EL FANTASMA DE LA GARDENIA http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com una historia de fantasmas sin fantasmas Fri, 13 Nov 2009 19:47:23 +0100 EL FANTASMA DE LA GARDENIA http://files.nireblog.com/blogs/noctambulos-e-insomnes/gravatar.gif http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com http://nireblog.com ERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA: CAPÍTULO DUODÉCIMO http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/05/20/ercera-parte-el-sortilegio-de-la-memoria-capitulo-duodecimo http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/05/20/ercera-parte-el-sortilegio-de-la-memoria-capitulo-duodecimo

El chico conducía el todoterreno negro, de un negro lustroso. Lo hacía con cierta arrogancia. Parecía orgulloso de ser el conductor del Duque de Sears, quien no podía ser un hombre ni un mortal poseyendo la Gardenia, llevando esa carga de título nobiliario sobre un apellido extranjero y estando atrapado en el misterio de una familia casi extinguida y una botella de alcohol.

   El Duque había solicitado de nuevo sus servicios. No solía repetir conductor, normalmente se limitaba a llamar a Don Augusto y pedirle un chofer para el coche, pero la primera vez se quedó con el teléfono del chico y cuando volvió lo llamó directamente. Aquel fue un día glorioso. Se atrevió a soñar con el puesto fijo.

Èsta era la tercera vez que recorría, envanecido, las calles de Sierra Bermeja, ascendiendo majestuoso por la calle Real hasta la plaza de la Mimbre Llorona para detenerse allí con parsimonia gracias a su dominio de los movimientos de los mandos.  

  Ahora conducía con ese ademán entre infantil y petulante y me miraba de cuando en cuando de reojo sin poder ocultar una sonrisa satisfecha. Al girar hacia la carretera, por la misma que yo había entrado durante el entierro,  descubrió un grupo de hombres apostados contra la pared, aprovechando el último rayo  de sol. Hizo sonar el claxon y movió la mano envanecido. Era maravilloso ser el actor principal en aquel pequeño acto de lo que todos barruntaban como un drama inconcluso.

   El chófer del Duque lleva a la gemela Montalbán. Sí, hombre la que se fue debe hacer ya más de veinte años. Qué va lo que hará ya es casi  treinta.  Qué pasaría. Ya es raro que no la vimos ni en el entierro de la madre.  Estaba en el extranjero. Si, pero mira como para coger el botín de la venta de las tierras y la Casa Grande sí que ha venido. Y mira como va a ver al Duque para apañar lo de la Gardenia también. De aquí a diez años vivimos como extraños en nuestras propias casas. 

 El muchacho sabía que hablaban de él, que después le preguntarían y que él jugaría con su curiosidad y la satisfaría en la medida que él quisiera. Sabía que el misterio que rodeaba a la mujer y al duque ahora estaba tejiendo una delicada gasa también en torno a su persona. 

Me miraba y sonreía, como si estuviese rescatando a la heroína de una emboscada mortal. 

La heroína era yo. Sentada en el asiento contiguo, apenas escuchando como un abejorreo la voz del muchacho.

Me explicaba ahora  con suficiencia, que el camino viejo, el del Llano de los Gatos hacía tiempo que ya sólo era usado por excursionistas de la ciudad o por cazadores; que por donde pensaba llevarme, aunque no era precisamente un atajo,  la carretera estaba bien construida y el firme era consistente y llegaba justo a  la parte trasera de la Gardenia, por donde estaban las cocheras y el viejo invernadero. 

-         Desde que construyeron esta carretera la gente ya no se entera si el Duque entra o sale de la Gardenia porque ya no tiene que atravesar el pueblo y ni siquiera tiene que abrir la puerta principal. El único que lo sabe soy yo, porque es llegar y me llama para que le lleve el coche.

-           ¿Tú trabajas en la Gardenia?

 El muchacho negó  moviendo  la cabeza 

-           No, la Gardenia la lleva don Augusto. Hay poca faena allí. Y ya hace años que no se abre ni se limpia.  Don Andrew me llama para conducir su coche cuando viene. Los ingleses no están acostumbrados a conducir por este lado, ya sabe que conducen al revés....  Mi hermana va a limpiar allí también cuando viene. Me llama directamente- recalcó directamente hinchado de orgullo- y mis hermanas suben para adecentar aquello un poco. 

El coche tomó la revuelta de las zarzas y Sierra Bermeja desapareció entre los pliegues de los montes. Descendimos la carretera en zigzag sobre los despeñaderos de los barrancos, devorados por las zarzas y las malas hierbas, hasta el puente. Desde allí en lugar de tomar dirección a Granada giró a la derecha y comenzó a ascender suavemente por la ladera a sotavento de la Sierra Negra. Era una carretera estrecha, sin arcenes flanqueada de encinas de adustos troncos que proyectaban espectrales sombras contra el asfalto arrancándolo de la noche incipiente y escupiéndolo en un momento intemporal, en un mundo anterior al progreso.  

El sol comenzaba a transformarse en una moneda dorada contra la línea del horizonte, difuminada en un espejismo de llamas. Un conejo cruzó la carretera en dos saltos.

- Porque viene usted si no hubiese dado un volantazo y lo habría matado. Esto es normal por aquí.  

    Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda, como la punta fría de un cuchillo. La imagen del conejo destripado sobre el asfalto, la sangre apelmazando la piel, los ojos aterrorizados mirando la gigantesca figura que se acercaba y se agachaba para tomarlo de las patas y dejarlo desmadejado dentro del maletero me puso ante los ojos la barriga abierta de aquel perro blanco, el que mató el abuelo de dos tiros aquella madrugada de otoño, porque  el animal había dedicado la noche entera a cavar en la tierra del corral para matar a todos los gazapos.

Ni siquiera se los comió. Era como si hubiese enloquecido y su hocico sólo quisiera sentir el calor del cuerpo convulso y el olor dulzón de la sangre. 

Escuchamos los tiros entre sueños. Ángela saltó de la cama

-¿Has oído Bárbara?

-Sí, son tiros en la casa 

 Bajamos, atropellándonos, la escalera de caracol y cuando llegamos a la planta baja escuchamos un murmullo en la cocina.  Irrumpimos y encontramos a la abuela y a nuestra madre sentadas junto al fuego y al abuelo de pie con la escopeta de cañones recortados todavía entre las manos y manchas de sangraza en los bajos de los pantalones. 

 Inmediatamente entró nuestro padre con un puñado de conejos atados de los pies a una cuerda. Los dejó en el suelo junto a la chimenea. Algunos todavía movían el glóbulo de los ojos o se estremecían en agónicos estertores.

-           No creo que haya dejado nada vivo bajo tierra.

-           Quien, quien- preguntó Ángela con sus enormes ojos de miel abiertos de par en par

-           El perro callejero que recogió Bárbara – respondió el abuelo-  Ya advertí que si estaba abandonado era porque debía ser una mala bestía…

Corrí al corral. Mi madre intentó sujetarme pero sólo consiguió quedarse con la toca de lana que me cubría los hombros entre las manos. 

   Estaba allí, con la barriga abierta como una granada y el pellejo blanco salpicado de manchas rojas oscuras, de sangre todavía fresca que comenzaba a endurecerse sobre el pelo. Todavía me miraba. Me miraba y me preguntaba cosas que yo no podía responder y preguntas que él no sabía formular. 

 Era un perro y había hecho lo que el instinto del lobo que fue lo obligó a hacer: Cazar criaturas frágiles. Pero no tenía hambre y no le gustaba aquella carne peluda. Aún así continuó matando, ebrio de emoción.

   Un puñado de tripas se escapaba de su barriga. Aún latían como un organismo autónomo. Y humeaban. Despedían un vapor tibio, blanco que subía suavemente y se confundía con la niebla fría de la mañana, pero en vez de enfriarse por la desigualdad de condiciones, era la bruma otoñal la que se caldeaba y el mundo comenzó a oler a vísceras.

Mi padre me retiró arrastrándome, con dificultad, porque yo pataleaba e intentaba morderle. Como el perro hizo por la noche. También yo estaba rabiosa contra todo aquello, porque no era una injusticia clara. El perro mató por matar en una noche orgiástica,  y sin embargo sus ojos aún vivos  y aquel tufo en el aire clamaban justicia también para el inocente.   

    El muchacho que no me quitaba ojo de encima captó el estremecimiento y sonrió: 

-         Se siente ya el frío de las alturas y de la noche

 -           Debe ser eso sí – también yo le brindé una amable sonrisa escapándome de la visión del animal abatido. Ni siquiera recordaba el  nombre que yo misma había elegido para él. 

-           Don Andrew me hizo encender la chimenea de la biblioteca, allí hará calorcito. 

-           Desde cuando está aquí, creí que mi cuñado dijo que vendría hoy o mañana 

-           Vino ayer- me miró con cierta sorpresa, pero pronto recuperó la sonrisa satisfecha porque el descubrimiento de que él pudiera saber más del Duque que yo misma le parecía algo extremadamente lisonjero.

 -           Entonces ayer, cuando yo subí estaba en la casa 

-            No podría decirle, a mi me llamó ya tarde, por la noche seguro que estaba.  Me llamó para que lo llevara hoy temprano a la Casa Grande para dejar las flores. Las cortó el mismo, son de las que todavía crecen en el invernadero.

 -                    Todavía crecen gardenias 

-                    Y no sólo, parece que aquella casa se negara a morirse, pero poco le queda ya, el duque ha venido a venderla seguro 

-             Cómo la Casa Grande, como casi todo 

-               Bueno, pero ahora esto va a cambiar, ahora casi todos vamos poder trabajar entre el Polígono y el Campo de golf aquí va a entrar capital y trabajo. Sierra Bermeja va a modernizarse mucho- me miró convencido, con porte ufano.  

   Era un muchacho de apenas veinte años, de ojos verdes almendrados como  los de un felino y la piel salpicada de pecas anaranjadas. Su cara me era familiar pero en Sierra Bermeja nada escapaba a ese efecto de ligazón entre rostros, entre palabras y recuerdos, todo vinculado a todo por una sentencia intrusa e incuestionable.   La Gardenia apareció de improvisto, sin esperarla, como uno de esos templos romanos aflora inesperadamente tras un ángulo de una ciudad moderna y te rapta por un segundo de la realidad y de ti.  

  Desde allí solo se veía la fachada posterior, inmensa y monótona, como un muro de una prisión. Gigantescos nogales cubrían la mitad de su altura y se mecían como soberbios titanes contra el blanco desconchado. A la izquierda los cristales turbios del invernadero se convirtieron en un reflejo de una noche lejana y de dos adolescentes asustados provocándose más daño que placer.

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Wed, 20 May 2009 17:29:42 +0100
TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA: CAPÍTULO UNDÉCIMO http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/05/11/tercera-parte-el-sortilegio-de-la-memoria-capitulo-undecimo http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/05/11/tercera-parte-el-sortilegio-de-la-memoria-capitulo-undecimo     



Cuando bajé la escalera el reflejo del sol en las vidrieras dibujaba figuras caprichosas de colores  sobre el primer rellano y sobre el pasillo.

 Por la intensidad de los tonos se podía saber la hora.  

 La cocina estaba vacía. Me serví un café  y luego otro.  

Un cielo azul metálico cubría las sierras y el aire bajaba frío.  

   Decidí comenzar a hacer cosas para no sentirme una extraña, una visita incómoda que se levanta a deshoras y se queda parada con un café en la mano sin saber donde ubicarse el resto del día.   

  Urgía comprar alimentos. Establecer una división de terrenos. Preparar un lugar adecuado donde encerrarme a trabajar.

Si algo sobró siempre en la Casa Grande eso fueron cuartos vacíos, o llenos de recuerdos de otros.  También había que ir preparando todo lo concerniente al regreso de la hija de Jenny. El papeleo: los informes, los  documentos administrativos y toda esa parafernalia que necesita un ser humano para moverse por este planeta.   

      Había que abrir aquellos cuartos y rescatarlos de las telarañas y del olvido. Buscar mi espacio. Tomar la casa y habitarla.  

  El primer paso sería establecer las reglas de convivencia a la espera de la decisión final. 

 Todavía podía moverme con cierta libertad gracias a la incertidumbre de mi cuñado.   

    No iba a vender porque necesitaba aferrarme a aquello para no aplastarme a mi misma.  Augusto quería el control absoluto de Sierra Bermeja. Estaba preparando su último golpe maestro. Su elección como alcalde con mayoría absoluta para hacerse con el feudo. El resto sería cuestión de maquillar bien las acciones ilícitas necesarias para ir poniendo bajo su mando todo lo que se movía en aquel lugar. 

  No iba a quedarse impertérrito cuando yo le dijera abiertamente: No venderé, pero mis primeros movimientos ya habían encendido una luz de alarma en su futuro perfecto.  

   Me estaba sirviendo otro café cuando entró en la cocina una chica de cabello color azabache y piel de leche.   Era muy menuda, frágil como si fuese a romperse al hablarle. Uno de esos seres que parece tener un esqueleto de cristal.   Se me acercó con timidez, y se empinó para besarme: 

-Hola tía Bárbara.  

 Me sorprendió que una criatura así,  un diminuto habitante de cuento de hadas, fuese hija de los inquebrantables señores de la revista de sociedad

 -         Eres Ángela, una Ángela morena- le respondí acariciándole el cabello movida por un instinto nuevo.

-         Soy de cabello oscuro, pero este negro no es natural- sonrió y se cogió una mecha de cabello con gesto nervioso- es teñido. Me gusta así 

Tenía la voz débil y entrecortada. Liviana como todo en ella.

-         Tomas café?-        

No- negó  y el flequillo demasiado liso siguió el movimiento de la cabeza- no puedo, soy nerviosa, me sienta mal

-         Yo lo necesito para caminar, ya ves

La miré de arriba abajo. Era muy bajita, no mediría más de un metro cincuenta y pocos centímetros. Estaba extremadamente flaca, los pómulos  pugnaban por romper la delicada piel de su rostro y todo su cuerpo parecía resistir la batalla de mantener los huesos cubiertos por la piel.

-         Estás demasiado delgada- observé en voz alta

-         He estado enferma. He padecido anorexia, pero ahora estoy mejor. Estoy comiendo bien ahora.

-         Me alegra. Esa es una buena noticia.

 Se dirigió a la chimenea y se dejó caer en una de las mecedoras que la flanqueaban. Cogió las tenazas y comenzó a jugar con las ascuas y a rascar el tronco para provocar un chisporroteo rojo y brillante

-         Siempre quise conocerte tía Bárbara, para mí has sido un mito

-         Yo un mito? -No sabía que decir, no era muy ducha en el trato con adolescentes

-         Si, mi madre nos hablaba de ti, cosas hermosas,  que vivías en un lugar lejano, que tenías un trabajo muy importante, que viajabas mucho y tenías un castillo para ti sola, como una reina. El cuento estuvo bien cuando era niña…

-         Y luego creciste… - me acerqué a la chimenea yo también y me senté en la otra mecedora.

 -         Si – contestó sin mirarme. Su perfil era tan afilado que daba miedo tocar por si te herías. 

-         Bueno, cuando se crece se asesinan a los reyes magos, al ratón perez y a la tía del castillo. Es muy normal eso.

-          Supongo… - respondió lacónicamente

-         Yo también tuve mi mito, el fantasma del vestido de plata.. no te han hablado de la mujer  misteriosa que tanto se parece a nosotras…

-         Si y lo he visto- me respondió con gravedad

-         Lo has visto?

-         La mujer de la Gardenia, la he visto en una fotografía, con el vestido de plata

-         Sabes donde está esa foto? – inquirí con ansiedad

Ella sonrió satisfecha, se echó hacia atrás en la mecedora y comenzó a balancearse suavemente.

-         Si, en la biblioteca vieja

-         Yo nunca la vi… y pasé muchas horas allí escondida buscando entender las historia que nos contaban aquellos libros de palabras extrañas..

-         Están todos en inglés, ..

-         Ahora podría leerlos todos… no entonces.. y la fotografía ¿donde la encontraste¿

-         Por casualidad. Cuando retiraron el escritorio, para que no lo destruyera una de las goteras. Estaba dentro de un sobre, pegada a la parte de atrás. Detrás tenía unas palabras escritas, casi borrosas.

-         Qué decía?  

Notaba que le gustaba despertar mi curiosidad. Sonreía y al hacerlo parecía menos flaca, se le rellenaban los pómulos y se le redondeaba la cara.

-         I love you my godness, pero la mujer no estaba sola en la foto, había un hombre con ella.

-         Un hombre…. 

Asintió y el flequillo volvió a bailar sobre su frente.

-         Lo sabía.. – añadió mientras volvía a atizar con las tenazas el tronco incandescente para provocar un  castillo de fuegos artificiales en miniatura.

-         Qué sabías tú… le sonreí y  alargué mi mano para sostener la suya. Era una mano endeble de tendones y huesos casi cortantes.

-         Que volverías un día y que sería así

-         Así…

-         No me has dicho que coma, no me has preguntado por qué era anoréxica, y te has interesado por la mujer de la Gardenia…

-         Bueno-  retiré la mano y la miré con gesto cómico- en realidad, no tengo experiencia como madre de adolescentes, ni fáciles ni problemáticos, no tengo instinto materno y no sé tratar a la gente como si fuesen seres inválidos que no pueden sobrevivir sin mi santa protección… durante demasiado tiempo he estado ocupada en protegerme a mí misma de mí misma…

-         Yo entiendo eso-  me interrumpió con cierta gravedad en la voz 

 Me levanté para ir a servirme otro café. 

El perfume de Caleche  se expandió por la cocina como un gas venenoso. 

-Angy, cariño, qué haces aquí, no has terminado tu plato…

Mi hermana se arrodilló ante su hija y le levantó la barbilla con su mano. 

-Anda, vuelve al salón, todavía te puedes comer el postre… 

 Mi sobrina no respondió. Se incorporó y abrió la puerta del mirador. Llevaba unos jeans descoloridos que resbalaban por sus puntiagudas caderas, y una pequeña camiseta negra.  Una chica de su tiempo. Cómo podría Ángela con sus esquemas de papel couché encajar esa otra pieza en el puzzle feliz. 

En el Oasis su hijo hacía llorar a un cantante homosexual.

La adolescente se acodó en la baranda Su figura frágil y oscura, contrastaba intensamente contra la claridad y la luz de un día limpio y soleado.

Las sierras se dibujaban nítidamente contra el cielo. Se adivinaban las sombras de las encinas, las grietas oscuras de los barrancos, las solanas en las mesetas, el verdín de los nogales y el gris áspero de los tajos.   

     Di un sorbo a mi café  contemplando la escena como un insensible espectador ajeno al drama. 

-         Hay unas flores y una tarjeta  para ti sobre el arcón del pasillo- me dijo sin mirarme, cubriendo una lágrima con el dorso de su mano.-         Gracias- respondí 

-        Don Andrew quiere verte, estarás satisfecha de venir a complicar mi vida.

-         Ángela no sé de lo que estás hablando, y desde luego no tengo intención de complicarle la vida a nadie, pero creo que sí tengo derecho a desenredar un poco la mía  

Se acercó a la cafetera y ella misma se sirvió otro café.  Estaba perfectamente peinada. La impecable melena arada en perfectas mechas, la recogía en un pasador de nácar a la altura de la nuca y llevaba un vestido de seda, azul marino,  con un ancla dorada, bordada  a la altura del pecho, sobre un bolsillo.

  -         No te creo… me duele en el alma, pero no te creo- lloriqueó- Has venido a hacernos daño. No lo has hecho cuando te he invitado para compartir nuestros momentos de alegría y ahora apareces con una ridícula historia de nostalgia por tu niñez…

-         Donde quieres llegar Angela- la detuve mirándola directamente a los ojos.

Ella no apartó los suyos.

También me encaró y había un brillo extraño en sus pupilas de miel.

-         No evitarás que Augusto venda todo esto, no nos robarás la oportunidad de obtener una fortuna que nos pertenece. Mi marido ha luchado mucho y no le vas a destruir todo por un capricho…

-         No es mi intención...

-         Entonces qué sentido tiene haber ido a la Gardenia y esa cita ahora, esa invitación para una cena sólo para ti. Ni mi marido ni yo hemos sido invitados, me resulta más que sospechoso…

-         No he visto al duque desde aquella cena en la Gardenia, y de eso hace ya treinta años.

-         No te creo, no puedo creerte, no has sido nunca una verdadera hermana, siempre me has querido hacer daño, siempre has sentido envidia de mis triunfos…

-         No es verdad- le respondí sin ganas y me dirigí al mirador para acompañar a mi sobrina 

Entonces me sujetó el brazo con fuerza clavándome  las uñas en la carne

-         Deja a mi hija en paz!!! 

No le respondí. No merecía la pena. Tampoco tenía intención de evitar a aquella muchacha inteligente y despierta que había visto a la mujer de la Gardenia en una fotografía.

Pero en lugar de dirigirme al mirador tomé la  dirección de la puerta y fui a buscar la invitación del duque de Sears.

Sobre el arcón del hueco de la escalera blanqueaban los pétalos de un hermoso ramo de gardenias.   Me acerqué para buscar la tarjeta. Estaba bocabajo, junto al ramo. Sin sobre. 

  La giré y descubrí una letra picuda demasiado inclinada hacía la izquierda con un mensaje muy simple: 

A Doña Bárbara Montalbán  El Duque de Sears tiene el placer de invitarla a cenar esta noche en la Gardenia. A las seis  la esperará un coche bajo la mimbre, a la entrada de la Casa Grande. Hay asuntos de vital importancia que quisiera tratar con usted por lo que le ruego su asistencia.     

Volví a doblar la tarjeta y la dejé en donde la encontré.

Escuché un murmullo. Mi cuñado salía del salón y se dirigía seguido de su hijo y de otro hombre del que sólo pude distinguir una sombra oscura al comedor.

Después vi a Jenny  arrastrando un carrito con los restos del almuerzo.    Llevaba un uniforme azul marino y un delantal de un blanco inmaculado.

-Jenny

Se sobresaltó al oir mi voz. Miró en todas direcciones hasta que me descubrió en el cubichín bajo la escalera, junto al ramo de gardenias

-       Las han traido esta mañana-  susurró lanzándome una sonrisa de complicidad, el mismo Duque estuvo aquí.

-       No entiendo nada, Jenny, qué interés puedo yo despertar en el Duque de Sears. Hace treinta años que no lo he visto. Ni siquiera sé como sabe de mi regreso

-       Eso es fácil- continuaba hablando en voz tan baja que casi no podia entenderla- cuanto más pequeño es el pueblo más grandes son las lenguas, aquí se sabe todo. Ya le habrán dicho que subió usted a la Gardenia…

-       Ah, claro- me quedé pensativa pensando en la sombra que  hizo gritar a Jenny

 -       Pero qué hermosas las flores, Bárbara, qué romántico- los ojos le brillaban como a una niña

-       Las quieres?      

 -       Yo?

-       Sí tú, estamos solas no-

 -       Eso parece- respondió mirando en todas direcciones- me las llevaré a mi cuarto y las pondré en agua. Son preciosas. Ojalá alguien me regale a mí unas así

-       Lo estoy haciendo yo – respondí en tono ligero

-       Bah, sabes lo que quiero decir, un duque, un príncipe

-       Ten cuidado con esos, se vuelven ranas

-       Es al revés- se tapó la boca para ahogar la risa

Puso las flores sobre el carrito y se alejó por el pasillo hasta perderse detrás de la puerta de la cocina donde mi cuñada y mi sobrina permanecían encerradas.  

Subí  las escaleras lentamente. Cada peldaño rejuveneía un año.

Y tuve quince y escozor entre las piernas.

Y los ojos del duque clavados en mis tripas como dos carámbanos afilados.   

 En el hermoso salón principal flotaban arañas de cristal iluminadas y Mss Caroline, doña Carolina como la llamaban en Sierra Bermeja, presidía la mesa vestida cómo las señoras de los cuadros, con un vestido de seda  color champagne y el pelo recogido en un moño mediante un pasador dorado del que escapaban con estudiada naturalidad unos mechones rizados, muy rubios, como una aureola.  Había cumplido dieciocho años y lo estaban celebrando como un anticipo a su puesta de largo en un salón importantísimo de la aristocracia europea, en Montecarlo.   

 La Duquesa Madre, una anciana enteca y quebradiza como una rama seca ocupaba la otra presidencia de la mesa, el contraste de su decrepitud con el brillo del tafetán y de las joyas era casi doloroso.   Todo resultaba excesivamente liso y joven comparado con ella. Las cristalería, las telas, los manteles, las cortinas, los chaqués, la vajilla y los uniformes de las sirvientas. 

Los Duques don Andrew y doña Claire, la duquesa  de ojos pequeños y oscuros como cabecitas de alfiler, elegantemente vestidos intercambiaban opiniones con otro grupo de ingleses invitados para la ocasión. 

El inglés sonaba mantecoso a través de aquellas bocas pintadas de rosa.   Allí estabamos nosotros también. 

  El abuelo Antonio y la abuela Ángela,  cabizbajos, comían con miedo a no ser adecuados. Tenían cierto aire canallesco, como de indeseados  intrusos y se respiraba en torno a ello su malestar, las ganas locas de escapar para siempre de aquel mal sueño. 

 Mis padres, sin embargo, disfrutaban del privilegio de compartir mesa con la nobleza.

  Mamá dentro al fin de su pagina satinada. Perfectamente vestida, balbuceando ridículas frases en un inglés de parvulario, y sonriendo con gestos teatrales porque ella creía ser parte de aquel circo, sangre de la sangre.  Posiblemente llegó a albergar el sueño de una boda entre Ángela y el Duque. 

  Qué bonita estaba Ángela, casi una copia de doña Caroline.  Oro  y miel. Aureola de cuadro mitológico. Con qué gracia movía las manos y retiraba un mechón melado de su rostro, empecinado rebelde entre tanta serenidad.   

Yo tenía quince años y no quise llevar oro y miel. Quise un vestido de plata como el del fantasma. Y lo conseguí. Una túnica simple, de diosa griega, en tela argentina, y el cabello liso y suelto, y los ojos limpios y libres para mirarlo a él.   Al Duque justo sentado frente a mí. Niño mimado. Aristócrata de mantequilla.  

Mis ojos brillantes como los ojos del mal buscaban furtivos los suyos en una caceria desigual

 Quería que hirviera  aquel azul de hielo bajo el fuego de mis pupilas de niña mala

Me relamía el postre  para que viera mi lengua brillante, gozaba compartiendo aquel juego entre infantil y perverso

 Sus ojos de repente me buscaban de pronto se tornaban huidizos.

Cuando dejamos la mesa para asistir al concierto de piano en la gran biblioteca, la que tenía los muros de cristal y permitía que Sierra Nevada compartiera con su majestuosidad violácea las notas de Mozart paseando en trineo, don Andrew se desvaneció.

Lo busqué entre los invitados, donde también había adolescentes de nuestra edad, pero se había ido.  Yo sabía donde 

 Me escurrí entre el pequeño pandemonium del cambio de salas y corrí al invernadero.

Estaba allí, apoyado en un parterre de gardenias respirando con agitación y con los ojos brillantes como los de los gatos en la penumbra.

Las plantas y las flores dibujaban sombras inconstantes contra las paredes de turbio cristal.

  Me acerqué y comencé a temblar yo también. 

Ya no sabía si quería jugar a aquello, pero no podía volverme atrás. Me quedé tan cerca que sentía su piel cálida debajo de la camisa de seda blanca y entonces algo comenzó a latir entre mis piernas, a subir por las tripas, quemarme el estómago y tomar el cráter de la tráquea para asfixiarme.  Cogió con su mano mi melena y tiró fuerte mirándome como un loco. Y yo me estuve quieta. Retándolo todavía.

Me hacía daño pero yo no era una niña de gachas como las que dejé en el salón rodeando a doña Caroline. 

  Yo quería saber. 

  Me empiné y acerqué mi boca a la suya y él la abrió y comenzó a lamerme  y a intentar entrar con su lengua fría.

Abrí mis labios y acepté el juego y con mi mano lo busqué dentro de los pantalones y su respiración se hizo torpe y comenzó a tragar saliva.

Me tiraba cada vez fuerte de la melena.

Entonces yo me agaché y  le mordí. 

 El lanzó un grito pero no me soltó la melena. La tomó como una brida  y con todas sus fuerzas me puso de pie de nuevo y comenzó a meterme la lengua entera hasta provocarme arcadas, pero ya no la tenía fría y yo le  respondía como loca.

Después caimos al suelo y nos llenamos de verdin los trajes de fiesta y estuve sangrando una semana.

  

  

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Mon, 11 May 2009 08:36:55 +0100
TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA: CAPíTULO DÉCIMO http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/05/02/tercera-parte-el-sortilegio-de-la-memoria-capitulo-decimo http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/05/02/tercera-parte-el-sortilegio-de-la-memoria-capitulo-decimo  

 

 

Eran las tres de la mañana. 

   Jenny canturreaba a mi lado, le brillaban los ojos por el vino. También yo bebí unas copas de más. Conducía muy despacio, pero los ojos se me cerraban, los  párpados se me habían convertido en  dos telones mojados que a duras penas mantenía izados. El llano de la Desolación se extendía más allá de el cono recortado por las luces del coche en ondas negras contra el fondo tinta del cielo.

 

A Jenny le gustó la película, después de verla comentó ilusionada las escenas y se empeñó en ser ella quien pagara la cena. Acepté porque era una salida entre amigas y debía borrar definitivamente  cualquier distinción entre señora de buena familia y criada inmigrante. Eramos dos perdedoras. Dos parias en un mundo que no nos acogió nunca bien y aquella había sido una hermosa noche.  Yo le había hablado de algunos amantes. Sobre todo del primero con el que me fui a Copenhagen huyendo de Madrid y de mi misma, de la facilidad con que caía allí en abismos y me pasaba la vida siendo salvada por todo tipo de mesias.

 Se llamaba Jan Petterson, un excentrico escultor danés que se moria de placer si le hablaba español durante el sexo. Ella reía a carcajadas mientras se lo contaba. 

- Creo que se cansó de mi cuando aprendió todo cuanto se puede decir en español mientras se folla- le comenté llenando de nuevo las copas.  

 Ella también me habló de un marido celoso con la mano demasiado larga, de la miseria, de la niña recién nacida y los golpes que le dejaban marcas en la cara, de la miseria la miseria y la miseria otra vez; de un billete a ninguna parte comprado vendiendo todo lo que tenía.  

 - Pensaba que se caía el avión y deseaba que pasara, que me matara, que me comieran los hierros, pero mi hijita me daba fuerzas para continuar, para seguir adelante. Y ya ves se me apareció a mi tambièn un fantasma.

   No hablamos de Mario ni de todo lo que le conté en el balcón de la Gardenia.

  En el camino de regreso canturreaba feliz.

 Encendí la radio. Emitían un programa llamado Milenium que contaba historias de miedo.  Llamaban personas asustadas contando todo tipo de vivencias de ultratumba y experiencias paranormales.

 Una mujer de voz quebrada relató una historia sobre una pócima que se debía preparar durante el plenilunio con ingredientes realmente extravagantes y que conservaba dentro la memoría de quien quisiera protegerla para donarla después. Con un cabello de una persona asesinada dentro del mejunge se podía conocer el momento en que sucedió e incluso ver la cara del asesino.

  La pócima se llamaba el sortilegio de la memoria y había que ser cauteloso a la hora de tomarla, porque sólo hacía su efecto cuando tomaba un color herrumbroso. Si se tomaba transparente o muy oscura podía provocar alucinaciones e incluso instintos suicidas.

 

  -Bonito nombre- comenté mirando a Jenny.

Dormía profundamente con la cabeza ladeada contra la ventanilla.

 

  Detrás de su cabeza el llano de la Desolación mostraba los perfiles  de las maquinas detenidas, iluminadas por la luna decreciente pero todavía gorda y luminosa, como esqueletos de dinosaurios olvidados en un cementerio de monstruos mitológicos.  La ciudad al fondo, todavía latía como un incendio lejano. Los puntitos de luz de Escuzar describían las ondulaciones suaves de una  loma peinada de olivares, y la osa mayor titilaba, diáfana, contra un cielo azul marino casi negro, tallada en diamantes de un brillo helado.

  Giré hacia la gasolinera. Quería parar allí para tomar un café bien fuerte porque no quería meterme en las curvas cerradas que ascienden a Sierra Bermeja luchando contra mis párpados de piedra.

  Estaba cerrada, pero el pub El Oasis con sus palmeras de neón, anacrónico edén instalado dentro de un castillo de mentira, mantenía encendida la luz  verde de las palmas, la blanca de la media luna y la roja de su nombre, intermitente, como un faro en aquel silencio marino de la llanura del Temple a las tres de la mañana.

 

  Detuve el coche a la entrada y desperté a Jenny. Abrió los ojos con la sorpresa de  quien ha sido enfocado con una linterna mientras andaba a tientas en una gruta.

 Empujamos la puerta. El local era un rectángulo amplio, con una barra de bambú en el centro y cuadros de playas y sirenas en las pareces. La luz era tenue y dentro de la barra una camarera disfrazada de hawaiana apuraba un vaso de algún licor mientras escuchaba la retahila de un rezagado insomne.

