ERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA: CAPÍTULO DUODÉCIMO
El chico conducía el todoterreno negro, de un negro lustroso. Lo hacía con cierta arrogancia. Parecía orgulloso de ser el conductor del Duque de Sears, quien no podía ser un hombre ni un mortal poseyendo la Gardenia, llevando esa carga de título nobiliario sobre un apellido extranjero y estando atrapado en el misterio de una familia casi extinguida y una botella de alcohol.
El Duque había solicitado de nuevo sus servicios. No solía repetir conductor, normalmente se limitaba a llamar a Don Augusto y pedirle un chofer para el coche, pero la primera vez se quedó con el teléfono del chico y cuando volvió lo llamó directamente. Aquel fue un día glorioso. Se atrevió a soñar con el puesto fijo. Èsta era la tercera vez que recorría, envanecido, las calles de Sierra Bermeja, ascendiendo majestuoso por la calle Real hasta la plaza de la Mimbre Llorona para detenerse allí con parsimonia gracias a su dominio de los movimientos de los mandos.
Ahora conducía con ese ademán entre infantil y petulante y me miraba de cuando en cuando de reojo sin poder ocultar una sonrisa satisfecha. Al girar hacia la carretera, por la misma que yo había entrado durante el entierro, descubrió un grupo de hombres apostados contra la pared, aprovechando el último rayo de sol. Hizo sonar el claxon y movió la mano envanecido. Era maravilloso ser el actor principal en aquel pequeño acto de lo que todos barruntaban como un drama inconcluso.
El chófer del Duque lleva a la gemela Montalbán. Sí, hombre la que se fue debe hacer ya más de veinte años. Qué va lo que hará ya es casi treinta. Qué pasaría. Ya es raro que no la vimos ni en el entierro de la madre. Estaba en el extranjero. Si, pero mira como para coger el botín de la venta de las tierras y la Casa Grande sí que ha venido. Y mira como va a ver al Duque para apañar lo de la Gardenia también. De aquí a diez años vivimos como extraños en nuestras propias casas. El muchacho sabía que hablaban de él, que después le preguntarían y que él jugaría con su curiosidad y la satisfaría en la medida que él quisiera. Sabía que el misterio que rodeaba a la mujer y al duque ahora estaba tejiendo una delicada gasa también en torno a su persona. Me miraba y sonreía, como si estuviese rescatando a la heroína de una emboscada mortal. La heroína era yo. Sentada en el asiento contiguo, apenas escuchando como un abejorreo la voz del muchacho. Me explicaba ahora con suficiencia, que el camino viejo, el del Llano de los Gatos hacía tiempo que ya sólo era usado por excursionistas de la ciudad o por cazadores; que por donde pensaba llevarme, aunque no era precisamente un atajo, la carretera estaba bien construida y el firme era consistente y llegaba justo a la parte trasera de la Gardenia, por donde estaban las cocheras y el viejo invernadero. - Desde que construyeron esta carretera la gente ya no se entera si el Duque entra o sale de la Gardenia porque ya no tiene que atravesar el pueblo y ni siquiera tiene que abrir la puerta principal. El único que lo sabe soy yo, porque es llegar y me llama para que le lleve el coche. - ¿Tú trabajas en la Gardenia? El muchacho negó moviendo la cabeza - No, la Gardenia la lleva don Augusto. Hay poca faena allí. Y ya hace años que no se abre ni se limpia. Don Andrew me llama para conducir su coche cuando viene. Los ingleses no están acostumbrados a conducir por este lado, ya sabe que conducen al revés.... Mi hermana va a limpiar allí también cuando viene. Me llama directamente- recalcó directamente hinchado de orgullo- y mis hermanas suben para adecentar aquello un poco. El coche tomó la revuelta de las zarzas y Sierra Bermeja desapareció entre los pliegues de los montes. Descendimos la carretera en zigzag sobre los despeñaderos de los barrancos, devorados por las zarzas y las malas hierbas, hasta el puente. Desde allí en lugar de tomar dirección a Granada giró a la derecha y comenzó a ascender suavemente por la ladera a sotavento de la Sierra Negra. Era una carretera estrecha, sin arcenes flanqueada de encinas de adustos troncos que proyectaban espectrales sombras contra el asfalto arrancándolo de la noche incipiente y escupiéndolo en un momento intemporal, en un mundo anterior al progreso. El sol comenzaba a transformarse en una moneda dorada contra la línea del horizonte, difuminada en un espejismo de llamas. Un conejo cruzó la carretera en dos saltos. - Porque viene usted si no hubiese dado un volantazo y lo habría matado. Esto es normal por aquí. Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda, como la punta fría de un cuchillo. La imagen del conejo destripado sobre el asfalto, la sangre apelmazando la piel, los ojos aterrorizados mirando la gigantesca figura que se acercaba y se agachaba para tomarlo de las patas y dejarlo desmadejado dentro del maletero me puso ante los ojos la barriga abierta de aquel perro blanco, el que mató el abuelo de dos tiros aquella madrugada de otoño, porque el animal había dedicado la noche entera a cavar en la tierra del corral para matar a todos los gazapos. Ni siquiera se los comió. Era como si hubiese enloquecido y su hocico sólo quisiera sentir el calor del cuerpo convulso y el olor dulzón de la sangre. Escuchamos los tiros entre sueños. Ángela saltó de la cama -¿Has oído Bárbara? -Sí, son tiros