casi cortantes.

    -         Que volverías un día y que sería así

    -         Así…

    -         No me has dicho que coma, no me has preguntado por qué era anoréxica, y te has interesado por la mujer de la Gardenia…

    -         Bueno-  retiré la mano y la miré con gesto cómico- en realidad, no tengo experiencia como madre de adolescentes, ni fáciles ni problemáticos, no tengo instinto materno y no sé tratar a la gente como si fuesen seres inválidos que no pueden sobrevivir sin mi santa protección… durante demasiado tiempo he estado ocupada en protegerme a mí misma de mí misma…

    -         Yo entiendo eso-  me interrumpió con cierta gravedad en la voz 

     Me levanté para ir a servirme otro café. 

    El perfume de Caleche  se expandió por la cocina como un gas venenoso. 

    -Angy, cariño, qué haces aquí, no has terminado tu plato…

    Mi hermana se arrodilló ante su hija y le levantó la barbilla con su mano. 

    -Anda, vuelve al salón, todavía te puedes comer el postre… 

     Mi sobrina no respondió. Se incorporó y abrió la puerta del mirador. Llevaba unos jeans descoloridos que resbalaban por sus puntiagudas caderas, y una pequeña camiseta negra.  Una chica de su tiempo. Cómo podría Ángela con sus esquemas de papel couché encajar esa otra pieza en el puzzle feliz. 

    En el Oasis su hijo hacía llorar a un cantante homosexual.

    La adolescente se acodó en la baranda Su figura frágil y oscura, contrastaba intensamente contra la claridad y la luz de un día limpio y soleado.

    Las sierras se dibujaban nítidamente contra el cielo. Se adivinaban las sombras de las encinas, las grietas oscuras de los barrancos, las solanas en las mesetas, el verdín de los nogales y el gris áspero de los tajos.   

         Di un sorbo a mi café  contemplando la escena como un insensible espectador ajeno al drama. 

    -         Hay unas flores y una tarjeta  para ti sobre el arcón del pasillo- me dijo sin mirarme, cubriendo una lágrima con el dorso de su mano.-         Gracias- respondí 

    -        Don Andrew quiere verte, estarás satisfecha de venir a complicar mi vida.

    -         Ángela no sé de lo que estás hablando, y desde luego no tengo intención de complicarle la vida a nadie, pero creo que sí tengo derecho a desenredar un poco la mía  

    Se acercó a la cafetera y ella misma se sirvió otro café.  Estaba perfectamente peinada. La impecable melena arada en perfectas mechas, la recogía en un pasador de nácar a la altura de la nuca y llevaba un vestido de seda, azul marino,  con un ancla dorada, bordada  a la altura del pecho, sobre un bolsillo.

      -         No te creo… me duele en el alma, pero no te creo- lloriqueó- Has venido a hacernos daño. No lo has hecho cuando te he invitado para compartir nuestros momentos de alegría y ahora apareces con una ridícula historia de nostalgia por tu niñez…

    -         Donde quieres llegar Angela- la detuve mirándola directamente a los ojos.

    Ella no apartó los suyos.

    También me encaró y había un brillo extraño en sus pupilas de miel.

    -         No evitarás que Augusto venda todo esto, no nos robarás la oportunidad de obtener una fortuna que nos pertenece. Mi marido ha luchado mucho y no le vas a destruir todo por un capricho…

    -         No es mi intención...

    -         Entonces qué sentido tiene haber ido a la Gardenia y esa cita ahora, esa invitación para una cena sólo para ti. Ni mi marido ni yo hemos sido invitados, me resulta más que sospechoso…

    -         No he visto al duque desde aquella cena en la Gardenia, y de eso hace ya treinta años.

    -         No te creo, no puedo creerte, no has sido nunca una verdadera hermana, siempre me has querido hacer daño, siempre has sentido envidia de mis triunfos…

    -         No es verdad- le respondí sin ganas y me dirigí al mirador para acompañar a mi sobrina 

    Entonces me sujetó el brazo con fuerza clavándome  las uñas en la carne

    -         Deja a mi hija en paz!!! 

    No le respondí. No merecía la pena. Tampoco tenía intención de evitar a aquella muchacha inteligente y despierta que había visto a la mujer de la Gardenia en una fotografía.

    Pero en lugar de dirigirme al mirador tomé la  dirección de la puerta y fui a buscar la invitación del duque de Sears.