     

   Pedi un café y nos dijo que la máquina estaba ya apagada pero qeu podía darnos un redbull o una cocacola que tambièn espabilaban. 

 No había mucha elección. Pedí una cocacola. Jenny  sólo agua.

   

   Escuchamos una voces detrás de una puerta que parecía abrir a zonas privadas o a un reservado. Un hombre salió y dió un portazo.

   Se acercó a la barra y pidió un whisky cargado.

 Era el hombre que aparecía en las fotografías del poster de la entrada. El cantante. Vestía de negro desde la cabeza a los pies, con ropas muy entalladas y llevaba el cabello muy brillante, estirado hacia atrás, engominado. Era un hombre guapo, de gestos delicados y femeninos. 

  Pagué las consumiciones y Jenny se dirigió a la salida. Yo pregunté por los servicios. Estaban junto a la habitación de la que había salido como un actor de ópera, el cantante vestido de negro. Cuando pasé observé que estaba entreabierta.

 Sentado en un sofá, con la camisa abierta y el pelo revuelto, mi sobrino Augusto Castellanos encendía un cigarrillo.

 

   Entré en el aseo y me pregunté si mi hermana sabia que en su revista Hola comenzaban a aparecer páginas escabrosas. Me metí en el coche. Jenny casi dormía. Preferí no comentar nada de lo que había visto.

       Eran casi las cuatro cuando detuve ante la fachada de la Casa Grande.  Entre las ramas de las  mimbres lloronas un cuadro de luz delataba que alguien nos esperaba en la sala.

 -       Don Augusto no ha dormido- le dije  con la voz pastosa de la primera resaca.

-       Santa María, me espera para despedirme- se persignó Jenny

-       No puede, no puede despedirte de mi casa- la tranquilicé apoyando mi mano sobre su hombro.

  Miré el perfil rotundo de la Casa contra el cielo  asperjado de estrellas  y difuminado en diagonal por sutil gasa de la Vía Lactea. 

 Entramos y Jenny se dirigió directamente a la cocina con paso apresurado y procurando no taconear en un intento inútil de ser invisible al control de Augusto desde la sala de la chimenea. 

 Yo entré en la sala. El vacío aparente  desde la entrada confirmaba quien me esperaba fumando en su sillón de cuero viejo. 

-Creo que debemos mantener una larga conversación- su voz sonó tranquila como si hubiese olido mi presencia.

  

 Afortunadamente estaba todavía lo suficientemente borracha como para no tener miedo.El alcohol era mi aliado en el que se iba a convertir mi primer combate en una guerra que ya no admitía más treguas.

 

Me acerqué, cogí una silla y la coloqué frente al sillón. Entre los dos había una vieja mesita auxiliar con el tablero ajedrezado, un mueble que conocía bien, porque siempre estuvo allí. Un trasto absurdo en una casa donde nadie fue aficionado al ajedrez y que sin embargo en aquel instante recuperaba su sentido y su valor en la casa.

Todo allí tenía sentido, todo había existido en virtud de un momento presente o futuro.

 -Tú  dirás- lo espeté mirándolo a los ojos sin miedo.

 

Los suyos me esquivaron, nunca fue un buen contrincante en distancias cortas, en vis a vis, por eso quise estar bien cerca de él, porque estaba borracha y porque lo conocía. 

-       Bárbara, el negocio que tenemos entre manos no es una broma, yo sé que tú siempre te has tomado la vida a la ligera, que  tienes tu propia concepción de las cosas, pero esto no es un juego, aquí hay muchos millones de euros sobre la mesa.

 -       Lo sé- le respondí retrepándome en la silla, cruzando las piernas y mirándole desde la nueva distancia, con la barbilla alzada y los ojos entornados.   Busqué un paquete de cigarrillos en el bolsillo del abrigo y encendí uno sin invitarlo.

 - Pero  este negocio debe cerrarse pronto. Mañana estará todo esto plagado de inmobiliarias e inversores, y quien acumule más tierras en sus manos se hará de una fortuna  inimaginable. Yo llevo mucho tiempo trabajando este terreno y no es ahora tiempo de demoras 

-       Augusto- di una calada profunda al cigarro y entorné los ojos para verlo a través del humo- yo no doy importancia a esas cosas.

  Se removió, apretó la mandíbula y ví surgir en sus manos aferradas a los brazos del sillón, dos tendones tensos y azulados. 

-       Qué quieres decir, es hora de hablar claro

-    Lo que he dicho, no doy importancia a tus negocios, no son cosa mía.  Yo soy una traductora de lenguas escandinavas, ave exótica dijiste tú. Gano para vivir y para pagarme el alquiler y los cuatro vicios que tengo. Me marean las imágenes de la bolsa en televisión, imagínate. 

-       No juegues conmigo Bárbara, ya una vez quisiste jugar y pagaste caro. 

-       Finalmente- sonreí, no tenía miedo, me sentía fuerte, la Casa Grande era mía- finalmente dejas hablar al verdadero Augusto, lo tienes muy reprimido desde que llegué. 

Él observaba el humo de mi cigarrillo, subía en una columna recta, inmóvil, mi mano no temblaba ni daba signos siquiera de vida.

 -       Has decidido no vender para vengarte de quién o de qué. No seas vulgar Bárbara, el dinero te interesa, es mucho dinero… 

-       Puedo elegir ser vulgar, o no serlo. Eso me da mucho campo de acción, querido cuñado. 

-       Tengo los papeles en mi portafolios, firma y déjate de niñerías. 

-       Augusto, quiero disfrutar esta casa antes de venderla. Quiero tomarme unas vacaciones aquí.

 -       No quieras tenerme de enemigo Bárbara,  no te conviene.

  -       No me interesa tenerte de amigo o de enemigo, no me interesas tú Augusto, me interesa la Casa Grande. 

-       Quieres la casa? No, no creo. Tú no podrías vivir aquí, te has acostumbrado a la ciudad, al mundo equilibrado y razonable del Norte, tú no podrías vivir en esta tierra áspera- sentenció removiéndose en el sillón.

 -       No, no estoy segura de querer la Casa Grande, sólo he dicho que me interesa, está llena de recuerdos, soy una romántica…

 -       Podemos meter una claúsula en la venta, un derecho  a permanecer en la casa hasta una fecha sensata. 

Cerré los ojos, sentia los párpados pesados, y el humo me estaba irritando el lagrimal. 

 -       Bueno, creo que me voy a la cama, estoy muerta de sueño 

-       Si quieres jugar, juega, pero en este juego te vas a quemar, te aviso 

-       Me estás amenazando- lo reté con la mirada- me enviarás un coche para que me pase por encima y luego se de a la fuga 

-       Nunca repito el método- hizo una mueca patética que pretendía ser una sonrisa- Cuñada esas cosas que fumas te hacen ver fantasmas.

 -       Escúchame- respiré hondo para no  dejarme llevar, para mantener la frialdad que era mi única arma contra él- si metes la nariz en mi privacidad, si se te ocurre mencionar si fumo, si bebo, si salgo o si entro, voy mañana mismo a un notario y dono mi parte de la casa y  de las tierras  a la hija de Jenny con condición de vender únicamente a personas jurídicas donde tú no tengas nada que ver.  Te  conviene andarte con tiento para que yo esté contenta y te firme antes de irme para siempre. O puedo hacer algo peor, puedo llamar  a los americanos y vender directamente y decir por ahí que me han pagado más que tú has pagado a esos desgraciados por sus tierras.  

-       No me vengas ahora con el comunismo, por favor, está ya aniquilado en todo el mundo, abre los ojos de una vez, esa gente son urracas que corren a lo que brilla sin mirar lo que destrozan en su camino.  

-       Y tú quién eres Augusto Castellanos? Aquel niño acomplejado de gafas de culo de vaso, el hijo del maestro,  que venía a la Casa Grande y hacía planes de cómo ser un día el dueño de todo aquello. Ya desde entonces  Bárbara, la mala,  se te atragantó, pena que la dulce Ángela tuviera un clon pérfido. He sido siempre tu calvario, eh. Y mira por donde te vino la suerte de cara, eh. 

 -       Abortaste tú, no querrás culparme a mi. 

-       Sí, aborté yo pero no sé quien movió los hilos para mi ingreso en la clínica psiquiátrica.

 -       Ahora seremos todos los responsables de tu inmadurez, claro.

  -       NO, de mi inmadurez sólo soy responsable yo, como de mi rúbrica para vender todo esto. Augusto estás en mi casa, debieras ser un poco más humilde no crees. 

 Me dirigí a la puerta tratando de mantener el paso. El suelo se me hacía arenas movedizas bajo los pies.

 Antes de salir me giré. Me miraba casi sin respirar como si mis palabras lo hubiesen petrificado  

.Ah las llaves de la casa y de las habitaciones déjalas colgadas en el pasillo por favor- aun pude decir antes de que me llegara la primera arcada.

El estómago me quemaba y me venía la boca la saliva acida de la nausea.

Salí a la calle y vomité hasta quedarme vacía. 

   Hacía un frío seco que cortaba el cuerpo a cuchilladas. Me acerqué a la fuente y bebí ansiosamente.

Me enjuagué la boca del sabor acre del vómito. Me mojé las manos y me las pasé sobre la cara 

 El hilo de agua de la fuente rompía el silencio absoluto de la noche. 

 Regresé temblando. 

 Ya no había luz en el salón.    

                    Subí la escalera casi arrastrándome. Alguien estaba de pie, esperándome arriba, su sombra se recortaba contra la vidriera azul del último rellano. Había soñado aquello o estaba todavía dentro del sueño. De nuevo ese macabro juego de encontrarme atrapada entre dos mundos antagónicos empeñados en darse la mano.

  La boca me sabía a azufre y la ropa olía a agrio. 

Sentí un pánico irracional.Sería  fácil asesinarme ahora. Estaba borracha, había estado en la ciudad, había testigos de mi embriaguez. Bastaría un leve empujón para hacerme rodar como un guiñapo. 

 Bastaría un soplo para  derribarme como un árbol de raíces encharcadas.

 Me encontrarían muerta, a la mañana siguiente. Un grito de Jenny alarmaría al vecindario.

Dio un traspiés, está claro, había bebido mucho.

    Me pesaba la cabeza, los pies no querían  responder, estaba subiendo a gatas, y  la sombra seguía allí firme esperándome.

  Unos peldaños antes de llegar distinguí el brillo tornasolado de la bata de mi hermana.

 

  

-Ahora quieres llevarte a tu terreno al duque de Sears, no pararás nunca verdad, has venido a herirme,  lo sabía, quise creer que no, pero no podía ser, no serías tú si no hicieses esas cosas.

  No le respondí, el estómago me llegaba a la boca, necesitaba vomitar de nuevo. 

 La aparté para incorporarme pero ella seguía allí 

-Estuviste en la Gardenia, y ahora él quiere verte.

 No la entendía, sus palabras parecían provenir de una caverna.                                    

                              

Comments

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Sat, 02 May 2009 07:52:21 +0100
TERCERA PARTE: EL SORTILEGIO DE LA MEMORIA : CAPÍTULO NOVENO http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/05/01/tercera-parte-el-sortilegio-de-la-memoria-capitulo-noveno http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/05/01/tercera-parte-el-sortilegio-de-la-memoria-capitulo-noveno                          CAPÍTULO NOVENO                          

  La mancha azul cobalto dominaba la superficie del espejo, dominaba las pozas de la Alcacelera. Era yo ante el espejo y era yo asomada a un charco.

    Finalmente se había esfumado del aire el olor de la laca y  del perfume barato y se habían hundido como en el fondo de un lago los sonidos del tintineo de las alhajas de las mujeres al mover las manos, de las cucharas al chocar con la porcelana y el murmullo insoportable de los voces rotundas de los hombres y de los  chillidos de sus esposas.  Hablaban todos a un tiempo, sin esperar el turno, nerviosos, ansiosos, espantados del segundo muerto de un silencio en aquel comedor elegante, con cuadro de cazadores ingleses y sillas de brazos retorcidos y dorados, tapizadas de terciopelo color vino.

  Bromeaban ruidosamente, gesticulaban exageradamente. Se sentian orgullosos como niños de haber sido invitados a la cena de la Casa Grande, convidados a la reunión que Augusto llamó, y sus palabras eran sentencias porque era un hombre rico y poderoso, " acontecimiento histórico"  porque allí se diseñarían los nuevos tiempos con sus jefes y sus reglas.        

      

    Las urracas me habían mirado sin disimulo. Alli tenían materializado a un ser evaporado con una sospecha sobre la espalda, una pregunta nunca contestada. Por qué se fue para siempre una de las gemelas de los Montalbanes, porqué no volvió ni al entierro de sus padres, ni a poner una flor en sus tumbas, porqué no estuvo en la boda de su hermana y no conoció a sus sobrinos ni se fotografió en los bautizos y las comuniones.

Fingían con torpeza que yo no era un misterio. 

   Soñaban todos  con la riqueza, con el futuro brillante anunciado por la alfombra verde del campo de golf y el rumor de maquinas en el polígono industrial. Y revoloteaban en torno a mi cuñado, incautos,  atraídos como insectos al néctar de la abundancia. No habían dudado en disfrazarse para entrar en la tela de araña  de don Augusto, aunque sospecharan el embuste, aunque en el fondo se les muriera algo al vender sus raíces y su historia; había sido más fuerte el miedo a perder el tren, a no comprar aquel billete de lotería y luego ver a los demás celebrando con champagne la gloria y el futuro.

Iban a  tener dineros, palabras mágicas que abrían las puertas del cielo y del infierno, que les permitía tener mujeres parecidas a las de las revistas, vestidas con batas de seda con pompones en las zapatillas, con dormitorios enmoquetados de blanco , dormitorios de peluche para hundir los pies con las plantas inmaculadas, sin señales de haber caminado, porque los ricos levitaban en su mundo aséptico y lejano.

   Los ojos azules de la viuda me rondaban, pero los rehuía. No era el momento de iniciar sospechas, de abrir paso a la certeza de que Augusto pudiese no tener límites. Nos lo decía Lucrecia a la Evirita, su nieta,  y a mí cuando regresabamos jadeando, con el corazón saltando en el pecho convertido en corazón de pajarillo, las bocas entreabiertas  como picos, las manos temblando porque nos había vuelto a ladrar el perro de los Rejanos "No debéis demostrar miedo a ese perro. Los perros huelen el miedo. Si pasais riendo, sin mirarlo, sin cambiar el ritmo de los pasos, el animal levanta el hocico y siente el aire limpio y vuelve a dormir. Pero si mostrais miedo olizquea y sabe que debe atacar. Es así como funcionan los animales. Conocereis cuando crezcais muchas personas con las que deberéis actuar como con el perro"

 

  Augusto olía el miedo. Como el perro.

Y si yo pensaba en la viuda pálida, señalando con el índice a mi cuñado y clavando en él sus ojos metálicos, podía creer que no vender la casa no iba a ser un gesto sentimental o romántico sino una batalla a muerte.

 

  Me quité el vestido de Ángela. Lo dejé deslizarse como las escamas muertas de un  reptil  y me observé medio desnuda, con la piel de gallina por el frío. Iba a cumplir cuarenta y cinco  años el día 12 de Diciembre y desde el fondo del espejo me sonreía una mujer hermosa. Aún conservaba la media melena lisa de la adolescencia, había resistido al bombardeo publicitario de las mechas o de los cortes decapados, y conservaba un cuerpo de vestal, salvado del destrozo de los embarazos y los partos y del aburrimiento del  sexo conyugal.

 Era una mujer que  no pensaba vender su memoria. 

  Me sentía a salvo, protegida por manos invisibles. Un instinto salvaje me confirmaba que estaba haciendo lo que debía hacer. No había justificación para todo aquello. Lo acaté como si hubiese pagado mis monedas al oráculo.

   Me cargué fuerte el joint. Me gustaba el ritual. El  crujido leve de las hojas entre los dedos, deshaciéndose en finas y aromáticas briznas; el papel delicado en el que trabajaba con habilidad de artesano hasta obtener el fino cilindro blanco sellado por un toque suave de la lengua; y después el olor fresco de la hierba quemada, el humo embriagador, la chupada que hacía crepitar levemente las  finas hebras y las encendía como estrellas fugaces en la oscuridad del cuarto.

 Me gustaba fumar a oscuras. Todavía me gusta.

 

 Aspiré con los ojos cerrados, aún frente al espejo, con la manta de pelo de oveja sobre los hombros, inmersa en la contemplación de mi misma  en aquel mundo que había sido el mío y al que volvía sin una misión explícita, sin un objetivo definido, pero ya no como la gacela asustada del cuadro, no para recibir un mordisco en el cuello.

  Tampoco parecía sensato jugar al escondite con el perro rabioso. 

   Aspiré profundamente aferrada al madero redentor de la marihuana y me dormí  mecida por las plumas de la hierba cosquilleando en mis venas.

   Había dejado  encendida la luz de la pequeña lámpara en forma de caracola que había sobre la mesita. Tenía  miedo a  la oscuridad, las tinieblas me secaban la boca y me aceleraban el latido del corazón. Necesitaba ver, siempre, aunque tuviera los ojos cerrados, yo debía tener la certeza de que el mundo no existía porque mi voluntad lo había decidido así y  que bastaba un movimiento ligerísimo del  músculo del párpado, una decisión mínima de mi cerebro para recuperar el universo entero, para sentirme dentro de todo y después fuera.  

   En la ciudad era imposible perder la brújula. La persiana permitía que la luz de la farola mutilara  a tajos la oscuridad total y la luz verde del reloj iluminaba mi cabeza sobre la almohada; pero en  Sierra Bermeja la noche era negra como el tizón, sin referencias. Sólo el plenilunio cuando le tocaba su turno, teñía con su claridad azulada los cuartos, pero si era una noche de nubes como aquella la casa entera era la boca de una  gruta sin salida. La leve luz de la lamparita y el humo de la marihuana me transportaron  a un regazo placentero en donde al menos se podía dormir sin pensar en nada.

Maldita soledad, tantas  veces  me llenó la cabeza de huéspedes indeseados.  

  Estaba profundamente dormida pero sé que desperté, porque se había apagado la lamparilla, y miré hacía la ventana desesperada buscando un cuadro de luz, un recorte hecho a la tiniebla absoluta que se metía en los ojos como un negro humo, una señal que me refrescase la memoria sobre la orientación de la cama y de la puerta  y me permitiese recordar dónde estaba  el encendedor con el que prendí la hierba, para recorrer  la casa siguiendo la pequeña llama  hasta el cajón de la cocina en el que se guardaban las velas; si es que todavía guardaban las velas  allí. 

  La vi a los pies de mi cama. Justo en la diagonal del cuadrado violeta de la ventana, como alimentada de aquella luz mínima. Era yo de nuevo, pero a la vez era otra. Una mujer morena de grandes ojos negros y piel blanca y frágil como alabastro, con el vestido de seda plateada, tan ligero que parecía escurrirse por sus hombros con calidad de líquido.

   Se había levantado un temporal de lluvia salvaje y de viento aullando como un lobo por los callejones. Había discutido con mi padre y con Ángela y había hecho llorar a mi madre de nuevo.

 Lucrecia me abrió la puerta. "Pero alma del demonio ¿donde vas a estas horas y con esta noche de perros?" Iba allí a esconderme de la Casa Grande. La Elvira nos calentó leche y nos la sirvió con galletas. Y pedimos a Lucrecia que nos contara otra vez la historia del fantasma de la Gardenia.

 Sentada junto al fuego, levemente echada hacia atrás en su mecedora, con los ojos semicerrados y las manos entrelazadas en la abultada barriga, Lucrecia nos relató de nuevo el maravilloso cuento de la aparición en los balcones de la Gardenia. La joven de frágil figura, vestida de seda, iluminada por un rayo de luna sobre el Tajo de los murciélagos. La bella asomada al vacío, rota por las embestidas del viento agitando su melena y la tela plateada del vestido, enmarcada en el cielo rojo del crepúsculo moteado de figuras negras moviéndose frenéticas sin chocarse a pesar de su ceguera y de la negrura que se escurría como tinta sobre la escena.

-  Era una mujer triste que iba allí a recordar un amor perdido- sonrió con misterio la vieja.

  - ¿En el Tajo de los Murciélagos –su hija Elvira  restregaba con fruición un trapo mojado sobre los círculos pegajosos que los tazones habían dejado sobre la mesa- buscando el amor? Como no estuviera enamorada de un lagarto.

 

 Elvirita y yo nos acostamos hundiéndonos en el colchón de lana cálida, temblando y riendo para ahuyentar el frío. La Elvira nos puso agua en la mesita, y antes de salir se aseguró de haber cerrado bien los postigos de la ventana para que no entrara el frío. 

  La puerta del cuarto la había dejado entornada y la luz del pasillo encendida porque sabían que yo me ahogaba en las tinieblas. 

Hacía mucho frío afuera, se escuchaba el silbido del viento en el callejón y la lluvia furiosa golpeando la ventana.   Elvira y yo nos dormimos contándonos cosas. Yo estudiaba en el instituto y ella trabajaba en los hoteles toda la temporada alta de turismo. Los inviernos los turistas trabajaban en sus fríos países y la Elvirita regresaba a su casa.  Aquel había sido su primer trabajo. Después se iría todos las primaveras hasta que una no volvió porque se iba a casar con el metre del hotel donde trabajó los últimos dos o tres años. Pero aquella noche me hablaba de su nueva vida como camarera de hotel, me enseñaba fotos de apolíneos alemanes y fotos de ella en bikini o vestida de camarera sonriendo entre un grupo de jóvenes con pajarita y mujeres rubias apenas vestidas, las mujeres libres de Europa, el mundo sin fantasmas que comenzaba a avanzar en aquella España de noches a oscuras, de campanas tañendo a muerte, y de corazones encogidos por el silbido del viento en los callizos.

  Le prometí que no diría a nadie lo de las fotos en bikini. Yo le conté lo del invernadero y el duque inglés cuyo recuerdo todavía latía fuerte entre mis piernas. Ella me prometió que no contaría a nadie mi secreto.

Me dormí escuchando el murmullo de su voz imaginando cosas  que hariamos juntas en el hotel si es  que me dejaban ir, recreando imágenes de postal turística, las dos amigas corriendo libres melenas al viento en aquellas arenas doradas o  maquilladas como vedettes para ser las reinas de las noches en el corazón de la dolce vita y enamorar a aquellos rubios insolentes.

     El temporal tiró  un poste del tendido eléctrico. Los postes eran entonces de madera carcomida por soles y lluvias, y no resistían un estornudo en pie, menos aún una noche de perros como aquélla.

La luz del pasillo se apago. Lo supe porque tenía un radar como los murciélagos para detectar la luz aún cuando estaba hundida en el pozo de un sueño. Desperté agitada como cada vez que la oscuridad me atacaba a traición mientras dormía. Intenté buscar un foco de luz, una mínima señal de que no me había quedado ciega o de que no había sido engullida por la nada.  

Salté de la cama desesperada dando manotazos a las paredes para tantear el postigo y abrirlo porque alguna claridad debía traer la noche, alguna clave  de la existencia del mundo entre el espesor de aquella negrura  que se densificaba aún más cuando intentaba respirarla.

   Palpé al fin la cortina húmeda y el tacto rugoso de la madera del postigo, lo abrí de un tirón tras encontrar el cerrojillo oxidado y conseguir mover el pequeño resorte.   La calle no existía, pero se podía distinguir un tono gris casi negro,  suficiente para recordarme que estaba viva o que no me había quedado ciega.

Me metí en la cama tiritando y clavé los ojos en el cuadrado gris;  si lo miraba mucho lo devoraba la oscuridad amasada por nubes negras expandiéndose. 

  Pero sucedió un prodigio, la luz grisácea fue argentándose, iluminándose de una iridiscencia diamantina que cegó mis ojos y desde el  negro fondo del espejo del armario surgió una figura blanca caminando lentamente hacia mí.  Una mujer hermosísima de cabellos de azabache y piel  de nieve, vestida de seda blanca me miraba desde el mundo de las locuras de mi mente o desde el recuerdo de otra mente empeñada en traerme a mi una historia que yo no conocía ni podía sospechar. 

Debí gritar fuerte porque la Elvira entró atropellándo todos los muebles del cuarto y corrió a la cama preguntando ansiosa "Qué os pasa, qué ha pasado" La vieja Lucrecia apareció detrás con una vela en una mano que dejó en el suelo, justo en el rincón de la gotera. La luz trémula delató la mancha oscura de la humedad bajando como un reptil por la grieta de la pared. 

-He tenido una pesadilla, he visto al fantasma de la Gardenia- susurré sofocada con la respiración agitada y la frente perlada de sudor

-Lo ves, mama, lo ves – la Elvira recriminó a su madre- lo ves lo que pasa cuando cuentas esas historias de espantos a las niñas..

La vieja no respondió. Se me quedó mirando y de sus labios emergió lentamente una sonrisa de satisfacción, después suavemente tocó la puerta con los nudillos.

 

   Paulatinamente los golpes se hicieron más rotundos y  todo se esfumó en una niebla gris. La puerta se abrió lentamente dejando pasar  la yema temblorosa de una vela que recuperó los objetos y sus formas y los lanzó en espectrales sombras contra las paredes.

  Era Jenny, venía envuelta en una manta de lana y vestida con un pijama de felpa  azul marino.   

- Estaba gritando?- Le pregunté y sentí que tenía la boca seca.

Jenny asintió


-       Pero no tan fuerte como para ser escuchada en pasillo donde duermen tu hermana y tu cuñado. Màs que gritos parecían lamentos, pensé que tenías una pesadilla.

  Se acercó  a la cama y me puso la palma de la mano sobre el hombro.

-       A mí también me angustia la oscuridad, he despertado antes de escucharte y he cogido las velas del cajón, siempre tengo velas arriba, porque hay muchos apagones dicen que desde que están con las obras del polígono. 

-       Antes también había, pero era porque Sierra Bermeja era el culo del mundo, lo más desamparado entre la desolación de la España franquista. Los postes eran de madera podrida y con que se posara un pájaro ya se doblaban o se caían, cuando había temporales de lluvia  o nieve podíamos estar una semana a oscuras. 

        

-       Me recuerda mi pueblo. Allá hay lugares donde todavía no llegó la electricidad. La selva es como un animal vivo, lo engulle todo, hagan lo que hagan la selva lo devora y lo que no devora la selva se lo llevan los hombres.

   Jenny se había sentado en la cama acurrucándose bajo la manta como aquellos viejos jefes indios de las películas. Su rostro dorado de ojos rasgados y pómulos rotundos la transportaba a muchos kilómetros de Sierra Bermeja, a un lugar devorado por organismos impúdicos, creciendo sin piedad,  por  el agua  presente cada noche y el sol cada mañana y esa efervescencia de la vida ablandando el suelo plagando el aire de miasmas irrespirables. 

-    ¿Qué soñabas?- preguntó, interrumpiendo su relato sobre la selva.

 

-     No estoy muy segura si soñaba algo que soñé antes o si estaba sucediendo de nuevo. Sueño mucho últimamente con el fantasma de una mujer. Siempre ejerció una gran fascinación sobre mí y el estar aquí ha revivido todo en mi subconsciente, supongo...

- Yo no lo creo, yo creo que esa mujer quiere decirte algo

- No Jenny, nadie viene de la nada a decir algo... En todo caso soy yo misma que quiero contarme algo para dar sentido a este absurdo de mi regreso

Jenny dio un tiritón y se arrebujó bajo la manta.

- Ya lo descubrirás, pero, ¿no has pensado investigar quien era esa mujer?

-Creo que ni existió.

-Cómo es la mujer que ves? inquirió con los ojos muy abiertos y un ligero temblor en el labio.

- Bueno, creo que soy yo. Es mi rostro, mi cabello, mis ojos.

-¿ Es igual que cuando la viste cuando eras pequeña?

-No lo sé, no recuerdo bien, pero si, puede que sí. No lo sé

-Creo que es alguien de tu familia- hablaba susurrando, temiendo ser escuchada- es la única explicación de que se te parezca a tí y de que te busque.

Dio un tiritón bajo la manta y le pedí que se fuese a dormir y que partiera la vela en dos y me dejara un cabo encendido porque no quería volver a estar a oscuras.

   

  Cuando desperté la cera se había consumido y se había convertido en una mancha oscura en el suelo. Por la ventana entraba un sol limpio de otoño lavado por la lluvia. La atmósfera era prístina  y la luz tan nítida que podía distinguirse una araña suspendida en el aire. Casi hería las fosas nasales tanta pureza.  

Leí mucho tiempo en la cama, hasta las doce que subió Jenny con una bandeja con tostadas y una cafetera de café recién hecho. El olor del brebaje inundó el cuarto y me reconcilió con el mundo por unos instantes.

Retiré todo de la mesita y la invité  a tomar uno conmigo. Me dijo que le daba nervios, que le entraba la tristeza cuando lo tomaba, se le metía en el pecho un ratón inquieto y  un desasosiego como si fuesen a pasar cosas malas. 

   Augusto y Ángela se habían ido temprano, había  escuchado entre sueños sus voces en la calle y el motor de su coche cuando apenas amanecía.

Jenny me dijo que iban a Granada a recoger a su hija Ángela. Le pregunté por Augusto, hijo, y me dijo que era difícil saber por donde andaba porque era muy introvertido y escurridizo. 

   Almorzamos juntas en la cocina y planeamos el regreso de su hija y  el viaje a Granada para comprar lo necesario para mi instalación en la Casa. 

-       Podríamos empezar por la habitación del escritorio. Era mi preferida, sabes-le dije- podríamos abrir las cortinas y quitar el polvo entre las dos y buscar secretos, ¿Por qué no investigamos las dos esa historia que nos quiere contar esta casa Jenny? ¿Por qué no buscamos las pistas que nos lleven al fantasma?

 Jenny me miró con esos ojos suyos almendrados  que se me estaban haciendo familiares y amigos. 

-       Sería lindo de verdad.

-       Bien, pues a qué esperamos  

Cuando quisimos abrir la puerta del cuarto del escritorio encontramos que estaba cerrada con llave.

Probamos con el comedor y tampoco la puerta cedió. También lo intentamos con el cuarto de la costura y subimos las escaleras a  zancadas para a empujar más puertas. Absolutamente todos los cuartos menos nuestros dormitorios, la sala de la chimenea, la cocina y los baños permanecían cerrados a cal y canto.  

  Podía suceder que Augusto tuviera algún documento o algún secreto que debiera permanecer bajo llave en su ausencia, pero qué sentido podía tener entonces cerrar todos los cuartos,  podía ser también que hubiese cerrado todos para que no pensáramos que guardaba algo en uno concreto, o simplemente que quisiera dejar claro los dueños se habian marchado y quienes se quedaban allí tenían suficiente con el espacio imprescindible. El resto era suyo. 

Cogí el teléfono móvil. Marqué el número de Augusto.

- Bárbara- respondió  fingiendo sorpresa- hay algún problema 

-       Si, puedes decirme dónde están las llaves de todos los cuartos quisiera hacer una visita turística por la Casa Grande..

-       Cuanto lo siento querida cuñada, las llaves las tiene tu hermana, nunca abrimos esas habitaciones, sólo para una limpieza rutinaria cada  dos o tres meses. Siempre están cerradas con llave

-       De acuerdo si no te importa me gustaría tener una copia, si me la puedes hacer te lo agradecerí

-       Son llaves muy antiguas, no será facil- respondió después de un instante de silencio

-       Entonces no vuelvas a llevartelas, por favor- 

    El teléfono móvil sobre su escritorio, todavía caliente, los ojos fijos en su forma absurda y diminuta, la luz de la ventana reflejada en sus gafas de montura dorada, ocultando el brillo maléfico de sus ojos de acero, mientras en sus oidos repicaban unas palabras envenenadas.. “no vuelvas a llevártelas” Una exhortación que le excavaba el pecho, le surcaba el corazón de arañazos dolorosos.  Ella, su pesadilla  nunca superada, se había encarnado en una mujer real y ajena, un ser enigmático a quien no conocía todavía para manipular y el tiempo  no jugaba en esta partida a su favor.   

-Te apetece ir al cine Jenny?

- Si claro, pero no se sí debiera

- Está todo hecho y limpio, Nadie va a comer aquí hoy- l a interrumpí

- Don Augusto hijo, no se ha ido, igual viene a comer. Es posible que esté en la casa vigilándonos. Me da un poco de miedo tu sobrino- añadió bajando la voz temiendo ser escuchada por la sombra del nosferatu.