en la casa Bajamos, atropellándonos, la escalera de caracol y cuando llegamos a la planta baja escuchamos un murmullo en la cocina. Irrumpimos y encontramos a la abuela y a nuestra madre sentadas junto al fuego y al abuelo de pie con la escopeta de cañones recortados todavía entre las manos y manchas de sangraza en los bajos de los pantalones. Inmediatamente entró nuestro padre con un puñado de conejos atados de los pies a una cuerda. Los dejó en el suelo junto a la chimenea. Algunos todavía movían el glóbulo de los ojos o se estremecían en agónicos estertores. - No creo que haya dejado nada vivo bajo tierra. - Quien, quien- preguntó Ángela con sus enormes ojos de miel abiertos de par en par - El perro callejero que recogió Bárbara – respondió el abuelo- Ya advertí que si estaba abandonado era porque debía ser una mala bestía… Corrí al corral. Mi madre intentó sujetarme pero sólo consiguió quedarse con la toca de lana que me cubría los hombros entre las manos. Estaba allí, con la barriga abierta como una granada y el pellejo blanco salpicado de manchas rojas oscuras, de sangre todavía fresca que comenzaba a endurecerse sobre el pelo. Todavía me miraba. Me miraba y me preguntaba cosas que yo no podía responder y preguntas que él no sabía formular. Era un perro y había hecho lo que el instinto del lobo que fue lo obligó a hacer: Cazar criaturas frágiles. Pero no tenía hambre y no le gustaba aquella carne peluda. Aún así continuó matando, ebrio de emoción. Un puñado de tripas se escapaba de su barriga. Aún latían como un organismo autónomo. Y humeaban. Despedían un vapor tibio, blanco que subía suavemente y se confundía con la niebla fría de la mañana, pero en vez de enfriarse por la desigualdad de condiciones, era la bruma otoñal la que se caldeaba y el mundo comenzó a oler a vísceras. Mi padre me retiró arrastrándome, con dificultad, porque yo pataleaba e intentaba morderle. Como el perro hizo por la noche. También yo estaba rabiosa contra todo aquello, porque no era una injusticia clara. El perro mató por matar en una noche orgiástica, y sin embargo sus ojos aún vivos y aquel tufo en el aire clamaban justicia también para el inocente.
El muchacho que no me quitaba ojo de encima captó el estremecimiento y sonrió: - Se siente ya el frío de las alturas y de la noche - Debe ser eso sí – también yo le brindé una amable sonrisa escapándome de la visión del animal abatido. Ni siquiera recordaba el nombre que yo misma había elegido para él. - Don Andrew me hizo encender la chimenea de la biblioteca, allí hará calorcito. - Desde cuando está aquí, creí que mi cuñado dijo que vendría hoy o mañana - Vino ayer- me miró con cierta sorpresa, pero pronto recuperó la sonrisa satisfecha porque el descubrimiento de que él pudiera saber más del Duque que yo misma le parecía algo extremadamente lisonjero. - Entonces ayer, cuando yo subí estaba en la casa - No podría decirle, a mi me llamó ya tarde, por la noche seguro que estaba. Me llamó para que lo llevara hoy temprano a la Casa Grande para dejar las flores. Las cortó el mismo, son de las que todavía crecen en el invernadero. - Todavía crecen gardenias - Y no sólo, parece que aquella casa se negara a morirse, pero poco le queda ya, el duque ha venido a venderla seguro - Cómo la Casa Grande, como casi todo - Bueno, pero ahora esto va a cambiar, ahora casi todos vamos poder trabajar entre el Polígono y el Campo de golf aquí va a entrar capital y trabajo. Sierra Bermeja va a modernizarse mucho- me miró convencido, con porte ufano. Era un muchacho de apenas veinte años, de ojos verdes almendrados como los de un felino y la piel salpicada de pecas anaranjadas. Su cara me era familiar pero en Sierra Bermeja nada escapaba a ese efecto de ligazón entre rostros, entre palabras y recuerdos, todo vinculado a todo por una sentencia intrusa e incuestionable. La Gardenia apareció de improvisto, sin esperarla, como uno de esos templos romanos aflora inesperadamente tras un ángulo de una ciudad moderna y te rapta por un segundo de la realidad y de ti. Desde allí solo se veía la fachada posterior, inmensa y monótona, como un muro de una prisión. Gigantescos nogales cubrían la mitad de su altura y se mecían como soberbios titanes contra el blanco desconchado. A la izquierda los cristales turbios del invernadero se convirtieron en un reflejo de una noche lejana y de dos adolescentes asustados provocándose más daño que placer.

PRIMERA PARTE "EL TREN DE LAS SOMBRAS"
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Si, supongo que lo que el lector pierda o gane no es tan importante, y además la literatura de personajes es otra cosa. Hay novelas importantes en las que los personajes no son coherentes. A veces pasivos, a veces activos, a veces tímidos, a veces corajudos. Pienso en Josef K., pero hay otros ejemplos. Con respecto a este capítulo duodécimo es interesante, de transición, el episodio del perro lo asocio más que nada a la fascinación por la sangre y las entrañas. Quizá esta sea una forma de expresar la libertad, en el puro gusto por la sangre como derecho. No lo excluyo. Una libertad semejante a la del divino Marqués. En fin, la lectura, en cualquier caso, resulta una verdadera experiencia, de eso no se dude.
javier | 26-05-2009 - 11:34:32 GMT 1 #
Esperando desesperadamente.
Aurelio | 25-08-2009 - 18:56:37 GMT 1 #