    Sobre el arcón del hueco de la escalera blanqueaban los pétalos de un hermoso ramo de gardenias.   Me acerqué para buscar la tarjeta. Estaba bocabajo, junto al ramo. Sin sobre. 

      La giré y descubrí una letra picuda demasiado inclinada hacía la izquierda con un mensaje muy simple: 

    A Doña Bárbara Montalbán  El Duque de Sears tiene el placer de invitarla a cenar esta noche en la Gardenia. A las seis  la esperará un coche bajo la mimbre, a la entrada de la Casa Grande. Hay asuntos de vital importancia que quisiera tratar con usted por lo que le ruego su asistencia.     

    Volví a doblar la tarjeta y la dejé en donde la encontré.

    Escuché un murmullo. Mi cuñado salía del salón y se dirigía seguido de su hijo y de otro hombre del que sólo pude distinguir una sombra oscura al comedor.

    Después vi a Jenny  arrastrando un carrito con los restos del almuerzo.    Llevaba un uniforme azul marino y un delantal de un blanco inmaculado.

    -Jenny

    Se sobresaltó al oir mi voz. Miró en todas direcciones hasta que me descubrió en el cubichín bajo la escalera, junto al ramo de gardenias

    -       Las han traido esta mañana-  susurró lanzándome una sonrisa de complicidad, el mismo Duque estuvo aquí.

    -       No entiendo nada, Jenny, qué interés puedo yo despertar en el Duque de Sears. Hace treinta años que no lo he visto. Ni siquiera sé como sabe de mi regreso

    -       Eso es fácil- continuaba hablando en voz tan baja que casi no podia entenderla- cuanto más pequeño es el pueblo más grandes son las lenguas, aquí se sabe todo. Ya le habrán dicho que subió usted a la Gardenia…

    -       Ah, claro- me quedé pensativa pensando en la sombra que  hizo gritar a Jenny

     -       Pero qué hermosas las flores, Bárbara, qué romántico- los ojos le brillaban como a una niña

    -       Las quieres?      

     -       Yo?

    -       Sí tú, estamos solas no-

     -       Eso parece- respondió mirando en todas direcciones- me las llevaré a mi cuarto y las pondré en agua. Son preciosas. Ojalá alguien me regale a mí unas así

    -       Lo estoy haciendo yo – respondí en tono ligero

    -       Bah, sabes lo que quiero decir, un duque, un príncipe

    -       Ten cuidado con esos, se vuelven ranas

    -       Es al revés- se tapó la boca para ahogar la risa

    Puso las flores sobre el carrito y se alejó por el pasillo hasta perderse detrás de la puerta de la cocina donde mi cuñada y mi sobrina permanecían encerradas.  

    Subí  las escaleras lentamente. Cada peldaño rejuveneía un año.

    Y tuve quince y escozor entre las piernas.

    Y los ojos del duque clavados en mis tripas como dos carámbanos afilados.   

     En el hermoso salón principal flotaban arañas de cristal iluminadas y Mss Caroline, doña Carolina como la llamaban en Sierra Bermeja, presidía la mesa vestida cómo las señoras de los cuadros, con un vestido de seda  color champagne y el pelo recogido en un moño mediante un pasador dorado del que escapaban con estudiada naturalidad unos mechones rizados, muy rubios, como una aureola.  Había cumplido dieciocho años y lo estaban celebrando como un anticipo a su puesta de largo en un salón importantísimo de la aristocracia europea, en Montecarlo.   

     La Duquesa Madre, una anciana enteca y quebradiza como una rama seca ocupaba la otra presidencia de la mesa, el contraste de su decrepitud con el brillo del tafetán y de las joyas era casi doloroso.   Todo resultaba excesivamente liso y joven comparado con ella. Las cristalería, las telas, los manteles, las cortinas, los chaqués, la vajilla y los uniformes de las sirvientas. 

    Los Duques don Andrew y doña Claire, la duquesa  de ojos pequeños y oscuros como cabecitas de alfiler, elegantemente vestidos intercambiaban opiniones con otro grupo de ingleses invitados para la ocasión. 

    El inglés sonaba mantecoso a través de aquellas bocas pintadas de rosa.   Allí estabamos nosotros también. 