                                

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Fri, 01 May 2009 11:03:41 +0100
SEGUNDA PARTE: FIGURAS EN LA NIEBLA: CAPÍTULO OCTAVO http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/27/segunda-parte-figuras-en-la-niebla-capitulo-octavo http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/27/segunda-parte-figuras-en-la-niebla-capitulo-octavo  CAPÍTULO OCTAVO

 El perro clavaba sus mandíbulas impías en el tierno cuello de su presa, se deleitaba en la sangre escarlata que se extendía por el cuadro amenazando derramarse y  escurrirse por la pared. Los cazadores hieráticos, solemnes fumaban en pipas mirando un horizonte difuminado en una niebla violeta y añil que podía ser un amanecer o un crepúsculo. Ángela ultimaba los detalles más triviales como la distancia entre las copas de vino y de agua o la simetría de los jarrones con bouquets de rosas. Augusto fumaba  en su sillón con la mirada perdida entre las ramas de las mimbres lloronas. La plaza  respiraba un silencio admonitorio, iluminada sólo por la luz mortecina de las farolas. Jenny se retocaba la ridícula cofia de su disfraz de criada. Todas esas cosas sucedían a unos metros debajo de mi mientras yo me preguntaba de nuevo qué coño pintaba  en aquel cuadro absurdo.Me preguntaba otra vez porqué no había firmado con un frío código y no me había pasado a la semana siguiente por el banco para recoger golosa mi parte del festín.

Mi hermana había venido con un puñado de vestidos colgados en sus perchas, vestidos de tejidos caros y colores delicados y elegantes. Me había dejado también una preciosa bolsita con maquillaje de calidad y un joyero. Me había dicho que la Elvira no podía venir porque aquella misma mañana, Lucrecia, su madre se había puesto muy enferma y la habían llamado una ambulancia para llevarla al hospital mientras me mostraba gargantillas, pendientes, pulseras, anillos y broches que irían bien con tal o cual vestido.   Me había abrazado y me había dicho que siempre soñó hacer algo así. Recibir a su hermana, agasajarla, intercambiar vestidos o joyas, reirse juntas de algun cotilleo. Me dijo que siempre mantuvo abierta esa puerta a pesar de los consejos de todos para que dejase las cosas estar.  

 "Creo que el azul cobalto te iría de maravilla, ¿quieres probártelo ahora?" " Usa un found de teint cobre, tienes la piel demasiado pálida, y un poco de color te irá bien, y ponte al menos una pulsera y unos pendientes. Eres muy espartana, como un epígona del movimiento hippy.."

 Tuve la impresión de que me estaba adoptando.

 Cuando se fue abrí el balcón. Ese olor. Ese perfume espeso, intenso, de señora bien situada en la pirámide social me  ponía delante una y mil veces los tobillos finisimos de mi tía Milagros en la estación de Madrid. Sus tobillos en la casa, mostrando los huesos afilados emergentes entre las plumas de unas zapatillas color rosa.  Sus tobillos cortantes en la sala de espera de la clínica.

   Tuve ganas de fumar algo, pero era mejor no hacerlo y bajar despejada a la cena.  Me dejé caer en la mecedora de la tía Bárbara.  Quise ser ella por un instante, un ser sin vida, atrapado en una maraña de recuerdos o en la nada.

  Decían que tenía el juicio perdido de nacimiento, pero no era verdad, porque había fotos suyas en el cajón de la cómoda. Siempre las hubo. Yo las había visto. Cuando se murió entré a mirar sus cosas. A descubrir sus secretos. Sólo había un puñado de ropa oscura y un album de fotos. 

 Abrí el cajón de la cómoda y encontré el album en el mismo lugar que estuvo siempre. Envuelto en un pañuelo de seda negra.

  Me senté sobre la cama, aparté los vestidos y lo abri.

Eran  cartulinas color sepia,  cuarteadas, demasiado viejas, con los bordes desportillados, casi todas de reducido tamaño, pero aún en el óvalo mínimo  en donde apenas se distinguían las manchas oscuras de los ojos y la boca,  se captaba la belleza  y la sonrisa abierta de aquella muchacha que no demostraba para nada síntomas de enajenación o estupidez.

   Había una foto grande y bien conservada, en donde posaban las dos hermanas Guzman, Bárbara y Ángela, y sus padres,  muy serios y orgullosos acompañados de los duques y su único hijo,  y su nuera, los abuelos del actual duque de Sears. Bárbara brillaba entre todos. Era una muchacha preciosa. Y su sonrisa y sus ojos no delataban la degeneración de su vida posterior.

Después no había  más fotos de ella, como si su vida hubiese terminado prematuramente y aquella mujer que vagaba por la Casa Grande fuese sólo un espectro. Mi hermana pronunció mi nombre desde el fondo de la  escalera-Bárbara no te entretengas mucho, los invitados están al llegar 

Devolví las fotos al cajón y  aplasté la colilla del cigarro contra la tierra de la maceta casi mustia cuyos tallos agonizaban sobre la cómoda dentro un tiesto lujoso de cerámica pintada.

Me puse el vestido azul cobalto y me colgué unas lágrimas en las orejas y busqué el anillo a juego.  Me doré la piel y me pinté los labios.  y me peiné a mi manera. No bajé hasta la tercera llamada de Ángela.Me  provocaba un cosquilleo perverso en el pecho la tensión creciente abajo, el intercambio de miradas furtivas entre mi hermana y mi cuñado y mi sobrino. Las disculpas con que justificarían mi retraso.

 Ángela se apresuró a recibirme y me tomó de la mano para anunciar mi regreso continuando en el proceso de adopción:

" Al fin la tenemos aquí, ha debido dejar ocupaciones muy importante, porque Bárbara es una importante traductora en una gran empresa de Copenhagen, así que imaginen qué noche importante para todos..."

Mi cuñado se levantó sonriente, con esa risa de hiena esculpida en el rostro, esa mueca de payaso loco que me erizaba hasta los intestinos, y extendió su brazo indicándome con la palma de la mano la silla a su lado, reservada para mí.

- Tenemos entre nosotros al hijo pródigo, debemos agasajarla continuamente para que no se nos escape de nuevo.

 Todos rieron la ocurrencia.

Habían encendido la lámpara de lágrimas y el centelleo de los diminutos cristales recortaba aquel cuadrado del mundo oscuro y silencioso del resto de la casa como si el salón fuese un barco fluorescente  envarado en medio de la inmensidad y la  hermosura del océano. La luz  intensa cromaba  el blanco de los manteles, el cristal de las copas, la plata de los cubiertos, los marcos dorados de los cuadros, las joyas auténticas de mi hermana, la bisutería  de las esposas que habían acompañado a sus maridos disfrazadas de señoras para la ocasión, el terciopelo de las cortinas y  la seda  de los  tapizados. Pero sobretodo  hería la retina.  Al atravesar la puerta del comedor después de recorrer casi a tientas el pasillo en penumbra reviví la percepción de aquel foco albino en la clínica, cuando abría los ojos después de tantas horas de sueño provocadas por los tranquilizantes y toda aquella basura con que me envenenaban día a día y no recordaba quien era ni donde estaba. Y por un instante me asaltó un terror paralizante, me quedé mirando aquellos desconocidos en torno a la mesa, cuyos rostros excesivamente iluminados por el lucernario de cristal parecían máscaras en una tétrica representación dirigida por mi cuñado, y experimenté una sensación angustiosa como si alguien me hubiese puesto una mano en la boca, como si mi cerebro se negara a dar órdenes para poner en movimiento todo el mecanismo de mi cuerpo, el que decidía que mis piernas avanzaran en pasos precisos y resueltos hacía mi puesto en la mesa o que mis labios se aproximasen con desdén y elegancia a todas aquellas caras de mujeres maquilladas como bufones para fingir un beso, o mi mano derecha se perdiera lánguida y fría entre la mano ruda de uno de aquellos hombres disfrazados de señores por expreso deseo de Augusto Castellanos, quien se había erigido en jefe de aquella caterva de codiciosos.

 Fue ser sólo un instante un lapsus de tiempo tan breve que no dio tiempo a que mi hermana sintiera vergüenza o mi cuñado actuara con esa condescendencia de los seres superiores sobre las más frágiles criaturas. Después me vi haciendo lo que el terror no me había dejado hacer,  me vi saludando y sonriendo sin ningún interés y aceptando la silla y abriendo la servilleta sobre mis piernas y  diciendo gracias a Jenny y a otra chica que no conocía, ataviadas ambas con vestidos de satén negro y cofias y guantes  de encaje blanco.

 Me vi a mi misma como me vería una fisgona que estuviese espiando escondida tras las cortinas de terciopelo, rígida e incómoda, suplicando que acabase todo aquello, preguntándome de nuevo qué mierda pintaba yo allí,  controlándome por no salir corriendo y llegar al cuarto de la loca y liarme un porro bien cargado mientras descubría misterios antiguos en fotos color sepia.

 La comida transcurrió en un silencio incómodo, y aquella tensión  sufrida por quienes se sentían fuera de lugar fortalecía a mi cuñado. Lo miraba de reojo comiendo con la misma naturalidad con que lo haría si estuviera sólo  y susurrando palabras ininteligibles al oido de mi sobrino, quien me lanzaba miradas mal disimuladas.

A mi lado, una mujer  de cabellos teñidos color oro viejo, y con los labios pintados de un carmín tan graso y resbaladizo que se introducía por las pequeñas arrugas de las comisuras y  llegaba hasta los dientes convirtiendo su boca en una monstruosa caverna de animal carnívoro, similar a la del perro ensañado del cuadro de caza; se presentaba como la mujer de mi primo Miguel Guzmán y  me decía en tono confidente que su marido sería el primer teniente de alcalde cuando Augusto ganara las elecciones.

 Finalmente cuando Jenny sirvió el  postre,  mi cuñado pidió un momento de atención golpeando con su tenedor una copa de cristal al tiempo que se levantaba.

 - Estamos a unos meses de las elecciones municipales- anunció en tono evangelizador- y Sierra Bermeja debe quedar en manos de quien la conoce y la quiere, debemos unirnos todos para evitar que nos llegue un alcalde extranjero que gestione todo para su interés, digamos en lenguaje nuestro, que arrime el ascua a su sardina

 Esta ocurrencia fue recibida con otra carcajada general. Desconocía esta bis cómica de mi cuñado, pero sin duda el poder lo había convertido en un hombre muy gracioso.

 Ordenó silencio con las palmas de las manos extendidas como hacían los emperadores romanos cuando la muchedumbre lo aclamaba. -    He sido informado de que el Duque de Sears está a punto de llegar. Mañana o pasado mañana estará en la Gardenia, según mis contactos, y estoy preocupado Se quedó pensativo, dejó espacio al silencio, porque conocía también que los espacios vacíos eran masa tan maleable como los grandes discursos. -  No podemos permitir que el conde venda a los americanos, todo lo que quieran los americanos tendrá que hacerse a través de la Sociedad. La que vamos a formar todos esta noche en cuanto firmemos los documentos que he preparado. Calló de nuevo -Pero, si el duque se niega a vender a la sociedad- preguntó mi sobrino  perfectamente aleccionado para introducir la alarma necesaria en el primer mitin electoral de mi cuñado, quien ahora quería ser alcalde democrático. Mi cuñado sonrió satisfecho -Me he informado,  no se puede entrar en el mundo de los negocios dejando cabos sueltos…Se escuchó un murmullo de admiración-El duque de Sears está divorciado, no tiene hijos, y bebe demasiado. Creo que se dedica a la escritura,  pero sin demasiado éxito, publica porque tiene nombre quizá haya vendido algunos bienes para pagarse las ediciones de sus libros….dicen que ahora está escribiendo una novela sobre su familia… Resumiendo, un alcohólico chiflado, Un excéntrico sin hijos que defender, a quien interesa más el dinero para mantener sus vicios y sus manías hasta que muera… -No tiene a nadie?-  preguntó una mujer de cabellos teñidos rubio platino y vestida con encajes negros y falsos diamantes -A nadie, cuando muera deberán buscar en el árbol genealógico una rama secundaria para entregar el título y la herencia; aunque quizá el duque deje sus pertenencias a alguna asociación de escritores fracasados. La aristocracia siempre fue caprichosa.  Escuchamos el timbre y el tintineo de los pasos de Jenny recorriendo el pasillo. Después un rumor de voces.Jenny entró en el comedor y se acercó a Augusto con gesto contrariado, estrujando el mandil de encaje que entre sus manos morenas resultaba aún más blanco y delicado.-Don Augusto, una mujer de luto se ha empeñado en entrar. Augusto permaneció impertérrito.          Gracias Jenny puedes retirarte- le indicó con frialdad,  subrayando siempre las distancias entre su clase y el resto del mundo.-Cuando Jenny estaba alcanzando la puerta de salida levantó la voz y como si hubiese olvidado la razón de su irrupción en la cena añadió: -      -  Por supuesto, dile que pase y esta atenta, quizá tengamos un nuevo comensal Hubo ironía en esas últimas palabras pero también temor. Ni el amor, ni la convivencia puede dejar a una persona tan descubierta ante otra como el odio. Yo era capaz de captar ráfagas sutiles en sus pupilas, un temblor casi imperceptibles en sus labios, una ligera tensión en los tendones de las manos, un latido fugaz  en las venas del cuello. Yo lo sentía como aquel animal del cuadro, rendido en el suelo, mirando al espectador ya sin esperanza, acatando el destino implacable, debía sentir a su depredador.Las fauces abiertas calientes, el vaho mojando la piel, el afilado colmillo, latiendo como si fuera materia orgánica, del verdugo adquirirían unas proporciones gigantescas, capaces de sesgar el mundo, de borrar paisajes, recuerdos de pastos jugosos, de hembras en época de montar, de cervatillos correteando sobre endebles patas, quebradizas como  taramas de leña seca. -Buenas noches- era una voz frágil pero orgullosa la de aquella mujer de enormes ojos color turquesa.Estaba tan enlutada y su piel era tan lívida que el azul de los ojos  se convertía  en un lujo involuntario entre tanta austeridad. -Buenas noches, Marina- la voz de mi cuñado resonó entre el coro de voces que pronunciaba un buenas noches tímido similar a la letanía con que  los feligreses respondían al sacerdote en la misa. -      - Qué visita más inesperada-      -  Seguro que no me esperaba, don AugustoLa voz de la mujer era desafiante Mi cuñado trataba de permanecer impasible, de hecho daba la imagen de un hombre sorprendido incluso intrigado pero yo controlaba de reojo el temblor azogado del iris, la modulación de una voz un poco más pastosa por la desaparición de la saliva, el pálpito de una vena hinchada en el dorso de la mano. Yo lo vigilaba y él lo sabía. -      -  Mujer, qué quieres que te diga, yo no te he invitado respetando el dolor, no me parecía elegante, creo que todos los que estamos aquí lo entienden…

Hizo un llamamiento al apoyo general para aliviar la tensión que se estaba centrando sobre su persona y la de aquella mujer esbelta, todavía joven y sobretodo muy hermosa a pesar de la palidez  de la piel y las medias lunas que circundaban sus ojos.

Y de nuevo se escuchó el murmullo de voces condescendiendo. -        - No me hubiera sentado en esta mesa ni por todo el oro del mundo, don Augusto Castellanos, me da asco hasta el plato más refinado que usted pueda servir 

La mandíbula inferior osciló ligeramente, la mano estrujó la servilleta. Sólo yo lo veía y lo observaba sin disimulo como si estuviese en un tribunal y no fuese él parte de la acusación sino el reo. 

  -  Comprendo que debes estar alterada, quién no lo estaría después de haber perdido a su marido en la flor de la vida de una manera tan traumática  e  inesperada…. La mujer no respondió. Simplemente clavó en él una mirada con brillo de puñal. -        - Ángela, anda, dile a Jenny que prepare  una tila, y tú por Dios, Marina, no te quedes ahí en el fondo, ven siéntante entre nosotros. -  Yo entre vosotros, entre esta manada de vendidos, míralos ahí con sus mejores galas para parecer señores, seguro que cuando se vayan os divertís recordando como cogía el tenedor la Conchita o como manchó de carmín barato las servilletas de hilo la mujer de tu primo Miguel. Jamás me sentaré yo en esa mesa, si ya me queman los pies nada más de estar pisando estas baldosas, mi marido tampoco quiso sentarse nunca aquí. Por eso está muerto 

Mi cuñado se puso rígido. Ahora el aire a su lado era un fluido denso que lo estaba asfixiando como si lo  hubiesen hundido en el abismo de un pozo.

 -       - Marina deberás explicar lo que acabas de decir, porque si es lo que pienso eso son acusaciones serias ante testigos- el primo Miguel se levantó señalándola con un dedo tembloroso y acusador La mujer levantó la barbilla y lo espetó con altivez. El dolor le había arrancado todo el miedo, en aquel instante no le importaba morir o quizá lo desesaba y había entrado allí para suicidarse. -      Miguel el perrillo de aguas de don Augusto, don Augusto dice tírate por un tajo y tú te tiras, que ejemplo de hombría para tus hijos.-         No te permito- Miguel retiró la silla para dirigirse a la mujer,quien  no apartaba sus enormes ojos azules como acero de él, que no demostraba tener miedo alguno-         Por favor, Miguel, no te pongas a su altura- la mujer que se sentaba a su lado tiró de la mano y lo obligó a sentarse de nuevo -        - No perdamos los nervios, por favor, no os dais cuenta, Marina es una mujer perturbada por el dolor, debemos comprenderla- Augusto cogía las riendas, la atmósfera se tornaba gaseosa de nuevo en torno a sus pulmones, el gesto visceral del primo Miguel había tenido un efecto balsámico sobre su tensión arterial. -   Marina- retomó el tono condescendiente- no puedes estar aquí, yo estoy intentando ser educado y comprensivo, pero estamos en una cena de amigos, esta intrusión puede resultar violenta, desagradable…comprendelo -         -Eres el demonio Augusto Castellanos, ni de usted te hablo, porque no puedo tener respeto a quien pagó para que atropellaran a mi marido

 Mi sobrino hizo ademán de ponerse de pie, pero mi cuñado con mano firme lo asió del brazo y lo mantuvo sentado. Quería manejar la situación a su manera.

-        - Esas son acusaciones muy serias, Marina, vete a casa y descansa, anda yo no te tendré en cuenta esto. Anda, Ángela acompáñala a la puerta. -         -Conozco el camino, pero antes quiero decirte una cosa, cuando invitaste a Paco a una copa en el bar hace una semana, él te dijo que le gustaba pagarse sus vicios, y que las invitaciones de brazo por encima del hombro no le provocaban confianza y para que no perdieras tu tiempo te dijo que sus tierras las vendería él al mejor postor y no a la Sociedad. Y a los tres días estaba muerto con la barriga reventada debajo de las ruedas de un coche que se escapo y que nadie recuerda haber visto por estos terrenos.  -        - Marina, Marina, creo que deberías parar ya- mi hermana intervino con su diplomacia habitual, sonriente, discreta, como era ella, la mujer de las revistas de decoración y moda. -         -Si paro ya, no tengo mucho más que decir, sólo que las tierras de Paco son de mis hijos y las venderemos a quien nos de la gana, y  a lo mejor con ese dinero pagamos un abogado para investigar quién está detrás del accidente de mi marido. Prefiero perder dineros a poner una fanega de la Alcacelera en tus manos!!! Después giró y se perdió por donde había entrado dejando un silencio de funeral entre los comensales.          Qué horror- se atrevió a interrumpir la mujer de Miguel- el cuerpo aún caliente y venir aquí a montar un escándalo, qué vergüenza-        - La chusma es así, hija mía, y ella, bien mirado, es hija de su padre. La sangre llama y la cabra tira al monte. Pero ahora – mi cuñado tenìa otros planes para aquella noche- no dejemos que una pobre desquiciada nos estropee el gran proyecto.-Está aquí reunido por primera vez el nuevo Ayuntamiento de Sierra Bermeja, un día esta cena aparecerá en la historia de nuestro pueblo. Ahora - añadió levantándose- pasaremos a la sala a tomar un café junto a la chimenea y firmaremos los contratos de venta. En pocos días encontrareis en vuestras cuentas bancarias la cantidad acordada. Ah. Formaremos también nuestra candidatura  para las proximas elecciones.

  Pedí disculpas por no acompañarles a tomar café y me dirigí a la escalera con mi hermana siguíéndome desconcertada.

 - Bárbara vamos a firmar los documentos de la sociedad, tú formas parte, no puedes dejarnos así.

 - Estoy cansada Ángela, no soportaría un minuto más de vida social, compréndeme.

_ Pero, pero...no puedes hacerme ésto- me susurraba al oido mientras sonreía y continuaba mostrando su cara de anfitriona de revista del corazón.

- No te estoy haciendo nada, Ángela, sólo me voy a dormir. No dramatices.

- Cuando te vi entrar en el comedor tan elelgante, como una verdadera señora, casi me atrevía  soñar...

- Soñar que yo era como tú. ¿Por qué quieres que yo sea como tú?

- Porque es lo natural, porque... no tiene sentido estar enemistadas, no tiene sentido tu posición rebelde y tu negativa a formar parte de tu familia... Al menos entra a decir buenas noches...

 - Hazlo tú, yo no tengo ganas, de verdad, no me encuentro muy bien.

  Mi sobrino acudió a rescatarla justo cuando me aproximaba al primer peldaño de la escalera. 

- Déjala, mamá, quizá quiera jugar un poco con nosotros...

Ascendí los escalones sin prestar más atención a las palabras de mi sobrino.  En el peldaño del primer rellano me volví y lo observé a los dos mirándome, con una extraña expresión en el rostro.

 

- Bárbara, no puedes ir, ven aquí, ven o se lo diré a mamá....

  Detrás de las casas más pobres de Sierra Bermeja verdeaban en  primavera como una esmeralda las parcelas de cereales de la Alcacelera. Un manto jugoso y ondulante que se hundía en el horizonte rojo, naranja, celeste, violeta o azul marino, diluido en las últimas sierras, borrosas por la lejanía. La vieja carretera comarcal asestaba entre las sementeras  una cuchillada impía y dos árboles añosos, de una corpulencia ciclópea,  rompían la horizontalidad del paisaje de la meseta como dos centinelas inquebrantables y orgullosos, frondosos en primavera, desnudos y tristes en otoño. No conocíamos su especie, eran “los árboles”, y recordándolo en aquel instante en el que mi cuñado estaba a punto de despedazar mi memoria, el fonema “árboles” me sonó de una hermosura sobrecogedora. Lo pronunciaba con el pensamiento y aparecían los dos  viejos vigías elevados como dos espantapájaros gigantes  sobre el océano de las cebadas tiernas.Su presencia no era caprichosa, anunciaban un acuífero que les alimentaba la savia y que con los temporales de otoño emergía a la superficie formando pozas de renacuajos y remanados de barro que se pegaban a las  suelas de las zapatillas en costras pesadas.Por la cuneta  de la carretera se formaban charcos enormes  en los que se reflejaban retazos de cielo azulísimo entre nubes de borra sucia. De repente la cara redonda de Ángela  irrumpió en el espejo de agua, y después una bota de plástico brillante  rompió el hechizo.-         Te tragará el barro, ha dicho papá que aquí es como arenas movedizas, que se traga perros y niños enteros Ya estaba dentro, con mis botas nuevas hundidas en el agua y sentía la tierra blanca hasta los tobillos, costaba  arrancar el pie de la pasta densa para dar el siguiente paso, igual que en esas películas de personajes que vivían en el fondo del mar y caminaban como si toda la masa de las aguas del océano cayera sobre sus hombros.

 - Ven aquí Bárbara, no vayas,  te tragará el barro

El charco ahora era una masa turbia de un color rojizo. Más cerca de los árboles las pozas eran mayores y tan transparente que se desdoblaban hasta los pájaros en su superficie. La Elvirita y un puñado de niñas jugaban con unos zancos fabricados con latas vacías de tomate o leche condesada atravesadas por cuerdas a modo de largas asas que se sujetaban con las manos. En otoño todos los niños tenían sus zancos, y caminaban  asiendo las cuerdas con fuerza para que la tensión mantuviese las latas pegadas  a las plantas de los pies, se veían venir desde lejos como procesiones de tullidos, con las piernas convertidas en grotescas marionetas,  buscando los charcos más profundos y  los remanales más blandos.Ni a Ángela ni a mi, ni la niña del médico la de la barriga de salamandra, ni a Augusto el hijo del maestro, nos estaba permitido usar aquellos remedos de juguetes, porque nosotros representábamos el lado de la suficiencia, vivíamos en la Casa Grande, teníamos tierras y  comíamos en la misma mesa de los Sears,  no podía lanzarse ningún puente entre los dos mundos quizá porque el nuestro era demasiado frágil y peligraba si no mantenía sus símbolosNosotros llevábamos botas de goma con brillo de charol y pelo vuelto, llevábamos guantes de lana suave a juego con los gorros y las bufandas, teníamos la piel  muy blanca y nuestros vestidos no mostraban indicios de reciclaje. Sin embargo yo le dije a la vieja Lucrecia que quería unos bien altos, y me hizo uno con latas de tomate natural gigantes de las que se vendían para las tabernas.Ángela decía que debíamos irnos pero yo me alejaba hundiendo las botas acharoladas en el fango. Emergían pompas sucias cuando pisaba fuerte y se escuchaba el chasquido de la greda pegajosa arrancándose de la suela de las botas cuando quería dar un nuevo paso. La iba dejando atrás, pequeña y bien vestida, con las manos en los bolsillos, incapaz del más mínimo gesto de insumisión. 

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Mon, 27 Apr 2009 08:42:35 +0100
SEGUNDA PARTE: FIGURAS ENTRE LA NIEBLA. CAPÍTULO SÉPTIMO http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/21/segunda-parte-figuras-entre-la-niebla-capitulo-septimo http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/21/segunda-parte-figuras-entre-la-niebla-capitulo-septimo

                               CAPÍTULO SÉPTIMO

 

 

 

Los duques de Sears eran unos retratos de damas orgullosas y caballeros amanerados sobre los muros de la  Casa Grande, la limpieza de la Gardenia todas las  primaveras y una historia extraña de ingleses de piel rosada que fueron  los dueños de la Casa Grande antes de que mi abuelo la comprara hacía casi un siglo.

 

    Cuando venían se sentía una cosa rara en el aire.

La abuela Ángela se ponía muy nerviosa.  Daba muchas vueltas por la casa, subía y bajaba al cuarto de su hermana, la loca que acunaba niños invisibles entre sus brazos enjutos.

  Mi abuelo se quejaba de que no veía el respeto de otros tiempos, que la chusma se estaba volviendo muy orgullosa con eso de los dineros del turismo, que antes, cuando el pueblo comía de los jornales de la Gardenia bien que se quitaban el sombrero y bajaban los ojos cuando los duques venían.

   La maestra, la delicada señorita Loli,  nos contó que los duques pertenecía a una de las familias más rancias de  la aristocracia inglesa, y la palabra rancio perdía su valor de cosa de mal sabor para convertirse en  un arcano.

 Los rancios duques ingleses habían apoyado económicamente a España en la guerra de la Independencia contra las tropas de Napoleón y como recompensa habían recibido un discreto latifundio en  Sierra Bermeja.

  Durante todo el siglo XIX visitaron la Gardenia y la Casa Grande para llenar sus paredes de retratos elegantes  y para cazar jabalíes en la Sierra Negra.  Trajeron desde Argentina unas cabras melenudas y  sembraron en el jardín jazmines, rosas, gardenias, azucenas, gladiolos, galanes de noche  y otras flores que soportaban mal el invierno, pero que renacían en primavera envolviendo la meseta en un aroma embriagador que obligaba a cerrar los ojos y pensar en encajes, y sedas, en cuellos perfumados y vajillas fragilísimas.

En la escuela, junto a la foto de Franco, del Papa y el Crucifijo había una foto del príncipe de Gales el que después sería el rey Eduardo VII apoyado en un fusil, pisando la cabeza de un jabato  ensangrentado y rodeado de casi todos los lugareños.

  La Gardenia no era como las demás casas. Ni siquiera como los cortijos Tenía ese extraño aspecto de lugar de extranjeros. De casa de seres misteriosos. Casi se podía creer que las damas dormían dentro de los cuadros y se bajaban al salir el sol sacudiendo con gracia  pañuelos bordados y dejando aparecer entre ocho capas de enaguas un zapatito casi infantil.

  Se elevaba como el castillo de un vampiro sobre la loma del Monte de los Murciélagos, en la parte de  las colinas más elevadas, las que parecían rozarse con Sierra Nevada.  Tenía las paredes pintadas de deslumbrante blanco y las puertas de azul de Prusia. De los balcones colgaban los jazmines y los galanes enredados en una yedra lustrosa y reluciente,  que perfumaban el aire y casi toda la montaña. Su perfume se sentía ya cuando se tomaba el camino tortuoso que ascendía desde el Llano de los Gatos  entre las encinas y los matorrales

Me atraía especialmente un tajo profundo en la montaña que abría las fauces de una cueva, ocre  y rasposa en los bordes, tallada en  toscas  y afiladas lascas que  se iban estrechando y ennegreciendo hasta llegar a la profunda tiniebla del fondo, un abismo como la muerte.

Cuando subíamos a la Gardenia con una cuadrilla de  mujeres de Sierra Bermeja contratadas  para limpiar la casa porque venían los condes a pasar unos días, yo me quedaba allí mirando el tajo de los murciélagos, mientras mi hermana se ponía su pequeño delantal blanco, como el de nuestra madre, y se unía al grupo de mujeres,  encargándose ellas como casi dueñas, de las labores más delicadas como cortar las flores del invernadero y  reunirlas en grandes ramos dentro de los jarrones de cristal, cristal de Murano, decía mi padre como si estuviese pronunciando palabras sagradas.

 

 

 

 

“Cuidado  con los jarrones. Son  de cristal de Murano”

 Y esa palabra misteriosa parecía contener toda la fragilidad del mundo.

Se llamaba el Tajo de los Murciélagos precisamente porque allí dormían cientos de aquellos misteriosos mamíferos alados cubriendo las paredes por una pelusa negra y aterciopelada durante el día. En cuanto  llegaba el atardecer  el azul mortecino del cielo era tomado por  pequeñas y fugaces sombras. El crepúsculo se doraba en el fondo de los montes más modestos como si hubiera incendios abajo, los murciélagos chillaban guiándose por ese instinto extraño que los convertía en pequeños radares volantes y yo observaba aquel paisaje demasiado grande para mi diminuta figura, perdida como en las pinturas de Friedrich,.

- Venta Bárbara – gritaba mi madre desde la verja de la Gardenía- vamos, te vas a caer al tajo

 

Mi madre y Ángela daban órdenes a las limpiadoras, todas mujeres sin atractivo alguno, gordas, desgarbadas, mal vestidas y despeinadas. Sacudían las cortinas, retiraban las sábanas agitándolas en el aire con estruendo, golpeaban con guiñapos los muebles polvorientos, se tiraban al suelo para sacar la roña de las ranuras entre las baldosas mostrando  unas nalgas apretadas, demasiado blancas, surcadas de venas azules o por un ajedrezado irregular de luces y sombras que parecían  abolladuras.

 

La Gardenia despertaba  de su sueño de polvo y telarañas en unas horas, los muebles se desprendían de la cualidad fantasmagórica de las sábanas  blancas que los cubrían durante todo el año, los jarrones recuperaban el brillo y volvían a llamarse de murano para saturarse de agua y tallos fuertes y coronarse de rosas frescas, los postigos abiertos permitían ahora que los visillos ondeasen ligeros como alas por las espaciosas estancias que parecían más grandes por el olor a limpio.

 

Y uno o dos días después un coche negro adornado con una aguila dorada  ascendìa por la calle real como en un cuento de misterio, capturando las nubes y pedazos de cielo azul en las ventanas de cristal ahumado, despertando la curiosidad de todos los vecinos que  apartaban un ángulo minúsculo de las rudas cortinas de las casas para mirar a escondidas  la llegada de los duques de Sears.

 

Ángela y yo esperábamos en el pórtico de la Casa Grande,  aguijoneadas por el juego inestable de luz y sombras que el sol provocaba entre las hojas de  la parra,  vestidas idénticas con los pichis de terciopelo granate y los cuellos de encaje y los zapatos de charol que apretaban tanto, repeinadas y  asperjadas de colonia infantil desde la cabeza hasta los pies; inmóviles como esculturas de sal,  esperando a que el coche se detuviera para acudir solícitas a decir :

Buenas tardes Señora Duquesa madre 

Buenas tardes señora duquesa

Buenas tardes señor Duque de Sears

Buenas tardes don Andrew

Buenas tardes doña Caroline

 

Don Andrew era una sombra en el fondo del coche, un niño que enrojecía fácilmente al principio y un adolescente cabizbajo y huraño después que jamás nos dirigió la palabra ni levantó la vista para saludarnos.

  Cuando salía del coche y debíamos acercar nuestras caritas para el leve ósculo protocolario, yo le susurraba al oido:  Hay un fantasma en la Gardenia esperándote.

 El niño, el adolescente,  no levantaba los ojos del suelo. Ni siquiera sonreía.

Sólo una vez me miró a los ojos. Y los tenía azules como dos turquesas.

    

De la relación de mi familia materna con los duques de Sears se contaban historias extrañas, de brujerias y hechizos, de  pócimas elaboradas con ayuda del diablo, porque parece ser que Antonio Gúzman era sólo un  bracero fijo en la Gardenia y su mujer una sirvienta más entre la decena que había entonces en aquel caserón; y de la noche a la mañana aparecieron con la propiedad de la Casa Grande y buenas parcelas en las mejores lomas de Sierra Negra, justo las que ahora formaban parte del proyecto del campo de golf.

Yo sólo sabía que mi padre administraba la Gardenia y que mi madre subía todos los años con una cuadrilla de mujeres y en unas horas las diagonales de telarañas y las capas densas de polvo daban paso a la claridad de los ventanales de par en par y al aroma fresco de las rosas mientras yo observaba la boca oscura del tajo de los murciélagos.

Cuando la Casa estaba limpia “como el sol”, el lujoso coche negro ascendía la calle Real y  durante dos meses los duques estaban allí.

Y el fantasma.

 El fantasma de la mujer vestida de blanco recortaba su silueta maldita contra el cielo rojo poblado de murciélagos o corría entre los matorrales salvajes quizá atraida por los perfumes pecaminosos de la casa habitada de nuevo.

Cuando preguntábamos quién era el fantasma mi madre respondía:

 Inventos de la chusma.

La bruma Lucrecia sabía más, pero decía que había cosas que no se podían decir y punto. Que el tiempo pondría las cosas en su lugar.

 

 

-Mírala mamá no ayuda nunca

-Bárbaraaaa….ven a cortar rosas al invernadero…

 

Yo no respondía, y entonces Ángela llegaba corriendo, se detenía a mi lado y jadeaba un poco, como un perrito acalorado.

-Dice mamá que vengas a ayudar

-No quiero…estoy aquí pensando cosas

-Qué cosas- Ángela inquiría con los ojos de par en par, esperando un chisme único o un suceso sorprendente

-Pensaba que si me tiro por el tajo, cuando terminéis de limpiar no me encontráis porque los murciélagos me han llevado al fondo de la cueva para dar cuenta del festín….y me buscáis pensando que estoy viva, pero estoy muerta y mi espíritu se confunde un día y te encuentra limpiando la gardenia y se mete dentro de ti porque piensa que somos la misma y serás una niña con dos espíritus..entiendes…eso es horrible, uno te dirá limpia la Gardenia para que el señorito Andrew se pasee por los cuartos sin estornudar y para que no huela a animales ni a campo, y otra te dirá vete al tajo vete al tajo a contar murciélagos..

 

Ángela regresaba horrorizada, corriendo y  gritando

-Mamáááá…Bárbara dice cosas raras!!!

 

 

El duque de Sears murió unos años antes de que yo me fuera para siempre, decían que había tenido un accidente cuando volaba como un cóndor sobre las montañas americanas en su avioneta, y ni la duquesa madre ni la duquesa esposa ni los niños regresaron a la Gardenia. Mi madre continuaba reuniendo la cuadrilla de limpiadoras para espolvorear una vez al año, por el tiempo en que los duques venían a cobrar las rentas, pero ya no llegaba nadie y poco a poco el abandono se fue apoderando de la casa,  los cristales del invernadero en donde crecían las rosas que tanto gustaban a los inglese se  enturbiaron adquiriendo una calidad de humo, dejando apenas entrever sarmientos de plantas muertas o mantos de malas hierbas comiéndose los tiestos y cubriendo el suelo de una maleza hostil en la que se presentía un rastro de reptiles; y el azul brillante de los portones ahora aparecía desteñido y triste como los desconchones que parecían caras humanas en la hermosa fachada.

También  se secaron los jazmines.

Mi padre ya no preparaba el sobre abultado henchido de billetes apretados producto de las  cosechas de la finca para entregarlo solemnemente después del almuerzo en el comedor grande, sino que  un hombre de aspecto avinagrado y traje de chaqueta de extraña factura, que recodaba a un sepulturero, acudía a la Casa Grande y recogía el paquete sin solemnidad, con gestos mecánicos. Era el director del banco y en cuanto salía mi padre repetía la misma letanía.

 Este pelagatos hijo de chusma mira como ha sabido situarse.

 

Pero de vez en cuando corrían rumores de que había luces en la Gardenia, que alguien había abierto los balcones o que se  se veían sombras moviéndose dentro del invernadero. Repetían la historia de la mujer que   permanecía en pie junto al tajo de los murciélagos mientras que el viento agitaba su larga melena negra y su  vestido de satén blanco dibujando las formas pecaminosas de su cuerpo.

 

Nadie vio realmente a aquel espectro misterioso vestido de plata, pero los rumores sobre luces en la Gardenia  se repetían regularmente. Mi padre subía el tortuoso Monte de los Murciélagos para comprobar si se trataba de ladrones y de noche lo escuchaba cuchichear con mi madre.

  Había algo que yo no entendía pero que era real, que no era un fantasma, alguien encendía las luces, alguien rondaba la Gardenia buscando algo que ya no encontraba.

Por qué mis pasos me habían llevado a la Gardenia  y a los recuerdos mientras recomponía en mi mente el difícil puzzle de mi infancia, sólo lo sabía  Jenny  sentada en el asiento contiguo al mío en el Polo de alquiler que olía demasiado a ambientador.

Vestida de chica de su tiempo. Sin el alcanforado traje que mi hermana la obligaba a llevar, parecía mucho más joven.

 

- Has oído hablar de la Gardenia, quieres venir conmigo?- le pregunté en la cocina en cuanto salí del salón y me sentí libre  de la presencia espesa de mi cuñado.

-

-         La casa de los duques, sí – confirmó abriendo los ojos de par en par, fascinada de poder visitar lo que hasta entonces había sido un paisaje imaginado, como los palacios de los cuentos de su infancia

 

 

 Subimos en coche hasta el  Llano  de los gatos, una meseta sobre la ladera de la Sierra Negra,  en la que aún blanqueaba el cascajo de una casa abandonada, de la que contaban toda clase de historias, a cual más peregrina.

Allí la niebla  se desgarraba en capas ora transparentes ora espesas que difuminaban las ruinas hasta casi  ocultarlas o permitía sorprender  en los estratos visibles  los cuerpos ágiles de gatos montaraces  a  la caza de roedores y reptiles

Nos abrigamos para seguir a  pie, pues a partir de allí  el camino se angostaba,  se hacía tortuoso y dibujaba meandros obtusos entre  las encinas cuyas copas formaban oscuras bóvedas de hojarasca.

 

Trás media hora  emergieron como de la nada los picos negros de la Sierra de los Murciélagos contra los cucuruchos violáceos de Sierra nevada anunciando que llegábamos a la última meseta, en donde la casa de fachada desconchada  y ventanas azules se alzaba señorial y orgullosa a pesar del evidente estado de abandono.

 

Allí no llegaba la niebla, se había quedado entre las últimas encinas de la ladera como jirones de gasa. Más abajo el paisaje no existía, era todo blancura.

 

-         Pone el vello de punta aquel caserón- la voz de Jenny sonaba temblorosa como si le castañearan los dientes.

-         Es sólo una casa.

-         Una  casa no. Es otro libro cerrado que quiere ser abierto para contarnos cosas

-         -Decían que una mujer menuda de  larga melena y vestida de blanco se asomaba al balcón del tajo y miraba durante horas el paisaje; pero realmente  nadie la vio, todos decían que otro le había dicho y el otro que su cuñado o su primo… La historia del fantasma de la mujer del vestido blanco es sólo un cuento de Sierra Bermeja, uno más,  entre tantos, decían que los tejados se juntaban de noche,  que los muertos tomaban las calles amparados en la oscuridad, tísicos, galanes, bolicheros, mujeres malas, costeños borrachos..formaban una procesión macabra de almas en pena apostados en los chaflanes o en los callizos más tenebrosos.

-

-         Qué horror- Jenny se persignó, hurgo en su pecho debajo de la camisa y sacó una medalla dorada de un diámetro como una moneda y la besó por las dos caras

-         Jenny, no eran verdad, la gente vivía en este mundo cerrado, casi sin comunicarse con el exterior y se inventaba historias, somos una especie devoradora de historias. Ahora tenemos televisión, computadoras y nos asomamos allí para que nos cuenten historias.

-

-         Los fantasmas son verdad Bárbara- afirmó con gravedad acurrucándose debajo del abrigo de lana quizá más para espantar el miedo que el frío.

 

Nos acercamos al Tajo de los murciélagos. Nada había cambiado. Las lascas puntiagudas, la garganta negra y la masa viva de cientos de vampiros esperando el ocaso para ofrecer el espectáculo único de su enigmático vuelo, de sus sombras oscuras recortadas contra el cielo rojo se mantenían intactas, inmunes al paso del tiempo.

 

Miramos un rato el abismo del barranco. Después Jenny comenzó a caminar hacia la casa.

 

-         Era muy hermosa, un pequeño palacio. Los duques  vivieron en ella largas temporadas desde que recibieron Sierra Bermeja casi como un feudo, con la Casa Grande en la plaza  y la Gardenia aquí arriba..y todas estas tierras- le indiqué extendiendo los brazos hacia el horizonte-

-         Y por qué dejaron de venir

-         No lo sé. Dijeron que el Duque se mató, que era un apasionado de la aviación y realizó un vuelo suicida sobre los Andes, por tus tierras…Ahora no sé si los herederos se encargan directamente de todo esto o mi cuñado lo administra.

-         Quienes  son ahora los Duque?

Se escuchaba en el silencio el crujido de nuestras pisadas sobre el manto de hojas que había dejado sobre el empedrado los desnudos nogales de la entrada.

 

 

-         No lo sé, yo hace muchos años que no vengo por aquí. Imagino que aquel adolescente huraño que venía cuando yo era pequeña y su  mujer y sus hijos, si es que los tiene. O quizá la hermana, creo que se llamaba Caroline, pero era enfermiza. Decían que los Sears estaban bajo los efectos de una maldición, condenados a extinguirse.

 

 

El muro demasiado bajo para ocultar la casa y las copas de los árboles más altos se abría sólo por una parte en un arco de medio punto sobre el que aparecía escrito en latín “A fronte praecipitium a tergo lupi “

Una enigmática frase que pretendía contar las hazañas de los Sears en viejas guerras.

 Jenny llevaba la llave en el bolso. Mi cuñado le había advertido que debía tener cuidado de no perderla porque la familia sólo conservaba esa copia.

 La sacó y me la entregó. Le temblaban las manos. Abrí el candado. La cancela de hierro herrumbroso se resistía a desencajarse, pero finalmente cedió arrastrando un puñado  de hojas húmedas, pútridas por la ausencia de sol en  la umbria del muro, que formaran una masa oscura y fétida

 

Avanzamos por el  empedrado,  bajo la bóveda de ramas desnudas  que formaban los nogales negros, flanqueando como tétricos guardianes el pasillo hacia la casa.

 

-         Esta casa impone- susurró Jenny caminando siempre detrás de mis pasos

-         Si, es muy hermosa- también yo bajé la voz como si el silencio absoluto que invadía el paisaje fuese tan  frágil que bastara una palabra para quebrarlo con estruendo de batalla.

 

 

Jenny y yo debimos aunar fuerzas para que la puerta de entrada cediera. Era  exactamente igual que la de la Casa Grande fabricada con madera noble tallada en  pesados cuarterones, con el picaporte de bronce y las bisagras ciclópeas que provocaban un rumor lento y estridente como producido dentro de una  catacumba.

 

Todo igual que en mi infancia. Un mundo congelado como una  vieja gloria del cine que se negase a mirar hacia delante, empecinada en su belleza arcaica y y decadente.  Mostré a Jenny los salones, los jarrones empañados con  flores secas, los muebles cubiertos por capas de polvo pertinaces y subimos a la primera planta, todas las puertas permanecían cerradas con esa quietud dolorosa que provoca el abandono.

-Lástima grande que no sea verdad tanta belleza -  murmuré recordando las palabras Leonardo de Argensola.

 Jenny estaba entretenida mirando los muebles, los cuadros, tocando  las cortinas, abriendo los armarios,  fascinada como una niña.

 

 

 

Abrimos el balcón y  nos apoyamos en la baranda, Sierra Nevada a la izquierda azuleaba contra el cielo de un gris metálico.  Parecía cercana,  casi palpable, pero en realidad detrás de los oscuros montes de encinas sobre los que se elevaban sus picos  helados se extendía el inmenso llano de la explanada del Temple hasta la ciudad de Granada que sólo se delataba durante la noche cuando centelleaba como un incendio sin llamas,  una lumbre de brasas doradas.

Abajo el jardín aparecía devorado por la maleza, se comìa el muro, y parecía saltar para despeñarse en  el barranco.

La niebla había desaparecido y las negras encinas se amontonaban como un monstruo dormido ocultando los caminos.

 

 

 

-         Por qué quisiste venir aquí? Jenny preguntó

-         No lo sé, desde que mi hermana me escribió diciendo que vendían la Casa Grande hago las cosas como un mecano.  Ya había decidido venir antes de que esta mañana alguien avisara a mi cuñado de  que el Duque de Sears venía a vender….

-

-         Y no quieres que se venda todo esto…-afirmó en vez de preguntar como si hablase por mi

-         No lo sé, he estado muchos años fuera, pensaba que no regresaría, pero… todo esto soy yo, más que la sangre, me llaman estos muros, estas tierras, este paisaje inmenso…. cuando murió mi madre tuve la certeza de que no me quedaba nadie en el mundo, nadie en quien confiar ni a quien querer…pero no he dejado de soñar con la Casa grande o con la Gardenia…

-

-         Por qué te fuieste  así para no volver, la gente siempre tiene motivos importantes para dejar su tierra- me interrumpió Jenny mirándome con curiosidad

-         Aborté, me provocaron un aborto y mi padre se enteró. Me echó de casa

-         Te fuiste con el hombre del que estabas embarazada

 

-         No,  me fui sola, me metieron en un taxi de madrugada, todo fue muy rápido, me llevaron  a la estación, y de la estación a Madrid en donde me estaba esperando una hermana de mi cuñado, esposa de un militar  nacionalcatólico. Un médico me diagnóstico una enfermadad mental y estuve en un sanatorio durante casi un año, drogada todo el día, después cuando salí no podía soportar la ansiedad, estaba enganchada a los ansiolíticos, tranquilizantes, sonniferos… estuve un año casi sin dormir, hasta que comencé a fumar opio, con el opio duermo, soy adicta al opio… pero ahora sólo necesito unas chupadas a un cigarrillo para dormir, hubo un tiempo en que casi pisé fondo…cuando dejé el sanatorio mental…

-         Y no te llamó no te buscó

-         Dónde- pregunté alzándome de hombros-….me secuestraron… casi me desangré en el tren, no sé como llegué viva…

-         Y no lo llamaste

-         . No pude al principio, y después ya era un espectro en mis recuerdos…Estaba muy enferma.  Después lo recordé alguna vez, pero estaba convencida de que él también había cogido su lugar en el mundo….pensaba entonces que todo era como ese terrible juego de las sillas, todos corriendo alrededor, frenéticos, buscando el sitio donde sentarse y descansar, y siempre una silla de menos,  y  …finalmente temí saber que sólo yo me quedé sin asiento en aquel macabro juego..no lo sé…

-

-         Es una historia muy triste- los ojos de Jenny  estaban empen añados de lágrimas.

-         Sí- busqué en el bolso y encendí un cigarrillo, le ofrecí uno y aceptó

 

Fumamos en silencio observando las volutas de humo elevándose  mansamente hasta confundirse con el gris acerado del cielo.Exiliadas ambas cada una de un trozo de sí misma.

-Es aún más triste Jenny, lo llamé y…Mario está muerto, murió hace veinticinco años.

-Terminamos el cigarrillo y nos vamos, ahora oscurece pronto…- Jenny me rescató de mis pensamientos. Era sólo una pobre chica ecuatoriana, arrancada de su vida y de su gente, de su hija, de su paisaje, vestida de criada ridícula por capricho de mi hermana, pero era capaz de  ver cuando una persona estaba cayendo en el abismo y sabía cómo salvarla sin hacer aspavientos, sin discursos ni libros de psicología.

 

-De acuerdo- asentí mientras buscaba un tiesto para aplastar la colilla.

En ese preciso instante el grito de Jenny sonó como un disparo en el silencio, estridente y rasgado.

Me volví y la encontré temblando, señalando a la puerta de entrada al salón

-         Qué te sucede Jenny, qué pasa

-         He visto una sombra apoyada en la puerta, como si nos hubiera estado espiando, cuando he mirado se ha ido.

-         Cálmate Jenny, cálmate- , no puede ser, está todo cerrado a cal y canto, cerramos nosotras mismas la puerta de entrada con cerrojo por dentro. Esta casa, las historias tristes, te han trastornado….anda vamos y hablamos de cosas más alegres por el camino.

-         Estoy segura, alguien nos ha estado vigilando, estaba allí- insistía en señalar la puerta todavía temblando.

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Tue, 21 Apr 2009 21:05:12 +0100
SEGUNDA PARTE: FIGURAS ENTRE LA NIEBLA. CAPÍTULO SEXTO http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/18/segunda-parte-figuras-entre-la-niebla-capitulo-sexto http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/18/segunda-parte-figuras-entre-la-niebla-capitulo-sexto

                               CAPÍTULO SEXTO

Pasé por la cocina para tomar un café y liquidar definitivamente la resaca.

Encontré a Jenny fregando los platos, vestida de criada de fotonovela,  con un uniforme celeste y un  ridículo delantal blanco ribeteado con puntillas, repeinada y oliendo a colonia a granel.

Me saludó con una sonrisa tímida

       -El café está hecho. ¿Quiere café u otra cosa?

       - Café  va bien. Gracias

-       - ¿Se lo sirvo con el desayuno en la sala o aquí?- me preguntó  levantando la voz como si hubiese sido aleccionada de avisar sobre mi llegada

-         - Aquí mismo– le respondí

Me ofreció una taza humeante y aromática. Abrí la puerta de cristales y me asomé al mirador. La  niebla se estaba espesando y  dejaba sobre la piel un rastro  marino, como si ocultase un océano entre sus brumas. Olía a los terrones fértiles y húmedos. En la lejanía se escuchaba el rumor leve de un caño de agua fluyendo  y los cencerros de alguna piara detenida a beber en el pilón. Otro mundo en ruinas, con los días contados.

Me tomé el café de pie, y mientras lo hacía, Jenny se acercó suavemente, con andares de gato, a mis espaldas y cuando estuvo a mi lado,  me  susurró con un hilo de voz

-         - Don Augusto me ha dicho que la están esperando en el salón. Serviré más café allí.

-        - No, no quiero tomar café con mi cuñado ahora. Me gusta esto.  Y a ti-  le pregunté- ¿te gusta este paisaje?

-        - Es muy hermoso, señora

Mantenía las manos en los bolsillos del delantal y el viento húmedo agitaba un mechón de su cabello escapado de la coleta y lo golpeaba contra su cara. Así resultaba una mujer salvaje, una india orgullosa y  no  una sirvienta vestida de un ridículo azul celeste. Sólo a mi hermana y mi cuñado se les podía ocurrir obligar a vestirse de esa manera a una mujer como Jenny, con una historia esculpida en su rostro de huesos de pájaro.

- A mí  me gusta también. Me gusta mucho, esto en realidad es lo único que yo he amado en este mundo. Este olor y este silencio, estas sierras agrestes...

-      -¿No tiene usted familia?- me preguntó tímidamente.

-       - No me hables de usted, somos dos mujeres mirando una montaña

Me sonrió y se acercó a la barandilla. Apoyó los brazos y se quedó mirando ella también. Su perfil recordaba un busto de bronce, de perfiles rotundos, recortados contra un fondo de acuarela. Pertenecía a una raza pura,  un  estrato arqueológico intacto, descubierto ya por excavadoras voraces.  Un mundo más condenado a desaparecer entre todos aquellos árboles y aquellas sierras desdibujadas entre la bruma.

-       - Muchas veces me vengo  aquí, se está muy bien. Es un sitio lindo para pensar.

-     - ¿ No vino nadie de tu familia contigo?

   -  - No, vine sola- susurró- pero tengo una hija, y mis padres y tres hermanas.

  Hurgó en el bolsillo del mandil y sacó una cartulina. La miró sonriendo y después la colocó delante de mis ojos.

      Era la fotografía de una niña de ojos almendrados y boca apretada, que asía fuertemente una muñeca sin brazos, como protegiéndola del mundo que la observaba detrás de la cámara del fotógrafo.

  -    - Ahí está como yo la dejé. Ahora está más grande, tiene ya cinco añitos. Hace dos años que no la veo.

   - Y por qué no se viene contigo?

  - No es así tan facil- miró hacía atrás como temiendo ser descubierta compartiendo confidencias conmigo- piden muchas cosas para poder traerte una niña a España...


   _

        - ¿Jenny te gustaría criar aquí a tu hija? – le pregunté a bocajarro, quizá sin pensar que esta pregunta me comprometía con la Casa Grande más que un siglo de historia..

Me miró con los ojos brillantes, pero en seguida recuperó la gravedad de quien no cree  en milagros

-         - A quién no le gustaría criar un hijo a su lado y con pan en la mesa y una escuela cerca.

-         - Quiero que te la traigas aquí, una madre no debe estar lejos de su hija

-        -  No puede ser...hay cosas que…

-        - Yo me voy a quedar aquí un tiempo- no la dejé terminar ni poner palabras a su pesimismo-  Necesito recuperar cosas que he perdido, muchas cosas. Voy a llamar a la editorial para que me envíen el trabajo aquí y yo lo reenviaré. Mañana iré a Granada a comprarme un buen ordenador. Bien potente para trabajar desde aquí. Voy a acondicionar un cuarto. Después buscaremos entre todas estas criptas  en la  que me siento más cómoda.  Debo informarme si tienen conexión a internet y si no es así  la solicitaré. Quiero que me acompañes a Granada. Quiero que vayamos a extranjería.

-       - Debo pedir permiso a don Augusto, él no quiere que yo haga nada sin su autorización

-         - No te puede despedir, si lo hace yo te contrataré y seguirás aquí, es mi casa.

Sonrió y me miró por primera vez sin reticencias

-    

-         - Quiere contar cosas esta casa – añadió como hablando para sí misma.

La miré fijamente.

Ella no me miraba ahora, tenía la vista perdida en la loma de Sierra Negra.

Abajo la niebla se estaba levantando. Entre los nogales del valle emergían retazos de paisaje oscurecidos por las negras copas.

  - Tú crees

Movió la cabeza afirmando.

-         - Sí, las casas como ésta guardan secretos entre sus paredes y no quieren morir sin dejarlos, se resisten. A mí me da miedo cuando tengo que quedarme sola…

-

-         Bueno, las casas son paredes y cimientos

-         Pero a us... a tí-  rectificó sonriendo- te ha llamado, quién si no ha hecho que vuelvas después de veinticinco años sin dar señales de vida

-         Conoces mi historia…

-         Si, la conozco, pero no tu historia, conozco la historia que se cuenta

-         Entiendo, una mujer pérfida sin corazón que no acude a entierros, bautizos, confirmaciones, graduaciones, bodas…..

Afirmó y esta vez rió abiertamente

-         - Mañana compraremos un ordenador, e iremos a extranjería para comenzar el papeleo de reunificación familiar...Llama a tu hija. Ella no debe sufrir tu ausencia, los niños no entienden los motivos de los adultos, sólo sufren...y en esta casa hay espacio para ella y en la escuela hay una plaza también.

  -

Asintió con la cabeza. Una lágrima resbaló  por su pómulo perfecto con la misma naturalidad y sutileza con que la niebla se estaba levantando.

 Se la limpió con un pañuelo que sacó del bolsillo del  mandil. Después cogió mi taza vacía y se la llevó para lavarla. 

La sala estaba al principio del pasillo, nada más entrar a mano derecha, detrás de una puerta que  no se cerraba nunca como la  de la cocina.

El resto de los cuartos se arropaba bajo un misterioso silencio, detrás del hermetismo de las puertas esmeriladas,  sumergidos en una oscuridad abisal. A través de los relieves del cristal  apenas se adivinaba  el bulto de un mueble cercano, inerte, fantasmagórico entre la terrible quietud que lo anclaba todo en tiempos lejanos cuando aquella casa no era de nuestra familia y aquellas estancias tenían una función  y un sentido.

Una vez al mes, mi madre y la Elvira entraban en ellas para abrir de par en par los balcones y expulsar el olor a excremento de ratón y a cerrado.

Cuando se abrían las puertas aparecía un paisaje encantado, atravesado  por rayos plateados  que cortaban a  tajo el espesor de la negrura y provocaban la reverberación de  una copa de cristal  o revelaban la existencia de un ojo espantado en uno de aquellos extraños retratos que decoraban todas aquellas habitaciones.

La Elvira aniquilaba aquel instante mágico con un tirón seco de las opacas cortinas de terciopelo. Había un estruendo de anillas metálicas y la luz bañaba toda la habitación arrancándole sin piedad su misterio y su quietud.

Después comenzaba a dar trapazos aquí y allá.

Entonces las estiradas damas de los cuadros parecía que arrugaran la nariz porque les molestaba el polvo.

Pero la sala de la chimenea siempre estaba abierta.  Cuando entrábamos en casa al volver de la escuela veíamos a nuestra madre sentada junto al fuego con sus labores sobre las piernas y escuchando las novelas de la radio. Le gustaba especialmente una protagonizada por una niña inocente llamada Luz María a quien todos conocían por Lucecita para acentuar su candor. La chica era muy pobre y estaba enamorada de un señor muy rico que la dejó embarazada. Era una historia vieja, repetida hasta la saciedad en las historias de las familias bien de todo el país desde la noche de los tiempos, pero en la novela el señor la amaba y luchaba por su amor; y mi madre creía que un señor de buena sociedad podía enamorarse de una campesina analfabeta y casarse con ella, cuando conocía el nombre y apellidos de mujeres de Sierra Bermeja que habían ido a servir a Granada y habían regresado con el vientre abultado, expulsadas por el dueño para no hacer frente al escándalo y despreciadas por sus padres para salvar una esmirriada honra;  y habían acabado en casas de citas de la calle San Jerónimo o la calle Jazmín, patéticamente vestidas y maquilladas,  putas de escaso éxito porque por dentro eran tan decentes como sus madres y abuelas.

Ángela y yo entrábamos, la besábamos clavando nuestra nariz helada en el fuego de sus mejillas encendidas por el calor de las ascuas y   corríamos a la cocina donde la Elvira nos había preparado un buen tazón de leche caliente.

Ángela pasaba por las puertas cerradas ignorando lo que escondían detrás,  las historias, las palabras, las promesas, los crímenes y los amores. Para ella como para el resto de la familia aquellos cuartos eran necesarios como un galón en un traje de militar, pero en la práctica, totalmente inútiles, depósitos de polvo y telarañas.

Yo siempre sentí latir  aquellos apéndices dormidos. A veces imaginaba los ojos de las hermosas mujeres que señoreaban una piel aristocrática y pálida siguiéndome incluso a través de las paredes, llamándome para contarme cosas de aquel mundo imposible del que procedían todas.

En aquel instante justo  antes de enfrentarme cara a cara con el hombre que había odiado toda mi vida, sin un motivo definido, por puro instinto;  la existencia de aquel mundo amodorrado, pero aún con latido, me avisó de que yo era parte de la casa  y él no, y que debía enfrentarlo  como la dueña absoluta  no porque un papel lo dijera así sino por el mismo motivo que lo odiaba;  por un instinto superior a todas las lógicas, que aún antes de volver, la noche antes de coger el tren, ya me estaba dejando señales de que no se puede huir tantas veces y de que todo aquello de lo que yo escapaba había permanecido firme esperándome para contarme historias de locas meciéndose hasta la desesperación, de noches de tejados como fauces y de una mujer con un vestido de plata.

Estaban las cortinas corridas  y las mimbres lloronas de la plaza dibujaban formas caprichosas que simulaban gigantes abatidos entre la  niebla, ahora sutil como un velo de novia. La sala  aparecía  bañada por una claridad láctica,  rota en el hueco de la chimenea por el resplandor de dos grandes troncos de encina convertidos en ascuas dorados.

Ángela leía una revista de modas echada en el sofá, enfundada en una bata de seda gris perla,  ortodoxamente peinada. La sala olía a su perfume.

Era una perfecta escena doméstica.

Habían cambiado todos los viejos muebles y los habían sustituido por  sillones y sofás de cuero negro y mesas y  estanterías de cristal combinado con piedra negra y forja envejecida con una capa de oro muy refinada.

Sobre la chimenea se exhibía un retrato de Ángela, intencionadamente pintado al estilo de las mujeres de los cuartos cerrados. Aparecía  vestida de seda color vino, conseguido el efecto del tejido con las justas iridiscencias, un collar de diamantes, también con los toques de luz delatores de la calidad de la gema,  sobre un fondo azul graduado. Miraba con intencionada dulzura,  ladeando levemente la cabeza hacia el observador.

A Augusto no lo vi al entrar. Detecté su presencia por el humo azulado que se elevaba en una columna  firme  sobre el sillón de cuero junto al balcón, de espaldas a la puerta

Cuando dije buenos días el encanto de la escena doméstica se quebró como si en lugar de pronunciar unas palabras hubiese lanzado una piedra contra su reflejo.

Mi hermana casi saltó del sofá, dejó  la revista sobre la mesita auxiliar, y se arregló la bata.

-         - Oh, te has levantado ya, te esperamos un rato para desayunar juntos, pero después pensamos que  el viaje tan largo te habría cansado mucho

-         Me he tomado un café en la cocina

-        -  Pero un café no es suficiente, así estás tan delgada, diré a Jenny que te prepare algo mas nutritivo

-         - No, no... No te preocupes, yo me encargaré de todas esas cosas...ya he hablado con la chica.

-

-          Querida cuñada…- Augusto se plantó frente a mí con los  brazos abiertos y una sonrisa  que parecía grapada en las comisuras.

-

Si me lo hubiese cruzado en otro lugar habría pasado a su lado sin  saludarlo. Aquel muchacho flaco de gafas de montura de nácar y ojos voraces, disfrazado de adulto, preocupado por el futuro como si el futuro fuese una epidemia que arrasaría con todos y sólo respetaría a los prevenidos como él;  parecía que había menguado con los años; había envejecido de un modo mórbido. Su carne tenía el color de los tejidos conservados en botes de formol. Lucía ahora una calva lustrosa  y usaba gafas engarzadas en oro, pequeñas, adecuadas a aquel rostro brillante, como  moldeado en cera. Rostro de abogado, de médico o farmacéutico,  de hombre que respiraba en las catacumbas, lejos del sol.

Me dejó un beso sonoro en cada mejilla arrimando mucho la cara recién afeitada. Noté un tacto pegajoso y un olor fuerte a  masaje. Un tufo intenso a especias mezcladas que me revolvió el estómago.

´- Querida Bárbara, no has cambiado  nada, idéntica, con ese aire de enfant terrible, de niña mala. Estamos felices de verte en la Casa Grande de nuevo

No pensaba  firmar, pero no se lo iba a decir todavía.

No podía afectarme su sonrisa de hiena, porque sus dientes ya no eran suficientemente consistentes para morderme. Yo tenía en mis manos el futuro de sus planes.

No respondí a su beso, me limité a rozar levemente mi mejilla contra la suya y a retirarme con delicadeza.

Augusto captó el gesto, y brilló en sus pupilas un efímero destello de alerta.

Me acomodé  junto al fuego en una silla rígida, elegida intencionadamente para no humillarme hundida en uno de sus cómodos  sillones de cuero y poder controlar la situación  desde una posición de dignidad y distancia.  Abarcaba desde allí el sofá donde mi hermana trataba tristemente de resultar natural y a mi cuñado que había girado el sillón los grados necesarios para mirarme directamente a través de los cristales de sus gafas en los que en vez de sus ojos se duplicaba el rojo intenso de las llamas.  Había algo siniestro en aquel reflejo dorado sobre el barniz de  su  rostro;  pero yo me aferré a mi tabla de naufrago y no dejé de repetirme que estaba en mi casa y que pasara lo que pasara no la vendería. Ya no sólo se lo debía a un muerto, también se lo debía a la hija de Jenny.

- Bueno, cuéntanos el porqué de esta inesperada aparición, estamos realmente intrigados-  Ángela me  preguntó con fingido interés como si no hubiese estado atenta al sonido de pasos en la escalera, al murmullo de mi voz en la cocina, al ritmo de pisadas acercándose en el pasillo. Como si Augusto no la hubiese mirado advirtiendo que debiera mantenerse serena, que le dejase a él los mandos de la nave , justo cuando yo decía buenos días a sus espaldas

Mi hermana siempre fue una pésima actriz.

-         - Bueno,  si  quería volver a ver la Casa Grande y a los muros de la patria mía, era mi última oportunidad.. -respondí en tono ligero- No va a quedar mucho de esto dentro de podo tiempo.

No tenía ganas de entrar en ninguna conversación profunda ni de dejar ver mis intenciones.

-         - Verdaderamente a todos se nos morirá algo dentro cuando pongamos nuestra firma sobre el papel- interrumpió  Augusto con un tono grave que pretendía ser extremadamente natural- pero es el zeitgeist, como dicen los alemanes, y no se puede luchar contra el espíritu de los tiempos... pero, tendremos tiempo de tratar estos temas...cuéntanos Bárbara, como te va la vida por tierra de vikingos-

-          No me lamento, tengo donde dormir y donde comer

-         Bueno, bueno – mi cuñado lanzó una carcajada jovial- una importante traductora y una rentista no se puede decir que sólo tenga donde comer y dormir....