      El abuelo Antonio y la abuela Ángela,  cabizbajos, comían con miedo a no ser adecuados. Tenían cierto aire canallesco, como de indeseados  intrusos y se respiraba en torno a ello su malestar, las ganas locas de escapar para siempre de aquel mal sueño. 

     Mis padres, sin embargo, disfrutaban del privilegio de compartir mesa con la nobleza.

      Mamá dentro al fin de su pagina satinada. Perfectamente vestida, balbuceando ridículas frases en un inglés de parvulario, y sonriendo con gestos teatrales porque ella creía ser parte de aquel circo, sangre de la sangre.  Posiblemente llegó a albergar el sueño de una boda entre Ángela y el Duque. 

      Qué bonita estaba Ángela, casi una copia de doña Caroline.  Oro  y miel. Aureola de cuadro mitológico. Con qué gracia movía las manos y retiraba un mechón melado de su rostro, empecinado rebelde entre tanta serenidad.   

    Yo tenía quince años y no quise llevar oro y miel. Quise un vestido de plata como el del fantasma. Y lo conseguí. Una túnica simple, de diosa griega, en tela argentina, y el cabello liso y suelto, y los ojos limpios y libres para mirarlo a él.   Al Duque justo sentado frente a mí. Niño mimado. Aristócrata de mantequilla.  

    Mis ojos brillantes como los ojos del mal buscaban furtivos los suyos en una caceria desigual

     Quería que hirviera  aquel azul de hielo bajo el fuego de mis pupilas de niña mala

    Me relamía el postre  para que viera mi lengua brillante, gozaba compartiendo aquel juego entre infantil y perverso

     Sus ojos de repente me buscaban de pronto se tornaban huidizos.

    Cuando dejamos la mesa para asistir al concierto de piano en la gran biblioteca, la que tenía los muros de cristal y permitía que Sierra Nevada compartiera con su majestuosidad violácea las notas de Mozart paseando en trineo, don Andrew se desvaneció.

    Lo busqué entre los invitados, donde también había adolescentes de nuestra edad, pero se había ido.  Yo sabía donde 

     Me escurrí entre el pequeño pandemonium del cambio de salas y corrí al invernadero.

    Estaba allí, apoyado en un parterre de gardenias respirando con agitación y con los ojos brillantes como los de los gatos en la penumbra.

    Las plantas y las flores dibujaban sombras inconstantes contra las paredes de turbio cristal.

      Me acerqué y comencé a temblar yo también. 

    Ya no sabía si quería jugar a aquello, pero no podía volverme atrás. Me quedé tan cerca que sentía su piel cálida debajo de la camisa de seda blanca y entonces algo comenzó a latir entre mis piernas, a subir por las tripas, quemarme el estómago y tomar el cráter de la tráquea para asfixiarme.  Cogió con su mano mi melena y tiró fuerte mirándome como un loco. Y yo me estuve quieta. Retándolo todavía.

    Me hacía daño pero yo no era una niña de gachas como las que dejé en el salón rodeando a doña Caroline. 

      Yo quería saber. 

      Me empiné y acerqué mi boca a la suya y él la abrió y comenzó a lamerme  y a intentar entrar con su lengua fría.

    Abrí mis labios y acepté el juego y con mi mano lo busqué dentro de los pantalones y su respiración se hizo torpe y comenzó a tragar saliva.

    Me tiraba cada vez fuerte de la melena.

    Entonces yo me agaché y  le mordí. 

     El lanzó un grito pero no me soltó la melena. La tomó como una brida  y con todas sus fuerzas me puso de pie de nuevo y comenzó a meterme la lengua entera hasta provocarme arcadas, pero ya no la tenía fría y yo le  respondía como loca.

    Después caimos al suelo y nos llenamos de verdin los trajes de fiesta y estuve sangrando una semana.