-        - Llevas razón, no me puedo quejar, no tengo derecho a quejarme, es verdad.... vivo holgadamente.

-

-         La casa y las tierras valen una fortuna – Augusto adoptó ahora un tono confidencial,  mirando hacia el techo y las paredes y moviendo la cabeza como si no lo creyera-   quién nos iba a decir que este mausoleo iba a revalorizarse de esta manera

-         - Imagínate Bárbara  todos podremos cumplir nuestros sueños, no te imaginas lo que nos ofrecen por esta reliquia…- la voz de Ángela tenía cierta calidad de diva decadente.

-         Mis sueños- sonreí con ironía, sabiéndome analizada hasta el más insignificante gesto por los ojos ávidos de Augusto- Bueno, yo no tengo sueños que se satisfagan con dinero, es un verdadero problema ahora que voy a recibir tanto…

-         Bah, bah, alguno tendrás – intervino Augusto.

Se había acercado a la chimenea y había atrapado un pequeño ascua con las tenazas para encender un cigarrillo.

-         Espero que no te moleste el humo, si es así lo dejaré para más tarde...

-         No, no me molesta en absoluto

-         Bueno, los sueños son cosas muy privadas... muchos no son materiales...- añadí con un tono neutro elegido cuidadosamente para que Augusto no encontrara piezas con que componer su puzzle.

-        - Por supuesto, por supuesto- Augusto mantenía la sonrisa cosida a su rostro de cera mientras exhalaba una bocanada de humo entre los dientes-  ¿Y cómo terminaste traduciendo lenguas indoeuropeas? ¿Quizá estudiaste alguna extraña carrera de filología?

Era un maestro en el arte de evitar sortear las arenas movedizas. Conocía perfectamente  el oficio de las unciones con vaselina para hacer resbaladizas las más ásperas  superficies. Se lo debía entre otras experiencias a su profesión de registrador de la propiedad, de señor de feudo por una anacrónica ley hipotecaria que mantenía encumbrados en las relaciones amo-siervo  a colonias de zánganos.

-         - No, no terminé la carrera, pensaba que lo sabíais. No aprobé el primer curso, no me dio tiempo a mucho- no había amargura en mis palabras, mantenía la sonrisa  porque me sentía poderosa porque la casa era mía y yo era de la casa y  la casa me abrigaba-  y después en Madrid  pues no tenía muchas ganas de estudiar…       Estuve enferma, como recordaréis… y bueno.... hay caminos que se cierran y caminos que se abren....

-        - Oh si- casi gritó Ángela- fue horrible saber que estabas tan lejos de nosotros y tan enferma..

-       -Fue duro para todos aquel tiempo- continuó Augusto  con fingida gravedad - pero todos hemos dado ya por cerrado aquel capítulo …

Me contuve para no mandarlo a la mierda, para no gritarle que aquel capítulo había destrozado mi vida y había matado a Mario. Me contuve porque la pasión era sólo una piedra, lustrosa y afilada, capaz de herir, pero no de matar.

-        - Estudié algo sí, pero no me dieron títulos... aprendí danés, noruego y sueco por casualidad- respondí con una serenidad fría que no escapó al exhaustivo análisis de Augusto.

Estaba buscándome los puntos débiles. Me examinaba escondido tras las ascuas ardiendo en el cristal de sus gafas, dispuesto a encontrar la parte blanda de aquella osamenta para comenzar a devorar desde allí.

-

-        - Traductora  de lenguas escandinavas, pero qué exótica- exclamó  mi hermana mientras  se acomodaba de nuevo y dejaba atrás la rigidez que la petrificó cuando creyó que la gratuidad de los sueños podía entenderse como que yo no tenía interés por los euros de la Casa Grande

-

-        - Extrañas lenguas- continuó Augusto también más relajado- buena idea aprender una lengua poco conocida, las ofertas de trabajo son menos, cierto, pero la demanda será casi insignificante

-         Puede ser, no podría decirte, este trabajo llegó de pura casualidad

-         Bueno, pero porque estabas preparada, claro – mi cuñado se empeñaba en halagar mi vanidad. Era el precio de mi rúbrica.

-        -Me fui a vivir a Copenhagen con un pintor alcohólico que conocí en un antro de Madrid, creo que algo sabéis, o no... no importa, hace ya casi veinte años de eso; así fue como comencé a hablar danés. Pero el trabajo vino por otra vía...  dejé al pintor y me fui a vivir con el dueño de una editorial,  quien me ofreció trabajo como traductora al inglés y al español, comencé con pequeñas cosas y poco a poco fui ampliando horizontes...

-       -  Tuviste una pareja tantos años, no nos dijiste nada- Ángela casi saltó del sofá

-       He tenido muchas parejas,  soy ave de muchos nidos.  No posé nunca para una foto de ceremonia y nada había  que decir-   le sonreí,

-         Oh, nuestra enfant terrible- interrumpió de nuevo  la voz afectada de Augusto- en todas las familias bien que se precien debe haber un enfant terrible…

-         Claro, un toque exótico- corroboré con sarcasmo y me puse de pie para escapar - y ahora voy a salir a dar un paseo. Me gustan estas mañanas otoñales de niebla, soy una romántica… Qué le vamos a hacer. Después de comer me gustaría ir a la Gardenia…. no tendréis ningún inconveniente en que Jenny me acompañe…

-         Oh si, claro, pero…- mi hermana se  dirigió  a su marido con nerviosismo- nosotros iremos a almorzar fuera con unos amigos al restaurante don Paco junto al Pantano, pero esta noche hay una cena importante en el comedor, Jenny tiene orden de preparar todo, no la entretengas mucho…ah  y vendrá la Elvira a encargarse de la comida,  vamos a ultimar la venta de la casa y las tierras. ¿Te acuerdas de la Elvira, Bárbara?

Claro que me acordaba de aquella mujer de manos gastadas por el trabajo, fuerte y ásperas, de su vestido de medio luto siempre mojado por la parte de la barriga, las mejillas encendidas, recorridas por pequeñas venas color púrpura, los ojos brillantes y vivos. La Elvira era la madre que yo quería tener. Recordaba  su sonrisa franca, del olor de sus guisos y a su hija la Rosario, aquella niña huidiza y elemental que me enseñó el mundo fuera de la Casa Grande.

 Y Pero me acordaba sobretodo de su abuela. Lucrecia la Bruja, de sus cuentos, de sus ojos sabios y sus palabras herméticas.

.--- Me acuerdo, claro, no he perdido la memoria. Aun vive Lucrecia su madre

-Sí, pero está medio ciega, tiene más de noventa años…

El sonido estridente del teléfono interrumpió la conversación.

 Ángela se quedó en silencio, mirando fijamente a su esposo.

Augusto descolgó el auricular y pronunció sólo unas cuantas sílabas

“sí”, “de acuerdo”, “bien, bien”, “inmejorable”, “ahora nos vemos”

Cuando colgó nos miró a mi hermana y a mí con aire triunfal

-         Querida cuñada sube a la Gardenia hoy, porque probablemente esta será  tu  última oportunidad de visitarla.

El duque de Sears, Andrew Sears, viene a vender.

 

 

 

 

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Sat, 18 Apr 2009 21:36:11 +0100
SEGUNDA PARTE: FIGURAS ENTRE LA NIEBLA. CAPÍTULO QUINTO http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/16/segunda-parte-figuras-entre-la-niebla-capitulo-quinto http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/16/segunda-parte-figuras-entre-la-niebla-capitulo-quinto

Me acodé en el balcón,  y encendí el canuto que me había dejado a medias en el coche. Lo liquidé en dos caladas profundas.

Tenía el pelo mojado tras la ducha y el aire de la recién entrada noche me provocaba dolor en las sienes;  no conseguía ubicar todo aquello en ningún paisaje exacto.; si acaso en un día de niebla densa, entre la que buceaban figuras buscando la cercanía para reconocerse.

Me metí  en la cama aprovechando el cosquilleo de la hierba en las venas, que presagiaba un sueño bueno y profundo. Abrí un libro de los que llevaba en el bolso y sé que  dormí entre sus páginas porque apenas dos horas después  el sonido insistente de mi teléfono móvil se introdujo a través de los recodos de una calle angosta, de tramos tortuosos,  por donde yo avanzaba penosamente, arrastrando mi alma detrás de un ataúd de taracea.

 

Lo encontré tanteando en la mesita con mano incierta buscando el despertador para apagarlo de un golpe, porque no recordaba  donde estaba. Al sentir su tacto y la vibración en la mano me recuperé del duermevela. 

Busqué el interruptor de la luz. La búrbuja azul de la lámpara mostró con crueldad las aristas de los muebles, el blanco sin mácula de las paredes y mi maleta abierta en el suelo.

 Dije un hola pegajoso.

Tenía la lengua acartonada y una sed de camello.

-        -¿Bárbara Montalbán?

Preguntó una voz  femenina, todavía desconocida.

-        - Sí, soy yo- respondí expectante.

- Soy Elisa Cifuentes

Me quedé muda por un instante.

Pensé en Mario. De repente cercano.

Pensé que podía estar allí junto a ella, esperando para darme la sorpresa. Sentí un deja vu de tiempo muerto, de archivos equivocados en la memoria.

Por unos instantes que fueron larguísimos volví a tener dieciocho años, pero no me había quedado preñada. No se había roto aquel maldito condón, y no me había faltado la regla durante aquellos días de pesadilla. No había sentido angustia en los pechos,  tirantez en la barriga ni arena en la boca.

Y no existió jamás aquella ansiedad que me hacía mirarme cada minuto las bragas para ver si estaban rojas o tocarme disimuladamente para mirar si el dedo ya no estaba limpio.

-       - ¿Bárbara?- insistió la voz de Elisa

-Dios mío Elisa, debes pensar que esto es  una locura, han pasado más de veinte años, pero... he estado fuera todo este tiempo y he vuelto a Granada, he sentido nostalgia de todo aquello.

-        -El tiempo de la Universidad junto a Mario-

- Te acuerdas de mí, ya veo- le respondí con nerviosismo, porque Mario podía estar cerca o porque ella y sólo ella  podía darme noticias de él.

-         - Sí, cómo olvidarte. Eras la novia de Mario. Cómo olvidarte- repitió

-          - Bueno- sonreí nerviosa- habrá habido muchas novias después, éramos casi dos niños … Imagino que se habrá casado y tenido hijos....Tendrá toda una vida

-         -  Bárbara ..¿que estás diciendo?

La voz de Elisa se tornó grave.

- Bueno, es muy normal que Mario haya seguido viviendo después de que yo me fuera. Éramos dos niños…- repetí mis propias palabras porque no podía parar de hablar, porque tenía miedo a lo que iba a escuchar después, porque fuese lo que fuese, era el final de una historia en suspenso -  Bueno hoy estuve en el piso que compartíamos en el Albaycín. Es ridículo, lo sé... Pero pasé unas horas en Granada y casi fui como una autómata. Casi todo lo estoy haciendo como una autómata últimamente- se me escapó una carcajada nerviosa, no podía controlarme-  y allí había una carta...una carta mía

- ¿Una carta?

-      - Sí. Una carta sin abrir. La envié desde Madrid cuando llegué ... Pude enviar a escondidas aquella carta...

-       - ¿A escondidas? ¿Qué me estás contando Bárbara? No entiendo nada. Tranquilízate, por favor.

-          - No sabes nada, imagino... Aborté. Fuimos Mario y yo a una clínica a Denia en Valencia, un sitio horrible donde nos pusieron imágenes de fetos muertos en botellas, de fetos hermosos sonriendo dentro del vientre de sus mamás, de madres malas y madres buenas. Todo muy sórdido. Después me metieron aquella cosa dentro, sin anestesia ni nada. Perdí el conocimiento allí por el dolor y luego en la farmacia donde fuimos a comprar las medicinas - hablaba como una autómata sin medir las palabras, escupiéndolas fuera de mí. Aquello era ridículo. Era absurdo. Elisa era una extraña y probablemente estaría soportanto mi retahila con educación pero convencida de que estaba como una cabra.  No importaba, se me había soltado la lengua - Luego el fin de semana siguiente era el cumpleaños de mi madre y tenía preparada una comida especial para la familia. Yo decidí ir. Quiero decir, asistir a la comida y volver, mi madre siempre hizo muy bien su papel de mártir y yo sentía tantas deudas afectivas, me sentí siempre tan culpable.... Mario no vino, quiso venir pero yo no quise, él odiaba todo aquello, mi padre, mi hermana, Augusto…. Pero aquella noche después de la cena, me puse muy mal. Comencé a sangrar mucho... mi hermana se dio cuenta, creo que deliraba en sueños y despertó y vio las sábanas empapadas. Se asustó y  llamo corriendo a mi madre, mi madre a mi padre. Después llamaron a Augusto para que me llevara al hospital. Pero Augusto sospechó y llamó a un amigo suyo estudiante de medicina, y el diagnóstico fue fácil..Aborto provocado. Era un delito el aborto entonces… ya ves qué panorama...  Organizaron rápidamente mi traslado a Madrid a casa de mi tío Antonio porque él es médico militar y podía hacerse cargo -

-          - Dios mío, Bárbara, no sabíamos nada…...

Hubo un silencio tenso. Quizá lo mejor sería decir algo correcto y despedirme pero yo no podía parar de hablar. Probablemente Mario estaba allí, a un paso de decirme hola como estás con una voz fría y desconocida, dispuesto a reir y decir qué locos estábamos, o qué tiempos o cómo te quería o cómo te busqué o incómodo porque aquello era ya una película vieja durmiendo entre telarañas.

-         - Bueno… pues fue así, me llevaron a Madrid a casa de mi tía Milagros y mi tío Antonio, un médico militar. Eran un par de elementos de los más obtusos del bunker – reí con amargura- Estaba metido en  la conspiración  del 23F, te puedes imaginar ….. Allí ni siquiera podía  escribir. Me controlaban todo… Sólo pude enviar  dos cartas a escondidas y

-        - Encontraste una sin abrir en el piso donde vivíais…

-         - Sí, fui…

-         - Basta ya Bárbara, no te atormentes más- me interrumpió dulcemente- Hace veinticinco años que Mario murió, no pudo abrir esa carta.

Me quedé en silencio, mirando el teléfono, mirando la casa, mirando el balcón ahora oscuro

-         -Bárbara- escuché todavía a Elisa pronunciando mi nombre.

No pude responder.

-        - Perdona te llamaré en otro momento

-         -Entiendo. Escúchame: voy a ir a Granada pronto a pasar un fin de semana con mi hija. Te llamaré, quiero que hablemos, tenemos que hablar. Hay algo que no me ha dejado en paz durante estos años, hay algo que no cuadraba y de repente…. Tu repentina desaparición y su muerte, todo tan junto en el tiempo. Debemos hablar, me oyes.

-        - Oh si por favor, llámame,  pero ahora...lo siento, pero…-

. Las lágrimas encontraban vía libre por fin,  para escapar de aquella mazmorra que había sido mi cuerpo durante tantos años.

Colgué

Ahora tenía que reescribir mi pasado, pero desde una desolación aún mayor, desde una soledad sin asas, sin manos, sin ojos, desnuda a la intemperie.

Ahora debía recobrar la escena de cine donde yo clavaba los ojos en el techo, quieta como un pez cansado de girar en un acuario gigante,  empequeñecida en la soledad azulada de aquella habitación, acompañada únicamente por el monótono sonido del borboteo de la botella de suero que me mantenía viva,  porque las pastillas me cerraron el estómago o porque ya no entendía nada

Pensar en Mario, saber que mi calvario en aquella cárcel tenía los días contados me reconfortaba, todavía tenía la capacidad de meter un latido en mi corazón medio muerto.

 Pero ahora, cuando me imaginaba allí agarrada al clavo ardiendo de un joven muerto, de un puñado de huesos bajo tierra,  el recuerdo de la clínica mental se me hacía insoportable.

Qué estaba haciendo yo, qué estaba pensando. Qué sucedía en aquel  momento en el mundo. Como pudo morir y yo no sentir una punzada en mi carne a pesar de la distancia, como no me avisó  un dolor agudo, o una puñalada directa al corazón. Se muere quién amas  y a lo mejor te estás tomando un café y deja de respirar justo cuando estás moviendo el azúcar del fondo.

 

Busqué en la bolsa de mano y saqué la botella de whisky.

Tiré de las cortinas y abrí el balcón de par en par. Acerqué la mecedora  y me dejé caer. Crujió como si fuera a romperse, como crujía cuando la tía Bárbara, la loca, se balanceaba abrazada  a sus muñecas y cantaba aquellas canciones que ponían los pelos de punta.

 

El viento soplaba hacia el cuarto y venía húmedo empujando una cellisca pertinaz que empapaba las casas y los campos no sólo de humedad sino también de una amargura casi palpable.

No había afuera ni una señal de vida.

Hacia el norte las luces de Granada formaban un lago plateado a los pies de Sierra Nevada, devorada por la negrura. Después destellos  salpicados  aquí y allá delataban la existencia de un mundo respirando como un animal vivo más allá de la Casa Grande, y más allá de aquella sensación de ir surcando un mar entre ancatilados.

 

Bebí directamente de la botella, bebí hasta sentir hormigueo en la lengua, y hasta que el corazón se me durmió también y dejó de dolerme y entonces el fantasma del vestido de plata se apostó dentro del armario y se me quedó mirando sonriendo.

-         Te estoy haciendo compañía eh- le dije varias veces.

Pero ella no se movía, me miraba, creo que  con compasión.  Es posible que le ofreciera de beber de mi botella pero es difícil rescatar las imágenes y los pensamientos de una noche como aquella.

Mario  fue siempre un icono de piedra a mi lado.

Me estaban llamando los fantasmas. Una mujer joven vestida de lamé blanco, un espectro creado con cuentos de la niñez me había ido a buscar a Copenhagen, se había colado en el espejo de mi cuarto y en mi maleta y había saltado al espejo del cuarto de la loca.  Y Mario me había arrastrado a un piso en donde dormía una carta sin abrir. Quizá sólo para decirme que entre todos aquellos hijos de la gran puta que me jodieron la existencia cuando no era más que una niña, no se encontraba él. Que a él en aquel juego macabro le tocó una tumba.

Debí echarme sobre la cama en medio de la borrachera porque entraba ya una luz intensa cuando desperté. Vestida y  acurrucada sobre la colcha, envuelta en mi abrigo. Tenía una resaca de las que ya no recordaba y yo había despertado muchas veces en mi vida con resaca.

 

Sentía la cabeza embotada.  llena de una sustancia espesa que me provocaba una insufrible sensación de pesadez, de haber perdido la gravidez del cuerpo durante el sueño para convertirme en un ser deforme, inexorablemente unido a una  bola de plomo hundida en la almohada. Se me rompería el cuello al menor movimiento, era mejor quedarme inmóvil hasta que la consciencia llegara y me ayudara a controlar el movimiento de las piernas y  el ritmo de la respiración, incluso a reconocer mis propias manos, extrañas ante mis ojos o el  cuarto en donde dormía o el hotel, la casa, la ciudad en la que me atrapó la noche.

 

Me  sucedía muchas veces, sobre todo si había bebido tanto como bebí la noche anterior. Soñaba que había soñado mi vida, entraba en un juego de espejos o de  iconos rusos.  Un  sueño que no era sólo un sueño porque está dentro de otro en donde tampoco era yo en el momento presente. Una  maraña de reflejos en la ventana de un tren serpenteando sin rumbo en la tiniebla y yo dentro intentando situarme, recuperarme para el espejo  del baño, para el cepillo de dientes, para el camarero del café al que había que decirle buenos días, tomaré uno bien cargado y una tostada con mantequilla.

 

En un instante mi madre irrumpiría en el cuarto y se acercaría a mi cama para susurrarme al oído que ya era la hora de levantarse para ir a la escuela y yo me cubriría hasta la cabeza y respiraría todavía unos minutos enterrada bajo la protección de las mantas, como un cachorro, aferrada al nido seguro y caliente. Por la escalera subiría el olor del pan tostado, o de la masa del bizcocho  inflándose en el horno, y los ruidos de la vida iniciándose de nuevo. La tos de un viejo en la calle, los gorjeos de pájaros revoloteando entre las ramas grávidas de las mimbres lloronas, la voz de mi padre ronca y autoritaria, el chirrido del portón de la calle al abrirse. El cosmos reviviendo mientras yo permanecía inmóvil en la cama con los ojos muy abiertos clavados en el techo, inventando figuras concretas entre las abstracciones de las machas de humedad o de los relieves del encalado.

 Y así seguiría, quieta,  hasta que las sábanas se enfriaban, con ojos de cristal fijos en los visillos del balcón, adaptándose a la claridad difusa de día nublado.

Las voces que escuchaba en el pasillo eran reales, la cabeza se aligeraba, el cuerpo adquiría masa y sentía su peso en el colchón, el roce de las sábanas o el acero del  frío en la cara.

 

Estaba en el cuarto de la vieja Bárbara, la loca. En la Casa Grande, en Sierra Bermeja. Había regresado ayer. Ayer, no el siglo pasado, y me había ido veinticinco años atrás.

Las palabras de mi hermana sonaban ininteligibles, como un murmullo lejano;  pero las de Augusto retumbaban rotundas y precisas.

Aconsejaba a Ángela que mantuviera la calma y le dejara el asunto en sus manos.

 

Después las voces se fueron alejando y se hundieron en el abismo de la escalera de caracol.

 

Sentí el impulso de  levantarme y correr a la puerta para pegar la oreja a la madera y enterarme del asunto que preocupaba a  mi cuñado  y hacía perder los nervios a mi hermana, pero el cuerpo era pesaba todavía. Aún los huesos y los músculos no aceptaban las órdenes del cerebro libre de masa, capaz de volar.

Cuando era niña y había discutido con mi padre subía a mi cuarto y me quedaba quieta en la cama, conteniendo la respiración, al acecho como un gato, alerta a cualquier susurro. Si me  llegaba abejorreo de voces desde la sala, corría a la puerta y escuchaba atenta, para gozar de su preocupación o de su angustia por mi comportamiento o mi rebeldía.

Mi madre me justificaba siempre pero no creía en mí.

-Es una niña- repetía- ya irá cambiando conforme vaya creciendo. Verás que sí, que se hace una verdadera señorita.

 

-      - No quiero que vuelva a ir con la hija de la Elvira ni con esos muertos de hambre. Es la hija de nuestra chacha, y Bárbara no volverá a verla ni irá a aquella casa. Cuando vuelva hoy la Elvira le dirás que no se puede traer a la niña a la Casa Grande. Estas  paredes son una muralla y separan la Sierra Bermeja de la chusma de la gente bien. Si esa caprichosa indomable no se entera por las buenas lo hará por las malas.

 

 

Después el chirrido de la puerta de la calle, el portazo y  pasos en la escalera. Corría a la cama, y fijaba los ojos en el techo.

 

Era ella, venía a consolarme. Se sentaba a mi lado, me acariciaba la frente, me peinaba con los dedos, me  besaba y  me apretaba fuerte contra su pecho.

-          Hija  mía, cuando vas a cambiar, cuando serás una hija buena y dejarás de clavar puñales al corazón de los que te quieren tanto.

Yo no reaccionaba, me mantenía fría como una muerta, y si respondía a su dulzura lo hacía con  palabras duras,  de punta afilada, inventadas sólo para zaherirla, porque necesitaba su dolor para agrandar el mío,  me regocijaba atormentándola  hasta arrancarle unas lágrimas  que atravesaban mis defensas como lava hirviendo y  me abrasaban  por dentro.

Era un ser perverso, todos lo creían y contra tantas opiniones  no podía levantarse mi voz de niña acorralada.

Sólo Lucrecia la Bruja, me miraba desde su sabiduría milenaria, heredada de todas las hacedoras de hechizos desde la noche de los tiempos.

- Sólo eres un cachorro herido, pequeña.

 

Aún lo era. Jamás había dejado de ser un animal magullado.

 

Me levanté y cerré los visillos. Me dolían las cuencas de los ojos y se me había quedado una nausea estratificada en el estómago.

El paisaje había sido devorado por una tristeza lechosa. Por la ventana penetraban jirones de niebla.  Sierra Negra y sus contornos parecían envueltos en un sutil velo.

 

Había llegado el momento de enfrentarme a mi cuñado. Si aguzaba el oído podría sentir su respiración de depredador, arrimando  el hocico caliente a la madriguera de su presa, expectante,  seguro de que pronto aparecería una cabeza menuda de ojos asustados lista para  ser devorada porque la gruta no tenía otras salidas.

 

Mario había muerto. Mi carta tardó una semana en llegar. Y ya no la leyó.

Augusto Castellanos  seguía vivo y el mundo le pertenecía mientras Mario era sólo un nombre tallado en una piedra y una punzada de dolor en el pecho de quienes le recordaban. Ahora ya sólo una punzada, ni siquiera un desgarro abierto.

Hermoso Mario como un efebo helénico, ingenuo a sus pocos años, ebrio de las palabras y los sueños del fin del franquismo, convencido de  la llegada de un pequeño paraíso terrenal tras  el horror y  la desolación. Se equivocaba cuando afirmaba que todos los augustos estaban ya condenados a la extinción porque eran un especie en callejón sin salida, restos de la agonía de la dictadura. Se equivocaba, sólo hibernaron un tiempo  o  se vistieron de invisibles como camaleones y esperaron pacientes la llegada de vientos más favorables.

Mientras deshacía la maleta y colocaba mi ropa en el armario  fue invadiendo mi pecho la melancolía blanca que había engullido las sierras y amenazaba con penetrar en la casa y perderla en la nada.

En aquel mismo cuarto aquella mujer sin pretérito, sin presente  ni futuro, miraba el contorno festoneado de Sierra Negra contra el azul marino intenso del cielo durante horas, quizá durante noches enteras.  Algunas veces sonreía y tarareaba sus extrañas letanías,  pero la mayoría del tiempo estaba triste y a veces lloraba y le engordaban debajo de los ojos dos bolsitas rosadas y frágiles que daban ganas de pinchar para desinflar como globos .  Había sido atrapada por la peor de las locuras, una depresión crónica que desde muy joven le hizo ver el mundo como un lugar inhóspito y convirtió a la  tristeza en su fiel compañera de viaje.

 

Aquella casa quería  contar historias, y no parecía que quedase nadie dispuesto a escucharlas.

 

Pensé en Mario y en su prematura derrota.

Augusto  no podía vender sin mi firma y  ese garabato nervioso en el documento que tan cuidadosamente habría elaborado  para obtener más dinero y más poder era el escuálido homenaje que me restaba para ofrecer a la  memoria de Mario, después de veinticinco años, para que no fuese el perdedor absoluto  de aquella batalla.

Era mi modo de vengarme contra todos los que ganaron mientras  Mario moría y yo me debatía entre la cordura y la demencia.

 

En un ataque de rabia y de lucidez, como jamás había sentido en los últimos años decidí que no vendería aquella casa.

 

 

Entonces me sentí bien.

Entonces tuve ganas de tomar un café fuerte y  aromático, de mandar a tomar por culo la resaca y las botellas de whisky y de enfrentarme a todos esos fantasmas que habían  convertido mi vida en una diáspora sin fin.

Un ser humano no puede huir toda su vida, tarde o temprano debe detenerse y mirar de frente a su perseguidor.

 

El encuentro con mi cuñado dejó de alterarme, se me pausaron las pulsaciones y controlé el temblor de las manos.

 

Resistí todavía un buen rato en la cama hasta que el dolor de cabeza amainó y me tomé mi tiempo en la bañera. Cada minuto dentro de la madriguera era una pequeña victoria sobre el lobo  de fauces afiladas; cada minuto envenenaba más su aliento y  disminuía su fuerza; cada instante jugaba a mi favor  en aquel pulso entre la saciedad del  triunfo, calculado e  impecable  y la aridez de la más absoluta de las derrotas.

 

 

 

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Thu, 16 Apr 2009 09:36:36 +0100
PRIMERA PARTE: EL TREN DE LAS SOMBRAS. Capítulo cuarto http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/08/primera-parte-el-tren-de-las-sombras-capitulo-cuarto http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/08/primera-parte-el-tren-de-las-sombras-capitulo-cuarto

                  CAPÍTULO CUARTO

 

   Coroné  la cuesta de la calle Real y me encontré frente al sútil telón  de las mimbres lloronas que ocultaban la magnífica fachada de la Casa Grande.

  Dejé el coche aparcado en el callejón de los Vientos, un callizo empinado y angosto que llevaba a una plaza sin salida,  antaño formada por portones y piqueras desvencijadas que daban paso a cuadras y corrales, pero que ahora lucía limpio y empedrado, con algunos bancos de piedra y unos árboles raquíticos, que acusaban falta de riego.

   “El corral grande” fue el escenario preferido de casi todas las apariciones de tísicos, galanes, andarines, novias enlutadas y borrachos blasfemos;  incluso había quien juraba haber sido perseguido por el espectro de un galgo esquelético con una soga al cuello. El viento silbando perennemente en el callejón contribuía a  dar voz de ultratumba a aquella procesión de espectros.

 

 Qué mundo aquel en el que crecí, qué carcel, qué jaula sin barrotes pero fuertemente verjada por todos los miedos ancestrales de la historia de la humanidad.

 

  Una voz sensata me aconsejaba  dejarlo todo allí, todavía estaba a tiempo. Me  avisaba que debía dar la espalda a aquel paisaje ajeno a la razón, manejado por vísceras y por terrores. Me susurraba al oido que olvidara todo aquello y dejara las heridas del pasado., pero un instinto más fuerte que todo razonamiento me obligaba a continuar azuzándome como a un animal dehauciado que debe  sobrevivir.

 

    Por que  en cuanto  traspasara aquel telón formado por ramas grávidas  me encontraría de frente con un misterio que quería ser desvelado antes de que todo aquel mundo se entregara al implacable destino de ser devorado por los nuevos tiempos. El campo de golf y el polígono industrial.

 

 

   Me quedé un rato dentro del coche.  En unos minutos iba a tener frente a mi la fachada majestuosa de la que fue mi casa durante casi veinte años. Necesitaba calmar el latido descontrolado de mi corazón. Saqué un puñado de maria y me preparé un joint flojo, me lo fumé despacio, deleitándome en las hebras de humo que escapaban por la ventana y eran deshilachadas y arrastradas subitamente por el viento del callejón sin dejar ni rastro del perfume intenso de la hierba quemada.

 

   La calle estaba desierta, el cielo tenia una calidad de acero,  semejante a una inquietante lámina sin señales de nubes o juegos de grises. No había rastro de haber llovido, ni  charcos ni el viento traía un tacto levemente húmedo. Silbaba a ras del suelo reptando entre los portones metálicos del callizo.

 

   Aplasté la colilla en el cenicero y respiré hondo.  Salí del coche. El otoño siempre fue frío en Sierra Bermeja  y aquel no era diferente.

   Busqué mi abrigo y me arrebujé dentro. Quería perderme de aquel paisaje y de mí misma.

 

    Un gato pardo  saltó desde una ventana y casi me rozó las piernas. Me sobresaltó.

 

Aquella quietud y aquel silencio sin ranuras solo roto por el silbido intermitente de las ráfagas de viento me hicieron sentir que todo aquello era mentira que estaba dentro de una de mis pesadillas. El color acerado del cielo,  la claridad  irreal de la calle, la mimbre llorona agitanto sus ramas  como andrajos ingrávidos se confabulaban para crear una atmósfera onírica en la que yo era solo una figura encerrada, una sombra desolada y envuelta en un gran misterio como en un cuadro de Chagall.

 

   Cogí la maleta y avancé contra el pertinaz viento. Crucé el telón de la mimbre y allí estaban las tres hileras de balcones de la Casa Grande.  De repente no soplaba  ni una brisa, un mar en calma se abría detrás de las agitadas ramas.

Había entrado en territorio de fantasmas.

 

Las casas que había visto en la calle Real apena eran diferentes de cómo las recordaba, pero las fachadas con desconchones y telarañas en las rejas ahora lucían  bien pintadas con balconadas y puertas nuevas y brilantes. La plaza abandonada de la vieja iglesia derribada durante la guerra ahora era un espacio rectángular con baldosas, una fuente, un puñado de farolas y unas hileras de bancos, todo siguiendo esa simetría nueva de ayuntamiento democrático. Incluso el corral grande había adecentado aquellos carcomidos muros de herriza con una capa de cemento y otra de cal y había sustituido las desportilladas puertas por metalicos portones pintados de gris o de verde.

 

   Sin embargo el cortijo de los Frailes, la Casa del Puente y la misma Casa Grande pertenecían a un mundo hermético, inconmobible al paso del tiempo. Sus dueños, políticos, notarios, registradores de la propiedad  o magistrados en Madrid, o señoritos calaveras en Sevilla no amaban aquellas tierras áridas y desagradecidas, no tenían interés en obtener más de lo que daban sin mimarlas demasiado, y las conservaban sobretodo por las jugosas subvenciones de la unión europea

 

  Sólo que ahora el campo de golf y el polígono industrial ponían buenas cartas sobre la mesa y todos querían ser el crupier. El primero mi cuñado Augusto Castellanos; cuya ambición como el desarrollo de los acontecimientos me demostró no conocía límites ni se paraba ante obstáculos.

 

Todo permanecía intacto, como si en lugar de estar contemplando un paisaje real tuviese ante mí una vieja fotografía:

La puerta de cuarterones esculpida con relieves misteriosos, el picaporte en forma de mano femenina sosteniendo una bola pulida y brillante, las esquinas asaltadas  por la pertinaz yedra y por las coloridas buganvillas allí  donde la gran fachada hacía angulo con un portón de tablones de madera ; la  gran bancada de piedra en el otro ángulo de la fachada, a cuyos pies  seguía creciendo un raquítico jazmin que  el tiempo no lo había angostado ni lo había fortalecido

 

  La yedra reptaba igual que antes, hasta el primer piso y se enredaba en los balcones como un obstinado réptil. Por ahí subían las salamanquesas en verano, yo las observaba en silencio desde la cama mientras escuchaba a Ángela chillar y correr a llamar a la sirvienta para que la echara a escobazos. Una salamanquesa en la página satinada de una revista de sociedad era algo totalmente inédito.

 

  No había cambiado tampoco la fuentecilla cercana al jazmin, una mujer  esculpida en piedra negra, con un cantaro de agua a la cadera desde el que se derramaba un sutil hilo de agua,  se levantaba levemente la falta para evitar el charco de la poza; en donde reposaban teñidos de verdín y semienterrados entre  un puñado de hojas húmedas sus pies descalzos.

 

 

  Estaba a punto de coger el picaporte cuando comprobé que a la derecha, en la jamba de la puerta relucía un cuadrado dorado sobre el que se dibujaba una campanilla negra brillante. Pulsé el timbre y sonó un ding- dong elegante como todas las cosas que debían rodear la vida de mi hermana, como fue planeado y proyectado por mi madre primero, cuando nos llamaba para que miraramos las casas de la revista hola y las figuras que las pobalban, despues por ella y por su esposo desde que decidieron compartir el futuro juntos.

 

  Siguió un silencio sólo roto por el murmullo de  las hojas de la mimbre y el  rumor del chorro del agua contra los pies encharcados de la estatua.

 

   Pensé que no habría nadie. Y que quizá no habría una pensión o una posada donde pasar la noche. No me agradó nada la idea de conducir en la oscuridad por las sinuosas curvas que descendían al puente y luego a las primeras casas de las Ventas. Volví a llamar, pero esta vez mantuve el dedo unos segundos y entonces escuché unos pasos apresurados que se acercaban a la puerta.

 

  El sonido rotundo de un cerrojo y unas cadenas dieron paso a una rendija de apenas unos centímetros entre la que apenas pude intuir el rostro oscuro de una chica morena y de corta estatura que por su tono de voz debía proceder de sudamerica

 

-         Qué desea usted?

-         Mi nombre es Bárbara Montalbán y esta es mi casa - respondí con un tono impersonal para esconder el temblor que me azotaba por dentro,  dispuesta a vestirme de una fuerza que estaba lejos de sentir en aquel campo de batalla, y usando la única arma que era indiscutible y que podría mantenerme a salvo: mi condición de Montalbán, de dueña de la casa.

-          

 La puerta se cerró de nuevo y escuché los pasos alejándose. Apenas unos minutos después la muchacha volvió y de nuevo asomó a través de la rendija un rostro oscuro en el que sólo brillaban dos ojos negros con forma de almendra.

 

-         Me repite usted su nombre por favor

-          - Bárbara Montalbán- respondí sin impacientarme, sientiendo un cosquilleo de placer en el estómago, la satisfacción de pronunciar mi nombre a las puertas de aquella casa herméticamente cerrada y que ese nombre fuese el abresesamo que hacía mover rocas pesadisimas y desfranquear la visión de exquisitos tesoros.

 

   Sus ojos extremadamente abiertos y el temblor de su boca me alertaron de que no era la primera vez que escuchaba mi nombre y que mi presencia era para ella tan misteriosa e inexplicable como la de una visión.

 

 De nuevo sus pasos se alejaron pero ahora más presurosos, y la próxima vez no vino ella a abrir la puerta.

 

Un muchacho sombrío, de piel morena y pupilas de un color indescriptible que temblaban dentro del ojo como dos gotas de mercurio, vestido con un chandal de marca y sujetando un puñado de folios en la mano se me quedó mirando con arrogancia ,franqueándome la entrada.

 Era el vivo retrato de Augusto, pero más seguro, porque Augusto siempre sintió que en aquella casa estaba de prestado y que el honor de poseerla correspondía a otro apellido, a otras estirpes.

 

 Se notaba inquieto, aunque quisiera controlar cada nervio de su cuerpo, casi era visible el latido de la sangre en las venas del cuello, tensas, el leve temblor de su mandíbula  o el palpito de los tendones de sus puños apretados.

 

  Me miraba como si me retara a un intercambio preciso de palabras, como si me hubiese estado esperando toda su vida, preparando un discurso aniquilador contra la sombra negra que siempre planeó sobre su cabeza, la telaraña de tristeza en la vida perfecta de su adorable madre.

 No ha respondido esta vez tampoco

. Y a él le toco hacer su primera Comunión sin la fotografía perfecta, sin mi sonrisa junto a su madre, siempre hubo algo imperfecto en el album de su vida, y allí lo tenía. No ha respondido y se graduó, no ha respondido y obtuvo el premio al mejor trabajo sobre derecho penal de su promoción. Y en la foto del premio de nuevo no estaba la sonrisa negada al modelo diseñado por su buena madre.

 

-         Debes ser Augusto- dije  con la única intención de poner fin a aquella situación absurda.

-          - Y tú mi tía Bárbara- hablo finalmente con un tono de voz reticente que  cargaba sobre sus modulaciones todas las historias que debió escuchar sobre mi persona desde que era un niño y todas las ausencias convertidas en pequeños desastres en su vida de revista Hola.

 

No hizo un gesto para besarme ni yo me molesté en entibiar la frialdad del encuentro

- Querría pasar- le dije sonriendo  ante su insistencia en permanecer de pie obstaculizando la entrada

-         Por supuesto, es tu casa tía Bárbara- y noté un deje de ironía  que no me anunciaba nada bueno- Jenny coge la maleta a la señora

-          No hace falta, no pesa mucho, yo misma puedo llevarla

-         Oh pero aquí tenemos servicio para esas cosas- respondió mordiéndose el labio inferior, sus pupilas de azogue temblaban ahora enloquecidas aunque su rostro permaneciera imperturbable como cincelado en piedra.

-          

Y cogió mi maleta para entregársela a la joven india.

 

 - Déjala junto al primer peldaño de la escalera hasta que vuelva mi madre- ordenó con frialdad.

 

 

    Me olvidé de su presencia en un segundo, en el momento en que me encontré ante el amplio pasillo como si hubiese sido la bella durmiente y hubiese despertado de un sueño secular.

 

 Casi nada había sido modificado: los cuadros de temas mitológicos con unas figuras femeninas envueltas en sutiles gasas corriendo por bosques o nadando en trasparentes pozas, cazadoras de hombros robustos y sandalias de tiras de cuero abrazando sus  masculinas pantorrillas, hermosas damiselas colupiándose al viento sobre un fondo de ramaje frondoso y húmedo y un cielo de un azul falso; todas enmarcadas en madera cubierta por pan de oro envejecido. Sillas de elevados respaldos y restos de viejos y primorosos bordados en la tapiceria flanqueaban ambos lados del pasillo como una escolta solitaria e inútil.

El gran perchero en el que siempre vi el abrigo de ante de mi padre y su sombrero de cazador, el paragüero dorado todavía, para mi sorpresa, con el paraguas negro de barillas oxidadas en cuya empuñadora un felino se revolvía salvajemente a morder la mano de quien lo asiera. Todo permanecia petrificado, insensible al paso del tiempo.

 

   Entre las sillas y los arcones tallados se abrían puertas de cristaleras esmeriladas que delataban si la habitación estaba habitada o si permanecia en las sombras, dormida entre motas de polvo danzando en un hilo de plata infiltrado por un trozo de cortina desgastado.

 

 De la puerta del comedor entreabierta se escapaba el resplandor dorado de las llamas de la chimenea.

 

  Al fondo se abría el arco de medio punto que contenía una preciosa vidriera de colores brillantes representando una mujer sentada en un trono, con una corona de perlas y un cetro color añil en la mano. A sus pies dormían dos fieras, un tigre a la derecha y un león a la izquierda. Debado del arco permanecía cerrada la puerta de madera oscura que daba a la cocina y al mirador de Sierra Negra.

  A la derecha  comenzaba el ascenso a la escalera de caracol que zigzageaba por todas las plantas de la casa, En los paredes de la escalera había retratos de gente desconocida, ascendientes de los duques, muy británicos, muy impecables, vestidos con cuellos rígidos y no mostrando más señal de vida que una mano sosteniendo un reloj de cadena o acariciando la cabeza de un perro o de un niño.

 

Lo miraba todo envuelta en una profunda emoción. Aquella casa era mía.

Me dirigí a la cocina olvidando a mi estirado sobrino esperando ser respetado y temido pero que en aquel momento no era más que una figura ridícula y fuera de lugar en el escenario de mis recuerdos.

 

  Empujé suavemente la puerta. Jenny estaba allí, sentada en la bancada de la gran mesa de madera maciza que ocupaba todo el centro de la cocina, cortando una pieza de carne en pequeños trozos y colocándolos en una bandeja donde había vegetales bien troceados.

 

La muchacha se levantó y me miró sofocada

No sabía si atenderme o no, mi intrusión en la casa la había dejado en una situación incómoda porque yo era una señora dueña del castillo pero sus amos eran los otros.

 

´- Sigue trabajando- le sonreí- haz como si no estuviera- y  me acerqué al fuego para calentarme las manos. Me quité el abrigo y lo dejé sobre la espalda de una de las  mecedoras  de madera pesada que custodiaba la chiemena.

 

  Cerré los ojos y sentí la caricia del calor del fuego sobre la cara. Estaba en mi casa. Jamás había tenido esa sensación en los últimos veinticinco años. Aquel caserón medio vacio, de cuartos cerrados, probablemente atravesados por espesas telarañas, más semejante a un mausoleo que a un hogar, era mi casa.

 

 

  -Jenny está libre la habitación del fondo del primer piso, la que hace esquina la de los balcones que dan a  Sierra Negra y  a los barrancos del sestil.

  

 La muchacha afirmó con la cabeza, sin mirarme y todavía titubeando entre levantarse y atenderme o continuar con su labor de preparar la cena a sus señores.

 

  Entonces me dijo un “mis disculpas” con el acento acanelado del castellano de sudamerica, y salió de la cocina, la escuché cuchichear en el pasillo con mi sobrino y seguidamente regresar y continuar preparando los ingredientes del guiso.

 

- Quiere usted tomar algo señora?

- No- no tengo hambre gracias,- está libre la habitación?

- Sí, ahora mismo voy a limpiarla y le subo la maleta, en cuanto prepare la cena

-No es necesario- interrumpí- yo misma la subiré

-Pero estará llena de polvo , hace mucho tiempo que no se abre- me respondió contrariada.

 

-Yo abriré los balcones y luego me dices donde tienes la ropa de cama limpia para la cama. Mañana la limpiaremos.

 

Salí para recoger mi maleta del pasillo. Pude entrever la sombra de mi sobrino en la cristalera del único salón habitado, espiando mi presencia.

 

Subí la escalera de caracol,  y era como si se repitiere el sueño de mi última noche en  mi apartamento Oster Sogade,  la hierba y mi imaginación me dibujaron un espejismo luminoso:  asomada en el ultimo rellano donde las espirales se estrechaban como el rabo de un huracán, una mujer morena de cabellos largos, vestida con una túnica de plata me miraba  y a pesar de la distancia pude distinguir que sus ojos eran claros y transparentes como los de la mujer enlutada  que seguía sin llorar el ataud al cementerio

 

 Escuché la voz imperiosa de Augusto hablando con Jenny, probablemente culpándola del desastre del encuentro con la hermana pródiga. Cuántos discursos habría preparado en los que él brillaba con luz propia y yo empequeñecía bajo el peso de mi perfidia. Cuantas veces cuando escuchaba los lamentos de su madre porque su hermana gemela no daba señales de vida él soñó con hacerme beber todo aquel veneno y  hacerme compartir el caliz de la amargura. Y me había tenido cercana y frágil, una presa fácil para cualquier buen cazador y se había quedado acechando detrás de la puerta, sin saber cuando y cómo dar el zarpazo.

 

Llegué al segundo piso. El pasillo emergía en una semitiniebla rota por el resplandor azul de la vidriera del rellano.  Abrí el viejo armario de la ropa blanca y un intenso olor a naftalina delató que todo se mantenía  en orden, pero que nadie usaba aquellos armarios y probablemente hacía años que nadie dormía en aquellos cuartos.    Al pasar junto al espejo de moldura barroca  la luna ovalada  me devolvió una imagen ajena. Sentí que no era yo quien se reflejaba en la superficie pulida sino  mi fantasma que nunca había escapado de aquella cripta y que la verdadera Bárbara dormía plácidamente mientras lo s visillos blancos se agitaban como vuelo de cisnes, ilumanada mi cabeza por el fósforo verde del reloj digital, mecida por el rumor delicado de las hojas de los nogales de Oster Sogade.

 

 Me dirigí a la puerta del fondo en el ala derecha. Las paredes aún mantenían el tapizado de seda con cenefas de colores pastel. Los apliques en la pared eran los mismos. Pasé el dedo por el jarrón azul sobre la vieja mesita de nogal y comprobé que no tenía polvo. Era posible que Ángela, atenta siempre a los más insignificantes detalles hubiese encargado la limpieza  de las partes visibles de la casa para mostrarla a los probables compradores como un tesoro brillante y vivo y no como un mundo en ruinas amueblado con cochambre.

 

Empujé y la puerta cedió sin problemas sólo con un ligero chirrido, la ventana estaba entornada y una claridad metálica bañaba los bultos que al abrirla de par en par se convirtieron en la cama de forja, la vieja cómoda de mármol, la mecedora y el armario de luna herrumbrosa.

 

Dejé mi maleta sobre el suelo y  me asomé al balcón de Sierra Negra. Estaba oscureciendo, una noche sin luna y sin estrellas comenzaba a descender sobre los perfiles de las sierras. Estaba allí de nuevo, respiré intensamente el aire limpio de la tarde, un ligero rocio me mojó la cara, estaba comenzando a llover mansamente.

Oí el quejido de la puerta al abrirse, escuché unos pasos a mi espalda y una tos inconfundible.

 

-Cómo no has dicho nada, como te has presentado así- su voz era casi un gemido.

 

 Me giré y allí estaba: mi vivo retrato pero buena y pulcra, la cara hermosa de la moneda. Llevaba el pelo más claro cebrado por unos mechones muy rubios, los párpados un poco más caídos, las mejillas un poco menos prominentes pero elegante y correcta como siempre, vestida con un pantalón color café y una blusa dorada, cerrada al cuello con un lazo perfectamente elaborado.

 No supe que responder, estaba  inmóvil, contemplándola  como se contempla una figura de humo, tratando de recomponer los detalles que la hicieran corpórea.

 

La última vez que la vi tenía 20 años y era la hija que toda madre sueña tener, ahora  rondaba los 45 y se parecía demasiado  a las señoras de las revistas que mirabamos de niñas soñando en voz alta cual de aquellas mansiones satinadas sería la nuestra del futuro.

 

Dio dos pasos finalmente, titubeando y me abrazó sin apretar demasiado y me dejó un beso pegajoso en cada mejilla.

 

-No me hago a verte, no me hago- repetía sin dejar de observarme- No has envejecido, no has cambiado nada.... parece increible... la misma.. la misma... 

 

 

 Se pasó el dorso de la mano con delicadeza sobre la mejilla para secar una lágrima inexistente.

 

Yo me alcé de hombros. Rebusqué algun recuerdo donde estuvieramos las dos unidas como dos buenas hermanas, pero encontraba sólo extraños fragmentos de nuestra vida en común, y sobretodo encontré aquellos ojos sumisos clavados en el suelo mientras me ofrecía mi maleta primorosamente preparada.

No había malgastado mi tiempo en devorarme por dentro con el rencor, pero no había olvidado un solo momento de aquella noche fatídica, no era necesario recordarla ni tirarla a la cara como un guante de duelo, pero esa herida no estaba cerrada y yo hacía tiempo que no me esforzaba por ir contra el curso natural de las cosas.

 

 

-Augusto y mi hijo están abajo... Jenny está poniendo la mesa. Anda prepárate para cenar...

 

-He conocido a tu hijo- dije al fin- un muchacho muy guapo e inteligente

 

 Me miró con desconfianza

 

-Si- la verdad, no me puedo quejar, tengo una familia maravillosa... y tú... – me miró un instante y después retiró la mirada como si un recuerdo la quemara- bueno... no me extrañaría que tuvieras una familia y no supieramos nada.....

 

No, no he creado nada, no hay misterios en torno a mi... – le respondí sonriendo y dejando mi maleta sobre la cama la abrí y comencé a buscar en el fondo unas bragas y un sujetador para cambiarme de ropa interior. Después saque un pijama de algodón-  Voy a ducharme...  Espérame abajo

 

Bien, cenamos a las nueve. Tómate tu tiempo. Mi hija no está. Pero vendrá mañana.

 

- Me disculpareis todos esta noche pero estoy muy cansada. Necesito dormir. Leeré un poco y después bajaré a la cocina a tomar un vaso de leche caliente.

 

 Abrió la boca para decir algo, pero se quedó así, como si hubiese sido atrabapa por un instante en una fotografía. Después se dio la vuelta y  se alejó.

 

 Dejó tras de sí el olor dulzón de Caleche.

 

 

 

 

 

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Wed, 08 Apr 2009 10:01:55 +0100
PRIMERA PARTE: EL TREN DE LAS SOMBRAS. Capítulo tercero http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/03/primera-parte-el-tren-de-las-sombras-capitulo-tercero http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/04/03/primera-parte-el-tren-de-las-sombras-capitulo-tercero CAPÍTULO TERCERO

Al llegar a Madrid encontré a mi tía Mila envuelta en un abrigo de astracán muy largo y elegante, que le hacía los tobillos demasiado finos. Llevaba guantes de piel marrón y bolso y zapatos a juego. Ella siempre iba muy bien combinada. Era una señora de alta sociedad.

Me dijo “bienvenida” sin mirarme, con un desprecio palpable, y me acercó la cara para depositar en el aire, cerca de mi mejilla, el triste simulacro de un par de besos. Olía a Caleche como siempre, entonces yo no lo sabía, pero un día lo descubrí metiendo la nariz en todos los frascos de una perfumería.  Fue poner una gota en mi muñeca y llegarme nítida la imagen de mi tía en la estación de Atocha, rígida como un poste, con el abrigo rotundo  y el pelo rubio ceniza muy cardado..

Yo sólo pensaba en la mancha entre mis piernas, otra vez notaba aquella cosa bajando, aquellos cuajarones negros y densos que se desprendían de mis entrañas y me empapaban la compresa y reptaban por mis muslos. Me había puesto un pantalón negro para evitar que se viese la mancha y unas botas de caña ancha por si la sangraza seguía descendiendo entre mis piernas que se encharcara en el pie y no dejase un rastro púrpura a mi paso.

Durante toda la noche había estado cambiándome de compresa, lavándome con papel higiénico humedecido y también había tirado dos pares de calcetines empapados.  A cada traqueteo del tren sentía aquel renacuajo viscoso escurriéndose por mi vagina y adhiriendo la tela del pantalón a mis  muslos.

Cada vez que entraba en el angosto cubículo para cambiarme contemplaba un rostro más pálido y unas ojeras más marcadas. Mi piel iba adquiriendo una tonalidad de cera y mis ojos parecían perdidos en profundidades abisales.

Una mujer entrada en carnes, con un vestido de un rojo estridente y muchas pulseras que sonaban con un tintineo metálico cada vez que movía las manos, se me quedó mirando y me preguntó si estaba enferma. Negué con la cabeza pero ella se empeñó en que sí y me trajo un café caliente del bar y un bollo dulce. Pensé que sería hermoso tener una madre así, amplia y cálida, con un vestido discordante y pulseras musicales, que me trajera cosas calientes cuando estaba muy enferma o muy sola.

La mujer me contó cosas suyas, una vida muy básica. Iba a Madrid a pasar unos días con su hija que se había casado con uno del pueblo, policía nacional trasladado a la  capital.
Ella estaba casada a su vez, con un hombre muy bueno y muy callado y tenía otro hijo que le ayudaba en el campo. Este último hijo había tenido problemas con malas compañías y bebía mucho pero ahí estaban entre todos a ver si lo hacían un hombre y lo alejaban de toda aquella perdición.
No imaginaba a aquella hermosa matrona andaluza enviando a su hijo desangrándose durante una noche de tren para evitar la ignonimia y la vergüenza o simplemente para sentir la paz de la perfección, aniquilando el mal de raiz, recuperando lo que siempre debieron ser: un matrimonio feliz y un único parto con una única hija, dócil y modosa, bien casada, digna heredera de la Casa Grande y las tierras de Sierra Bermeja.

La tía se dirigió muy erguida, precediéndome siempre, a un taxi que esperaba a la entrada de la estación. Yo casi no tenía fuerzas para sostener mi maleta, pero la seguí manteniéndole el paso.
El taxi recorrió casi levitando una ciudad de calles amplias y todavía semidesiertas, envuelta en la niebla de una lluvia fina como una gasa que convertía los globos de las farolas en sutiles burbujas amarillas y el asfalto en un espejo sobre el que se desdoblaban  los colores cambiantes de los semáforos. Un ligero viento movía los árboles de las avenidas.
Recordando aquellas imágines mientras esperaba que la vieja anciana sacara del baul los objetos olvidados, me vi a mi misma dentro del taxi, exángue, mirando el exterior como un pez dentro de un reducido acuario.

Mi primera carta estaba allí, en mis manos, sin abrir. El matasellos indicaba una fecha precisa:  14 de abril de 1981.
Cuando la anciana me la entregó y reconocí mi letra el corazón me latió con tanta fuerza que tuve que respirar fuerte antes de abrirla.
La escribí mi  cuarta noche en el cuarto de taracea. Las primeras no pude, tenía mucha fiebre y estaba muy débil.  Me acordaba bien de eso. Mis primeros días en Madrid permanecieron nítidos en mis recuerdos. Después todo se esfumó en una niebla de fantasmas y pesadillas, de noches en blanco y días de sueño pesado provocado por el veneno que me dispensaban cada mañana con el desayuno en aquel lugar inhóspito de un blanco hiriente, que me provocaba la misma sensación de haber sido exiliada a una estepa polar, deshabitada y hóstil.

La redacté casi a oscuras, controlando la línea de luz bajo la puerta del cuarto. Usé una linterna pequeña que encontré en un cajón y la escribí debajo de las mantas, con pulso tembloroso por el miedo y la debilidad después de una semana desangrándome. Me la guardé en el bolsillo y la  deposité unos pocos días más tarde disimuladamente en un buzón mientras me dirigía a la iglesia con Rosario, la hermana monja de mi tío Antonio, el médico militar al que mis padres encargaron el tratamiento de mi dolencia, porque el aborto era delito y no podían ponerme en manos de otro profesional por si sus escrúpulos le llevaban a denunciarme.

Me dejaron en manos de aquel hijo de puta que me tocaba con dedos lascivos aprovechando mi indefensión alegando que podían volver las hemorragias.
Y después ya sin pudor alguno comenzó a ordenarme obediencia o se vería obligado a informar sobre mi triste estado mental y aconsejar  mi ingreso en una clínica para orates.

No conservaba ni conservo ningún recuerdo nítido de aquel Madrid que en los periódicos aparecía como una ciudad viva caliente donde el final del régimen había abierto las puertas a una modernidad vanguardista y cañí. Para mí Madrid fue una cárcel. Primero fue la casa de mis tíos de la que sólo salí tres veces para ir a la iglesia y después la clínica psiquiátrica de la que sólo guardo jirones con rostros deformes y palabras perdidas en mis pesadillas.

Rosario era alta de constitución recia y ademanes hombrunos.  Se dedicaba a contarme historias terribles de mujeres descarriadas, pero yo apenas la escuchaba. Mientras atravesábamos aquel parque espacioso y verde, poblado de árboles frondosos, flanqueado de bancos ocupados por parejas, madres con sus niños pequeños y  viejos que buscaban los rayos del sol para ahuyentar la  frialdad de los primeros días de la primavera de la meseta;  buscaba disimuladamente el bulto amarillo que sería mi salvación.

También yo sentía los dedos de los pies fríos y las manos heladas pero mi cabeza hervía después de haberla engañado dejando la carta dentro del buzón finalmente, sabiendo que ya era cuestión de días que Mario apareciera y les dijera a todos franquistas “cabrones vuestro tiempo ha terminado” y me cogiera de la mano y me llevara a ese Madrid de las revistas donde el venerable profesor  Tierno Galván pocos años atrás sonreía junto a una mujer mostrando un pecho.

Pero en lugar de Mario vestido de caballero rescatador de doncellas en apuros, llegó un día un  sobre con un certificado médico positivo que aconsejaba mi ingreso en una clínica para enfermos mentales.

No fui muy inteligente para manejar la situación. Era demasiado impulsiva, demasiado joven e inocente para calcular la maldad de los adultos. Debí callar y organizar en silencio mi fuga, pero las amenazas con delatar las perversiones de mi tío no fueron mis aliadas. Cuando una noche lo conté todo a mi tía gritando, ella se cubrió la cara con las manos horrorizada y después dijo

- Llevas razón querido, llevabas razón, ha perdido el juicio, no podemos mantenerla más entre nosotros, nos puede hacer mucho daño. Es una degenerada, una criminal. Ha matado a su propio hijo.

Ahora aquel sobre estaba en mi mano.  Sólo un sobre, el otro debió ser devuelto. No escribí dirección de remitente.  Dormiría ahora en una estanteria o en un cajón lleno de otro sobres que jamás llegaron a su destino. Pensé cuantos años necesitaria uan persona  para encontrar entre aquellas montañas de palabras perdidas un rastro de su vida que podría salvarla o simplemente proporcionarle la paz para continuar adelante.

Estaba cerrado, sin señáles de haber sido abierto jamás. Y una pregunta me golpeaba las sienes:
Por qué Mario se fue de  aquella casa justo después de mi desaparición.
No llegó a leer la carta, ya no estaba allí cuando el cartero la dejó debajo de la puerta como solía hacer porque los buzones estaban destrozados y no quería quejas de correspondencia extraviada-

Abrí el sobre ante la anciana. Me miraba con un ligero temblor en los labios, y retorciendo apenas la servillenta de encaje unos pálidos y sarmentodos dedos. Expectante.

Reconocí mis palabras escritas con caligrafía trémula mientras una bola áspera e invisible se situaba en mi garganta y me provocaba  unas ansias incontroladas de llorar. Y eso no era normal porque yo llevaba más de veinte años sin haber soltado una sóla lágrima.

La guardé sin leerla, me la metí en el bolso. No había más cartas.  No había más objetos ni tenía interés en recuperarlos en caso de que hubiese permanecido esperándome una alhaja o un libro o una fotografía.
La anciana estaba esperando uan explicaciòn al misterio, después de todo su vida era ya sólo esa espera inútil a que alguien viniera a recoger aquel pequeño tesoro y le desvelara los secretos que escondía; pero yo no tenía ningún enigma que desvelar. Sólo la certeza de que Mario no recogió aquella carta. Que estuvo en cualquier estanteria, dentro de algún libro, sobre alguna mesa un tiempo, hasta que pasó a un cajón o al interior de un armario y luego cuando la encontraron en las obras de reformas la metieron en el pequeño baúl porque no sabrían qué hacer con una carta sin abrir.

Tomé el café mientras le contaba una mentira sobre la carta para no robarle la ilusión de estar conservando objetos valiosísimos para la vida de las personas que vivieron en su casa. Le dije que la conservaría como un tesoro porque era la primera carta que me había escrito el que ahora era mi marido. Ella me clavó la vista sonriendo pero igual no me creyó. En todo caso lo importante era contar algo sobre aquellos fetiches y otorgarles un sentido.

En cuanto bebí el último sorbo inventé cualquier excusa y me puse en pie. La anciana lo hizo también con dificultad. Cuando intenté ayudarla se negó.
Aquella casa que fue escenario de mi felicidad, habitada por una anciana abandonada  esperando ansiosa  cualquier visita para llenar sus horas,  me provocó un arrebato de melancolía. Conocía bien aquella desazón, la sentí por primerz vez una tarde  de enero  cuando mi padre mató a un perro vagabundo de un tiro en las tripas porque el animal durante la noche había hecho una carniceria con los animales del corral; la trizteza se me enganchó a las entrañas como un parásito y que  hacía acto de presencia con la lluvia y se me quedaba dentro días enteros infiltrada en los huesos como la humedad.

Me despedí inventando una cita que no existía y le agradecí el café y que me hubiese permitido recuperar mi carta. Ella parecía intinitamente satisfecha de haberme servido de algo y me pidió que volviera cuando quisiera que si algo le quedaba a ella era tiempo libre para dedicar a los demás.

Al salir escuché unas voces estridentes y música muy alta. La anciana había conectado el aparato de televisión.

Todavía lucía un sol perezoso y otoñal, pero a duras penas lograba esquivar unas nubes de borra gris que comenzaron a salpicar goterones sobre el  asfalto. Un viento frío procedente de Sierra Nevada recorría las callejuelas arrastrando hojas secas y flores de geranio muertas.

Con la carta en el bolso me dirigí al Hostal para recoger mis cosas y marcharme a Sierra Bermeja esa misma tarde. Pero en el camino vi un cybercafé, un local pequeño con un mostrador de madera oscura y un par de mesas vacias a la entrada, en cuyo fondo se distribuian una especie de celdas con ordenadores.
Pregunté si había alguno libre y  una mujer corpulenta, de cabellos teñidos de un  tono pajizo, maquillada con un carmesí intenso que desbordaba la línea de los labios y una línea azul marino sobre unos ojos pequeños y vivos, me señaló una casilla al fondo y me preguntó con acento marcadamente argentino si me servía también un café.Le dije que sí y me dirigí al ordenador.

La conexión era lenta y tardó en abrirse. Escribí en el google entre comillas “Mario  Gutierrez Camacho”

Aparecieron dos con ese nombre, un forista de una página de pequeñas empresas que aseguraba que la mejor manera de ganar dinero rápido y fácil era evitar la legalidad.
Otro era un dentista colombiano con clínica abierta en Sevilla.

Busqué las páginas blancas y escribí los apellidos Gutierrez Camacho. Aparecieron ocho personas con esos apellidos. Entre ellas  Elisa Gutierrez Camacho, que seguía teniendo la consulta de pediatría en la calle San Juan de Dios.

Bebí el café de un trago, cerré el ordenador y entregué a la argentina teñida unas monedas.

Llovía con furia cuando salí a la calle de nuevo. El cielo estaba de un color gris plateado y se escuchaban gorjeos de pájaros sobre los árboles de Plaza Nueva. En lugar de entrar en el Hostal giré a la derecha y  recorrí la calle Elvira, angosta y sinuosa, protegiéndome bajo los aleros de los balcones.  Permanecían imperturbables al paso del tiempo las viejas entradas a bloques antiguos con balconadas oxidadas y negocios esqueléticos de artesanias, alfombras alpujarreñas, labores en mimbre, o cochambrosas tiendas de libros de segunda mano y muebles usados, entre algún que otro taller de bisuteria de estética hippy.
En el rincón de la Carbonería ya no estaba nuestro bar. En su lugar lucía la M espectacular y luminosa de un negocio de hamburguesas y comida rápida.

Me dirigí a  la calle San Juan de Dios, recordaba el número de la casa de su hermana mayor, un piso soleado y amplio en una de cuyas habitaciones Elisa llevaba una consulta de pediatría privada. Fuimos un día a recoger unos muebles viejos que Elisa dejaba a su hermano para adecentar la casa del Albaycín . Yo la miré como una gata que ha vivido sola entre tejados sin bajar jamás a tierra. Me limité a decir un buenos días huraño y ella  me abrazó y me besó sonriendo. Después dijo a Mario que llevaba razón, que era muy bonita. Y supe por su manera de mirarme que le gustaba, era como si el mundo se hubiese vuelto al revés. Después nos vimos muchas veces, cenamos juntos y una vez hicimos una excursión a los Cahorros, con tiendas de campaña  y pasamos una noche fantástica contando cosas junto al fuego. Cómo yo hablaba poco Elisa me preguntó  si no quería contar alguna historia de mi infancia, y yo les hablé de Lucrecia la bruja y de las mujeres voladoras.