      

      

    Comentarios

    Comentarios(9) »

    1. Pues sí que ha habido algunas sorpresas en la novela. Aquí tenemos a un personaje nuevo: Angy, la sobrina de Bárbara y al mismo tiempo podemos leer la primera reacción explícita de Ángela a la oposición de su hermana a la venta de las posesiones familiares. Durante la segunda y la tercera parte de la novela se experimenta una especie de murmullo larvado. En muchos momentos parece que tanta normalidad no es posible. Bárbara deambula por las posesiones de su familia mientras es observada. Se describen incluso sentimientos y escenas cotidianas de esto que parece más una nueva vida de la protagonista que el nudo de los acontecimientos. Uno no puede por menos de suponer que se están gestando terribles erupciones bajo ese suelo que apenas tiembla. Sorprende esa voluntad amable de Bárbara; casi pretende que se acepte su intromisión y que se le perdone su proyecto de arruinar los negocios y los proyectos de Augusto y su Esposa. Las mujeres de la familia Montalbán, desde el fantasma argentado de La Gardenia hasta la última generación, incluso con incorporaciones infantiles desde Latinoamérica, parecen a punto de despertar para una lucha sin cuartel.

      Javier | 11-05-2009 - 14:04:48 GMT 1 #

    2. La escena ultima, del duque y Barbara explorando, era más que esperada, no sabía por donde llegaría ni en que momento, pero toda la sensualidad que emana la autora, no podía dejar de marcar una huella. Y se guro habrá más.

      Con más ansias en espera del siguiente capítulo.

      Aurelio España | 20-05-2009 - 17:48:15 GMT 1 #

    3. En cuanto al flash back de sexo adolescente pero casi sadomasoquista entre Bárbara y el tal don andrew he de confesar que me ha sorprendido. Yo no la esperaba en absoluto. Abre todavía un nuevo capítulo entre los temas que la autora maneja, un nuevo color en el hilo de la trama.

      javier | 21-05-2009 - 12:10:53 GMT 1 #

    4. jejejjejeje, necesitarías haber leido muchos comentarios de Calipso en los grups de Hi 5, para intentar imaginar su potencial de dominatriz.

      Aurelio España | 21-05-2009 - 14:37:15 GMT 1 #

    5. Bueno, pues si la novela tiene un corredor sadomasoquista en su interior es algo muy diferente de lo que parecía. Naturalmente es privilegio de la autora sorprendernos.

      javier | 22-05-2009 - 08:40:18 GMT 1 #

    6. En absoluto el sado es el motivo de esta novela, y en absoluto es el centro, ni siquiera parte.
      El sado me interesa en situaciones puntuales, como reflejo de pasiones extremas. El límite entre el amor y la muerte tiene caminos tortuosos.
      Sin embargo tengo en un cajón un borrador de una novela de temática sado que sí mimaré mucho porque es diferente.
      Ésta no, esta se la debía a Emile Bronte que me hizo amar la literatura, a aquel pueblo pequeño y tenebroso y luminoso a la vez donde crecí y todos los fantasmas que me acompañaron. Se lo debía a Lady Chatterley, a Rebecca, a Catherine..
      Es una concesión sentimental.
      Ese toque sado en la relación entre superiores e inferiores existe siempre, y en realidad es una rebelión. La posterior evolución de Bárbara no fue la de una dominadora ni una reina, más bien la de un ser perdido que ha superado sólo por su inteligencia y su "coraza" y esa "fatale" adición a los joints las crisis de ansiedad que le dejó sobre la piel precisamente esa España Negra, destructora de espíritus libres.
      La niña que se acerca al duque inglés para "dominarlo" jugando con lo prohibido, es una metáfora de la libertad en aquel mundo de tafetán.

      Calipso | 22-05-2009 - 11:49:02 GMT 1 #

    7. Qué visión de la libertad tan curiosa, Madame Calipso. No me sorprende en usted, pero es curiosa en verdad. Esta Bárbara no parece la misma a la que Mario tuvo que convencer de su belleza y "sacar al mundo" en los días universitarios, pero quizá se deba a una voluntaria disonancia.

      javier | 25-05-2009 - 12:58:10 GMT 1 #

    8. Javier, quizá este perdiendo al personaje a los ojos del lector. Eso me preocupa relativamente. Me preocupa más que esté perdiendo consistencia y que no pueda transmitir la sensación de una niña "mala" como sinónimo de libre, de no encajonada, en su habitat de cachorro salvaje y una adolescente fuera de lugar, mirando la maleta en el piso que fue testigo de tardes de aburrimiento y bostezos.

      Calipso | 25-05-2009 - 13:53:11 GMT 1 #

    9. Acaso la novela continuó en otro lugar y no me avisaron. La espera ha sido mucha. ¿Me dejaras con este sentimiento inconcluso?

      Aurelio | 25-08-2009 - 18:53:44 GMT 1 #

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