En el pasillo había un olor fuerte a ambientador y los buzones estaban saturados de publicidad, tres peldaños subían al rellano de los ascensores, y aunque los recordaba idénticos por fuera, por dentro habían sido reformados, y las paredes oxidadas habían sido sustituidas por espejos que jugaban con las figuras desdoblándolas hasta el vértigo.

Pulsé el número 6 y ascendí tratando no pensar en nada, ni siquiera en lo que le iba a decir a aquella mujer después de 25 años. Comencé a sentirme ridícula a medida que el ascensor ascendía pero no podía volver atrás, porque ya había cogido un avión y un tren como una autómata  para recuperar algo perdido antes de establecerme definitivamente en mi refugio de reina de las nieves.
Me abrió una muchacha de unos dieciocho años, muy alta y con el pelo teñido de un rojo brillante. Llevaba una bata blanca que lucia tan fuera de lugar como el pantalon negro y la pajarita del camarero de la estación de Atocha.  Llevaba los ojos enmarcados en dos líneas de un negro tizón que resaltaban un azul turquesa imposible.
En la aleta izquierda de su nariz relucía un pequeño diamante y llevaba anillos en todos los dedos de las manos y de los pies.
-         Buenas tardes, tiene usted cita?  - me preguntó con un tono de voz impersonal pero correcto.
-         No- respondí- quería hablar personalmente con Elisa Gutierrez.
-         Elisa Gutierrez no vive aquí señora
-         Pero es una consulta de Pediatría, no?
-         Si, pero la pediatra se llama Ana Fábregas, no ha leido usted en el buzón

En ese instante una joven menuda, de corta estatura , con la cara lavada, sin el menor rastro de maquillaje y el cabello recogido en una coleta sencilla,  ataviada también con una inmaculada bata blanca salió de una puerta sobre la que había colocado un cuadro infantil y se dirigió a la muchacha que me atendía

Me saludó educadamente y la joven del pelo rojo le indicó que yo preguntaba por la pediatra Elisa Gutierrez

-         Es mi madre- sonrió- pero hace ya tres años que llevo yo la consulta. Quería usted una cita de pediatría o una entrevista personal con mi madre.

-         Es algo personal- respondí
-         Oh- la pediatra parecía contrariada- entonces siento decirle que mi madre vive en Bilbao, enviudó y se casó en segundas nupcias con un doctor de la ciudad y trabaja con él en una consulta de medicina familiar.

-         Le agradezco la información- le tendí la mano y me disponía a marcharme cuando la joven me extendió un papel con un número de teléfono

-         También puede dejarme su teléfono y su nombre. En cuanto me llame se lo daré para que ella se ponga en contacto con usted.

La muchacha de los ojos color turquesa me dejó un pequeño bloc y un bolígrafo. Escribí allí Bárbara Montalbán y dejé mi número de teléfono. Estaba segura que no me iba a llamar.

-         Este el número de la consulta de Bilbao. Si desea hablar con ella – me dijo extendiendo una tarjeta en la que podía leerse Elisa Gutierrez Camacho e Iñaki Urrutia de Miguel, pediatria y logopedia,  y una dirección y unos números de teléfono.

Le di nuevamente las gracias y salí guardándome el papel en el bolso, sin dar explicaciones y agradeciendo que la joven no me las hubiera pedido.
No estaba segura de que fuese a llamar. De repente entontré todo aquello absurdo.
No tenía sentido buscar un fantasma de hacía veinticinco años.
Encontraría sus ojos sus manos su pelo su piel, todo un poco más ajado por el tiempo, pero el joven Mario no habría sobrevivido dentro de aquel envoltorio. Una persona diferente me miraría extrañada o me abrazaría con una sonrisa abierta y recordaría aquellos tiempos como la magia de la juventud que se fue.
Pero para mi no fue eso, para mí aquel tiempo contenía el momento en que cercenaron mi vida de un tajo en dos partes, y desde entonces todo lo que había vivido había sido una diáspora y una lucha contra el insomnio y la ansiedad.

A mi me metieron en un tren una fría noche de abril y él dejó la casa para no volver ni a recoger la correspondencia.

No valía la pena continuar indagando en los motivos porque ya eran viejos, y no tenían sentido ni servían para recobrar nada.

Alquilé un Wolkswagen Polo plateado en el primer negocio de rent-a-car que encontré y cargué mi maleta para acto seguido poner rumbo a Sierra Bermeja.  Antes pasé por Plaza Nueva para comprar a un joven de piel aceitunada y ojos bulbosos ,  provisión  de hashis y marihuena suficiente para sobrevivir al reencuentro. También compré en un veinticuatro horas junto a la gasolinera donde terminé de llenar el depósito cuatro botellas de buen whisky.

Todo había cambiado. Nada era reconocible desde la Redonda. La ciudad había crecido comiéndose la jugosa vega, nuevas calles y una circunvalación de amplios carriles por donde circulaban veloces centenares da automoviles habían trasnformado aquella tranquila entrada a la ciudad en una incesante estampida de motores. No quedaba rastro de aquel olor entre dulce y amentolado de la fábrica de aceites a la salida de Armilla, y ni de aquel negocio llamado “Demetrio García” al que yo asociaba el tufo extraño e intenso pero no desagradable del aceite de oliva.  Aquel aroma fuerte, diferente a todos los conocidos, se quedó vinculado en mi  mente infantil a todos los olores y colores de la ciudad, al agua clorada con sabor a aspirina y a los rostros cerúleos de los comerciantes, hombres flacos, de manos pálidas y nervosas, cuyas facciones huesudas resaltaban bajo la piel blanquecina de personas que no tomaban mucho el sol.
Eran como seres de ultratumba, criaturas agonizantes sobreviviendo en un entorno triste y brumoso.

A la salida por la calle en donde se elevaba un flamante  edificio de Carrefour pude elegir entre tomar la autovía y salir por el Suspiro del Moro hasta la Malahá, o continuar por Armilla por la carretera vieja, y opté por el camino conocido. La vieja calzada que desde Armilla cruzaba las Gabias y continuaba en líneas curvas hasta los angostos meandros sobre las salinas de la Malahá, donde la carretera era una boca sinuosa abierta en un tajo certero a los montes de herriza.

Desde las Gabias el paisaje había cambiado poco, el mundo rural granadino permanecía durmiente e intocable; pero al salir de la Malahá y enfrentar la línea recta del llano de los durmientes, llamado así porque después del zigzag vertiginoso entre Granada y las salinas,  su monotonía recta provocaba sueño y accidentes absurdos;  un puñado de máquinas excavadoras y otro tanto de camiones se movían con pesadez entre un polvo espeso  convirtiendo la extensa llanura de cereal que yo recordaba, en una tolvanera b lanquecina entre la que ululaban máquinas y personas como ciegos a tientas.

Era el esqueleto del futuro polígono industrial que por fin traería la modernidad y Europa a la raquítica comarca del Temple y reclamaba tierras y casas en una  Sierra Bermeja que había hibernado durante siglos y agonizado los últimos cuarenta años, desde que se quedó vacía por la emigración a Francia, Suiza, Bélgica y Alemania; y a las fábricas textiles de Cataluña y ya no hubo quien resistiera a aquel  miedo abierto que campaba a sus anchas.

Miedo a la noche y sus criaturas, al futuro, al cambio, a lo que se mueve a lo que repta en la oscuridad a lo que susurra, a  la vida y a la muerte. Un terror irracional a despertar y descubrir algo insólito en la calle, a acostarse y que una mano helada asiera tu tobillo y te arrastrara a esa boca tenebrosa que parecía esperar famélica en todos los rincones oscuros.

Finalmente el polígono industrial devoraba los alcaceles y difuminaba tras aquella bruma lechosa los perfiles de las sierras de encinas y la majestuosidad blanquiazul de Sierra Nevada, pero traía la llave de la puerta donde se escondían los dineros, las buenas casas, los buenos coches, el buen jamón, las buenas juergas sin reparar  en gastos y los viajes a Mallorca o las Canarias a buenos hoteles sin ayudas estatales.

El milagro de la revolución industrial estaba allí con tres siglos de retraso.  Mi cuñado y mi  hermana no podían ser ajenos a los nuevos tiempos, y probablemente querrían dirigir aquel barco y coger las mejores tajadas del banquete; pero a mí eso no me importaba porque yo era una exiliada que lentamente se había transformando en una paria sin empeños ni ambiciones, y acudía para recoger un cheque bancario y para mirar por última vez la Casa Grande y los perfiles festoneados de las sierras antes de convertirme en otro fantasma más de los que habitaron la Casa  porque allí siempre convivieron criaturas corpóreas y almas en pensa sin demasiadas estridencias.

A la entrada de las Ventas había una gasolinera nueva, no muy grande, pero a sus espaldas se extendía un amplio solar verjado  y un puñado de obreros movían carretillas y puñados de ladrillos. En un cartel podía leerse “reforma y ampliación  estación de servicio Indalecio Saavedra”
Un par de camiones estaban llenando el depósito y un muchacho con un mono azul marino y una gorra anaranjada, descansaba  con el brazo apoyado en el surtidor charlando alegremente con el conductor de uno de los trailer.

Después ví el falso castillo, aquella casa de pequeños burgueses construida con almenas y pintada de un marrón desgastado imitando torpemente una residencia medieval. A la entrada unas letras de neón apagadas formadas por tubos que se entrelazaban  para formar consonantes y vocales y una palmera, anunciaba un pub con terraza de verano y actuaciones en vivo. Un cartel borroso mostraban un hombre menudo vestido con un traje negro y una flor roja en la solapa. No podía leerse el nombre, sólo la palabra “tango”

Eran las siete de la tarde cuando aparecieron entre los ordenados olivares las casa del Cortijo de los Frailes, mal pintadas y con la misma estética ruinosa de veinticinco años atrás. Un mundo herido de muerte desde hacía un cuarto de siglo  all que  sólo un rebaño de ovejas acercándose mansamente  a la carretera regalaba un suspiro de vida

Después aparecieron los almendros que flanqueaban la carretera hasta el puente, esqueletos enclenques, tristes figuras de ramas frágiles todavía sin el verdor del invierno todavía lejana la explosión de las flores rosáceas que en las noches de primavera parecían poblar de fantasmas la carretera.

La casa del puente había sido ligeramente reformada con un añadido de una nave de bloques grises. A la entrada había una cuerda con ropas tendidas y un perro dormido junto a  la puerta.

Tomé el puente con cuidado, abajo el barranco mostraba sus fauces oscuras, las hilachas de agua entre zarzas y flores silvestres e hileras de almendros sosteniendose como soldados sobre lso terraplenes del cerro por el que ascendía tortuosamente la carretera.

Al llegar a la revuelta de las zarzas apareció una carretera bien asfaltada, un cartel con un poema sobre las maravillosas vistas en Sierra Bermeja, otro de bienvenida y una señal de limitación de velocidad. A la izquierda sobre una cuesta empinada aparecían las casas del Sestil, la Sierra Parda cubierta de encinas, la Sierra Negra mostraba una parte nueva, un trozo  de su lomo pelado y máquinas amarillas que por la lejanía parecían juguetes infantiles moviéndose entre nubes de polvo rojizo.
A la derecha otra cuesta más suave poblada de almendros  y las escuelas, los mismos edificios pero ahora encerrados en verjas y flanqueados por chopos oscuros de copas perfectamente circulares.

Justo al girar para entrar en el pueblo, alguien se colocó delante del coche con el brazo en alto invitándome a detenerme. Frené en seco y pude comprobar el motivo de su intromisión. Por el estrecho tramo de carretera flanqueado de casas venía un grupo de muchachos solemnes y enlutados con un ataud sobre el hombro. La cara de uno de ellos me resultó familiar probablemetne por su parecido con su padre o madre a quien yo conocería de joven.

Detrás del arca una mujer de aspecto frágil enlutada de los pies a la cabeza caminaba entera, sin llorar, con la cabeza levantada, como si tuviese más rabia que dolor. Al pasar cerca de mi coche se me quedó mirando. Tenía los ojos inmensos de un azul casi transparente.

Me puse las gafas de sol y casi dejé de respirar, como intentanto adquirir el don de la invisibilidad, cuadno sentí ojos escrutándome, miradas directas clavadas en el cristal sin disimulo, tratando de reconocer mis rasgos y asociarlos a alguien conocido.

Un grupo de mujeres con los brazos cruzados y las cabezas ladeadas, esperaban en la pequeña plaza de las palomas que el cortejo doblase hacia la iglesia. Volvieron la vista al Polo y  comenzaron a hablar mirando fijamente. Por un instante una de ellas se apartó e  hizo ademásn de acercarse.

Por suerte la carretera se despejó y pude arrancar el motor y girar por la calle Real hacia la meseta de la Casa Grande.

El corazón seguía latiéndome fuerte, sentía la lengua dormida y una extraña nausea en la boca del estomago.

Comments

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Fri, 03 Apr 2009 22:27:01 +0100
PRIMERA PARTE: EL TREN SE LAS SOMBRAS. Capítulo segundo http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/03/29/primera-parte-el-tren-se-las-sombras-capitulo-segundo http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/03/29/primera-parte-el-tren-se-las-sombras-capitulo-segundo       CAPÍTULO SEGUNDO

      LA chica  enlutada se bajó en la siguiente estación. La esperaban un grupo de muchachos con marcadas ojeras y vestidos, como ella, de riguroso luto, sólo sofocado por alguna bisutería plateada. Se saludaron sin tocarse pero sonriendo. Me quedé mirándolos hasta que los perdí de vista.  Querían parecer tristes por respeto a un dogma pero la vida les brotaba bajo los pies a cada paso que daban. Eran demasiado jóvenes.

   No tenía sueño, nunca conseguí dormir en un tren o en un avión, ni cuando era niña. Ángela dormía agotada tras regresar de una excursión o de una visita a un familiar lejano o del veraneo en Torremolinos, pero yo no podía cerrar los ojos, la pantalla de la ventana del tren o el autobús, aunque solo fuese un terrible reflejo de nosotros mismos y afuera la oscuridad más insondable devorase los paisajes, me atrapaba como una canción de sirenas.  A veces entre la absoluta tiniebla emergía como por hechizo una luz rojiza, o un puñado de luces azuladas en la distancia, y yo me preguntaba quién respiraría allí en la lejanía, quien dormiría o velaría, cómo sería su rostro o cual sería el color de sus ojos, qué sentiría justo en el momento en que yo contemplaba la pálida luz que delataba su existencia.  Otras veces emergía entre la bruma una bombilla  balanceándose por el viento en una estación semiabandonada, y yo inventaba figuras transparentes entre las sombras de las ventanas destartaladas o de la puerta medio derribada. 

Ángela dormía con la cabeza doblada sobre algún hombro y su eterna sonrisa de niña satisfecha. Yo jamás fui feliz, nunca conseguí saborear nada sin complicarlo mientras sucedía. No supe entregarme a nada ni pertenecer a nadie. Era como si en el útero de nuestra madre, en el espacio reducido y húmedo que compartimos, sólo ella, la hermana buena y hacendosa, se hubiese sentido cómoda y yo hubiese estado siempre buscando la postura adecuada para descansar de su  sonrisa tatuada. Mi madre decía que yo le di muchas patadas, que estaba segura de que era yo porque estaba en el lado izquierdo, en el lado de los irredentos,  mientras el lado derecho era manso y dulce, y así fue siempre, ella lo sabía desde el principio, que Ángela sólo le proporcinaría remansos de paz y que yo le atravesaría el corazón con todos los puñales del mundo. Yo era mala por naturaleza, sangre de Caín, luchadora derrotada desde el primer día contra tierras ásperas que nunca quisieron dar un fruto jugoso,   y Angela dócil y obediente, tierna pastorcilla de ovejas. Así se decretó dentro del vientre de nuestra madre y así fue siempre.     Por eso ella dormía con su dulce cabeza de delicados rizos de caramelo, apoyada sobre el hombro de mi padre, respirando rítmicamente, entregada a la nada del sueño o a un paisaje de arena, sol y balones de colores; mientras mis ojos relucientes como carbones ardiendo se aferraban al reflejo del cristal. 

 -No duermes, Bárbara, anda cierra los ojos, todavía queda mucho viaje. Mi madre hundía su mano en mi melena negra y lisa, me acariciaba detrás de las orejas, como si fuese un gato montaraz al que hay que doblegar con caricias.  Pero nadie podía aplacar ese espíritu huraño que me habitaba y que no me dejaba descansar y ser deliciosamente niña  igual que era niña la tierna Ángela. 

   En el lugar de la chica gótica se sentó una vieja enteca y malhumorada que gruñía cuando el muchacho negro la rozaba con el pie-, entonces me miraba fijamente fafullando algo e intentaba encontrar complicidad conmigo para entrar a saco contra toda esta gente rara que se hos había metido en el país. Evité durante el resto del trayecto sus ojos lacrimosos enterrados en manojos de impúdicas arrugas.  Afortunadamente se bajó a mitad de camino y su lugar quedó libre hasta Granada.   

El tren llegó casi a las cuatro de la mañana. Me esperaba una ciudad dormida bajo un manto manso de lluvia que hacía brillar el paseo de la estación y desdoblaba las tristes luces de las farolas nocturnas contra el aslfato. Un viento helado, mensajero de los primeros fríos del invierno granadino, estremecía las hojas de los árboles que como guardianes impávidos seguían en el mismo sitio donde los dejé otro día casi similar, pero de primavera tardía, cuando me enviaron a Madrid, a una casa gris y fría como el plomo, donde aquellos seres obtusos y macabros se empeñaron en doblegar mi rebeldía amparando su miseria y crueldad en  una cuartilla firmada por un médico dócil que certificaba mi delicado equilibrio nervioso  y aconsejaba mi ingreso en una clínica de reposo para enfermos mentales.  Tenía diecinueve años  y un médico con una impoluta bata ayudado de dos hacendosas enfermeras,  me había practicado un aborto que casi me mató.    Llevaba todos los dedos índices de aquella España destinada a morir pero todavía fuerte y vigorosa señalándome como una asesina de niños indefensos, y no me quedaba otra opción que el silencio porque me acechaba el Código Penal y un tribunal de jueces viejos y misóginos dispuestos a acribillarme sin atender a otra razón que su odio ancestral hacia la libertad femenina. Nadie sabía de mi regreso, podía todavía cambiar de opinión y deshacer el camino andado, no estaba tan segura ahora que veía la estación de nuevo de querer emprender nada o recobrar un pasado que nada más llegar ya estaba afilando las garras para clavarmelas a placer en el pecho.  

Cogí el único taxi disponible, dejándome llevar por mis piernas más que por mis pensamientos. Un joven de aspecto frágil y ojos de pupilas inquietas me dijo un buenos noches mortecino, cambió la emisora de radio y arrancó el motor del coche antes de preguntar adonde vamos.   El taxi se deslizó suavemente sobre el asfalto mojado, un gato oscuro cruzó la calzada y sus ojos de un verde esmeralda relucieron como diamantes antes de desaparecer.   Le dije al taxista que me llevase a un hotel tranquilo y limpio en el centro. Y el muchacho se removió en su asiento con aire de hombre de mundo para indicarme que me llevaría a la mejor pensión de Plaza Nueva,  muy limpia y con una cocina exquisita. Aseguró conocer bien a los dueños y el esmero con que se cuidaban todos los detalles porque su novia trabajaba allí. Le agradecí la información. Acto seguido marcó un número en su teléfono móvil, y comunicó a quien se encontrara en recepción en aquel momento que preparase una habitación con hermosas vistas porque llevaba una cliente en ese justo momento.  Cuando pronunció las palabras “hermosas vistas”  me guiñó un ojo còmplice, recordándome mi buena estrella por haberlo encontrado   Después él mismo llevó mis maletas dejándome a la entrada de una puerta de cuarterones, alta y estrecha, sobre cuyo dintel se podía leer  en un neón azul marino  “Hostal Boabdil”  escrito en letras doradas que imitaban la caligrafía árabe.  Le di una generosa propina y el muchacho se marcho con aire ufano, satisfecho finalmente de una noche que se prometía vacía.   

 La habitación era sencilla y limpia, como me había explicado el taxista, y un balcón de madera abría sus puertas a una ciudad de tejados y gatos, recorrida por un aire frío  procedente de los penachos del Mulhacen y el Veleta, los dos montes de laderas suaves a pesar de su origen alpino   que habían acunado desde su origen la vida y las penas de la ciudad.     Estuve asomada largo rato al balcón, fumando un cigarro bien cargado de hashis, tratando de no pensar, de esquivar todos los momentos que Granada  me iba a lanzar a la cara al día siguiente porque no se puede pasear impávido en una ciudad saturada de recuerdos, por un lugar donde la felicidad se presentó por primera vez en la vida  y fue tan perfecta que llegó a provocar los recelos de perennes satisfechos, de felices oficiales como la hermosa Angela y el ambicioso Augusto. , 

  Me acordaba de su nombre y de sus apellidos, de sus ojos, de su boca, de sus manos, de su cuerpo recién salido de la adolescencia, aferrado al mio con una ansia que nadie pudo repetir jamás a pesar de haber engrosado con los años un curriculum extenso de amores y amantes.    No respondió ninguna de mis cartas. No atendió a mis gritos de auxilio desde la clinica psiquiatrica donde sólo consiguieron provocarme adición a los sonníferos y ansiolíticos y poblar mis sueños de monstruos para toda la vida.  Quizá tuvo miedo, quizá no supo afrontar una realidad tan desnuda y cruel acostumbrado a un amor elaborado de risas, de paseos, cervezas, porros, bocadillos, amigos, sábanas y besos.  Nunca pude saberlo porque finalmente cuando me liberé de aquellas paredes asépticas y me encontré en la calle,  asustada e indefensa, adicta a los medicamentos, incapaz de articular un pensamiento propio, me aferré a la primera mano que me ofreció un poco de calor y un rincón caliente para acurrucarme y ya no quise buscarlo o simplemente ya no lo recordaba como era, sino como una sombra tan irreal como los fantasmas que poblaron los cuentos de mi infancia, tan lejano como aquella estación de tren a la que llegué desangrándome una noche de primavera sin más compañía que una madre cobarde y destrozada porque una de sus hijas era una criminal, una degenerada que había asesinado a un niño indefenso dentro de sus entrañas.     Me dormí con el balcón abierto y desperté con los ruidos del día y un sol acuchillándome los ojos sin piedad.  Me dolía la garganta al tragar saliva y sentía frío en los huesos.  No quedaba rastro de la lluvia sobre los tejados y no soplaba viento, solo unas bocanadas de aire tibio mucho más hospitalario que el que me recibió la noche anterior en la estación.  Tomé una ducha caliente deleitándome en el calor del agua bajando por mi espalda entumecida y me vestí  decidida a comenzar aquella misma mañana a rescatar mi vida, porque había regresado no para esconderme en un hostal de Plaza Nueva y fumarme una libra de hashis a solas antes de comprar el billete de avión que me dejaría para siempre en la diáspora de Oster Sogade, sino para mirar de cara a cara a todos aquellos espectros que se movían en mis pesadillas y convertían mis noches en tortuosos senderos o escaleras de caracol en cuyo final me esperaban sombras sin rostro.      

   Estuve asomada largo rato al balcón, fumando un cigarro bien cargado de hashis, tratando de no pensar, de esquivar todos los momentos que Granada  me iba a lanzar a la cara al día siguiente porque no se puede pasear impávido en una ciudad saturada de recuerdos, por un lugar donde la felicidad se presentó por primera vez en la vida  y fue tan perfecta que llegó a provocar los recelos de perennes satisfechos, de felices oficiales como la hermosa Angela y el ambicioso Augusto.

,   Me acordaba de su nombre y de sus apellidos, de sus ojos, de su boca, de sus manos, de su cuerpo recién salido de la adolescencia, aferrado al mio con una ansia que nadie pudo repetir jamás a pesar de haber engrosado con los años un curriculum extenso de amores y amantes.

No respondió ninguna de mis cartas. No atendió a mis gritos de auxilio desde la clinica psiquiatrica donde sólo consiguieron provocarme adición a los sonníferos y ansiolíticos y poblar mis sueños de monstruos para toda la vida.

Quizá tuvo miedo, quizá no supo afrontar una realidad tan desnuda y cruel acostumbrado a un amor elaborado de risas, de paseos, cervezas, porros, bocadillos, amigos, sábanas y besos.

Nunca pude saberlo porque finalmente cuando me liberé de aquellas paredes asépticas y me encontré en la calle,  asustada e indefensa, adicta a los medicamentos, incapaz de articular un pensamiento propio, me aferré a la primera mano que me ofreció un poco de calor y un rincón caliente para acurrucarme y ya no quise buscarlo o simplemente ya no lo recordaba como era, sino como una sombra tan irreal como los fantasmas que poblaron los cuentos de mi infancia, tan lejano como aquella estación de tren a la que llegué desangrándome una noche de primavera sin más compañía que una madre cobarde y destrozada porque una de sus hijas era una criminal, una degenerada que había asesinado a un niño indefenso dentro de sus entrañas.

Me dormí con el balcón abierto y desperté con los ruidos del día y un sol acuchillándome los ojos sin piedad.  Me dolía la garganta al tragar saliva y sentía frío en los huesos.  No quedaba rastro de la lluvia sobre los tejados y no soplaba viento, solo unas bocanadas de aire tibio mucho más hospitalario que el que me recibió la noche anterior en la estación.

Tomé una ducha caliente deleitándome en el calor del agua bajando por mi espalda entumecida y me vestí  decidida a comenzar aquella misma mañana a rescatar mi vida, porque había regresado no para esconderme en un hostal de Plaza Nueva y fumarme una libra de hashis a solas antes de comprar el billete de avión que me dejaría para siempre en la diáspora de Oster Sogade, sino para mirar de cara a cara a todos aquellos espectros que se movían en mis pesadillas y convertían mis noches en tortuosos senderos o escaleras de caracol en cuyo final me esperaban sombras sin rostro.

Era imposible que él viviera allí, que en aquel apartamento destartalado por donde habrían pasado generaciones de estudiantes quedase un rastro de nuestro paso; pero estaba en Granada y tenía ganas de atormentarme o sólo no tenía otra cosa qué hacer en una ciudad que ya era tan inédita para mí como cualquier otra del mundo.

Tal vez  solo pretendía rezagarme y  prolongar el tiempo antes de encontrarme de nuevo contemplando la fachada señorial de la Casa Grande, antes de tomar el picaporte o posar el dedo en el timbre y escuchar los pasos que retumbarían como temblores de tierra en mi corazón.

Tomé un café en una  terraza del Paseo de los Tristes, custodiada por los bosques verdoscuros y la barrera de las murallas rojas de la Alhambra, el hermoso palacio elevado sobre el hirsuto río que serpenteaba  salvaje como un niño frágil y terco, empeñado en ganar una carrera llena de obstáculos.

Cerré los ojos al sol, un sol tibio de otoño, posado indolentemente entre las hojas rojizas de un árbol para crear un juego inestable de luces y sombras como un cuadro impresionista .  Saboreé  un café fuerte y aromático, escuché palabras perdidas procedentes de la mesa vecina con el acento peculiar del andaluz granadino con influencia árabe, que desparramaba las vocales al final de las palabras y ablandaba casi todas las consonantes.

Traté de rescatarme  con dieciocho años sentada allí frente a un muchacho hermoso como un efebo que me miraba extasiado, como si no se creyese mi belleza y el extravio de mi vida, dispuesto a tomar mi mano y a amarme como era, una niña escondida dentro de una cáscara de animal huraño.

Y algo se me removió dentro, la absoluta certeza de que me habían robado mi vida. No sólo fue  la crueldad de aquel sur católico y cruel  lo que había caído sobre mis espaldas  ni siquiera la ignorancia de quienes obedecían los designios de lo absoluto;  hubo algo más, algo que yo debería descubrir, porque nada justificaba aquella condena brutal y desproporcionada.

Quién estuvo detrás de mi exilio, quién aconsejó mi salida de Sierra Bermeja oculta en las sombras de la noche,  como escapan los criminales.

Quién me hizo creer que me estaban protegiendo, que encubrían un crimen, y me salvaban de la cárcel y de un futuro marcado con la letra escarlata.

Quién me puso en manos de un médico militar, conspirador del último intento de golpe de estado. Una bestia obstusa  y sádica que se metía en mi cama cuando la casa se quedaba vacía y me pisaba la cara contra el suelo mientras se masturbaba.

A mi mente llegaba sólo una figura rotunda esperándome al final de una escalera que nunca logré coronar.

Subí la cuesta Chapiz, justo hacia la calle Canasteros  a la que se abre una callejuela empinada y angosta, con balcones a ambos lados cuyas macetas raquíticas por la ausencia de sol casi se rozan en la línea estrecha del cielo. En una de aquellas casas  húmedas de ceñidas escaleras y baldosas despegadas que anunciaban la llegada de vecinos o intrusos con un estrépido de demolición;  en la cuarta planta,  Mario y yo vivimos un año de amor. El año más hermoso de mi vida.
Un año lento y muelle,  sobre el escenario de una ciudad hermosa como ninguna que debía su existencia a una juventud  entregada al tiempo muerto de los sueños universitarios, como un paréntesis entre la niñez tardía y el impío mundo de los adultos que acechaba implacable  para devorar el ultimo esplendor de la indolencia.

Después de prolongadas discusiones acerca del futuro curso, el que iniciaba nuestra bitácora universitaria, mi padre decidió que no era conveniente una de esas residencias donde se producian toda serie de perversiones ante los ojos cerrados de las inocentes monjitas, amén de no haber correspondencia entre el precio elevado y las nulas comodidades que ofrecían.

Y recordó el piso de la calle Mesones, cerrado desde hacía tres años.
Nada más pronunciar el nombre de la calle ya sentí un escalofrío. Había pasado allí interminables tardes heladas, con las piernas metidas en una mesa camilla que guardaba en su seno un brasero de butano, escuchando  el  tic tac cansino del reloj de péndulo y el ruido de un grifo mal cerrado o roto. Tardes de otoño de lluvia golpeando los cristales y el constante tictac y de primavera sufriendo la nueva luz asomada a la ventana de aquel cuarto anclado en un invierno perpetuo. Tardes de visita al abuelo Eusebio Montalbán, viejo notario cascarrabias, que llevaba un sonda en la bragueta y arrastraba una impúdica bolsa llena de un líquido color caramelo.

Todos los muros estaban cubiertos de cuadros de paisajes y retratos muy antiguos y descoloridos y los muebles conservaban un aire señorial, pero  cochambroso, anunciador  de un mundo en ruinas.

La criada  nos servía chocolate con churros sobre unos delicados mantelitos ribeteados con encajes, pero ajados como todo en aquella casa que despedía el nauseabundo tufo de la decrepitud desde el rellano.

Los muebles del dormitorio del abuelo eran muy valiosos, de un material lacado, al que mi madre llamaba taracea. Cuando mencionaba el dormitorio de taracea lo hacía para atacar a la hermana de mi padre, la tía Mila, que se lo llevó estando todavía el cuerpo del abuelo caliente, sin esperar a la lectura del testamento.

Después volví a verlo en aquel piso de Madrid. El armario , las mesitas, la cómoda y el cabezal de la cama  y el crucifijo,  con su delicada decoración geométrica, idéntica a la de las cajitas que se vendían en la Alcaiceria granadina a los turistas.

Todas las cosas tenían allí un vínculo extraño con acontecimientos pasados y futuros que hacian sentirse a una parte de una trama  en la que nunca participó ni se le dio opción para elegir una salida u otra. Un determinismo vital que provocaba aquella cosa terrible en el pecho, aquella angustia de recorrer una senda de tristeza delineada por otros.

Aunque se pintaron las paredes, se compraron muebles nuevos  aptos para la vida estudiantil, se cambiaron las cortinas y los cuadros y se sustituyeron las desgastadas losas del cuarto de baño, la casa seguía manteniendo aquel tufo rancio y la misma tristeza que me ahogaba cuando llegaba siendo una niña vestida de  nieta de notario, con una falda de terciopelo color burdeos y una blusa de tergal blanca con encajes en el cuello, un lazo de seda en el pelo suelto  y calcetines de ganchillo.

Sin embargo Angela entró eufórica en su recién estrenado mundo de estudiante universitaria, de futura abogada.

Colgó sus vestidos,camisas , faldas y pantalones en el armario, dobló  sus jerseys, bragas y pijamas dentro de los cajones de la cómoda, perfumó el aire con un ambientador espeso que olía a rosas muertas, ordenó perfectamente sus boligrafos, cuadernos y libros en el escritorio y coronó su labor con la foto de un circunspecto Augusto Castellanos, su novio formal, encuadrado en un marco de plata.

Yo me quedé en pie, desolada, con las maletas a mis pies, mirando mi cuarto, y escuchando el tic tac del reloj de péndulo que no había sido retirado del pasillo por capricho de Ángela, porque lo consideraba especialmente elegante.
Tenía la sensación de estar atrapada en una tela de araña de la que jamás lograría escapar. Quería respirar los nuevos tiempos, los sentía en el aire, en las ropas de los jovenes que poblaban las plazas y los  bares, en los carteles sobre los muros, en las palabras de los locutores de radio, en los nuevos programas de televisión y en la rabia de mi padre y su círculo. Era el año 1981 pero nosotras seguíamos habitando aquel mundo rígido dominado por el color gris. Ángela se sentía bien instalada sobre un conformismo blando, como si se hubiese echado a dormir en una barca  blindada  renqueando sobre aguas revueltas.  Pasara lo que pasara ella desembarcaría en un lugar seguro y haría lo que tenía que hacer.

Pronto reinó en nuestro piso de universitarias. Su estilo moderado de niña bien se apoderó de toda la casa, sus normas, sus horarios, sus visitas y horas del té, del café, de estudio y de salidas y entradas y Augusto se convirtió en convidado de piedra  inamovible en el sofá del salón o  en la salita de estudio,  leyendo sus volúmenes de derecho junto a la ventana  o tomando notas, circunspecto, atrapado en la burbuja de luz de un flexo.

A veces lo descubría mirándome, fijamente, enfrascado en un pensamiento que le hacía temblar las pupilas con ese frenético baile del azogue.

Casi siempre hablaban de su futuro, de un hermoso ático en el Triunfo, la restauración de la  Casa Grande, un despacho de abogados por Recogidas  y dos hijos preciosos.  Y lo realmente fabuloso de esos proyectos es que fueron cumpliéndose exactamente como ellos los habían diseñado, sin delaciones en fechas o contrariedades en los éxitos.

Se besaban casta y comedidamente, con besos sin lengua y el no se quedó una sola noche pasadas las doce. Eran las reglas exactas de la decencia que Ángela seguía con pulcritud.

Yo sobrevivía casi sin respirar cmo una sombra de la facultad al piso y del piso a la facultad, mirando el mundo hervir fuera de aquella casa, sintiendo cada vez más fuerte su llamda, pero era introvertida y solitaria y también en los nuevos tiempos parecía haber más espacio para lideres y  estrellas del palcoscenio.

Hasta que una noche después de una discusión con Ángela, una más, qué más daba, nunca estábamos de acuerdo con nada, desde lo más elemental como la cantidad de sal de la salsa de tomate hasta la necesidad de que usara una bata para andar por casa cuando estaba presente Augusto,  me lancé a la noche y me perdí en aquel antro de la calle Elvira, un bar saturado de cuerpos apretados unos contra otros entre la niebla del humo de cigarrillos y porros, hablando, riendo, gritando, besándose, sumergidos en un rumor extraño de vida, de felicidad descuidada que yo jamás había conocido.

Él era un muchacho alto, muy delgado, con los cabellos largos hasta la espalda y muy lisos igual que el camarero de la estación de Atocha. Siempre vestía pantalones y camisetas negras y rebatía a los profesores con una seguridad apabullante,  citando autores y anécdotas que para el resto de la clase eran sólo palabras enigmáticas, las claves de una vida maravillosa con tiempo para la lectura y tiempo para la rebeldía.

Siempre iba rodeado de las chicas más guapas, y a veces lo ví comiéndole la boca  a alguna rubia de melena por la espalda vestida como una californiana de los años sesenta.

Me reconoció y fue mi primera sorpresa porque no tenía ninguna duda de que por un misterioso conjuro  al pisar el primer peldaño de la facultad de filosofía y letras, me convertía en invisible.

Me dijo Hola bicho raro, y yo lo miré con los ojos asustados.
-¿bicho raro?

-Sí, eres una chica misteriosa y...déjame ver- me alzó la barbilla con la punta de su dedo índice- bastante  guapa. ¿Con quién has venido?
- Sóla, no tengo amigos
-Tampoco te esfuerzas no?
-         Debo yo esforzarme para tener amigos- le pregunté retándolo.
-         Ya, eres capaz de sobrevivir sóla en tu isla, de escapar al determinismo de nosotros pobres seres gregarios- era irónico pero sus ojos se clavaban en los míos y  me suplicaban quedarme.
-         Yo no me miro tanto el ombligo
-         Bueno, déjame averiguar, estoy ante una rebelde sin causa, una niña de papá con leyenda
-         ¿Por qué? Lo espeté sin contemplacione
-         ehm
-         Sí, no te faltan mujeres a ti. Has hecho alguna apuesta en conseguir hablar más de veinte minutos con el bicho raro?

Se quedó callado mirándome. Sin saber qué decir. Después me cogió de la mano y abrió la puerta del baño de las chicas. Nos encontramos ante un gran espejo sobre el lavabo. Los dos, bañados por una luz limpia de humo. Me arrastró al espejo y me sujetó la cara entre las manos, obligándome a mirarme ante el espejo

-¿Crees que para adorar una cara así es necesario hacer una apuesta?

Me miré y encontré una muchacha hermosa, de piel pálida y ojos almendrados negros como dos aceitunas y una melena de astracán que brillaba de un modo especial. Vi una muchacha de boca sensual, de pechos delicados y de suaves caderas vestida con una sencilla camiseta roja y unos jeans desgastados. Y fue como si me viese por primera vez a mi misma como una mujer, fuera de las garras de Sierra Bermeja y de los convencionalismos de Angela y Augusto. Libre en un antro de la ciudad, con un muchacho sujetándome la cara entre sus manos y aproximando sus labios a los mios y susurrándome que quería hacer eso desde que cruzó sus ojos con los míos la primera vez en el departamento de prehistoria cuando mirábamos aquellas aburridas diapositivas de herramientas talladas en silex.

Después de unos cubatas, la noche techó la ciudad de estrellas y las calles se hicieron hermosas bajo las luces de los neones y ya no quise soltarme de su mano.

A la mañana siguiente fuimos a recoger mis cosas al piso de la calle Mesones y el llanto de Ángela no me conmovió.
Me juró que  contaría en casa que me iba a vivir con uno de esos “progres”  y yo le dije sonriendo al oido, que si lo hacía yo diría que Augusto había vivido con nosotras desde el primer día  y que yo había debido soportar la presencia d eun hombre en casa, su olor en nuestro baño, y que habia tenido que andarme con cuidado de no salir en pijama de mi cuarto porque muchas noches él estaba aquí a horas intespectivas. “Diré que escuchaba ruidos extraños en tu habitación.” Ella me miró con unos ojos extraviados, los labios temblando, las mejillas encendidas
“Todos llevan razón, eres mala, mala, mala...”

Entonces la palabra “mala” ya no me hacía daño. Me gustaba. Mario era la razón y todo el mundo estaba equivocado. Comencé a sentir el placer infantil de contrariar a Ángela, dejé vivir al demonio dentro de mi, porque Mario me hizo ver que el diablo  era un revolucionario, un rebelde que no acataba el olor de los incienciarios y las faldas de lienzo de las monjas.
El demonio ama la seda- decía mientras sus labios se deslizaban con voluptuosidad sobre mi espalda.

Me gustaba contrariarla, era un placer extraño, en las tripas.  Por que los nuevos tiempos eran para Mario y para mí y ellos, los puros ahora sólo eran ridículos vestigios de un tiempo moribundo.

Yo era la hermana perversa, la sangre de Caín, su mismo rostro, sus mismos ojos, su misma piel pero con colores siniestros. El color miel de sus ojos se convertía en carbón ardiendo en los míos, el canela de su cabello se transformaba en azabache en mi cabeza. Un reflejo exacto pero diabólico de si misma. La dulce Ángela y la perversa Bárbara. Siempre fue así, siempre hubo una voz que decía “qué diferentes en todo, siendo gemelas” pero ahora yo quería mi papel en la representación, por primera vez en mi vida era feliz siendo mala.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y me dio la espalda. No dijo nada más. Se tragó la ira, como hacía siempre, esperando su momento, se lo contaría a Augusto aquella noche, y Augusto la tranquilizaría asegurándole que cuando en el futuro ella fuera una ilustre abogada a su servicio en su bufete de la calle Ganivet ( el bufete variaba de ubicación entre las calles más prestigiosas de la ciudad) su sombra negra, su reflejo oscuro y siniestro, se podriría en una triste casa de clase media baja, sin trabajo, sin porvenir. Entonces podría recordar esta humillación sonriendo, satisfecha, porque muchas veces las humillaciones presentes son alimento para las victorias futuras.

No abandoné del todo la casa, dejé allí alguna ropa, algunos  libros y una fachada de vida para cuando mi madre o mi padre vinieran a visitarnos, regresar como la oveja descarriada y fingir junto a Ángela una vida intachable de estudiantes de buena familia.  Era una pequeña claudicación pero me aseguraba mi vida presente y los brazos de Mario como el albergue cálido que jamás me acogió.

Algunas noches ibamos al piso de la calle Mesones  porque no teníamos dinero ni fuerzas para subir al Albaycin, y nos quedábamos a dormir en mi cuarto. Follábamos riendo y haciendo ruido, caminábamos desnudos por la casa ante el estupor de una Ángela, enclaustrada en su dormitorio,  indignada y asaltada por la duda de si debía consentir aquello o si era la hora de poner fin a aquellas vergonzosas muestras de amor degenerado y libre. Augusto la calmaba cada día, puede que él también quisiera mantener el status quo mientras planeaba como desterrarme.

Me aproximé al número once, comprobé que la vieja puerta de madera carcomida había sido sustituida por una verja metálica. Empujé y no estaba cerrada.
Ya no se movían las baldosas al pisar. Los viejos buzones desvencijados de puertas desportilladas  tampoco estaban y en su lugar lucían unas casetas metálicas de un tono verde muerto con los nombres de los ocupantes de cada vivienda grabados en una chapa dorada.

En el cuarto izquierda vivía una mujer llamada María Angustías Romero Cámara.  Seguía sin haber ascensor a pesar de la restauración que había convertido aquel viejo cuchitril en un lugar decente donde sin duda  ya no se alquilaban apartamentos para estudiantes, porque los estudiantes no van a grabarse su nombre en una chapa dorada.

Llamé al timbre y me abrió una anciana menuda, temblona, apoyada en un cayado.

Me escudriñó desde los pies a la cabeza sin disimulo antes de preguntarme  a quién buscaba o si vendía algo.

-         Perdone, yo viví en esta casa hace veinticinco años. He estado fuera. Entonces era un apartamento para estudiantes. Bueno...he sentido nostalgia por ver como sigue todo.
-
La anciana sonrió. No pàrecía sorprendida por mi visita. Actuaba como el guardián de un valioso tesoro que durmiera durante meses e incluso años  con la convicción de que antes o después vendrían a reclamarlo.

- Sí, por aquí han pasado muchos estudiantes, yo misma alquilaba la casa, yo soy la dueña, pero ya ve usted – movió la cabeza con resignación- yo ni siquiera veía  a los inquilinos, lo llevaba todo mi yerno. Y ahora, pues qué se le va a hacer, hicieron cuatro chapuzas en el bloque y como estaba vieja y no doy más producto, me trajeron aquí como un trasto viejo y el resto de los pisos los vendieron. El bloque era mío, sabe usted, todo, me lo dejó mi esposo que en paz descanse...

Se quedó en silencio, pensativa, como si quisiera recordar algo importante.

-Pase usted, ande – prosiguió al fin abriendo la puerta de par en par y mostrándome el mismo pasillo que yo conocía tan bien, pero que ahora lucía un blanco inmaculado en las pareces en lugar del verde manzana, y las manchas de humedad. Los posters de Jimi Hendrix habían sido sustituidos por unos cuadros de bodegones con flores de colores vivos. Sobre las desgastadas baldosas se había colocado un suelo de plástico imitando las vetas de la madera.

-Pase, pase y siéntese un rato conmigo, tengo preparado un café , descafeinado porque me ataca los nervios el bueno, pero sabe igual, ni se nota, y un pastel de almendras con canela y limón muy bueno....Pase y nos lo tomamos juntas.  Hay algunas cosas aquí en el trastero que no he tirado, por si alguién venía a recogerlo... si quiere usted mirar...

La idea de sentarme en aquel comedor primoroso junto a la anciana mirando viejos albumes y pequeños objetos polvorientos se me hizo insoportable.  Sentí una naúsea, quizá por el olor dulzón  del pastel mezclado con un ligero tufo en el aire de colonia floral densa.  Le agradecí la amabilidad y  le dije que tenía muchas cosas que hacer que si no le importaba volvería  con tiempo para dedicarnos a esducriñar en esas cajas  de los recuerdos.
No tenía la menor intención de regresar.
Me dedicó otra sonrisa amable y me me lancé a la escalera huyendo.
La anciana  se quedó junto a la puerta  con una expresión entre contrariada y complacida, quizá pensando en si sería oportuno desmpolvar los objetos de la caja donde se conservaba como en un yacimiento arqueológico las huellas de quienes habían habitado su casa.

Regresé a la pensión a la hora de comer. El sol radiante de la mañana se dejaba ver ahora a intervalos entre unas nubes sutiles y plómbeas que comenzaban a presagiar otra tarde de lluvia mansa.
Sentí la humedad del río al atravesar Plaza Nueva. En la entrada de los juzgados un grupo de gitanos discutía apasionadamente y unas ráfagas de viento comenzaron a mover los hilos de agua de la fuente.
A través de los cristales pude comprobar que las Bodegas Castaneda seguían manteniendo los jamones colgados de las vigas del techo y una clientela fiel y paciente.

Unos quince clientes ocupaban el comedor de la pensión cuando llegué.  Acepté el menú del día que me ofreció la camarera, una joven muy delgada de facciones menudas.

Mientras me servía me habló de su novio, el taxista y de la suerte que había tenido de coger su taxi porque el Hostal Boabdil era limpio y confortable y las comidas eran casi familiares.

Yo pensaba en la vieja, en el pasillo de los bodegones, en el pasado que parecía ahora más lejano que nunca y en Mario.

Qué hizo cuando llegó el lunes y yo no regresé, y el martes, y el miercoles. Qué pensó después de aquel fin de semana en el que yo debía ir a Sierra Bermeja para el cumpleaños de mi madre y comprobó que no regresaba. Me buscó. Fue a la Casa Grande y lo echaron a patadas, lo amenazaron si me buscaba más o le contaron alguna mentira.

Porqué no respondió a las cartas que yo envié a nuestro nido del Albayzin, suplicándole que viniese a buscarme que me estaba volviendo loca en aquella clínica donde todo era de un blanco cegador. Y si respondió y no me entregaron sus respuestas, porqué no vino a Madrid a buscarme a la dirección que yo le había dado, al menos dos cartas las había puesto yo misma en un buzón de correos porque aunque joven no era estúpida y jamás hubiese confiado en la tía Mila y su esposo.

Quizá aceptó todo aquello como el fin de un tiempo y siguió estudiando y encontró otra muchacha, otro bicho raro y con el tiempo me olvidó y me enterró en un arcón como el que conservaba la vieja del piso del Albaycín.

Recordé las palabras de la vieja. ..” por si vienen a reclamarlas”
Veinticinco años era demasiado tiempo para conservar un rastro nuestro, pero, si algo podía quedar debía estar allí.

Terminé de comer y dejé el hostal camino del Paseo de los Tristes. Caían unas gotas menudas  que cosquilleaban sobre mis mejillas.
Subí la cuesta de Chapiz, doblé la callejuela estrecha, llamé al timbre del interfono, ascendí los peldaños de dos en dos y cuando llegué la anciana me esperaba sonriendo con la puerta abierta, como si no se hubiese movido  desde que me fui.
En la sala había un mantelito bordado con unas tazas de café y un plato de la Cartuja de Sevilla con un trozo de tarta de almendras.

-         Pensé que había dejado usted el coche mal aparcado y estaba esperándola- a sus pies había un pequeño baul de mimbre en cuyo interior podían verse algunos libros, una bolsa de plástico con estilográficas, otra con bisuteria,  alguna ropa y una caja de cartón.

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Sun, 29 Mar 2009 11:05:50 +0100
PRIMERA PARTE: EL TREN DE LAS SOMBRAS. Primer Capítulo http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/03/24/primera-parte-el-tren-de-las-sombras-primer-capitulo http://noctambulos-e-insomnes.nireblog.com/post/2009/03/24/primera-parte-el-tren-de-las-sombras-primer-capitulo CAPÍTULO PRIMERO

   El reloj del bar me sonaba extrañamente familiar. Lo había visto antes. En algún lugar mis ojos habían observado  antes aquella silueta ovalada pero  mi cerebro la había olvidado.  Podía ser una pecera o un planetario.  En su interior brillaban, sobre un fondo azul marino, unas diminutas luces emulando lejanos astros  o luminosas criaturas abisales. Lo estaba contemplando, absorta, tratando de recuperar el lugar y la hora en que lo ví por primera vez;  cuando las agujas fosforescentes se juntaron y la bóveda se encendió por unos instantes, como si hubiese pasado un cometa. 

 Era medianoche.  

    Una luz irreal iluminaba las vías y los andenes y transfiguraba en  máscaras los rostros de  las figuras  que  se desplomaban sobre los bancos o  paseaban  de arriba abajo arrastrando bolsas y maletas.

   No quedaba ya mucha gente  a aquellas horas.Todos los negocios  de la estación estaban cerrados y los trenes llegaban con desgana, se detenían y dejaban ver por un instante su interior iluminado como una cripta. Después partían de nuevo.   

 En el bar dos camareros trajinaban detrás de la barra y una chica de rasgos indios pasaba con desgana una balleta sobre las mesas. Llamé a uno de los muchachos para pagar. Se acercó el del cabello largo peinado en una coleta muy apretada hacia atrás. Llevaba un pequeño aro en una oreja y un piercing plateado atravesaba su ceja izquierda. Debajo de la manga de su inmaculada camisa blanca asomaba la cola de un dragón  color púrpura.   

 Pensé en Angela y en mí, en la cuna blanca que se conservó en el desván y en aquel día hermoso en que nos mostraron al mundo vestidas de satén y encajes rosados,  borrosas tras la gasa de un mosquitero bordado en hilo de seda: Las gemelas Montalbán, recien nacidas, en su cuna de princesas, pataleaban y hacían gracias a los embelesados visitantes,  ajenas a todo lo que vendría después. 

 

Y recordé aquella tarde de otoño cuando le dí una bofetada en la cara a la hija de la maestra y comenzó a sangrar por la nariz. Angela abrió sus grandes ojos color  ámbar y me miró como si yo fuese un monstruo deforme. Corrió a casa y  contó las cosas a su manera. Me castigaron encerrada en el cuarto de la loca y allí temblé de miedo, pero no pedí auxilio.   Pensé en mi padre muerto, en sus ojos abiertos al vacio, en la pregunta que quizá no formuló jamás “¿está ella?  Y recordé a mi madre agonizando en aquella habitación esterilizada en donde me colé de noche como un ladrón para apretar su mano antes de que se fuera para siempre.  Pensé en todos ellos mirando la camisa limpia  del camarero  y el dragón escondido, agazapado debajo de la manga, hablando de una vida misteriosa e inquietante lejos de la asepsia de su vida de empleado en un bar de estación.    -Puede tomarse otro café si lo desea señora- me dijo con ese acento de consonantes contundentes, y de vocales relajadas que deja Madrid sobre las voces de todos sus habitantes – todavía no hemos apagado la máquina y hasta las doce y media no salimos, ya no dejamos entrar a nadie pero seguimos sirviendo a quién esté dentro.  Asentí  y le pagué dejando una propina generosa. El muchacho me regaló una sonrisa felina.

  •    Hojeé  una revista de la Renfe que encontré abandonada en una silla cercana. Había un monográfico titulado “Los grandes trenes de la historia”, estampado con hermosas fotografías flanqueadas de estrechas columnas que comentaban  las ilustraciones. 

      Había imágenes del Transiberiano desde cuyas ventanas espías y deportados miraban las estepas blancas con una expresión helada en las pupilas, como si el reflejo de la nada los aniquilase antes de bajar;  y había dibujos  de trenes del viejo oeste, de bandidos, de cuatreros y de putas de lujo.  Luego dedicaba un puñado de páginas al Orient Express; entre las fotografías de la locomotora roja, de Agatha Christie y de estiradas señoras con pieles enroscadas al cuello, seguidas de mozos de estación,  Marlene Dietrich pestañeaba con lentitud exasperante,  bajando como una diosa el telón de la cruel maravilla de sus ojos. Aquellos trenes de acero oxidado, cargados de huesos para los campos de concentración que recorrián centroeuropa con su lastre de muertos todavía en pie ocupaban tres o cuatro páginas más. Algunas fotos mostraban los rostros tristemente ingénuos de los españoles que viajaban a la florenciente Europa de postguerra . Después había imágenes a todo color  de  trenes que conocían historias de principes, cortesanas, dictadores y revolucionarios.   

       Más anónimo y menos terrible;  otro tren estaba a punto de irrumpir en la boca negra del tunel,  el que me devolvería a un mundo del que fui arrancada de cuajo veintincinco años atrás.

         Pude evitar el infierno de Madrid desde la llegada a Barajas a las once de la mañana, pero  no lo hice.    

      No había un motivo para elegir el camino de retorno más largo, pero mi cerebro no había guiado un solo paso mío desde que leí  la carta de Ángela.  Unas cuerdas de marioneta me habían sostenido desde entonces y me habían movido hacia aquella estación.   Ni siquiera podía admitir una concesión sentimental, porque  mi corazón era un órgano seco desde hacía ya muchos años.  No creía en la magía ni en esas cosas que piensan muchos ignorantes que están sucediendo con exactitud milimétrica para provocar encuentros o vivencias.   

      Las cosas suceden y punto. No hay dios ni diablo. No hay libro del futuro ni del pasado. Estamos aquí como la gata que duerme sobre la mesa, vivos y respirando. El  universo es ajeno a nuestro cerebro incapaz de entenderlo. El universo no necesita de seres que quieran aprehenderlo, es demasiado extenso y poderoso y nosotros demasiado  insignificantes. Eso pensaba entonces, antes de regresar a mirar cara a cara los fantasmas del pasado, antes de aceptar que en medio de aquella inmensidad del cielo de la Gardenia estaba mi lugar y todo había estado esperándome para cerrar una historia que comenzó casi un siglo atrás.    

    En ningún momento había decidido volver en tren desde Madrid pero allí estaba:  en la misma estación a la que llegué asustada, sientiendo el calor dulzón de los coágulos de sangre entre las piernas, un cepo mordiéndome las tripas  y los labios resecos como si hubiese comido yeso, una noche de primavera.    Entre el tren que estaba a punto de emerger de la garganta negra del túnel y aquella estación hundida en las telarañas del alba en una Granada lejana y sonnolienta se levantaba el muro de veinticinco de diàspora. Veinticinco años vividos a arañazos, negando mi existencia de paria, levantando diques cada vez más robustos para que nunca se liberaran las aguas estancadas que me aniquilarían sin piedad, que arrasarían con mi frágil equilibrio mental, y me sumirian de nuevo en aquellas tormentosas crisis de ansiedad.  En la locura.      

     Pude volver muchas veces. Hubo motivos que lo podían justificar. La enfermedad terminal de mi padre fue el primero. Pero ni siquiera respondí a todos los mensajes desesperados que Ángela me dejó en el contestador del teléfono.  Me di cuenta cuando la escuché que la había odiado toda mi vida  y que me era indiferente la agonía de aquel viejo que me era ya casi ajeno. 

     Me di cuenta sin perturbarme que el dolor me había secado por dentro. 

     Envié un poder notarial para que se me asignase la parte de herencia que me correspondía. Seguramente me engañaron, pero no tenía ganas de volver para desollarme en los tribunales por un puñado de billetes. Todavía estaba enferma.  

       Una noche cualquiera sonó el teléfono y lo descolgué para escuchar la voz llorosa de mi hermana comunicándome lacónicamente que mi padre había muerto y que había preguntado en la agonia final si yo estaba cerca. Probablemente era mentira, una estrategia suya para hacerme aparecer en el sepelio y acallar las habladurias sobre mi ausencia pertinaz.    No la dejé llorar más, colgué y acto seguido marqué los números de  un amante. Qué más daba, uno de ellos. Uno de esos descendientes de los vikingos de rasgos exóticos y ojos azulísimos, para pasar la noche jodiendo y luego observar la perfección de los huesos de su mandíbula o de sus pómulos   mientras dormía. 

       Tampoco respondí a  la invitación para su boda en la Catedral de Granada.  No pintaba yo nada en aquel fasto, en el triunfo de la señorita Ángela Montalbán y el joven y prometedor abogado Augusto Castellanos.    Y a  pesar de mi silencio y de mi obstinación, Ángela no cejó jamás en su empeño de verme aparecer en uno de sus actos sociales: bautizos, comuniones, cumpleaños, graduaciones fueron desfilando por mi buzón de correos.   Fui sabiendo de su vida por mensajes en el contestador y sobres perfumados, color  violeta, su color favorito. Sobres con mi nombre y dirección escritos con la meticulosa letra de la niña que siempre hizo los deberes de caligrafia.  

       Al fin la buena de Ángela reinaba en su palacio de chica de crónica social; sentada junto a un escritorio muy caro, muy elegante, luciendo su bata color champán y con los pies enfundados en zapatillas con pompones. Zapatillas de suelas limpias. El resultado de todo un siglo de adiestramiento.

        Siempre que pensaba en ella la imaginaba así: Apoyados los codos levemente sobre su inmaculado escritorio, con la estilográfica de oro tocando apenas el labio inferior en gesto pensativo y un poco contrariado,  como si fuese a escribir un poema o una partitura musical, abstraida, hermosa, consciente de la escena que protagonizaba.   La veía así, inclinada, con un mechón de cabello limpísimo velando su rostro de porcelana fina; escribiendo pulcramente los nombres en los sobres, las palabras adecuadas en la cuartilla satinada donde la tinta relucía como azabache.  

       Casi eran audibles dentro de la bola de cristal,  los pasos del esposo acercándose por la espalda, y el roce de las sedas de las batas cuando el la abrazaba por detrás, casi asépticamente, y hundía la nariz en su melena de cobre viejo para aspirar gozoso el perfume caro.

     Fácil percibir su satisfación de estar vivos.

     - Otra vez, Ángela, no escarmientas, no viene nunca...

    Y Ángela levantaba los ojos y regalaba al espejo y a su marido una hermosa sonrisa de mujer buena que sabe perdonar, mientras elevaba graciosamente un hombro: Oh querido, es mi hermana: qué otra cosa puedo hacer. 

       La voz neutra de la mujer de megafonía anunció la llegada del tren talgo con destino a Granada informando a los viajeros que estaba parado en la vía ocho.   

      Unas gotas finísimas de lluvia sumían la estación en una bruma fantasmagórica que robaba los pérfiles a los objetos, y sumergía a los viajeros en un paisaje de acuarela.  A través de los cristales se adivinaban los rostros de sus ocupantes  adormilados contra los cristales o mirándo a través con pupilas muertas.    

       Veintincinco  años atrás otro tren similar me esperaba a mí y mi pequeña maletita, donde  una Ángela primorosa y circunspecta, como la circunstancia requería, había colocado lo indispensable para sobrevivir a lo que hubiese después de la expulsión del paraíso.    Veintincinco años atrás un taxi nos detuvo en la entrada de la estación después de descender el pequeño paseo flanqueado de árboles en semipenumbra,  como vigilantes nocturnos. Antes de bajar abrí levemente las piernas para ver como iba la hemorragia  porque aquella cosa viscosa no paraba de bajar. Tenía los jeans manchados  y había dejado una rosa oscura sobre la tapicería del taxi. El taxista seguramente me maldijo cuando lo descubrió.   En los aseos de la estación me cambié la compresa, las bragas y los pantalones y dejé los sucios en una bolsa de plástico, quise tirarlos a una papelera pero mi madre insistió en lavarlos porque eran unos pantalones muy buenos y muy caros y yo alguna vez los podia necesitar, incluso podrían enviármelos a Madrid.    Después me compró una magdalena y un batido en el bar y me dejó sobre las mejillas un  abrazo pegajoso y culpable. Se marchó con su culpa y con la mía sobre el alma y no fui capaz ni de volver la vista para mirarla.   Entonces odiaba al mundo entero y a ella más que a nadie porque de ella esperaba más, esperaba su seno protector, su regazo de madre buena para cogerme y acunarme y ordenar a todos que se callaran porque ella iba a protegerme de todo mal, que nadie se atreviera a tocarme que nadie me hiciera daño porque ella me iba a amparar como una loba mientras tuviese un hálito de vida.   Sin embargo calló, se dejó caer en una silla, con la cabeza entre las manos, sollozando, y no se atrevió a levantar los ojos ni para mirarme. Su único rasgo de valentía fue quitarse las lágrimas con un pañuelo y balbucear tres palabras “yo la acompaño”    Subí al vagón y me acomodé frente una muchacha menuda vestida rigurosamente de luto, con una cruz plateada colgando sobre el pecho. Se palmeaba levemente las piernas al ritmo de la música que entraba en sus oidos  a través de unos auriculares de esos que regalan en los trenes.  A mi lado dormitaba un muchacho africano de piernas larguísimas.   Abrí el bolso y cogí la carta.  

     

    La desplegué de nuevo y la releí Mi querida Bárbara: He intentado comunicarme contigo por teléfono pero esa es empresa imposible: siempre responde el contestador. No sé si es que  no estás nunca en casa, si te has mudado o si sencillamente no quieres saber ya nada de tu hermana.   Sabes que no soy una persona que se empeña en que las cosas se hagan a su modo y siempre he respetado tu independencia y tu distanciamiento, incluso te he defendido contra quienes me han estimulado para que olvide tu existencia y deje de rebajar mi orgullo ante ti; para que tenga presente el modo tan cruel con que has ignorado siempre cualquier intento de acercamiento. Pero no he hecho caso, siempre he antepuesto que eres mi única hermana, y te he invitado a todos los acontecimientos de mi vida en que una hermana debe estar presente, y he digerido tu  desprecio sin escenas y con elegancia.   Hoy tengo que pedirte tu colaboración, y por favor no puedes negarte; porque si bien sin tu presencia tuvieron lugar los nacimientos y bautizos de mis hijos o sus comuniones o sus trofeos en el colegio o los ascensos de mi marido, y si estuvimos enfermos nos curamos sin que tú te dignases preguntarnos como estábamos; ahora tu firma es indispensable para terminar este negocio.   Vendemos la Casa Grande.  Es inútil mantener  en pie este mausoleo. Mis hijos ya no quieren venir, han crecido y no soportan el enclaustramiento que la mansión impone y el desierto de juventud en que se ha convertido Sierra Bermeja.  Augusto se ha negado por años a vender, pero más por una concesión sentimental que por realismo.  Quería que los niños viviesen en esta casa misteriosa que a veces parece tener vida propia, y que tuviesen recuerdos de infancia en ella;  tampoco, seamos realistas, nadie estaba dispuesto a pagar su verdadero valor. Una casa de veinte habitaciones, con graneros, establos, trojes, buhardillas, palomares, alacenas, cubichines, cuartos secretos, sótanos  y con diez balcones a la Plaza Real, es un palacio, pero un palacio si se le pudiesese poner ruedas y trasladar a lugares donde el suelo tiene más valor. En Sierra Bermeja es como oro sobre un mendigo. No luce no muestra su verdadera cualidad.   Ahora todo ha cambiado, en las llanuras de las salineras están construyendo un polígono industrial, el mayor de Europa, y obviamente, atraerá gente para los nuevos empleos, y nos han ofrecido la compra del solar para construir un bloque de apartamentos para obreros. Obviamente esto nos hirió tanto. Nuestra querida Casa Grande bajo las garras metálicas de las máquinas, destruida, abatida como un gigante sin hálito.   Sin embargo, mientras nos debatiamos en esta dura decisión, nos ha llegado la noticia de la inminente construcción de un campo de golf en la llanura de la Sierra del Gato, sobre aquella hermosa meseta de las encinas, y  nos han propuesto la compra, manteniendo su aire señorial, las cocinas, la escalera de caracol, los muros, la solería y los cupidos pintados sobre los techos. La quieren convertir en hotel rural de lujo para los golfistas.    El precio es tan sustancioso que no nos podemos negar y el hecho de que respeten en su integridad la fachada y parte del interior supone que podemos pasar  algún fin de semana en una de las estancias, cuyo usufructo nos queremos reservar de por vida. Tú también dispondrás de una habitación por supuesto.   Obviamente este trato no puede cerrarse sin tu rúbrica, y es por esto que me dirijo a ti: Augusto  está preparando una escritura de poderes para enviartela, sólo tendrás que firmar que me autorizas a la venta de la Casa, junto a la escritura te enviamos el precio ofrecido de cuyo 50 por ciento eres dueña.   Junto a la Casa vendemos también algunas tierras de la Sierra del Gato, para qué queremos un prado de herriza que no produce. Los promotores del campo de golf, han hallado agua en abundancia, pero quién podía saber, ahora el agua les pertenece, y don Juan Benavides ya ha vendido su parte, están esperando nuestro visto bueno. Como ves tenemos un negocio de gran envergadura entre manos y tú eres propietaria de la mitad de todo. Pueden suponerte unos veinte millones de euros que puede decirte que te solucionarían la vida y te permitirían vivir como una reina ya que no tienes hijos ni familia a quien dejar tu fortuna.    Espero tu respuesta durante esta semana.  Te quiere.Ángela.